El cielo ha estado azul toda la mañana
y el sol se ha colado,
por
el balcón, haciendo que el hule del pasillo parezca amarillo.
Cuando me he cansado de meter papeles por el agujero de la puerta del
cuarto, me he acercado al Rubio, que estaba tumbado en el
paragüero.
El Rubio es un gato
muy bonito. Es como un tigre, con
rayas rojas y naranjas, y tiene unos bigotes largos y blancos; pero
también es un gato muy malo y me ha arañado la nariz,
haciéndome sangrar mucho.
Cuando he llegado
al taller, llorando
y sangrando, mi madre me ha llevado a la cocina, gritando que ese gato
es una alimaña y que me podría haber sacado un ojo. Yo no
sé que es una alimaña, pero tienen que ser animales muy
peligrosos, si son como el Rubio, y he aprendido que tengo que alejarme
ellos si no quiero que me hagan daño.
Mi madre me ha
lavado la cara en la fregadera y me ha echado de lo rojo
en la herida y me ha puesto un trozo de algodón con esparadrapo
y me ha dicho que Juan me llevará esta tarde al Montuco.
Como me ha
arañado el Rubio, me han dado patatas fritas para
comer y no me han gritado por que no las he comido todas. Juan me ha
dicho que iremos al Montuco, con Pablo y Juan Carlos, cuando me acabe
las patatas; así que las he comido todas para salir enseguida de
casa.
Juan es mi hermano.
Se llama Juan Antonio, como el abuelo de mi madre,
pero todos le llamamos Juan, menos Pablo, el hijo de Abundio, que le
llama Totín, por que cuando yo era pequeño me cuidaba y,
por eso yo, a veces, le llamo Tato, pero no lo hago delante de la gente
para que no se note que soy un niño pequeño. Juan es
mayor, por que es verano y lleva pantalones largos. Yo los llevo
todavía cortos, pero cuando sea mayor también
llevaré pantalones largos en verano. Juan va al colegio de los
curas y tiene una cartera de cuero con dos hebillas y me ha dicho que
cuando yo vaya a la escuela me dará la cartera para que lleve
los libros.
Al salir de casa
nos encontramos con Luisito Bárcena
que está metiendo su bicicleta blanca en casa de Milia. Lleva,
como siempre, su traje azul de mahón con las perneras de los
pantalones cogidas con unas pinzas de hierro y una boina grande.
Luisito Bárcena es un hombrecito muy simpático, gordito,
con el pelo blanco como un cepillo y gafas de oro, que siempre se pone
contento cuando nos ve. Todo el mundo quiere a Lusito Bárcena y
dicen que parece mentira que pueda subir el Escudo en bicicleta con la
edad que tiene.
Al llegar al primer
piso vemos que Charines está saliendo de
casa. Juan le saluda con la mano y Charines hace un ruido, por que
Charines es mudo y es una cosa rara por que todos le llaman el Sordo y
yo no sé muy bién por qué le llaman el Sordo si es
mudo. A mí Charines me da mucho miedo, por que se emborracha y
por las noches, cuando estoy en la cama, le oigo como da muchos golpes
por la escalera y en casa; y una vez vi sangre en la escalera y mi
madre dijo que era de Charines, que se había caído.
Al salir a la calle
cruzo a la acera de enfrente para ver el toldo de
Diestro. Tiene una rana y un trebol verdes y pone, en letras blancas:
CAFÉS LA RANA. CAFÉS EL TREBOL. Yo no sé leer
todavía, pero mi hermano me ha dicho que son las marcas de
café de Diestro y yo creo que tienen que ser cafés muy
buenos por que la rana es muy bonita, pero, en casa, mi madre compra
café del DROMEDARIO y yo creo que todos los cafés tienen
nombre de animal.
Después me
paro a mirar por la ventana del
taller de Cotera para ver como trabaja. Cotera hace bolos y bolas en un
torno, que es una máquina que da vueltas a los maderos haciendo
que salgan de ellos serpentinas de madera. Cotera es un hombre gordo y
calvo, con gafas redondas de concha, que siempre lleva la misma camisa
de gris de cuadros azules. Cotera también hace peonzas y
gárabos. Las peonzas cuestan dos cincuenta y los gárabos
una peseta, pero no tienen casi corrida, por eso mi hermano tiene una
peonza y cuando sea más mayor me enseñará a
tirarla, por que ahora no puedo sujetarla por que la moneda de dos
reales del final del cordelilllo es muy grande. El taller de Cotera es
muy oscuro y él trabaja con una bombilla encima de la cabeza,
así que parece que solo tiene cabeza y manos.
Vuelvo con mi
hermano, que se ha parado en el Astur a ver la
máquina de petacos nueva. El Astur es un bar nuevo que han
abierto, debajo de casa, los padres de las Nenas del primero. Yo bajo
mucho al Astur a ver la tele y a ver como juegan en las máquinas
de petacos y hay veces que los hombres me dejan jugar una bola y me
acercan una banqueta a la máquina para que alcance a ver la
bola. A mi madre no le gusta que baje al Astur, por que dice que huelo
a colillas y que es una taberna y que una taberna no es un sitio bueno
para un niño. Yo creo que el Astur no es una taberna, por que
tiene sillas de asiento redondo con forro de piel de colores azul y
rojo y verde y tienen tofes DAMEL. Los tofes son caramelos blandos muy
ricos, los hay de cacao y de café, y mi hermana los compra
cuando va al cine y siempre me da uno. El Astur no es una taberna por
que en las tabernas no venden tofes.
Después del
Astur está la carnicería de
Canorín, que es tan oscura como el taller de Cotera pero huele a
sangre y a rancio, por eso cruzamos, otra vez, la calle junto al carro
de la Lechera. Pasamos con cuidado, por que el caballo es muy grande y
nos puede dar una coz; además caga y mea mucho y te puede
salpicar. Cuando llega el Lechero con el carro, toda la calle huele a
caballo, moñiga y leche. La Lechera está orgullosa de su
carro por que le ha puesto ruedas de goma, como las de un tractor, y
dice que cuando está en marcha solo se oyen las herraduras del
caballo pegando contra el suelo.
Seguimos por
delante del estanco de la Culines, que es una viejuca
flacurcia vestida de negro. Yo hablo mucho con ella por que bajo al
estanco a comprar tabaco para mi padre, pues soy mayor para cruzar la
calle y hacer recados. Antes, mi padre fumaba JEAN, que viene en una
caja roja con un leoncito negro, pero ahora ha salido un tabaco nuevo
que se llama DUCADOS. El DUCADOS cuesta once pesetas y viene en una
caja azul y blanca con una moneda de oro. Por eso, cuando pasamos por
delante del estanco saludo a la Culines, que se llama María
Luisa.
Pablo y Juan Carlos
ya nos están esperando en el portal de su
casa, que está un poco más arriba del estanco. Pablo y
Juan Carlos son los hijos de Abundio, el de la tienda de ultramarinos,
que es amigo de mi padre, y Pablo es amigo de mi hermano y Juan Carlos
es mi amigo. Pablo tiene la misma edad que mi hermano y Juan Carlos la
misma edad que yo, así que estamos muchas veces los cuatro y
Juan y Pablo nos dicen que echemos carreras de triciclos y yo siempre
gano a Juan Carlos que está gordo y mi hermano se pone contento.
Vamos todos hacia
el Montuco, pasando por delante de las casucas donde
viven Suco y Mero. Mero es el barrendero, tiene las piernas muy
torcidas y con los pies para afuera, pero parece que no le importa,
pues siempre está contento y saluda a todo el mundo y canta
cuando barre la calle.
Más adelante
está el taller mecánico y volvemos a
cruzar a la otra acera, por que, en donde el mecánico, muchas
veces, se ven rayos de color azul. Estos rayos son muy bonitos:
blancos, azules y morados pero no los puedo mirar por que me ha dicho
mi padre que me puedo quedar ciego, pero hay veces que miro un poco,
por que, al cerrar los ojos, sigues viendo el rayo. Además, el
mecánico te da canicones de hierro cuando está de buen
humor. Los canicones son muy grandes y pesados y brillan tanto que
parecen de plata, pero con el tiempo les van saliendo pintas marrones y
acaban quedandose todo roñosos; pero siguen valiendo mucho para
jugar y, además, hay muy pocos, por eso tengo que vigilarlos muy
bién para que no me los coja Juan Carlos, que es muy envidioso y
parece que le gusta todo lo mío.
Antes de llegar a
la Llama pasamos por el Corralón, donde viven
los Pelirrojos. Los Pelirrojos, que son también amigos de mi
hermano, se llaman Ceci y Pipe y son muy traviesos. A mi padre le gusta
contar la historia de como se encontraron un cartera con dinero en la
calle y Pipe le dijo a Ceci: “Ceci, ¡somos ricos!”, pero los
padres de Ceci y Pipe, llevaron la cartera a la Policía, que
devolvió el dinero y a los Pelirrojos les dieron una recompensa.
Los Pelirrojos están jugando al hinque en el Corralón y
preguntan si queremos jugar, pero mi hermano les dice que vamos al
Montuco y ellos prefieren quedarse y nos vamos.
Seguido del
Corralón está la bodega de Compostizo, que
tiene mucho toneles fuera que huelen a vino y madera vieja. En la
esquina de la bodega hay un anuncio hecho de azulejos amarillos con un
hombre que lleva a cuestas un carpancho de uvas y tiene escrito “MAS DE
MEDIO SIGLO DE PRESTIGIO”, que ni yo ni mi hermano sabemos que quiere
decir.
Cruzamos la
carretera hasta la Llama, que es el sitio donde hacen los
jueves el mercado y los domingos la feria. La Llama está llena
de unos árboles que se llaman plátanos, pero que no dan
plátanos si no unas bolas de color verde, que se desmenuzan como
si fueran los filtros de los cigarros, que se llaman picapica pero no
pican. La Llama está muy animada los días de mercado y
feria. A mi me gusta más el mercado que la feria, por que a
veces viene el “Rey del bolígrafo”. “El Rey del
bolígrafo” es un señor que por un duro no te vende un
bolígrafo ni dos, si no tres bolígrafos y además
te regala una cartera para llevar el carné. En el mercado se
puede comprar de todo, sin embargo en la feria no hay más que
ganaderos y vacas, con las que hay que tener mucho cuidado por que te
pueden pisar. Los ganaderos llevan traje de paño y camisa
blanca, sin corbata, abrochada hasta el cuello, van con la boina echada
hacia atrás y una vara de avellano, con la que azuzan a las
vacas que no obedecen. También se dan la mano muchas veces y
sacan muchos billetes de la cartera, por eso pienso que la cartera que
se encontraron los Pelirrojos sería de algún ganadero.
También hablan de Juanín y Bedoya, que son unos
bandoleros que había en el monte y de Pepe el de Fresneda que es
un cazador que mata lobos y osos.
Pero a mí,
lo que más me gusta de la Llama son los
caballitos, que los ponen en las fiestas de la Patrona. Los caballitos
de ORTEGA son de todos los colores y suben y bajan y dan vueltas. Me
gustan tanto que cuando era pequeño lloré mucho cuando
los quitaron, pero ahora sé que los volverán a poner
cuando sea la Patrona y habrá, también, casetas de tiro y
churrerías.
Atravesamos la
Llama y cruzamos la carretera enfrente de la Comercial.
La Comercial es un almacén donde venden botones y cremalleras.
Algunas veces acompaño a mi hermana a comprar cremalleras y la
dependienta le dice que yo no soy su hermano por que a mi me
abandonaron unos gitanos en un cubo de basura. A mi me entran siempre
ganas de llorar, pero mi hermana me consuela. Mi hermana se llama
Maribel y es muy mayor. Es tan mayor que la gente le pregunta si soy su
hijo y ella sonríe y dice que soy su hermano pequeño.
Al lado de la
Comercial está la barbería de Félix.
A mi me gusta la barbería por que antes de cortarte el pelo
esperas un rato viendo los tebeos. Los tebeos que más me gustan
son los Pumbys. Mi padre me lee las historias de Pumby, Cangurito y
Barbudín y hay veces que sueño con ellos y otras veces
los veo por la calle, pero no estoy seguro de que el resto de la gente
los vea por que nadie se sorprende de que estén ahí y no
me dicen: “Mira a Pumby” como cuando nos cruzamos con un burro y te
dicen: “Mira un burrín”.
Luego torcemos
hacia el cementerio y pasamos por debajo de la bolera de
Federico Mallavia. En la bolera los hombres juegan con los bolos que
hace Cotera y cuando tiran muchos parece que se oye música y los
hombres se sorprenden y aplauden; pero cuando más se sorprenden
es cuando tiran el bolo más chico, que se llama emboque.
Justo al lado de la
puerta de la bolera está la cuesta que sube
al cementerio. Es una cuesta muy pindia con los mismos árboles
que hay en la Llama. Al final de ella está el cementerio, que es
el sitio donde llevan a los muertos. Yo he estado allí con mi
madre el día de los difuntos, pues allí está
enterrado Marianín. Marianin era mi hermano mayor que se
murió cuando era niño por que se clavó un clavo
roñoso y en aquellos tiempos no había penicilina. Mi
padre dice que Marianín era muy listo y que jugaba al ajedrez y
tenía un gato al que le decían el gatín de Nini.
Cuando pasamos por
delante del cementerio todos vamos callados como si
tuviesemos miedo o nos acordáramos de alguna persona. Yo me
acuerdo otra vez de Marianín y me da mucha pena por que no
sé si habrá estado en el Montuco y me parece que voy a
empezar a llorar, pero enseguida mi hermano dice que hay moras y
empezamos a cogerlas.
Juan me dice que
las rojas no están maduras, que coja solo las
negras y que tenga cuidado con las espinas de los bardales y con las
ortigas. Lo peor son las ortigas por que si las tocas te escuece
muchísimo y no se te quita el dolor en toda la tarde.
También hay, en el suelo, comida de culebras, que son unas bolas
rojas muy brillantes pero no se pueden tocar por que son venenosas.
Pasa lo mismo con las meacamas que son las flores más bonitas
que hay en los prados, son como las chibiritas pero más grandes
y con más petalos y todas amarillas y resulta que no se pueden
coger, por que te meas en la cama. A mi me parece que no te puedes
acercar a las cosas bonitas así como así, pues te
envenenas o te meas o te arañan la nariz, como me ha hecho el
Rubio.
El camino al
Montuco es muy entretenido por que además de
las moras puedes ver lagartijas en los muros y oir a los
pájaros, que son miruellos, por que lo ha dicho Pablo que
entiende de pájaros. Los miruellos son pájaros negros que
silban muy fuerte y muy variado, como si fueran personas.
También vemos pisonderas que no cantan mucho pero que andan a
pasitos como las personas y por eso se llaman pisonderas.
También hay muchos gorriones, pero hay gorriones en todas partes
y se comen todo y mi hermano los caza con un tiragomas, pero hoy se le
ha olvidado y se queja por ello.
Al final del camino
está el
regato que atufa a alcantarilla y está lleno de saparnatos que
dice Juan que si los tienes en casa se hacen ranas pero que las madres
siempre los tiran antes de que se hagan. Pasamos el regato pisando
sobre dos o tres piedras, con cuidado por que resbalan mucho por el
verdín y llegamos a la cuesta del Montuco.
El Montuco huele a
ocálito y a tierra mojada. Los arboles dan
mucha sombra y después de tanto sol parece que está
oscuro, pero yo echo a correr para llegar el primero al tronco del
árbol cortado que a mi me parece un tanque y empiezo a jugar a
la guerra. Juan Carlos no puede correr por que está gordo y
nunca llega para subirse al tanque, por eso hoy Pablo le ha subido a un
árbol y me dice que es un avión, pero a mi no me importa
por que a mi me gusta el tanque y además puedo jugar sin miedo a
caerme.
Cuando acabamos de
jugar nos llaman Juan y Pablo que nos han hecho unos
ranchos. Juan lo ha hecho con palucos y tiene la casa y la cuadra y las
vallas y es igual que el de Bonanza en el que todo está hecho de
madera y me gusta más que el que le ha hecho Pablo a Juan
Carlos, por que lo ha hecho de helechos y los ranchos de verdad no son
de helechos y Juan Carlos tiene envidia y hace como que se cae y tira
la valla de nuestro rancho y yo quiero pegarle, pero Juan me dice que
no me preocupe que el lo arregla, pero yo ya me enfadado y estoy todo
el rato vigilando a Juan Carlos para que no rompa nada.
Entonces, Juan dice
que nos tenemos que ir a casa y yo no me quiero ir
y él contesta que se hace tarde y entonces le pregunto si nos
podemos llevar el rancho a casa y el dice que lo dejemos aquí
que volveremos otro día para hacerle más grande y que sea
un fuerte para defendernos cuando nos ataquen los indios.
El cielo
está cambiando de color y el sol se ve redondo y
naranja. Volvemos a casa hablando del rancho y Juan me dice que me
dibujará un tanque en un papel para que juegue y cuando llegamos
al cementerio veo que hay dos hombres sentados en el banco de la puerta
y entre los dos está Marianín vestido de marinero. Uno de
los hombres tiene gafas y el bigote blanco y el otro es muy serio y
tiene el pelo blanco. Estan haciendo cigarros de caldo y el del bigote
blanco lo hace muy deprisa como un mago y se lo pone en la oreja a
Marianín y le hace reir. El del pelo blanco lo hace muy despacio
y parece que no le sale bién y cuando lo acaba lo enciende con
un mechero de gasolina y echa el humo por la nariz como si fuera un
dragón y escupe un trozo de tabaco. Entonces se levanta y me da
unos tebeos y me dice:
“Toma, a mi ya no
me hacen falta”
Son Pumbys. Hay
muchos. El más bonito tiene un ciervo que vende
periódicos y revistas y los tiene colgados en los cuernos. Echo
a correr cuesta abajo y se los enseño a Juan, que me dice:
“¡Qué
suerte!, ¿quién te los ha dado?”
Y respondo:
“Aquellos
señores que están con Marianín”
Y sé que mi
hermano no vé a nadie por que hace como que
no me ha oido y me dice:
“Vamos, te los
encuadernaré con los cartones de los
paños”
Y nos marchamos a
casa y miro a los hombres como llevan, de la mano, a
Marianín al Montuco y, entonces, el hombre del pelo blanco se
vuelve y me dice adiós con la mano. Está sonriendo.
Miguel San José
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