Victoria se hallaba a unos 500 metros de la
cabaña 5A, ubicada
en
el extremo de poniente del lago Limbo, sobre una pequeña
explanada de firme rocoso. Caminaba con paso renqueante, como
dejándose caer por la pendiente poco pronunciada del promontorio
que bajaba. Debía llegar al descampado que daba apertura a los
jardines que rodeaban las cabañas del sector número 5 del
campamento de verano, antes de que la niebla le cerrase la única
vía de acceso a la explanada y las sombras de la noche velaran
los árboles, el manto multicolor de flores que cubría la
tierra que orillaba el camino en su parte final y, lo que era peor
aún, que se tragasen el camino mismo y el establecimiento de
colonias “El Limbo”. Avanzaba dando tumbos, ebria de dolor. Estaba
herida, llena de rasguños y magulladuras. Tenía las
piernas ensangrentadas y las rodillas en carne viva. Sus miembros
superiores no presentaban mejor aspecto, sucios de barro, verdín
y sangre. No podía mover el brazo derecho, porque cada vez que
lo intentaba era como si la más fiera de las bestias le
propinase una dentellada en el codo que le causaba un daño
insoportable. Un hematoma de tono cárdeno manchaba parte de su
frente. Y en el mentón se le apreciaba un corte profundo
semiapostillado por un coágulo… Progresaba muy despacio,
arrastrada por su propia inercia en aquel terreno cuesta abajo. Pero
cuando alcanzó el llano le resultó imposible seguir
adelante. Las piernas no le respondieron y se le doblaron
flácidas e insensibles, como las extremidades de una marioneta
articulada. Para evitar caerse tuvo que sentarse en el suelo. Estaba
frío y húmedo. Era una nueva adversidad que debía
soportar. Y permaneció en el casquijo en la misma
posición, inmóvil y resignada, sin arrestos ni para
llorar. Desde allí clavó la mirada, estática y
distante, en la prolongación del camino. En ese punto atravesaba
una arboleda de altísimos chopos y pinos adultos, y sólo
distinguió el guijo recubierto con esmalte de lluvia, que en
aquel paraje umbrío brillaba como una malla de dispersas
luciérnagas de plata. A lo lejos, la calima desdibujaba el
camino y la fronda. Probó a ponerse en pie apoyándose en
las nalgas y tomando impulso con el brazo izquierdo, aunque el esfuerzo
fue baldío. No había nada que hacer, a no ser que fuera
esperar un milagro o… Así lo entendió, y se
abandonó a la suerte. El tiempo fue pasando, lento, indiferente
y fatal, y al cabo de tres cuartos de hora la noche se desplegó
en espesos retales de oscuridad. Continuaba en el mismo sitio,
dejándose hacer por la muerte. Ya no notaba el cuerpo, leve y
exánime. Había superado el frío, el dolor y la
esperanza. Sintió una gran lasitud, acompañada de una
invasiva somnolencia. E impávida se tumbó en el balasto.
Victoria se revolvió en la cama y se despertó
bruscamente. Abrió los ojos, y observó aliviada que se
encontraba en la habitación azul de la Unidad de Cuidados
Intensivos que compartía con su hermana en el hospital en el que
les habían ingresado la víspera, ambas en estado grave.
Todo había sido un sueño. El camino de gravilla, el
bosque tenebroso, los empellones del infortunio, la noche y la muerte…,
todo un sueño. Instintivamente giró la cabeza para
comprobar la situación de Claudia, su “gota gemela”, que se
debatía entre la vida y la muerte. Vio un bulto envuelto en
vendajes, entubado por todas partes y conectado a una enorme
máquina que en el frontal mostraba distintas pantallas, luces,
gráficos y relojes, todo funcionando a la vez. Oyó su
respiración, que reverberaba en un gorgoteo silbante en la caja
de la máquina. Y la llamó con voz desfallecida y
entrecortada por la emoción. Su hermana no se inmutó.
Reposaba con la paz de un querubín durmiente. Sostuvo la vista
en aquel cuerpecillo revestido con apósitos y bandas de gasa,
conmovida por la quietud que transmitía. Y el amor filial
brotó en un manso y sosegado manantial de ternura sustanciado en
dos lagrimones que no se le desprendían de los lacrimales. Le
escocían los ojos y hubo de secárselos. Se
rebañó los párpados con un extremo de la
sábana y los mantuvo cerrados. Poco a poco fue
amodorrándose. Eran la propia debilidad y el sedante que le
habían proporcionado que reproducían de nuevo su efecto
somnífero. Y Victoria volvió a dormirse. Las colegialas
que participaban en las colonias se congregaban en los comedores de la
casa central del campamento. La mayoría de ellas había
pasado aquella tarde tormentosa en sus instalaciones viendo la
televisión, practicando numerosos juegos de mesa y
distrayéndose en la galería de recreativos o en el
espacio multimedia. Acababa de sonar la sirena de las nueve de la
noche, que anunciaba la hora de la cena, y las doscientas niñas
que integraban el grupo de colonias de ese año iban ocupando los
asientos en torno a sus respectivas mesas. Bueno…, todas no. Y de ello
se dieron cuenta las comensales de la mesa 5A. Faltaban dos
compañeras, Victoria y Claudia. Conocían que
habían salido a dar un paseo por los alrededores del campamento,
porque las hermanas así se lo habían comunicado a la
“capitana” de cabaña de turno. La “capitana” era la niña
que cada día se encargaba de velar por el buen funcionamiento de
la “brigada” a la que pertenecía. Cada “brigada” se
componía de ocho niñas: ocho niñas por
cabaña, ocho niñas en la mesa del comedor, ocho
niñas para cualquier actividad o competición. Pero en la
mesa 5A sólo estaban seis… La “capitana” decidió esperar
unos minutos antes de informar del hecho a la monitora responsable de
la Sección 5 del campamento. Cuando comenzaron a servir las
ensaladas y los fiambres estimó que ya no podía demorarse
más. Las gemelas no aparecían. El retraso resultaba
inexplicable en ellas, tan cumplidoras, correctas y disciplinadas como
solían ser. Y, profundamente preocupada, dio parte de la
incidencia.
Las tentativas de
la monitora para contactar con las hermanas a
través del teléfono móvil resultaron fallidas.
Así que no le quedaba otra opción que actuar conforme
prescribía el protocolo de emergencias para tales casos.
Llamó al centro de salud del pueblo y solicitó la
presencia de un equipo médico y de una ambulancia, y
procedió a poner en marcha un dispositivo de búsqueda.
Rápidamente se movilizaron todas las chicas del sector 5 del
campamento siguiendo las instrucciones que les indicó. A cada
brigada le asignó una zona de busca: a las integrantes de la
brigada 5A les tocó inspeccionar las cabañas del sector
5, a las de las brigadas 5B y 5C les encomendó el registro de
las demás cabañas de los restantes sectores, a las de la
brigada 5D les encargó la batida de los jardines aledaños
y a las de la brigada 5E les mandó ir a recorrer el único
camino de acceso al campamento. Las de la 5D y 5E, como debían
salir fuera del recinto del complejo colonial, irían
acompañadas por sendas monitoras. Las chicas tenían la
orden de regresar a más tardar a las once de la noche. Partieron
a cumplir la comisión con el corazón en un puño.
Iban provistas de linternas y teléfonos móviles, y las
capitanas llevaban además un botiquín de primeros
auxilios.
Fue la capitana de
la 5E quien enfocó con el haz de
luz de su linterna el cuerpo yacente de Victoria. Al verla,
profirió un chillido estremecedor que expresaba alegría
por el hallazgo, aunque también sorpresa y nerviosismo. Las
componentes de la 5E corrieron hacia la esquina de la carretera donde
estaba tendida la infortunada compañera. Hicieron un corro en
torno a ella. Nueve círculos luminosos titilaban en la noche y
proyectaban su luz a la cara macilenta de la accidentada. Las chicas la
miraban sobrecogidas. Todas lloraban. Se temían lo peor. La
monitora, en cambio, reaccionó pronto: se agachó,
cogió con una mano el brazo de la víctima por la
muñeca y con la otra mano le presionó el pecho a la
altura del corazón. Sus gritos de júbilo atronaron en la
calzada, y el eco rebotó en las cepas de los pinos, se
expandió por la chopera y se elevó al cielo orlado con
cenefas de luto. “¡Late, late! ¡Tiene pulso! ¡Vive,
vive!” repetía una y otra vez exultante. Las chicas de la 5E se
abrazaron felices. La monitora, ya más serena, recobró la
compostura y se hizo cargo de la situación. Dispuso que tres
chicas se encargaran de dar calor y masajes y de vigorizar a Victoria.
A las restantes les envió a explorar los alrededores.
Todavía no habían concluido la misión:
debían buscar a Claudia, que no se encontraba junto a su
hermana. Después se puso en contacto con la casa central de “El
Limbo”, donde aguardaban las miembros del operativo de gestión
de la emergencia, y les urgió a que enviaran al lugar una
ambulancia con equipamiento quirúrjico y asistencia sanitaria.
Éstas llegaron en menos de un cuarto de hora. Para entonces
Victoria iba superando la hipotermia y a la luz de las linternas las
chicas que la cuidaban apreciaron en sus mejillas un incipiente
arrebol. Sus caricias, abrazos y achuchones iban dando resultado. Por
el contrario, las compañeras que habían continuado con la
búsqueda de Claudia se reintegraron al grupo tristes y
cabizbajas, sin haber atisbado pista alguna de la desaparecida. Todas
esperaban que Victoria estuviera en condiciones de explicar lo ocurrido
y de señalar el punto preciso, o al menos la zona, en donde
podía estar su hermana. La malherida recibía cuidados en
el interior de la ambulancia. La doctora que le atendía
consiguió reanimarla y que volviera en sí. Victoria,
azarada y perpleja, oía sus palabras como un murmullo lejano e
ininteligible. Se sentía abatida, doliente y plomiza; Aún
así pudo pronunciar el nombre de Claudia. Lo repitió
varias veces. Y antes de volver a desmayarse acertó a decir en
un susurro lacónicamente: “en una sima… cerca de la gruta de los
Tres Ojos”.
La entrada de la
enfermera en la habitación rompió el
sueño de Victoria. Con mirada vaporosa, limitada al reducido
campo de visión que descubría la fina línea de sus
párpados semicerrados, la vio acercarse a la máquina que
registraba todo lo que sucedía en el cuerpo de Claudia y tomar
nota de los indicadores que apuntaban los distintos gráficos y
relojes. A ella le puso el termómetro en el sobaco del brazo
izquierdo. Luego abandonó la estancia. Victoria supuso que
volvería al cabo de cinco o seis minutos a quitárselo,
como venía haciendo cada dos horas desde que ambas hermanas
ingresaron en el hospital. Decidió esperar hasta ese momento, y
venciendo el sopor que le embargaba se entretuvo fisgando el cuadro que
colgaba en la pared en paralelo a otro de igual forma y tamaño
que quedaba justo delante de la cama de Claudia. Se trataba de dos
láminas recubiertas con metacrilato. Una, la del lado de su
hermana, representaba un inmenso campo de trigo diseccionado por un
camino que se perdía en el horizonte. Y la otra, la que
tenía enfrente, reproducía una vista de un valle de
verdes praderas y bosques frondosos. En el centro de la planicie se
asentaba un enorme lago de aguas argentinas, en cuya superficie se
reflejaba el arco iris que majestuoso se enseñoreaba reposando
los cuernos en las crestas de dos montes. A su alrededor se levantaban
numerosos grupos de cabañas y varias casonas diseminadas.
Sorprendentemente el paisaje de la fotografía presentaba una
extraordinaria similitud con el escenario que adornaba la pesadilla que
había protagonizado hacía unos segundos. Esta
circunstancia la descolocó. No sabía con certidumbre si
lo que estaba viviendo era realidad o un sueño infausto.
Sólo recordaba con meridiana claridad que volvía con la
familia a casa tras una estadía de tres semanas en las colonias
estivales organizadas por el club de tiempo libre al que
pertenecían ella y su hermana. Sus padres habían ido a
recogerlas, y regresaban en coche a la ciudad. En el transcurso del
viaje tuvo lugar el siniestro. Transitaban por la carretera general, y
en un cruce les embistió una furgoneta. Chocó de lleno en
el lateral derecho a la altura de la puerta trasera, justo en el lado
en el que acostumbraba a sentarse Claudia. El impacto fue brutal. Ella
oyó el alarido que lanzó su madre y seguidamente el
estruendo que produjo la colisión, seco y anonadante; luego
sufrió un violento revolcón que la impulsó contra
el cristal de la ventanilla de la portezuela izquierda. Recibió
un golpe fortísimo en la cabeza. Y a partir de ese instante todo
le resultaba sumamente vago. Flotaba en medio de una nebulosa de camas
de hospital, cuadros bucólicos, una máquina monstruosa,
medicamentos, enfermeras y médicos, capitanas, monitoras,
cabañas, bosques, caminos interminables, accidentes, dolor,
inanidad y noche.
Como había
previsto, la enfermera reapareció.
Irrumpió en la habitación y se acercó a su cama.
Ella la miraba impasible, como si tuviera ante sí la imagen
evanescente de un sueño. Le quitó el termómetro,
le administró unas pastillas y se marchó. Victoria no
tardó en dormirse profundamente… Cuando se despertó la
situación había variado radicalmente. Halló a su
madre sentada en la cama en la que hasta entonces había
descansado Claudia. Tenía los ojos rojos, la cara demacrada, un
pañuelo en la mano y la mirada extraviada en la pared azul de la
habitación. Detrás de ella, la máquina que antes
controlaba las constantes vitales de su hermana, ahora, con sus cables
y tubos recogidos en una esquina, sus luces apagadas y sus agujas y
relojes detenidos, parecía un armatoste fantasmagórico.
No dijo nada. Lloró en silencio. Y pensó que, si hubiera
seguido soñando, las componentes de la brigada 5E habrían
localizado a Claudia en el fondo de la profunda grieta a la que las dos
se habían precipitado en una mala pasada del azar, que la
habrían llevado junto a ella, que ambas serían ingresadas
en la habitación azul de la UCI del hospital de la ciudad y que
Claudia soñaría a su vez que deambulaba por un camino
solitario, polvoriento e infinito, en medio de vastos campos de trigo,
en compañía de un ángel.
Nicolás Zimarro
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