Cuando el reloj reventó con su algarada
el oscuro silencio de la alcoba, el hombre no podía saber que
aquél que comenzaba había de ser el último
día de su vida. Ajeno a ese destino que acechaba desde la escasa
distancia de unas horas, buscaría a tientas la fuente del
estrépito y la haría enmudecer con un leve movimiento de
la mano. Permanecería un minuto todavía en la cama y
finalmente apartaría con fuerza el cálido cobertor que le
arropaba. Como si de una mañana de tantas se tratara,
iría repasando las obligaciones de ese día al tiempo que
se afeitaba. Mientras se hacía el café revisaría
la despensa y anotaría en la memoria qué necesitaba
reponer para la próxima semana. Con este inventario
recordaría que debía comprar un regalo para su madre, que
cumplía setenta y dos años en unos días. Ignorando
que sus horas se agotaban, bajaría a la calle y tendría
que hacer un pequeño esfuerzo para recordar donde dejó
ayer su automóvil. Se encaminaría a éste, se
introduciría en él y se dirigiría al despacho.
Escucharía en la radio las noticias indignándose
moderadamente con lo que oía. Sin reparar en el valor de cada
uno de sus minutos, remolonearía con el murmullo de la voz
metálica rodeando sin prisa los edificios hasta encontrar un
espacio donde aparcar el coche. En el portal amplio y brillante del
bloque de oficinas, el conserje le saludaría sin levantar la
cabeza y él apenas respondería con un bisbiseo.
Subiría en el ascensor hasta el tercero y caminaría por
un pasillo de frialdad hospitalaria, haciendo balancear el
maletín en su mano derecha mientras miraba el reloj de la
izquierda en un gesto antiguo e inevitable. Abriría la puerta y
prendería las luces, se sentaría en la butaca de una mesa
oscura y empezaría a estudiar los asuntos del que no
sabía era su último día. Miraría en la
agenda los juicios a que habría de asistir mañana e
incluso las siguientes fechas. Estudiaría la defensa en textos
legales, leería tratados de jurisprudencia, anotaría lo
que precisara y, transcurridas algunas horas, bajaría a comer
cualquier cosa por los alrededores. Se sentaría en un
restaurante habitual, leería el menú y, como si eso
tuviese ya alguna importancia, recordaría que comió
huevos ayer para descartar ese plato. Tomaría un café
mirando a los transeúntes bajar apresurados por la calle mojada
y pensaría con fastidio que hoy no podría pasear un rato
antes de volver al despacho. Regresaría a su cubículo y
continuaría trabajando todavía un par de horas
más. Cuando empezara a sentir cansancio anotaría, en un
acto conmovedor por innecesario, lo primero que debía hacer
mañana y cerraría los libros. Cogería el abrigo,
apagaría las luces y bajaría a la calle.
Desandaría el camino de la mañana de regreso al coche y
recordaría que debía pasar por el centro comercial antes
de volver a casa. De nuevo sintonizaría la radio para
entretenerse con lo que hubiera, mientras las varillas barrían
las gotas del cristal delantero como si saludaran a ambos lados de la
calzada. Escrutaría la densa negrura rasgada de lluvia en busca
del camino que debía tomar y se sobresaltaría al notar
que el coche se dirigía hacia el pequeño muro de su
derecha. Trataría de corregir violentamente el rumbo y se
aferraría al volante cuando el vehículo se encabritara
antes de salir disparado, gobernado ahora por una voluntad ajena, hacia
el pilar de un puente que se erguía delante. Lo vería
venir sobre sí a la manera en que ocurren las cosas en los
sueños, se oiría un estruendo metálico y se
hundiría en la oscuridad como si la noche se hubiera derrumbado
sobre su conciencia.
Ya no habría para el hombre próxima semana. Sobre el
escritorio del despacho le esperaría su trabajo estéril,
y la despensa, antes mediada, quedaría ahora repleta. El perfume
que hubiera regalado a su madre aromaría el cuello de otra mujer
sin que ninguna criatura del mundo lo advirtiera. Pues el hombre no
podía saber, cuando el reloj reventó con su algarada el
oscuro silencio de la alcoba, que aquél que comenzaba
había de ser el último día de su vida.
¿Cómo habría de imaginar, cuando se sentara en la
butaca de la mesa oscura y empezara a estudiar los asuntos del
día, que la fecha del almanaque sería la misma que
mañana tendrá tan distinto significado, tallada a buril
sobre el mármol de su sepultura? Y que sus posesiones y sus
sueños vagarán entonces huérfanos por la
superficie de la Tierra, se convertirán en polvo y serán
diseminados por el viento. El hombre, este hombre y cualquier otro,
florece del sueño cada día sintiéndose Dios,
creyéndose dueño absoluto de su existencia. Los hombres
no podemos ver la negra silueta de la muerte aún cuando ella nos
observa y espera desde la escasa distancia de unas horas.
Así pues, felizmente ajeno a su destino, cuando el reloj
reventó con su algarada el oscuro silencio de la alcoba, el
hombre buscó a tientas la fuente del estrépito y la hizo
enmudecer con un leve movimiento de la mano. Permaneció un
minuto todavía en la cama y finalmente apartó con fuerza
el cálido cobertor que le arropaba. Fue repasando las
obligaciones de ese día al tiempo que se afeitaba. Mientras se
hacía el café revisó la despensa y anotó en
la memoria qué necesitaba reponer para la próxima semana.
Con este inventario recordó que debía comprar un regalo
para su madre, que cumplía setenta y dos años en unos
días. Bajó a la calle y tuvo que hacer un pequeño
esfuerzo para recordar donde dejó ayer su automóvil. Se
encaminó a éste, se introdujo en él y se
dirigió sin prisa al despacho. Escuchó en la radio las
noticias indignándose moderadamente con lo que oía.
Remoloneó con el murmullo de la voz metálica rodeando sin
prisa los edificios hasta encontrar un espacio donde aparcar el coche.
En el portal amplio y brillante del bloque de oficinas, el conserje le
saludó sin levantar la cabeza y él apenas
respondió con un bisbiseo. Subió en el ascensor hasta el
tercero y caminó por un pasillo de frialdad hospitalaria,
haciendo balancear el maletín en su mano derecha mientras miraba
el reloj de la izquierda en un gesto antiguo e inevitable. Abrió
la puerta y prendió las luces, se sentó en la butaca de
una mesa oscura y empezó a estudiar los asuntos del día.
Miró en la agenda los juicios a que habría de asistir
mañana e incluso las siguientes fechas. Estudió la
defensa en textos legales, leyó tratados de jurisprudencia,
anotó lo que precisaba y, transcurridas algunas horas,
bajó a comer cualquier cosa por los alrededores. Se sentó
en un restaurante habitual, leyó el menú y recordó
que comió huevos ayer para descartar ese plato. Tomó un
café mirando a los transeúntes bajar apresurados por la
calle mojada y pensó con fastidio que hoy no podría
pasear un rato antes de volver al despacho. Regresó a su
cubículo y continuó trabajando todavía un par de
horas más. Cuando empezó a sentir cansancio, anotó
lo primero que debía hacer mañana y cerró los
libros. Cogió el abrigo, apagó las luces y bajó a
la calle. Desandó el camino de la mañana de regreso al
coche y recordó que debía pasar por el centro comercial
antes de volver a casa. De nuevo sintonizó la radio para
entretenerse con lo que hubiera, mientras las varillas barrían
las gotas del cristal delantero como si saludaran a ambos lados de la
calzada. Escrutó la densa negrura rasgada de lluvia en busca del
camino que debía tomar y se sobresaltó al notar que el
coche se dirigía hacia el pequeño muro de su derecha.
Trató de corregir violentamente el rumbo y se aferró al
volante cuando el vehículo se encabritó antes de salir
disparado, gobernado ahora por una voluntad ajena, hacia el pilar de un
puente que se erguía delante. Lo vio venir sobre sí a la
manera en que ocurren las cosas en los sueños, se oyó un
estruendo metálico y se hundió en la oscuridad como si la
noche se hubiera derrumbado sobre su conciencia.
Carlos Fernández
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