Parecía una tarde de Sábado.
Sí, definitivamente
era sábado y de Setiembre para mas señas. La luz era
intensa, el calor no tanto. El sol apuntaba ya hacia el horizonte.
Nuestro hombre paseaba solo, entretenido a la sombra de la
Basílica de Begoña, símbolo del viejo Bilbao hoy
capital internacional de la cultura.
La tarde se presentaba miradora y nuestro hombre se dejo llevar.
Apoyada en el antepecho de una taberna, una niña cercana a la
adolescencia, de cabellos frescos rubios atenazados por una coleta de
esas que llaman de caballo, observaba atentamente el interior del local.
Miraba con ojos azules y bellos, miraba sin pestañeo, sin
disculpa. Era una niña, casi moza con aspecto de hija.
Un estruendo extraño para un sábado de Setiembre
arrancó a nuestro hombre de su tarea. Dentro, en la taberna, la
parroquia boceaba unánime y polifónica.
Nuestro hombre curioso y sin dejar de observar a la niña, se
acercó y se asomo a la taberna. Una niebla americana llenaba
aquel templo y al fondo una pantalla exigía la atención
hipnótica de la turba. Una pantalla de un verde falso moteada
por colores repetidos, chillones, poderosos.
La niña seguía absorta, mimetizando el comportamiento
general.
— ¡¿Qué pasa? ¿Por qué gritan?- se
atrevió a preguntar nuestro hombre a la niña.
Ésta, sin apartar un momento la vista del interior,
espetó:
— ¡El hijo puta del arbitro que siempre nos jode porque somos
vascos.
Y antes de que nuestro hombre pudiera coger aire, añadió:
— ¡…el puto moro ese que ha metido el gol en fuera de juego y
encima se
descojona. ¡Qué se vaya a su puta casa a comer
plátanos!
Joseba Molinero
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