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TAXI A TIKRIT
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Puertas y
ventanas permanecen selladas en la gran sala donde se dirimen los
intereses del imperio. Una enorme bandera clausura la pared derecha y
un mapa terráqueo de presencia luminosa forma la izquierda. De
pie frente a la puerta el alto comisionado espera su turno para hablar
mientras en la cabecera de la hercúlea mesa, echado hacia
atrás en un sillón de cuero negro, el presidente habla
sobre las últimas novedades con sus asesores técnicos y
militares. Una mujer que aparece por una portezuela acerca agua y
dulces a la mesa de ébano, como quitando brillo e importancia a
las charreteras y a los caros pañuelos de seda que tremolan en
los bolsillos superiores de los civiles encorbatados.
El alto comisionado carraspea para requerir la atención. Las
miradas de los sedentes se cruzan en su rostro y el calor empieza a
aflorar en sus mejillas. Ha contravenido las reglas por mor de la
impaciencia. Otra vez las viejas muertes del pasado disolviendo la
historia.
- Adelante mi apreciado ¿ señor ...?
- Huidobro, Warren Huidobro, de la comisión permanente.
El presidente con voz engolada y pompa barata le dice :
- Sea breve Mr Huidobro. Se nos acaba el tiempo.
- Ha sido encomendado a este humilde servidor un intento más por
encauzar este delirante asunto - respondió el hombre con
suavidad extrema.
La conversación que siguió en aquella magnífica
sala fue una batalla más del bien común y los intereses
espúreos en la que estos últimos salieron
nuevamente vencedores.
- Pero ¿ entonces ? - dijo Huidobro visiblemente desencajado.
- Sí Mr Huidobro, nos obligan ... - apuntó un militar
sentado al lado del Presidente mientras golpeaba su pesado
bolígrafo sobre el portafolios y las charreteras brillaban como
encantadas.
- ¡ Esto no puede ser ... - el alto comisionado tuvo que tomar
asiento para no desmayarse. Una esbelta señorita le
acercó un vaso de agua muy fría agua que heló la
garganta del comisionado.
Tiempo mal descansado. Sueños oscuros y pesados repletos de
caras tiznadas, gritos, todo el tiempo muchos gritos, ahí dentro
en lo más hondo. La llave de contacto gira, arrancan los
caballos de vapor y parece otro, lejos de retoños y esposa, que
ahora duermen sin saber de su trabajo. La valla metálica se abre
y un hombre uniformado le franquea el paso mientras se abren las
pesadas puertas del dominio cuasi imperial.
Ya está en el lugar, el cierto centro de la humanidad. El
sombrío corredor, el estruendo metálico, la banda
magnética que se cerciora
- lee Robert Sánchez - y el asiento cómodo aunque no lo
suficientemente cómodo. A su disposición la
cibernética que jamás sentirá eso que en estos
momentos hace trizas su estómago. No, nunca pide clemencia
sólo trabaja. Quizá un café de ayer recalentado y
un cigarrillo con sabor a hormigas para acompañar el primer
fogonazo. La imagen con su poder agigantado se hace ver y comienza el
juego. Hay conexión... El ave tripulada surca los cielos y le
pertenece en este instante, en un caos incomprensible y factible
técnicamente. Las distancias, abolidas por una noche -luz de
día en el otro confín -, pulverizadas por obra y gracia
del hombre. La misión suena lejana e impersonal, una mera tarea
de niños que se abre paso en la inmensidad.
A su alrededor, en numerosos cubículos, otros hombres
parapetados, desconocidos, inalcanzables, afianzando la misma labor. Ni
un alma resuena en los corredores estancos, ni un solo estallido; en
cambio, a muchos kilómetros de allí, un ominoso ruido
crece con gran estruendo.
En la parte de abajo de la imagen, una leyenda : le reconvienen,
dispone de media hora exacta para la depreciación del nervio
vital. Carece de alas y sin embargo mira a través de los ojos de
un pesado gavilán metálico con la pedante exactitud de un
relojero, y este hecho muy bien podríase bautizar poco
imaginativamente como caleidoscopio cenital. Sudan las manos y nadie
recuerda en que siglo comenzó la delirante labor . La misma
estirpe y con la misma mirada movediza.
Un objeto se engrandece ante la vista, libros y clases de arte han
coagulado una mezquita en sus ojos. Entre el sí o el no, nadie
hay que le susurre el mandato, qué podría importar. Su
índice se mueve, pulsa la tecla y el puntero de la imagen,
incisivo levanta un fogonazo y entonces, hasta aquí,
pulverizando el espacio y el tiempo, llega la confirmación del
acto, sin demora.
No hay nada en su espíritu que pueda resarcirle de esta hora.
Mapas meteorológicos y sueños; números y muertos,
nada importante en total. Nada ha quedado en él que hable de
siglos y siglos de crucifixión. Aunque la distancia es terrible
nada puede desviar estos dardos inquietantes pues se trata de los
nuevos arqueros ... Ni Alá podría hacerles frente. Son
otra vez los nuevos jinetes del Apocalipsis.
Muchos vehículos han parado en espera de una indicación y
hace un puñadito de horas que la ofensiva ha decrecido su ritmo
de avance. Las tropas oponentes, rudas y en posiciones sorpresivas
aunque mal armadas, están exponiendo sus vidas con fiereza. En
el puesto de mando se hacen estimaciones sobre el número de
efectivos que
defenderán la carretera principal de acceso a la capital,
Bagdad.
Adalberto Gray y sus compañeros de brigada, en su mayor parte
negros como el betún, forman la retaguardia de la Primera
División de Marines que se batirá en posiciones
más adelantadas a las afueras de la capital.
La orden ha corrido como un reguero de pólvora por la
jerarquía de campaña llegando a los soldados rasos.
Comienza la marcha. Son las tres de la tarde y no ha habido ni un
momento para llevarse nada a la boca. Algún cigarrillo y agua
templada de las cantimploras.
A escasas dos horas del inicio de la marcha, en el horizonte, se ha
hecho la noche; los soldados miran los relojes y estupefactos reciben
el aviso : es el hamsin, el castigo divino que azotó al rey
Salomón, ese viento bochornoso que trae arena y roba la luz del
día. Un soldado judío se persigna. Siente por todos sus
poros la misma antigua maldición.
La marcha no se detiene pero se hace costosísima. Hay orden
estricta de permanecer a veinticinco metros del vehículo
precedente cuando la verdad es que no se ve un alma a tres metros y
encender los faros queda tajantemente prohibido para no delatar la
posición. La instrucción recibida y la experiencia
acumulada por cada conductor no sirven de mucho. Por no servir ni
siquiera hacen más llevadero el asunto las sofisticadas gafas de
navegación nocturna de a cinco mil dólares la unidad.
Pasan las horas inciertamente. La cadencia es cada vez más
lenta. La presencia de grupos armados paramilitares fieles al tirano o
de simples guerrilleros que en las carreteras emboscan a los elementos
rezagados del convoy, fuerza a cruzar campo a través en una
buena parte del trayecto.
En medio de la nada, los vehículos chocan unos contra otros,
vuelcan en las dunas y van desapareciendo tragados por la oscuridad.
Adalberto Gray con el corazón encogido besa el crucifijo del
pecho y sale con sus compañeros intentando repeler los disparos
que vienen de ahí delante. La soledad infinita y las largas
horas de marcha le hacen caer en un pozo interior. Habiendo perdido ya
el subfusil y derrotado por dentro, mira a todas partes para no ver
nada ni a nadie, no hay dónde guarecerse de esta oscuridad.
Los hombres vinieron aquella noche sin mirada. Todo era oscuridad que
los engullía. El presentimiento de su llegada fue lo
único a mano para conocer...
Llegaron en autos oscuros dispuestos a encontrar la clave en la
búsqueda del tirano huido. El guarda que franqueaba el paso al
complejo urbanístico apenas pudo articular palabra; lo dejaron
tendido mediante un gracioso golpe occipital. Tenían prisa y
así quedó patente a todo el que se cruzaba en su vereda.
Cuando alunizaron en el edificio exacto de sus pesquisas, se
repartieron alrededor, algunos fumando (quizás Malboro el del
jinete cofianzudo) mas todos con torvos rostros llenos de
tensión. Llamaron a la puerta, nadie contestó.
Arremetieron y tras el crujido de la madera comprobaron que no
había allí ni un alma. El tal Chaffardelli hacía
unas escasas horas que había abandonado el minúsculo
apartamento. Los sabuesos de bella mandíbula prominente
rastrearon las pocas esquinas que albergaba el cubil. Fue el
mandamás del grupo el que más iracundo se tornó
por la huída del ínclito Chaffardelli.
Exploraron los restos de comida : una hamburguesa mordisqueada, una
coca-cola enlatada a medio beber y un sinfín de bolsas de
plástico que en su día habían albergado todo tipo
de aperitivos como bien uno puede imaginar ( papas fritas, delicias de
queso, cortezas de cerdo, galletas saladas, es decir, un largo
etcétera ).
- Voló nuestro Abdulá, ni rastro del ave en la ciudad.
- El chivatazo nos ha alcanzado tarde ¿no?- apuntó el
mano derecha.
Los objetos, bien es verdad que escasos, fueron esparcidos por el suelo
del inmueble. El registro meteórico, apenas duró unos
diez minutos, aportó pocos objetos de interés y entre
ellos un pequeño libro - con apuntamientos en tinta
negrísima - de lomos negros y cantos dorados haciendo la
impresión de un misal, que sin demora fue introducido en una
bolsa de plástico. Uno que quedó en la puerta hizo una
reverencia al observar el libro. El mano derecha se frotó los
ojos y sentenció :
Desde arriba han descartado abandonar.
La lluvia también apareció a la par que el portón
de la furgoneta con los objetos del registro se cerraba y comenzaba el
ronroneo del motor. El mandamás, en un estético gesto de
filme policiaco, volvió la mirada hacia el inmueble y
catapultó con fuerza la colilla hacia los setos cercanos, gesto
grandilocuente éste para tratarse de un pobre agente a las
órdenes de una pequeña prefectura de Um-Qasar.
Una compuerta del suelo en el altar de las ofrendas se mueve hacia un
lado con un leve chirrido de bisagras mal engrasadas y un hombre tocado
con una túnica purpura anda cadenciosamente hacia la columnata
derecha del templo, con graves pasos, como si el mundo fuera a parar de
un momento a otro o mejor, como si ya estuviera parado hace rato.
La mezquita del barrio chiíta, majestuosa, brilla con el naranja
único del ocaso. El mulá entona la llamada a la
oración vespertina y entonces las muchedumbres, cansadas por la
lucha de la jornada pero no obstante ilusionadas, entran en el recinto
en medio de un asombroso silencio. El mulá como todas las tardes
pronuncia la llamada a Alá. Los fieles se repliegan sobre el
suelo. En ese mágico momento, por entre las columnas, la sombra
lenta del hombre de la túnica camina por un acceso lateral
todavía a tiempo de recibir la luz rosada del día que
muere. Varios militares, fuera ya del portalón y bajo una
tejabana en semipenumbra, se cuadran ante el hombre de la mezquita e
intercambian unas palabras; se introduce éste en el interior de
un microbús y se tumba en un doble fondo para ser cubierto por
una plancha metálica de grosor respetable.
El chófer de ojos oscuros y gesto perspicaz recibe las
últimas instrucciones antes de partir hacia las afueras de
Bagdad. Allí tras veinte minutos de viaje detiene su recorrido
internándose en un barrio pobre y solitario. Ante un hangar
incrustado entre casas de adobe hace guardia una pareja de hombres con
turbantes ambos de rostro aceitunado, pero altivos muy altivos a la vez
que delgados. Franquean el paso al omnibús.
Tal como estaba acordado allí en el interior esperaban hacinadas
en unos sofás mugrientos las meretrices. Perfumadas y con cara
de cansancio. Ocuparon los asientos sin rechistar; no quedó
ninguno libre.
Poco tiempo después el vehículo serpenteaba ya por las
afueras de la ciudad y se internaba en territorio tomado por el invasor.
Era de esperar, pero el chófer no perdió la compostura,
un control de marines apostados en un gran perímetro formaban un
arco cuyo centro lo constituía una garita improvisada a orillas
de la carretera. Las barras y estrellas que ondeaban tenían un
sentido más folclórico-patriótico que militar. Los
soldados mascaban chicle y parecía que llevasen una eternidad en
aquel resecado terreno por lo distendido de su presencia.
Adalberto Gray perdido y vuelto a encontrar por sus compañeros,
estaba sentado a la sombra de la garita, envuelto en pensamientos
lejanos.
Él tal como sus compañeros vió acercarse el
pequeño omnibús
Él tal como sus compañeros vió acercarse el
pequeño omnibús levantando una polvareda del diablo que
se detuvo ante el requerimiento de los soldados. El chófer fue
conminado a salir.
Repentinamente Adalberto Gray empezó a señalar a aquellas
mujeres del interior y su sonrisa se contagió a todos los
guardianes. Fue entonces cuando el conductor mostró unos papeles
llenos de sellos. La carcajada fue general al comprobar el lindo
cargamento de prostitutas que iban destinadas hacia el frente norte.
El guiño de ojo del chófer a Adalberto Gray fue un
destello de esperanza entre ese calor y esa arena amasados sobre sus
gargantas. Se puso al volante de nuevo y se despidió de los
soldados con agudos bocinazos que fueron la delicia para aquellos
jóvenes.
La polvareda fue ocultando a lo lejos aquel grupo de soldados cuyas
sonrisas quedaban como testimonio de futuras e interminables horas. El
conductor sonrió para sus adentros. Un poco después en el
cruce con el que topó leyó el cartel indicador,
volvió a sonreír y sin dudarlo tomó rumbo a
Tikrit.
Jon Rosáenz
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