Angelita pertenecía a la Truppe de los
Manfredi, una familia de
profunda raigambre circense y de la que ya solo quedaban tres miembros:
Antonio, Ruben y la propia Angelita. Antonio y Ruben eran hermano y
primo de Angelita y todos ellos eran oriundos de un pequeño
pueblo abulense, Diego Álvaro. Allí una anciana
tía abuela cuidaba de la casa familiar, algo desportillada que
fue el orgullo del primer Manfredi, el abuelo Lucas. De cuando en vez
pasaban algunos días en el pueblo, cada vez menos frecuentemente
y encontraban menos razones para volver, quizá las
garrapiñadas y la peña del Bardal, donde dicen que
Ambrosio, el de las mulas, encontró un hacha del
neolítico mientras hacia de vientre. Ambrosio acostumbraba a
limpiarse después de la deposición con una piedra;
aquella piedra le cortó como mantequilla el duro pellejo del
cagadero y sangró como un "cerdo con el pincho en el
gañote". Le amoscó aquella piedra cortadera y la
bajó al pueblo donde el maestro le dijo que aquello tenia valor.
El hacha esta en el Museo etnológico de Ávila y Ambrosio,
que lo único que sacó de su hallazgo fueron varios puntos
en el culo, ya no se limpia con piedras.
La tía
abuela Ernesta siempre decía que el aire del
pueblo era muy sano y que como allí en ningún sitio. Para
la tía abuela Ernesta todos los día eran lo mismo, camino
pequeño para la iglesia a escuchar la breve misa mañanera
de Don Augusto, camino pequeño a casa con el frío bien
dentro. Recuperaba la sangre en un tazón repleto de sopas:
desmigaba lo que iba quedando de la hogaza del Domingo hasta que la
leche se ahogaba. La leche la tomaba sin hervir, recién
ordeñada, según la traía Matías en la
cantara de cuartillo. Matías decía que la leche
recién ordeñada espantaba los virus y la tía
abuela Ernesta asentía porque ella "nunca estuvo en cama". El
resto del día lo repartía entre vecinas y pucheros,
brisca y alameda. La vida de la tía abuela Ernesta era realmente
muy sana como el aire del pueblo y Angelita no alcanzaba a comprender
porque todo lo sano es tan aburrido. Angelita se apagaba en el pueblo.
Ella que como decía la tía abuela Ernesta era "todo
chispa", en el pueblo se amustiaba y se le ponía un cuerpo
modorro. Se pasaba interminables horas sentada a la vera de la casa en
una silluca de espadilla viendo pasar el sano aire del pueblo. Como
Angelita estaba de buen ver, como moscas a la miel se acercaban los
pocos mozos que aun quedaban allí y le soltaban a bocajarro
alguna chusquez que a Angelita le producía aun mas modorra.
"Angelita que te vas a pochar todo el día sentada, vente Ca El
Chivo, nos empujamos unos botellines y nos ponemos tu y yo a tono,
juntitos". "Vete a la mierda, Toño". Y seguía sentada con
el aire sano del pueblo arrebolándole las mejillas. La
tía abuela Ernesta decía que Angelita "miraba dentro" y
quizá lo que veía ahí dentro, en la gente del
pueblo le aplanaba.
Llevaban ya varios
días en Talavera haciendo buen dinero cuando
se incorporó una nueva pareja de payasos, Bombillita y
Lamparón. Los hermanos Pantufla habían instalado un
taller de chapa y pintura en Molina de Aragón y habían
dejado al Price huérfano de clowns. El forzudo y la mujer
barbuda tuvieron que reciclarse y hacer el numero de la tarta, y el de
la flor con agua y el del garrote y la bocina, pero no tenían
maldita la gracia, así que la dirección decidió
contratar a una pareja de payasos profesionales con "carácter de
urgencia". Con Bombillita y Lamparón la gente se doblaba de
risa. Tuvieron que prorrogar varias semanas en Navalmoral y
después en Plasencia y en Cáceres estuvieron casi seis
semanas.
Angelita se
enamoró como una tonta de Lamparón.
Estaba todo el día embobada, se le caían los bolos y tuvo
que dejar de actuar junto a Antonio y Ruben. Lo curioso del caso es que
nuca consiguió ver a Lamparón sin el maquillaje de
payaso. Lamparón era muy reservado, casi no salía de la
caravana individual que le asignaron según sus deseos. Angelita
solo le veía actuando, pero era mágico. Hablaba
despaciosamente pero con música, andaba con una cadencia que
nublaba la vista y miraba muy dentro, como Angelita.
Angelita nunca se
atrevió a decirle nada. Se llamaba Mario, se lo oyó decir
al jefe de pista un día de función en Alcañiz. Y
guardó ese nombre en su corazón cinco largos años.
Nadie en el Circo sabia de su pasión y aquello creció y
amenazaba con reventar dentro. Angelita se consumía, casi no
trabajaba, se dedicaba a penosas labores de limpieza de los animales y
Ruben ya le había aconsejado que dejara el Circo, "que no
podemos mantenerte si no trabajas. Mejor será que te vuelvas al
pueblo y te recuperes de lo que sea que te pase".
Una noche tras la
función, Angelita vencida por un angustia
negra, se asomó a la ventana de la caravana de Mario. Se estaba
desnudando. Debajo de la chaqueta verde pistacho y de la camisa con
topos amarillos y azules, una venda secuestraba dos pechos angustiosos.
Joseba Molinero
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