Jon cucharilleaba el café con leche con
sumo cuidado. Había llenado el tazón hasta arriba, y no
quería derramar ni una gota al mantel. Estaba demasiado
caliente, y revolvía el líquido marronzusco con el
propósito de enfriarlo un poco para poder beberlo cuanto antes.
Le gustaba desayunar escuchando las noticias del informativo diario de
la emisora local. Aquella mañana tenía un especial
interés por conocer lo que decían. En ese momento por la
cadena emitían la consabida batería de sugerencias
comerciales previas al noticiario. No hacía caso a la radio.
Cuando se aburrió de dar vueltas al café con leche,
dejó la cucharilla en el platillo del servicio de desayuno, y se
dispuso a ingerirlo. Apoyó las manos encima de la mesa,
dobló el tronco hacia adelante, bajó lentamente la cabeza
y acercó los labios al tazón, con la idea de dar un sorbo
y vaciarlo un poco antes de tomárselo de un trago. Se
quemó. “¡Mierda! ¡Está ardiendo!”,
gritó. En esto, sonaron las señales horarias de las nueve
de la mañana. Seguidamente oyó la voz de la locutora que
daba la bienvenida a los oyentes y realizaba la pertinente
presentación del programa radiofónico que comenzaba.
Mordisqueó una tostada de pan untada con miel y mantequilla. La
locutora facilitaba el pronóstico del tiempo para la jornada.
“Lloverá. La temperatura experimentará un notable
descenso. La cota de nieve bajará a los seiscientos metros”…,
decía, pero él no le prestaba atención. No le
interesaban los apuntes siguientes del parte metereológico. Con
lo que había oído le bastaba. La locutora continuaba
hablando: “Resumen en titulares de las noticias más importantes
de la jornada: La llegada del temporal provoca numerosos accidentes de
tráfico en nuestras carreteras. Todo preparado para la apertura
del paso de Rafah entre Gaza y Egipto. Cada dieciocho segundos es
maltratada una mujer en el mundo. Hoy Día Internacional de”...
Se despreocupó del boletín de noticias. “La misma
cantinela de ayer. ¡Qué plastada!”, protestó.
Tentó el tazón con los dedos, y se cercioró de que
se había templado. “En su punto. Como a mí me gusta”, se
dijo. Lo cogió con las dos manos y se lo llevó a la boca.
La locutora proseguía: “Noticia de última hora: Ha sido
hallado el cadáver de una mujer en su apartamento del casco
antiguo de la villa”… Se sobresaltó. Alejó el cuenco de
los labios y se afanó en concentrarse para conocer los
pormenores de la información. La locutora añadió:
“Se trata de una joven vecina de la localidad, que ha aparecido muerta
en extrañas circunstancias”… “¡Mierda! Pues sí
que…”, exclamó. La voz meliflua de la locutora se le
antojó un dulce envenenado. Ésta desarrollaba la
primicia: “… El cuerpo sin vida de la joven, quien responde a las
iniciales A. G. M., lo ha encontrado la trabajadora doméstica
que atendía su casa a eso de las ocho de la mañana,
cuando entró en la vivienda para iniciar la jornada laboral.
Presentaba signos de violencia… Por ahora no contamos con más
datos . Ampliaremos la noticia en próximos informativos”.
Apagó el aparato de radio y se levantó de la banqueta.
Cogió el tazón y lo descargó vertiendo a la
fregadera el café con leche que no había tomado, lo
metió en el lavavajillas junto con el platillo y los cubiertos y
se fue al baño.
A la mañana siguiente se repetía la escena. Jon
había acabado la tostada de pan embadurnada con miel y
mantequilla. Tenía el café con leche a medio terminar.
Como siempre, escuchaba el boletín de noticias de la emisora de
radio local. La locutora ya había dado la bienvenida a los
radioyentes, avanzado el parte metereológico para la jornada y
desgranado en titulares las noticias más relevantes del
día. “¡Vaya rollo!”, se quejó. Esperaba impaciente
oír la información referente a la muerte de A.G.M. La
locutora dio paso a los anuncios. “Un minuto, y ahora volvemos”. Se
irritó. “¡Ya les vale!” Transcurrió el minuto y el
noticiario se reanudó. La locutora hablaba y hablaba, pero no de
lo que él quería enterarse. Por momentos se desesperaba.
Y por fin llegó la noticia: “… Todos los indicios apuntan a que
la joven hallada muerta en su domicilio fue asesinada. Aún se
desconocen los resultados del informe de la autopsia… La policía
ha confirmado que ya han identificado a un primer sospechoso…”
Súbitamente sintió que se le contraía el
estómago, se le hacía un nudo en la garganta, le
flaqueaban las fuerzas y le temblaba todo el cuerpo. El tazón
que sostenía en las manos se le escurrió y cayó al
suelo, rompiéndose en varios pedazos. La sudadera, el
pantalón, las pantuflas, el mantel y la zona del gres de
alrededor de la banqueta en la que estaba sentado quedaron empapadas de
café con leche. Le invadió una desagradable vaharada de
impotencia y rabia. Sin demora se desprendió de la ropa pringada
y en calzoncillos se apresuró a limpiar los restos de su
estropicio. Tuvo una sensación rara, como de vértigo, que
no le resultaba desconocida. Era el anticipo de lo que venía en
breve. Rápidamente se agachó y empezó a vomitar.
En ese mismo instante llamaron a la puerta. No se movió. Al cabo
de unos segundos, uno, dos y tres timbrazos largos y estridentes lo
atronaron. Tampoco reaccionó, y permaneció en su
posición, de rodillas en el suelo. Quien quiera que fuese
parecía impacientarse y accionó con insistencia el
timbre. Alguien voceó que abriera inmediatamente. No hizo caso -
la perplejidad se lo impedía-. El inesperado visitante
porfió, ahora golpeando la puerta. No se inmutó, estaba
petrificado. No obstante pudo oír cómo desde fuera
arremetían con algún objeto contra ella, hasta que
definitivamente la derribaron. Y no uno, sino tres hombres irrumpieron
en la cocina. “¡Policía!”, dijo el más alto de
ellos. Los miró atónito. “¿Jon R…?”,
preguntó el mismo. No respondió. El agente larguirucho,
sin disimular el asco que le producía el deplorable aspecto que
presentaba el hombre a quien venían a arrestar, concluyó:
“Queda usted detenido por el asesinato de A. G. M.”…
Media hora más tarde viajaba junto a un agente sentado en el
asiento trasero de un coche patrulla. Se le había pasado el
susto inicial y había recobrado el ánimo. Aseado, con la
ropa limpia y su figura habitual, encaraba aquella coyuntura adversa
con entereza y frialdad. Caviló mucho rato acerca de cuál
habría sido la pista que siguió la policía para
dar con él en poco más de veinticuatro horas desde que
encontraran el cadáver de la chica asesinada. Se le antojaba un
misterio. Aquello era una pesadilla, algo que escapaba a la
lógica; aunque real, tan cierto como que lo llevaban esposado
camino de la comisaría, acusado de ser el autor de un crimen
que, efectivamente, sí había cometido. No era su
intención matar a la chica, pero los hechos se precipitaron de
forma tan extraña y acelerada que, casi sin querer, acabó
asfixiándola. No conocía a la víctima.
Había entrado a robar a su apartamento, no por nada en especial.
Era un caco profesional, y acostumbraba a empezar sus latrocinios por
los últimos pisos de los edificios. Así corría
menos riesgo de que algún vecino le sorprendiese in fraganti. La
infortunada A. G. M. habitaba el séptimo del primer portal de un
bloque de casas de lujo. En la planta había dos manos, y
eligió la puerta que quedaba más alejada del ascensor, la
7B. Eso era todo… No le costó mucho forzarla. Accedió al
interior de la vivienda sin ningún problema. Una vez dentro,
atravesó el vestíbulo y embocó un pasillo jalonado
a ambos lados por varias puertas. Al fondo distinguió un arco
adintelado cerrado por una doble hoja de cristales polícromos y
biselados. Sin duda era la entrada al salón. Se encaminó
hacia él. Invariablemente actuaba de esta manera, porque
sabía por experiencia que era la habitación donde la
gente exhibía sus posesiones más valiosas.
Franqueó las hojas y fisgó en el interior de la estancia.
Seleccionó de un vistazo los adornos que le parecieron de
interés, dio media vuelta y se dirigió de nuevo al
pasillo. Se acercó despacio a la primera puerta de la derecha y
la abrió. Se trataba de un cuarto de dormir. Allí
descubrió a la mujer. Descansaba sentada sobre la cama.
Vestía sólo una braguita tanga y manipulaba una
cámara fotográfica. La mujer, sorprendida, al verle
sufrió un ataque de histeria y comenzó a gritar como una
posesa. Instintivamente se abalanzó sobre ella con el fin de
hacerla callar cuanto antes. Con una mano le tapó la boca y la
nariz y con la otra procuró paralizar sus movimientos.
Ofreció una resistencia inusitada, impropia en una mujer que
probablemente pesaría la mitad que él, y se vio obligado
a apretar fuerte ambas manos: una, con la que le cubría la boca
y la nariz, contra la cara; y la otra, con la que atenazaba los brazos
de la mujer, contra su abdomen. Poco tiempo después
advirtió que ésta ahogaba un estertor y acto seguido
relajaba los músculos. Él también aflojó la
presión de las manos, y al separar de la cara la que
privó a la mujer de la respiración por unos minutos
apreció que ésta expiró. Y tal cual la
dejó, tendida en la cama. Eso sí, terminó la faena
llevándose las joyas y la cartera de la chica, así como
las piezas de plata que había elegido en el salón.
Al llegar a la comisaría lo ingresaron en un calabozo.
Todavía le daba vueltas al magín. Su apresamiento le
parecía insólito, toda una proeza policial.
¿Qué pruebas tendrían contra él? Estaba
convencido de que nadie le había visto entrar ni salir del lugar
del suceso, ni tan siquiera merodear por las inmediaciones del portal
de la vivienda de la víctima, que como había comprobado
no contaba con un portero ni con un sistema de videovigilancia. En la
calle donde se ubicaba no existían tiendas, negocios o entidad
bancaria alguna, por lo que descartaba la posibilidad de que su imagen
hubiera sido registrada por alguna cámara de seguridad.
Además, nunca había coincidido ni tratado con la difunta,
de modo que nadie podía relacionarlo con ella. Tampoco
consideraba la contingencia de que dispusieran de rastros
físicos de su presencia en el escenario del delito, porque
cuidaba hasta el extremo los detalles: utilizaba zapatillas deportivas
de suela lisa para no dejar marcas en el piso, cubría la cabeza
con un pasamontañas en previsión de que se le
desprendiera alguna hebra de cabello y protegía las manos con
guantes de látex para evitar la impresión de sus huellas
dactilares en cualquier parte. Sin embargo, y a pesar de que no lograba
adivinar cómo lo habían vinculado con la muerte de la
mujer, era obvio que la policía había averiguado su
participación en la misma. De hecho, el espárrago con
bigotes que procedió a su detención, lo hizo bajo el
cargo de asesinato. Algo se le escapaba, algo que le incriminaba de
manera irrefutable y fatal. Con todo, él negaría
cualquier imputación y, en su caso, se acogería a su
derecho de permanecer en silencio para librarse de responder al
interrogatorio de la policía.
Pronto tuvo la oportunidad de comprobar que sus elucubraciones no
habían sido sino sombras que se desvanecieron a la luz de una
evidencia palmaria, y que su estrategia de eludir cualquier
responsabilidad en la muerte de A. G. M. y de dar la callada por
respuesta a las preguntas que pudiera formularle la policía no
tenía sentido alguno. Fue cuando le plantaron ante el agente
espigado y bigotudo que para esas alturas le resultaba familiar. Le
aguardaba en una salita minúscula de paredes blancas, desnudas y
sin ventanas, cuyo único mobiliario consistía en dos
escabeles de madera. Ambos hombres se sentaron en ellos frente a
frente. “Bien, bien… Jon R… ¿Sabe usted que a este
cubículo le llamamos el “confesionario?”, inició el
cuestionario el policía en actitud paternalista. Él
escudriñó en sus ojos receloso. El detective, indiferente
y circunspecto, le lanzó la primera pregunta a bocajarro: “O
sea… que usted estuvo el martes por la tarde en casa de A. G. M.,
¿no?”. Guardó mutis y se hizo el longui. El “bigotones”,
elevando algo el tono de voz, le conminó: “Mire, vamos a
dejarnos de tonterías. Será mejor para todos”. Se
acogotó un tanto. Tosió para disimular. Pero antes de que
pudiera volver a ponerse en situación, el policía le
asestó una estocada letal de necesidad. Le mostró una
fotografía en la que figuraba él en primer plano en la
habitación de la mujer asesinada, a la vez que le decía:
“La sacó la muerta el martes a las 18. 35 h. de la tarde, como
reza a pie de foto, justo unos minutos antes de que se produjera su
muerte, de acuerdo con los informes del médico forense”. El
mazazo fue terrible, y se derrumbó. Ahora lo comprendió
todo. Recordó que cuando abordó a A. G. M., ésta
operaba en su cámara de fotos. Seguro que pulsó
inconscientemente el disparador antes de ser agredida. Él no se
percató de tal circunstancia. Es más, en ningún
momento se preocupó de la maquinita de marras. Vio que cuando
atacó a la mujer, ella la soltó, rebotó en el
colchón y fue a parar a la alfonbra, de donde se le
olvidó recogerla. Un error imperdonable, que no tenía
remedio… Finalmente el agente determinó: “La mató,
¿verdad?”. Y Jon claudicó: “Sí”.
Nicolás Zimarro
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