Conocí a Darío Desierto
Martín durante el lustro que estuve trabajando para Labodop
S.L., laboratorio de referencia para la detección de sustancias
dopantes en el norte de España. Recuerdo con orgullo que
éramos infalibles en la identificación de la
utilización ilegítima e ilegal de EPO y sus
moléculas apantallantes.
Los laboratorios centrales de Labodop se emplazaban ufanos en un
pequeño cerro a las afueras de Laguardia, en proximidad casi
intima con una antiguo poblado ibero de comerciantes de hierro durante
la edad del ídem, del que
recuerdo unas bolas de piedra que utilizaban aquellos protobrokers como
pesas arcaicas para poder tasar los materiales con los que mercaban.
Cuarenta y cinco personas se afanaban en muestras y matraces en aquella
estructura de vidrio y aluminio que brillaba cuando se aproximaba el
crepúsculo. Además otras cuatro se amontonaban en un
pequeño local –antes borda de pastores- en un prado cerca de
Tricio en La Rioja profunda, allá donde los zagales aprenden a
zarandear pelotas de trapo y piel de carnero contra la pared de un
frontón antes que a fabricar silbos con el hueso mondo de un
albérchigo. Se hacían llamar el destacamento riojano y se
dedicaban a centrifugar con primor las partículas precipitadas
en las muestras sospechosas. Darío verdeaba, me explico,
lucía un tono de piel verdoso a juego con su mente maliciosa,
tunante siempre al acecho de la broma desagradable y tiñosa,
siempre dispuesto a dar pábulo y eco al rumor vergonzante y
canalla. Era oblongo, esto es, mas ancho que alto y acostumbraba a
disponer espejuelos en la puntera de sus zapatos para observar y babear
las bragas inexpertas de la compañera que ingenuamente
lucía pollera corta. Pertenecía a la facción
"eska", así bautizada por sus compañeros por su
afición –casi se podría decir adicción- por el
"escaqueo".
Cuando las circunstancias y sus jefes complicaron mucho la practica de
ese hobby, decidió presentarse para delegado sindical, esto es,
"liberarse" legalmente con sueldo y dietas.
En Labodop el noventa por ciento de los empleados pertenecían al
colectivo de los "fuera de convenio" -en su mayoría ingenieros,
químicos, titulados superiores- y con un espíritu
sindical casi nulo. Convenció al sindicato de turno de las
bondades de su posible gestión y de la garantía de
obtener los tres delegados que correspondían a la empresa.
Trató de convencer a otras dos compañeras que como
él estaban dentro del convenio de analistas y medidores,
ofreciéndoles no se cuantas prebendas en forma de ventajas
salariales, aumento de los días de asueto y economato
-además de caja de botellas de vino (¡de crianza!) por
Navidad-. Ellas -aturdidas en un principio- firmaron el documento de
candidatura sin pensar demasiado.
Sin embargo y tras hablarlo durante la media hora del café, les
sorprendió tanta amabilidad gratuita y se informaron y
decidieron presentarse por otro sindicato mas acorde con su
ideología -que parece que gastaban de eso- y además
animaron a una tercera compañera para formar una lista completa.
Darío palideció al comprobar el siniestro cariz que
había tomado su impagable idea y decidió atacar.
Hizo llegar al sindicato la hoja de candidatura firmada por las dos
mujeres -que él había prometido a una de ellas destruir-,
explicando el cambio ilegal por la intromisión de un jefe de
Departamento cuya mujer tiene un primo que coordina actividades del
sindicato contrario, lo que suponía un caso flagrante de abuso
de poder.
El sindicato apabullado por la verborrea verdosa y la actividad
intrigadora de Darío, decidió convocar las elecciones
durante las vacaciones de Semana Santa para así conseguir alguna
ventaja por la ausencia de votantes y preparar una posible
impugnación de las elecciones por el asunto del abuso de poder.
Llegaron las elecciones y Darío perdió por goleada.
Ganaron las pichonas a pesar de la baja afluencia de personal a las
urnas -estaban todos en Lloret de Mar-. Pero ni corto no perezoso,
Darío en nombre de su sindicato impugnó in situ las
elecciones con un grito que despertó a los iberos cercanos.
Alegaron cientos de defectos de fondo y forma: que en el censo estaban
los del destacamento que pertenecían a otro numero de la
Seguridad Social y por lo tanto no deberían votar -el
destacamento está en La Rioja y por eso dispone de otro numero
de la Seguridad Social pero asociado y con el mismo nombre que el de la
central que pertenece al País Vasco, todo un lío-, que la
mesa estaba mal formada -lógico pues había gente de
vacaciones-, que se había producido abuso de poder, dolo y
nocturnidad y que la leche del café de la maquina estaba rancia.
Se convocó arbitraje y dictaminó a favor de Darío.
Hubo que volver a votar.
Tras unas semanas de intrigas, amenazas, reuniones explicativas y notas
sindicales describiendo el escandaloso comportamiento fascista de la
Dirección de la empresa en contra de Darío y del
Sindicato -se colgó de los tablones carteles de anuncios que se
repartían por el Laboratorio y destacamento. Nadie se
atrevió a quitarlos a pesar del brillo maldiciente de palabras
como calaña, antidemocratico, mafioso, sinvergüenza...-
volvimos a votar y a pesar de que Darío mejoró sus
resultados no logró superar a las tres pichonas.
Darío y su sindicato volvieron a impugnar las elecciones -esta
vez por todo lo contrario que la primera. no habían votado los
cuatro del destacamento y se ha violado su derecho a decidir ("pero si
vosotros impugnasteis la primera vez porque no podían y por eso
los quitamos del censo". "Ya, pero ahora si deben votar y hay que
incluirlos y patatín y patatán..."), la mesa
seguía mal compuesta porque faltaba uno del destacamento, que
llovía mucho y se podían mojar las papeletas...- y el
arbitro volvió a fallar a favor. Hubo que volver a votar.
Yo abandoné la empresa hace varios meses y seguían
votando. Llevaban ya dieciséis votaciones y en todas ellas
Darío perdía indefectiblemente y en su cabeza ya
crestaban mechones mohosos sobre el verde botella de su jeta.
Joseba Molinero
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