Siempre me gustó la Navidad. Amaia la detestaba pero a mí
siempre me gustó. Y me gusta aun más si hace frío,
mucho frío. Como en Covarrubias.
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- ¿Alberto?
- Sí, soy yo.
- Soy Félix
Otxando, nos conocimos cuando te operaron en la
Clínica Mafre. ¿Te acuerdas?
- Sí,
hombre. ¡Cómo se me iba a olvidar aquel
glorioso lechal!
Y lo recordaba.
¡Vaya si lo recordaba! Y recordaba que fue jefe
de mantenimiento en una clínica de Vitoria donde me quitaron
aquel quiste. Y recordé como pasábamos las largas noches
de convalecencia hablando de libros, de música, de cine, de
vinos y de su lechal. Y recordé como me convenció para
que fuera a su casa a “catar mi lechal. Único en el mundo”. Y
recordé su mirada verdadera.
Hablamos despaciosamente. De su jubilación en Covarrubias, de la
mía en Arkaute, del campo en invierno, de los mosaicos romanos
de Clunia, de Sibelius, de la perdiz roja, de la soledad.
- ¿Pero
seguro que no me has llamado solo para que repasemos el
estado de la nación?
- Como se nota tu
querencia. Tienes razón, en realidad quiero
pedirte un favor.
- Tú
dirás.
- Hace cuatro meses
robaron el Tríptico de los Magos de la
Colegiata de Covarrubias. Supongo que lo habrás leído en
la prensa.
- Debo confesar que
ni lo he leído, ni sé que es.
- Es una talla
única, no hay nada igual en el mundo. Flamenca
del siglo XV o principios del XVI con los tres magos adorando a
Jesús en brazos de la virgen. Te juro que es tan hermosa que
conmueve. Pues bien unos degenerados la han robado y el pueblo se
derrumba y yo con él. Ya te conté que a pesar de no ser
de aquí, esta es mi casa, casi mas que Otxandio donde
nací. Figúrate que hasta fui alcalde una
temporada…Alberto, necesito que me ayudes a recuperarla. Por favor.
- Félix,
escucha que no te suene a excusa fácil pero
supongo que la policía ya estará en ello y me consta que
la guardia civil dispone de un Departamento de primera línea en
asuntos de robos de Patrimonio.
- Sí, pero
no me fío. Dicen que han sido unos
profesionales que es muy complicado recuperar la obra aunque los pilles
y que habría que esperar varios años a que salga a la luz
para su venta en circuitos exclusivos y no sé cuantas otras
historias para no dormir. Vamos, que nos están diciendo que nos
demos por jodidos y yo, al menos, no estoy dispuesto.
---
Covarrubias es un
pueblo de algodón. De algodón y madera
y uno se siente suave y bien. Se aproximaba la Navidad y la
sensación era aun más profunda. El pueblo se colmaba de
pequeños belenes en escaparates, poyos y alféizares que
asedaban el vaho del aliento aterido. Me alojé en un hotelito
rural. Tres pisos de un adobe del siglo XVIII. Me acomodaron en una
habitación azul con ventanucos a un corral lleno de gatos
ratoneros. Dos ancianas envueltas en boatiné azul curioseaban
tras una ventana herrumbrosa cómo deshacía el equipaje.
Me dirigí a la Colegiata mientras un frío carnal se
derramaba por las callejas. En el atrio una estatua oscura de la
princesa Kristina de Noruega guarda triste la entrada al templo. Solo
un rosetón florido nos anuncia desde su sobria portada el
magnifico interior gótico altivo. Me sale a recibir –las
gestiones de Félix me abren todas las puertas- el encargado de
la visita guiada. Le pido que antes que nada me muestre todo como si yo
fuera un turista más. Y comienza una cantinela
monocromática y trapera. El hombrecillo me cuenta como conseguir
novio tañendo la campana de la princesa Kristina que
murió de pena en Sevilla –no se acostumbró al calor
hispalense lejos de los fríos de los fiordos nórdicos-
tras casarse en Covarrubias con el infante Don Felipe de Castilla. Me
muestra el magnífico claustro, tallas y cuadros religiosos,
tapices, atuendos litúrgicos y por fin llegamos a la sala donde
se alberga –albergaba, debería decir- la joya de Covarrubias, el
tríptico. El hombrecillo al borde del colapso me explica lo del
robo y que solo me puede mostrar una reproducción burda de la
obra. Abre un cajón adosado a la pared y allí aparece el
objeto del deseo: el tríptico, mejor dicho, una copia,
efectivamente bastante vulgar, del tríptico.
Reconozco la belleza inusual del original si un remedo me produce tal
fascinación –tenia razón Félix-.
La virgen hermosa y distante sostiene y vigila de soslayo a un
niño largo y juguetón. El manto dorado de la virgen da fe
de su divinidad. Detrás San José les observa ajeno a todo
con habito talar. Pero los protagonistas son los tres magos, sabios.
Las tres razas, las tres edades, la vida arracimada. Melchor
–Appellicon- (según la denominación encontrada en el
friso de San Apolinar de Rávena), de rodillas, el blanco, el
europeo portando el oro con el que juega el niño, pelado como un
fraile, con la parda barba noble, nariz recta, griega, pómulos
prominentes, cara larga, frente abultada y redonda, mirada inteligente.
Es el mayor, quizá el mas sabio, quizá el mas rico.
Gaspar –Amerin- el mongol, amarillo, con barba y pelo negro
ensortijado, ojos rasgados y misteriosos, con un perro a los pies y el
aroma del incienso en las manos. Y Baltasar –Damascón- el negro,
el africano, bello como el ébano, brillante, joven, arrogante,
con la mirra de la muerte.
Permanecí un largo rato observando con placer aquella
reproducción. El hombrecillo esperaba impaciente a que terminara
para asaetearme con preguntas que no contesté sino al contrario
le formule algunas que él contestó con la amabilidad
propia de los colegas de Félix.
- ¿Trabaja
usted aquí a diario?
- Sí, claro.
Yo me encargo de todo lo que se refiere a la
explotación de la Colegiata y Museo.
- Bien,
¿recuerda las fechas cuando se produjo el robo?
-
¡Cómo para olvidarlo! ¡Qué cosas pregunta,
buen hombre!
- Disculpe, es
parte de mis rutinas. Dígame, ¿recuerda
algo que le llamara la atención los días previos al robo?
Alguien que viniera a menudo. Algún cambio de costumbres de
alguna persona relacionada con la iglesia o cualquier otra cosa…
- Ya le dije a la
policía que lo único que puedo recordar
de especial fue las repetidas visitas de un señor delgado y con
barba. Vino todos los días de una semana completa y se quedaba
mirando absorto, así como usted lo ha hecho, el tríptico.
Pero la policía dijo que eso no servia de gran cosa. Que
buscaban gente que estudiara las alarmas o las ventanas o sitios para
entrar a robar. Que de gente rara está el mundo lleno.
- ¿Reconocería a ese hombre si lo viera otra vez?
- A lo mejor, pero
no se lo puedo asegurar. De todos modos yo estoy con
la policía aquel tipo tenia cara de buena gente.
El hombrecillo
fruncía el ceño y cantaba las respuestas
como si de un pregón se tratara.
- Ya me voy,
¿no tendría usted algún póster
o fotografía o lo que sea del tríptico?
- Déjeme
pensar, creo que en el cuarto de los mandos hay uno.
Espérese un momento, por favor.
Aguardé
curioseando unas reliquias de santos que se guardaban
detrás de una urna de cristal para preservar al mundo de sus
milagros, supuse.
Volvió el
hombrecillo con una reproducción en A3 del
tríptico que le agradecí con un apretón de manos y
una generosa propina.
Félix me
había citado en el Bar El Puente –cerca del
puente sobre el Arlanza- para cenar y charlar. Llegué primero y
pedí cerveza y picadillo. Me atendió una mujer de hablar
dulce y recto.
- ¿Va a
cenar usted con Félix?
- Pues sí.
Me vendría bien, si no hay inconveniente.
- No, por Dios.
Todo lo contrario. Los amigos de Félix son
siempre bien recibidos. Quiere mucho al pueblo, ¿sabe? y se
ganó enemigos cuando fue alcalde por trabajar recto. Gente de
mal vivir. Mari, la del pescado por ejemplo. Félix que es vasco
y sabe de peces, les miraba los ojos y las escamas y le decía,
“Mari que esto no esta fresco. No nos metas gato por liebre”. Y Mari se
ponía de los nervios. Félix sabia que traía el
pescado el martes y que luego vendía por los pueblos con la
furgoneta y el jueves nos trataba de meter en el pueblo lo que no
había vendido en vez de comprar fresco. Y Félix se lo
echaba en cara. Pero cuando fue alcalde se lo prohibió por no
sé que ordenanza de salud publica. Y Mari le retiró el
saludo. Y así pasó con otros muchos. Como le
decía, gente de mal vivir.
Apuraba el
picadillo –que picaba de esa manera gloriosa- cuando
llegó Félix, enjuto, cano, sonriente, como le recordaba.
- ¡Alberto,
cuánto bueno, amigo!
-
¡Félix, qué gusto!
- Ya veo que Pilar
te cuida bien y tu te dejas, como siempre.
- Hago lo que puedo
y sí, Pilar me ha mantenido entretenido y
sin sed.- A Pilar- Encantado Pilar.
- Igualmente.
- Pilar danos de
cenar de lo bueno.
- Os pongo unos
huevos de mis gallinas, con chorizo y patatas. Una
ensalada de tomate, de mi huerta, ¡eh!, que lo congelo, con su
ajito picado y cebolla dulce de aquí de la ribera. Un tinto con
gracia del Arlanza y luego un arroz con leche que lo borda mi madre.
- Así sea.
Sentémonos Alberto.
Nos acomodamos en
una mesa con un mantel de hule y con vistas al
Arlanza. Estaba cayendo una helada seca como una cortina cegadora y un
perro trataba de encontrar calor debajo de un banco.
Dimos cuenta de todo con apetito y agradecimiento y nos dispusimos a
charlar dos copas de brandy.
- Supongo que ya
habrás pasado por la Colegiata y habrás
visto la copia inmunda.
- Sí. Esta
tarde me he dado una vuelta. Tenias razón, es
único.
- Ahora lo
estará disfrutando algún hijo de puta con
dinero. Encuéntralo, Alberto. Por favor.
- ¿Y la
policía? ¿Cómo voy a meterme yo en
sus cosas? Además no tengo ninguna experiencia en robos de arte.
- La policía
ya solo piensa en esperar a que el tríptico
salga a la venta en alguna subasta discreta y tener allí gente
preparada. Pero para eso han de pasar varios años y yo no estoy
dispuesto.
- Lo voy a intentar
pero solo por volver a comer unos huevos como los
de hoy o un lechal como el tuyo. Las probabilidades de que encuentre
algo son menos que nulas.
- Anda no seas
modesto.
---
Disponía de
mas de dos horas antes de la cita con el Inspector
Redondo de la brigada especializada en robos de obras de arte de la
Policía. Nos encontraríamos tras un cocido completo en la
Taberna Buenaventura en la calle Hermosilla.
Decidí pasarlo en un banco de la plaza de la Cebada, leyendo el
periódico y comiendo patatas de churrería. Me entraron un
par de putas matinales ofreciéndome sus exclusivos servicios a
un precio inmejorable a lo que rehusé por falta de tiempo.
El trayecto hasta el restaurante lo hice a pie, disfrutando de la luz
única del invierno en Madrid y del paisaje y paisanaje del
Madrid canalla.
Me esperaba el inspector –haciendo honor a su apellido- tras un mandil
que amablemente te enfundaban en la taberna para disfrutar del cocido
sin manchas inoportunas.
Decidimos dejar la conversación técnica para
después de las torrijas y nos centramos en el futbol y sus
recovecos. Despachamos el cocido, con su gallina, carne, puerro y sopa
con una alegría intima y personal. Un vinillo cantarín de
la vega del Manzanares nos ayudo con la gollería.
- Mire,
Fernández, por mí haga lo que le plazca. El temor
a los celos profesionales hace tiempo que se alejó de mí.
Pero le advierto que no va a lograr nada. En el robo de Covarrubias
intervinieron cuatro profesionales de la cosa del robo de arte. Uno
pasó la noche dentro de la iglesia desconectando todo y
abriéndoles la puerta al resto. No han dejado rastro alguno.
Ahora el tríptico descansará cerca de un año antes
de pasar al primer perista, luego a otro mas y este, habitualmente sin
antecedentes, lo introduce en el mercado vendiéndoselo a un
anticuario con factura legal. Este se lo pasa a la casa de Subastas y
de esta a un coleccionista donde la obra deja de moverse. El precio se
incrementa hasta por diez. El único momento en que podemos
detectar la obra es durante la subasta y ahí tenemos colocados
agentes. Si llega a un coleccionista lo único que se puede hacer
es negociar con él la venta legal, aunque hoy en día la
legislación europea nos autoriza a recuperar la obra robada –si
se demuestra tal- si pagar indemnización –cosa que antes no
ocurría- las legislaciones nacionales son muy proteccionistas
con sus ladrones y les protegen con subterfugios extraños. Y
todo para quedarse con la talla o el friso o el cáliz o lo que
sea.
Dos copitas de
ajenjo vedaron el paso a la depresión que
pretendía instalarse en mi tras la explicación de Redondo.
- De todos modos
estamos tras la pista de un anticuario que ha dado
muestras de nerviosismo cuando hemos ido a verle y creo que podremos
sacar algo en claro por esa línea.
---
- Pilar,
¿cuántos hoteles hay en Covarrubias?
- Mire, don
Alberto, hoteles por derecho hay dos, el de la Colegiata y
este que esta cerca del río. Luego tiene un puñado de
casas rurales y pensiones, ah y el camping… ¿Quiere algo para
cenar?
- Unas sopas de ajo
si puede ser. ¿Y, el de la plaza?
- Cerró hace
ya algunos meses. ¿Le estrello un huevo en
las sopas?
-
¡Cómo no!
---
Nevaba al regresar
al hotelito. El blanco de los copos se
confundía con el algodón de los lienzos de las casas.
Llevaba conmigo la lista de los clientes de los hoteles de Covarrubias
que se hospedaron las semanas anteriores al robo. La nieve y la lista
tuvieron el conocido efecto de tranquilizar mi estado de animo y
aquella noche dormí plácidamente.
Desperté con la lista entre los dedos. Al otro lado del corral,
las dos ancianas desayunaban unas sopas entretanto seguían con
la mirada mis paseos mientras telefoneaba a cada uno de los nombres de
mi lista.
- Hola, me llamo
Alberto Fernández y soy de la policía
vasca. Estoy investigando un robo que se produjo en la Colegiata de
Covarrubias poco después de que usted la visitara. Preciso de su
colaboración si no tiene inconveniente. Necesitaría me
permitiera ver las fotografías de la colegiata o del museo con
el tríptico de la Adoración que usted tomó durante
su visita. Si no hizo, olvide esta conversación.
Repetí esta
misma cantinela decenas de veces con desigual
suerte.
Cuando
terminé y mientras extendía sobre una rebanada de
hogaza la mermelada de limón que la madre de la chica que
cuidaba del hotel preparaba con las frutas tempranas de unos limoneros
de la ribera, repasé los cinco nombres y lugares que quedaron en
mi lista: Luis Crespo-Burgos, Daniel Restrepo-Navalcarnero,
Julián Tornos-Arevalo, Abel Marin-Ciudad Rodrigo e Iñaki
Lafuente-Basauri.
---
Tuve que acomodarme
la bufanda y los guantes de lana antes de salir del
coche. El termómetro marcaba dos grados bajo cero y se
sentía un viento helado. El campo charro no perdona los
inviernos de cara. Abel Marin vivía en la calle General Pando
cerca de la Casa de la Cadena –una de tantas en España-.
Empezó a nevar y tuve que cobijarme bajo el Pórtico del
Perdón de la Catedral y esperar a que amainara un poco entre
apóstoles y estampas de historia sagrada. Mientras admiraba el
Pantocrator, recomponía mi lista: tres fracasos –pocas ganas de
colaboración, mala suerte, pista falsa- y sólo dos
nombres por visitar.
Entré en el
domicilio del cuarto a media tarde. Me
recibió con amabilidad contenida y me regaló con moscatel
y unos dulces caseros (“Se llaman perronillas. Ya verá como le
gustan. Las hace mi madre y les añade anís y tomillo”).
Le reiteré
el motivo de mi viaje y me mostró cinco
fotografías de la colegiata. Las examiné y
consideré que podrían ser útiles.
- ¿Me las
puedo llevar? Le prometo que tan pronto como termine
con el caso se las devuelvo en mano.
- No hay cuidado.
Como si no me las devuelve. No creo que las volvamos
a mirar. Así es esto de las fotos. Parece que hay
obligación de retratar todo lo que se mueve y luego no hay
tiempo material –ni ganas- de volver a recordarlo. Así somos un
poco.
Abel hablaba
sosteniendo la mirada. Luego, apuró el vaso de
moscatel mientras sonreía abiertamente.
---
-
¿Qué tal van las cosas Don Alberto?
- Mejor de lo que
yo esperaba, Pilar. Tengo una cara a la que debo
asignar un nombre. En la Colegiata, el encargado ha encontrado al
enamorado del triptico. Para ser sinceros, soy un hombre afortunado,
excepto en amores, supongo.
- No sea usted
modesto que tiene una planta que seguro que lleva a las
vascas por la calle de la amargura. Y en cuanto a lo del nombre, yo no
entiendo mucho de esos andurriales pero lo mejor para encontrar a
alguien es preguntar a la gente por la calle. O sino en las
gasolineras. Recuerdo que Anselmo, mi primo, trabajaba en una y siempre
decía que lo más importante era recordar caras. Nunca
supe por qué, supongo que porque se aburren.
Terminé las patatas con cordero, recordé que debía
repostar y salí en pos de mi nombre.
---
Escurría
aguanieve en la plaza porticada de Lerma. Merendaba
unos turrones de caramelo que fabricaban las monjas Clarisas de la
localidad y que había mercado en el torno. Entré en el
parador donde hace algunos siglos el Duque de Lerma se construyó
el segundo Escorial para mas gloria de si mismo y sus conciertos de
cámara. Algo abrumado por el exceso de la mansión,
arrojé el resto de los dulces a un paragüero, me
encomendé a la protección de las Clarisas y caminé
resuelto hacia las oficinas de la Dirección del hotel.
- ¿No estoy
seguro de entender lo que desea?
- Es muy sencillo.
Quiero saber si este hombre se alojó
aquí al menos durante una semana entre el 15 de Julio y el 15 de
Agosto de este año
Le pasé la
foto de Abel.
- ¿Y
cómo quiere que yo sepa eso?
Va a ser verdad el
chiste ese que corre sobre las diferentes
capacidades de los Directores y los becarios.
- Bien,
señor director. Se me ocurre que podemos preguntar a su
personal y luego quizá consultar el archivo con las copias de
los DNIs de las personas alojadas.
- Pero eso va a ser
tremendamente complicado, señoooor…..
- Fernández.
No crea. Es cuestión de buena voluntad y
además recuerde que es tremendamente importante.
El ayudante o lo que sea de aquel estirado inútil resulto ser de
gran ayuda. Trabajamos hasta bien avanzada la noche y dimos con lo que
podría ser un nombre aunque la correspondencia entre las dos
fotos no era exacta, el parecido era incuestionable.
---
Aterricé en
Almería pasadas las cuatro de la tarde de la
víspera de Navidad y con una sensación de nausea en el
cuerpo. Lejos de ser una nausea existencial –que vivía conmigo
desde hace algunos años-, podría definirse como una
nausea aérea, una mezcla de viento de invierno y bocadillo de
jamón de pavo con algo lejanamente parecido a una mayonesa.
Soplaba un viento
escalofriante en una tarde engañosamente
luminosa. Seguía estragado. La sensación de peligro o
quizá miedo no dejaba de producir movimientos
peristálticos en mi pobre vientre.
Alquilé un
utilitario, me abrigué un poco mas y me
dirigí sin pensarlo demasiado a Aguamarga.
La carretera evitaba el cabo de Gata y tras pasar Nijar, en un paraje
semidesértico asomó entre dos pequeños oteros
Aguamarga. Miraba al mar y más concretamente a la playa, un
pueblo desaliñado pero blanco que vivía un poco de lo que
da el mar y un bastante de lo que unos intermediarios turísticos
le quitan.
Disponía de
una dirección y entré en un bar para
preguntar. Allí me remitieron a un apuesto artesano una calle
mas abajo.
Vendía
collares y pendientes a los turistas y a duras penas se
podía mantener en pie. El hedor a aguardiente que huía de
su aliento era prueba más que evidente de su estado de
embriaguez. A juzgar por el estado de su pequeño negocio, se
podría suponer que la condición en que le encontré
no se podía considerar como casual. Le pregunté por la
dirección que buscaba y tras largas y turbias explicaciones
sobre la maldad de las mujeres que le habían dejado en la penosa
situación actual, “y que si aquella me robó algo mas que
el corazón y que si esta se escapó con mi coche y mi
perro y que si esa se aprovecha de mi debilidad con un balanceo de
caderas”, me explicó como llegar a mi destino.
Un pescador ya
entrado en años que reparaba una modesta red me
confirmó el lugar cuando lo encaré.
Llamé a la
puerta de un cortijo blanco, enjalbegado hasta el
dolor y rodeado de pozos, parrales y botijos. La casa, más que
grande, levantaba dos plantas de lujo mediterráneo.
Salió a
abrir una doncella de las de antes. “Buenas tardes,
¿qué desea el señor?”. “Buenas tardes quisiera ver
al dueño, si es posible”. “¿A quien debo anunciar?” Todo
esto con un dulce acento antillano que compaginaba perfectamente con el
conjunto. “Al subcomisario Fernández, de la Academia de Arkaute
de la Ertzaina”. “Un momento, por favor”, tarareó con ritmo
aquella hembra.
Me hizo pasar a un
recibidor de color ocre con dos aparadores anclados
a las paredes llenos de portarretratos. Me entretuve mirándolos.
El tercero por la
izquierda, el más grande, el amarillo, me
produjo un temblor compulsivo, casi un mareo. Allí entre las
cuatro tablillas de madera de pino, la cara de un hombre mayor, blanco,
europeo, pelado como un fraile con la parda barba noble, nariz recta,
griega, pómulos prominentes, cara larga, frente abultada y
redonda, mirada inteligente. El oro se le suponía.
- ¿Le conoce?
No conseguí
modular palabra. Miraba a mi anfitrión, un
hombre alto, de pelo cano, barba corta y rasgos correctos enfundado en
un traje de lino blanco, sin poder contestar y sin soltar el retrato
- Es mi padre. La
única persona que me ha querido y a la que he
querido. La única. Murió hace ya dos años. Pero ya
ha vuelto.
Y se quedó
mirando, tenso y lejano, a un falso ventanal que
asomaba desde la habitación contigua.
Joseba Molinero
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