Las primeras horas del día eran las
mejores. Una leve
pátina de escarcha arropaba aún el camino entre las
vías, y sobre el velo blanquecino, como preciosas piedras
negras, brillaban los pedazos de carbón que los trenes nocturnos
habían dejado caer en su correr sin destino. Así los
llamaba su padre: trenes sin destino, porque, según él,
la guerra pronto acabaría y en nada ayudaba aquel trasiego a lo
que vendría después, cuando el tiempo se detuviera del
todo. Aurora no entendía lo que quería decir con aquellas
misteriosas frases, pero sí sabía que los trozos de
carbón que después de su fuga holgazaneaban sobre las
traviesas, les acompañarían en las noches de un invierno
que aquel año parecía no querer irse.
La joven
encogió los hombros y se palmeó los brazos. El azul del
cielo derramaba su frialdad sobre la llanura. Lejos, en el infinito, le
había explicado su hermano Modesto una vez, las vías se
juntaban. Frunció el entrecejo y miró hacia allá,
hacia donde las dos venas de acero se volvían una sola y se
convertían en una flecha que se clavaba en el corazón del
sol, enorme y perezoso. Todas las mañanas Aurora hacía
idéntico recorrido. Primero caminaba de espaldas al sol,
persiguiendo su sombra hasta que menguaba un palmo. Recogía las
piedras que encontraba en un morral y al regresar al punto de partida
las depositaba en un capazo. Después avanzaba en sentido
contrario, protegiéndose los ojos de la luz cruda y sangrante
del amanecer, fijando en su memoria cada uno de las piezas de
carbón para recogerlas a la vuelta. Un par de kilos con mucha
suerte y desde hacía unas semanas ni eso. Todo se acaba,
murmuraba su padre cuando volvía con la magra cosecha de calor
sólido. Cada mañana, cuando había finalizado su
tarea, apostaba consigo misma sobre el tiempo que tardaría en
pasar por allí el tren matutino que iba hacia el sur. Colocaba
la oreja sobre uno de los raíles y cerraba los ojos. El susurro
de la poderosa máquina galopaba desde el centro del sol y le
contaba de su llegada. Modesto se lo había visto hacer a los
indios en una película del oeste. Fue en un cine de Madrid,
antes de la guerra. Aurora cerró los ojos. Antes de la guerra…
Era como una letanía que todos empleaban cuando deseaban eludir
aquella vida, espesa como el fango entreverado de estiércol, en
la que ahora parecían bracear. Pero el tiempo había
continuado culebreando por entre los terrones de la estepa que se
extendía más allá de las vías del tren.
Ella lo sabía bien porque contaba las horas desde la
última vez que se despertó junto a Modesto. Desde julio
del año anterior, hacía ya casi nueve meses. Desde aquel
amanecer en el que acurrucada en su cama le había visto
levantarse, como antes de la guerra. Como antes de la guerra, cuando
dormían en la misma habitación, cuando cada mañana
espiaba desde debajo del cobertor a su hermano mientras se aseaba. Le
gustaba contemplar su pecho, húmedo aún del agua de la
jofaina, reflejando las motas de luz que penetraban por las grietas de
las contraventanas; cerró los ojos y recordó los
músculos del vientre del joven disolviéndose en las
sombras esquivas del cuarto. Y ahora como entonces, el rubor
pintó sus mejillas, y aunque nadie podía verla
ocultó su vergüenza entre las manos como antes lo
hacía bajo las mantas.
El graznido negro y
metálico del tren revoloteó sobre el
recuerdo del hermano hasta ahuyentarlo; el chirriar del metal sobre el
metal se rodeó de viento y polvo y el convoy creció con
rapidez en el horizonte. Cuando estuvo a su altura, Aurora hizo como
solía y trató de adivinar alguna cara más
allá de los cristales de las ventanillas. La visión
apenas duró un segundo. Un hombre abrazaba una pequeña
maleta contra su pecho. Sus ojos ausentes parecieron querer ir
más allá de la tierra seca por la que fluía el
tren, como si desearan escapar del rostro consumido que los cobijaba. Y
después de él, otro, y otro. Y otro. Más rostros y
más miradas perdidas. Un parpadeo, y un pequeño bulto se
desprendió de aquella nave que ya huía hacia un infinito
diferente del que había zarpado, más distante y oscuro.
Aurora corrió hacia el lugar donde había caído
mientras el tren se convertía en un punto suspendido de un globo
de hollín que se ensanchaba hacia el cielo. La maleta estaba
casi reventada, los goznes se habían roto por el impacto y el
contenido asomaba como la lengua inerte de una boca desmantelada. Casi
con miedo tiró de lo que parecía ser la manga de una
chaqueta y poco a poco se fueron desplegando ante sus ojos los restos
de un uniforme manchado de sangre. Examinó las insignias y se
dio cuenta de que su hermano vestía unas ropas parecidas la
última vez que lo vio, cuando se sentó en el borde de su
cama y le acarició los cabellos, cuando le besó la
mejilla y el frescor de sus labios se mezcló con el calor de sus
lágrimas. Cuando le susurró que volvería pronto.
Pero no lo hizo. Y ahora aquel hombre arrojaba lejos de sí su
uniforme. Aurora levantó la vista hacia el tren que penetraba ya
el filo del horizonte; quizá esa mañana el maquinista se
llamara derrota. Inquieta, la joven continuó escarbando entre
los restos de ropa. En el fondo de la destrozada maleta, envuelto en
una camisa sucia, un paquete del tamaño de un libro dejaba
asomar por entre el rasgado envoltorio varios fajos de billetes.
Miró asustada a su alrededor, pero allí sólo su
sombra le acompañaba. Aurora escondió el dinero entre los
frutos de su cosecha de la mañana y se encaminó de
regreso hacia su hogar. A cada paso pequeñas escamas de sus
uñas corrían a esconderse entre los terrones del erial, y
la negrura de la inquietud se desplomaba sobre sus hombros porque
prefería no entender lo sucedido.
Caminaba ya bajo
los
soportales de la Plaza Mayor cuando por la puerta del Ayuntamiento
salieron varios individuos vestidos con camisas azules. Iban
acompañados por un cura. Después de tres años,
Aurora casi había olvidado ya cómo vestían los
siervos de los terratenientes, como les llamaba su hermano mientras su
madre se santiguaba y gemía unos doloridos “Jesús,
Jesús” y su padre cabeceaba, no sabía si asintiendo o
lamentando lo que aquellas palabras habrían de traer. Era Don
Eusebio, otra vez Don Eusebio, pensó, con su túnica negra
con treinta y tres botones que a ella siempre le había parecido
una noche panzuda a punto de reventar. Aquella grotesca imagen de antes
de la guerra le hizo sonreír, quizá por eso tardó
un segundo más de lo necesario en reconocer los rostros de los
hombres que estaban con el sacerdote. Eran del pueblo y habían
huido al empezar la guerra. Y si ahora estaban allí… Los hombros
de la niña se encogieron sobresaltados cuando una extraña
marcha militar comenzó a golpear las paredes de los edificios.
Giró la cabeza y entonces se dio cuenta de que estaba sola. Sola
con aquellos hombres y con el cura, y con una voz engolada que se
desprendía viscosa como la sangre desde los altavoces que
colgaban del balcón del Ayutamiento. Sólo entendió
la última frase: la guerra ha terminado; de pronto se vio
rodeada por un muro azul más allá del cual quizá
no hubiera nada. La voz del balcón continuaba manchando las
piedras de la plaza, pero Aurora ya no podía oírla,
porque las risas y las voces de los uniformados lo ocultaban todo.
—Hijos, dejad en
paz a la chica. ¿No veis que sólo es una
niña asustada? —apenas se atrevió a musitar el cura.
El que
parecía el líder del grupo se pasó la mano
por la cabeza y miró de soslayo al sacerdote.
— Padre, le hemos
traído a esta mierda de pueblo para que pueda
usted enseñar el camino hacia Dios a estos desgraciados. Los
sermones, para ellos —silabeó despacio mientras sujetaba a
Aurora por el brazo.
La joven
trató de desasirse, pero los dedos que apretaban su
carne parecían tallados en piedra. El hombre la miró a
los ojos. Una ligera sonrisa agrietó su rostro. Con la cabeza
hizo un gesto a uno de los otros y le escupió una orden.
Después acercó su cara a la de Aurora.
— Tú eres la
hermana de Modesto, ¿verdad? —dijo.
La chica
asintió con la cabeza. Ahora la voz de la plaza hablaba
de un ejército cautivo y desarmado. Los ojos del hombre
brillaron con una mezcla de burla y triunfo cuando las palabras que
reptaban por las columnas de los zaguanes quedaron aplastadas por el
rugido del motor de la furgoneta que se dirigía hacia ellos.
—
Tendrás ganas de que tu hermano regrese a casa, ¿verdad?
—preguntó.
Aurora le
miró sin entender. Trató de
dar un paso hacia atrás, pero el hombre ahora la sujetó
por los hombros y la apretó contra su cuerpo. El sonido del
motor del vehículo se extinguió con un resoplido
fatigado. La voz resurgió triunfal repitiendo que la guerra
había terminado.
— Tú no
recuerdas quién soy,
claro. Tú no sabes lo que tu hermano y sus amigos le hicieron a
mi familia… Pero no importa, ya lo sabréis. Hoy solo hemos
venido a devolveros a vuestros derrotados.
— Don José
María, ella no tiene la culpa de lo que sucedió —le
interrumpió Don Eusebio—. Además…
—
¿Además
qué, padre? ¿Acaso me va a decir que fue la voluntad de
Dios? Pues no lo haga, porque no me va a convencer. No confunda a Dios
con estos malnacidos. Ya le he dicho que se ahorre sus sermones.
Uno de
los de camisa azul se había encaramado en la parte trasera de la
camioneta mientras el jefe del grupo arrastraba a Aurora hacia
allí. El capazo con el carbón se le escurrió del
hombro y las piedras negras rebotaron sobre las losas. El llamado Don
José María empujó a la niña y está
cayó de rodillas. Mientras Aurora trataba de incorporarse, el
hombre desenfundó su pistola y le apuntó a la cabeza.
—
Vaya, una ladronzuela. Estoy seguro de que has robado ese
carbón… —sus ojos se fijaron en el paquete con el dinero que
asomaba entre los bordes del capazo—. ¿Qué es esto?
—preguntó mientras rasgaba el envoltorio.
Los billetes se
desplegaron en sus manos como los naipes de una baraja que hubiera
vivido demasiadas partidas en demasiadas tabernas, y con la que se
hubieron jugado demasiados destinos. La risa del hombre se
enredó con los billetes cuando se los arrojó a la cara a
Aurora. Sus carcajadas aún rasgaban el chasquear de los
altavoces vacíos cuando a un gesto de su mano una de las
cartolas de la furgoneta se abatió.
— Esos billetes ya
no valen
nada, estúpida. Sólo pensáis en robar y ni eso
sabéis hacer. La niña intentó negar la
acusación, pero el hombre le agarró por el cabello y le
obligó a levantar la cara y mirarle.
—
¡Cállate,
hija de puta! Eres una ladrona, igual que cabrón de tu hermano.
Pero no os ha servido de nada. No sabéis robar, ni luchar. Ni
morir —se agachó y acercó sus labios a los de Aurora,
como si fueran a besarla—. ¿Sabes? A tu hermano lo maté
por la espalda, cuando huía. Era un cobarde.
Se incorporó
y la arrastró por el pelo hacia el lateral de la furgoneta
mientras el eco de sus gritos volaba hacia al cielo, cabalgando sobre
los sollozos de la chica:
— ¡Quiero
oír el parte de
guerra, desgraciados! ¿Qué estáis esperando?
El
llamado Don José María sujetó por la barbilla a
Aurora y la obligó a mirar a la pila de cadáveres que se
amontonaban en la caja de la camioneta. Señaló uno con el
cañón se su pistola. — Ahí tienes a tu hermano.
Mira bien su cara, porque no la volverás a ver.
Aurora no
escuchó los estampidos del arma; sus sentidos no fueron capaces
de ir más allá del rostro de su hermano estallando en
huesos y carne. Miró al suelo. Los billetes correteaban de
acá para allá, aturdidos, sin destino. Volvió a
mirar el agujero parduzco que asomaba donde antes estaban los ojos de
Modesto. La guerra ha terminado, decía de nuevo la voz, pero
Modesto ya no podría volver a llorar.
El hombre
apuntó
entonces al cura.
— Déle la
extremaunción a la chica,
padre —dijo.
— Pero,
¿qué dices, hijo? ¿Qué
vas a hacer? —preguntó el cura, espantado. El hombre
contempló a la joven durante unos segundos. Apretó las
mandíbulas antes de contestar al sacerdote.
— Tiene usted
razón, don Eusebio. Ella no tiene la culpa de lo que hizo su
hermano. Por eso no quiero que la niña vaya al infierno.
Dése prisa.
La guerra ha
terminado, crepitó la voz. Y el
tiempo se detuvo.
Roberto Sánchez
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