Hacia ya algunos años que Dios
vivía en una casa de dos
alturas de una urbanización de lujo de la ciudad.
Disponía de servicio permanente aunque su vida solitaria no lo
hacia necesario. Pero no podría ser de otra manera, no
debería ser de otra manera.
Trabajaba como
Director General de Servicios Sociales e
Intervención de Emergencias de Unicef en Europa. Estaba muy bien
considerado por su capacidad para predecir las más
insólitas catástrofes y las guerras mas remotas.
Le
gustaba desayunar café con porras en una cafetería
cercana al recio edificio Art Deco donde trabajaba. Resultaba muy
popular y todo el mundo le conocía y pedía consejo, en su
mayor parte sobre inversiones y finanzas. El se negaba a contestar
discretamente alegando objeciones de conciencia. La ética
representaba un pilar central de su vida. Si regalaba consejos cuando
se trataba de dilemas sentimentales, familiares o morales. Así
debía ser.
Deportista, sano,
ajeno a vicios y malos hábitos, gustaba de
pasear al atardecer mientras escuchaba música gregoriana en su
mp3.
Una tos persistente
que dormía con él durante el ultimo
año, le obligó contra su voluntad a visitar al medico del
seguro, que tras un primer examen rutinario le extendió un
volante para la consulta del especialista de turno. Después, un
escáner en el Hospital General, varias pruebas complementarias y
por fin el diagnóstico en forma de mancha negruzca,
cáncer de pulmón. Tres meses de vida, quizá seis.
Exigió sinceridad y la obtuvo por arrobas.
Mantuvo la calma,
se encerró en su casa para reflexionar y tomo
la única decisión sensata, iría Houston con sus
ahorros.
Joseba Molinero
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