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La
araña teje las cortinas del palacio de
los
césares
Y la lechuza sustituye a los
centinelas
En las torres de Afrasiab.
Poesía Persa
Desde la torre se podía atisbar la
desértica planicie que
rodeaba la ciudad sitiada. En aquel atardecer de cielo cobalto con dos
soles, una figura paseaba solitaria por las ruinas del círculo
de fortificaciones, esquivando los cadáveres insepultos de los
compañeros, fundidos, a veces, en abrazos eternos con sus
enemigos. De vengadores, de salvadores habían pasado a
prisioneros de aquellos seres extraños y fanáticos.
Las
defensas automáticas habían dejado de funcionar durante
la última embestida, y sólo el sacrificio de gran parte
de los miembros de la expedición había impedido que los
aborígenes de aquel mundo misterioso acabaran penetrando en el
último reducto.
Ahora vivía
la tregua forzada por los dos soles.
A la puesta del gigante rojo en el horizonte del lejano norte, una vez
finalizados sus ritos de preparación para la batalla y el
suicidio ritual, volverían.
El hombre
acarició la piedra esférica que simbolizaba su
planeta natal. Sus dedos recorrieron las costas de aquellos continentes
distantes, pardos rodeados de azules, perdidos ya para siempre en el
mar de estrellas. Su mundo ahora no sería más que una
celda sin ventanas, gélida y atestada de agonizantes que
estarían pereciendo en una noche sin sol y sin luna, arrebatados
por sus verdugos de hoy.
Nadie
comprendió cómo, pero habían robado la luz
de la Tierra convirtiéndola en un desierto negro, condenando a
sus habitantes a la lobreguez de habitaciones subterráneas, a
perecer con lentitud. Fueron los ladrones de soles; fue aquella
extraña raza necesitada de astros en torno a los que orbitar. Y
ahora, en aquel sitio, él se preparaba para morir. Sin
esperanza. El último en la defensa, sin haber conseguido
recuperar la luz, sus amigos muertos al pie de la torre en aquella
última aventura imposible y fracasada.
El rumor
desquiciante manaba otra vez desde las arenas. No quiso mirar.
Prefirió volver su vista hacia el sol que se escondía en
el horizonte y cuya luz a nadie en la Tierra volvería a
calentar. Acarició la piedra y lloró la rabia del
fracaso. Cerró los ojos un momento... Tan lejos del hogar y tan
cerca de la estrella robada.
Un último
rayo consigue trepar
sobre las dunas y posarse sobre su piel; ningún poema,
ningún hombre volverá a cantar una puesta de sol.
Él es el último hombre en aquel mundo y en todos los
mundos. Él verá el final. Él será el fin.
Roberto Sánchez
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