Era Mayo y hacia frío. Por la ventana
lejos de las mieses que verdeaban, la iglesia no parecía
diferente que otros días. Seguía erguida. Quizá
menos tras los cañonazos del año pasado. Estaba
agujerada, cubierta de cascotes, aprovechada por las lechuzas y los
aviones y las golondrinas y las lavanderas para otear la cuesta y el
bar y la trilla.
Sin embargo esa mañana, temprano como siempre, madrugué
para calentar la leche y el tocino para mis hermanos que cuidaban de
las ovejas, las vacas y los pepinillos y lejos de acostarme de nuevo o
malescribir las líneas del cuaderno de caligrafía,
debía subirme sin pararme en lo de las lagartijas o en los
ribazos a ca Matilde, donde la vecina, la de Resu.
Mi padre no era político, ni nada pero siempre se decantó
por repartir los pastos de la arboleda entre los del pueblo, por turno,
sin pedigrí. A los del consejo de Rioseco no les hizo ni pizca
de gracia aquello y se lo guardaron.
Cuando vinieron los de Burgos con correajes y escopetas, preguntaron a
los del consejo y lo dijeron. Además, el cura, no sé por
qué, les habló de mentiras y sacrilegios. Decían
en el pueblo que mi tía tuvo un hijo decían huero.
Le llevaron a la capital para juzgarlo y estuvo allí varios
meses. Volvió y tosía. Tosía mucho y mal. Y se
murió, se murió sin haber vuelto, sin saber.
Me levanté temprano y mi madre me terminó de arreglar el
vestido que había mercado en lo de Basilio antes de ir a
rastrojar el terrado. Negro, muy negro.
Después de desayunar las sopas, acompañada por la Matilde
hice mi primera comunión en el frío oscuro de la
sacristía solitaria.
Joseba Molinero
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