Juan era una acémila: piel atezada,
ojos azabachados, boca
cerrada, corpulento, con brazos fuertes y anchas espaldas. Caminaba por
el sendero pedregoso y abrupto que conducía a la venta del cruce
de caminos a la abadía de La Roca cargando con unas enormes
alforjas. A diario completaba aquel recorrido, para llevar a la
hostería toda suerte de productos frescos del campo. La caminata
comenzaba con la luz del alba. Nunca faltó a la cita, nunca
enfermó ni se quedó dormido. Aquella mañana
portaba en las árguenas alubias, cebollas y berenjenas. Se
sentía muy cansado. Como le sucedía muy a menudo, no le
dio mayor importancia. Porque siempre era igual: trotar y trotar sin
respiro ni consuelo por la misma vereda tortuosa e interminable. Eso
sí, tardó en llegar a la venta más tiempo del que
acostumbraba de ordinario. Una vez en ella, depositó la
mercancía en las estanterías de una vetusta alacena que
cubría una pared del pequeño almacén de la posada,
y se marchó. Procedía de esta manera rutinariamente. No
habló con nadie, ni nadie se percató de su presencia. Era
su suerte y lo habitual en un bruto: pasar y pasar por la vida en
silencio y sin estridencias. De regreso a la hacienda padeció en
distintas ocasiones varios pinchazos agudos en el pecho. Tampoco los
tomó en consideración (los animales no se quejan). Una
vez en la heredad, se atareó hasta muy tarde con la recolecta de
pimientos. Los síntomas de fatiga eran palmarios. Sin embargo,
no se alarmó (los animales no se preocupan, simplemente
revientan), y prosiguió con la labor. Cuando el sol declinante
se escurrió en el hayedo que marcaba los límites de la
finca por el poniente llegó el momento de la retirada.
Acabó la jornada exánime. Antes de recogerse a los
cobertizos se sentó en el pretil que jalonaba la entrada. No
había cenado nada, no tenía apetito. Permaneció
allí, apocado y exhausto, hasta que vio apagarse la
última luz de la casona de la finca. Luego se fue a descansar.
Se acostó en la yacija de paja habilitada por él en un
rincón de una cuadra. Intentó dormir, pero no
logró conciliar el sueño. Estuvo desvelado toda la noche,
por lo que sintió transcurrir la madrugada inexorable en un
flujo de horas graves y extenuantes. El dolor del pecho había
desaparecido. Finalmente despuntó la aurora. Y entonces se
durmió… Cinco minutos después el capataz irrumpió
en la cija. Sus gritos retumbaron en las desvencijadas paredes.
Reclamaba desabrido y colérico a Juan. Éste no se
movió. El capataz se acercó exacerbado al catre donde
reposaba y con rabia inusitada lo zarandeó. Juan
permanecía inmóvil. El capataz lo soltó
bruscamente. Había advertido que era un cadáver. Y
malhumorado abandonó el lugar mascullando: “¡Maldita sea!
¿Ahora dónde consigo yo una bestia de carga tan buena
como era ésta?”
Nicolás Zimarro
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