"Todos sabemos que el arte no
es verdad. El arte es una mentira que nos
hace entender la verdad, por lo menos la verdad que nos es dado
entender”
Pablo Picasso
La lambretta del párroco petardea un
tanto antes de calarse en
la puerta de la sacristía en una tarde que invita a pasear y
dejarse mecer por el sol y la brisa. El sacerdote y su joven
monaguillo, ataviado éste como manda la santa iglesia
católica, apostólica y romana, bajan de la máquina
decolorida pero recia e inmune al polvo de los caminos, santa
máquina de doble misa cada tarde de sábado y dos
más en la mañana del siguiente domingo.
Algunos feligreses,
arracimados fumando en el pórtico y
alrededores – fuman picado en el terraplén tras el murete que
ciega las arcadas al exterior –, apagan las colillas al oír el
chisporroteo hueco del pistón y, en tácito acuerdo, se
persignan y buscan la sombra del pórtico, recibidor de la
función eclesiástica en estas tierras bendecidas por la
santa Teresa.
– Marino, al
sagrario. Lo primero es la santa forma y el vino
consagrado – el cura recuerda a su fiel escudero sin apenas haberse
quitado el yelmo rojo para tomar entonces un aspecto de soldado de
Dios, de apóstol de áridos llanos y peregrinajes sin fin.
Después, un sacudirse el polvo de la sotana con palmoteos
sonoros y un coqueto atusarse el cabello, aplastado y fuera de su sitio
por efecto del rojo protector.
–Voy don Manuel
.... – el monaguillo se levanta el hábito lo
justo para correr adentro del templo y preparar las dos o tres cosas
primordiales de la eucaristía. El vino, las hostias consagradas
y las velas del altar. Ah, las luces de la nave principal se
encendían casi de pasada al entrar desde los interruptores que
hay detrás de la puerta de la sacristía. En una estampida
vuela hacia el campanario para anunciar a los feligreses que la misa
enseguida habría de comenzar. Ya va escaleras arriba velozmente
por la tupida penumbra hasta la torre para colgarse de la cuerda
accionadora como si se tratara, y en efecto así es, de un juego
de niños a la salida de clase. Unos minutos después, tras
los balanceos del monaguillo, un ding dong ahueca la tarde con la
llamada a la reunión; el pueblo, de por sí mínimo,
se expande con los ecos de las campanas hacia lugares lejanos de la
comarca.
El sacerdote
motorizado se pone el viático sobre los
hombros mientras espera la vuelta de su ayudante. Mira sobre sus gafas
de santo o de místico caduco olfateando el aire viciado por la
cera quemada y el alegre y vegetal incienso recuerdo de los difuntos.
”Polvo eres y al polvo reverteres” murmura el hombre de Dios. Entonces
llega el ayudante de la ceremonia, el escudero de la cruzada
vespertina; es hora de situarse al abrigo húmedo de la
bóveda, exponerse al olor a húmedo de los sillares y a la
penumbra de la celebración.
–Marinillo
¿qué te
ocurre? Estás blanco como la leche ...
–Es que ... al
subir ...
me he tropezado ... y ... me he caído dentro de un ataúd
– responde casi sin aliento el chaval, horrorizado tras haber probado
el habitáculo en el que son llevados los pobres de solemnidad a
la última morada.
–Anda, anda ...
acércate – mientras don
Manuel le toma de los brazos y le achucha un rato con mimos de
auténtico padre.
Tras unos momentos
de miedo y temblores, el
monaguillo que es valiente y cándidamente religioso, se va
recuperando del susto y recobra el color sonrosado de las mejillas. El
sacerdote le da unas palmadas en la espalda y le anima con insistencia.
–¿
Cómo van el resto de los preparativos? ... – buscando
quitar hierro al encontronazo .
–El vino ... ya
está en su
sitio. Le he puesto doble cantidad, como a usted le gusta, don Manuel.
Las hostias son frescas, las han traído hoy las comadres del
pueblo. Tienen un crujir ... – agrega el monaguillo.
–Vete abriendo la
Sagrada Biblia por los Evangelios ... hoy toca el de San Lucas.
–Eso
está hecho, don Manuel. Voy volando – y escapa al altar a
ponerlo todo como le ha indicado el cura rural.
El sacerdote
entorna
entonces la puerta de la sacristía y fisgonea para ver si se
llena la nave, desde siempre lleva consigo la misma esperanza. Las
flores del altar esparcen su aroma por toda la iglesia y el olor
dulzón se cuela incluso en la sacristía. El fulgor de las
velas baña los rostros de los pocos paisanos que hay acomodados
en la primer fila. En el resto de la nave, la luz permanece tenue
gracias a la gran araña colgada en el centro del techo cansada
por los años y con pocos vatios en sus bombillas. Los feligreses
van ocupando los bancos. El cura, parapetado en la sacristía, se
sienta en una vieja silla de mimbre con las manos entrelazadas. Vuelve
a mascar el sermón que ya trae mascado desde casa. Cierra los
ojos y levanta la testa en señal de prez hacia lo alto.
–¡Don Manuel!
– entra el monosabio con gesto de enfado – las
lechuzas se han vuelto a pispar el aceite de dos velas y los
pábilos están achicharrados. Tendremos que llenarlos
después de la misa ¿no?
–Marino, sin gran
luz en el altar
no se puede dar la misa. Que no se te olvide que la luz y los aleluyas
son lo principal. El canto lo vamos haciendo nosotros y la luz tiene
que estar presente en el ara.
Nuestro monaguillo
abre el arcón
bajo el ventanuco de la sacristía, saca el depósito de
latón y vuelve a corretear hacia el altar; administra con tino
el esperma de ballena y queda satisfecho tras encender de nuevo las
velas entre toses de impaciencia de la modesta feligresía. Se
impacientan mayormente las ancianas tocadas con las pañoletas
que cubren sus nevadas cabezas entre murmullos de avemarías y
padrenuestros incomprensibles, recitados de carrerilla. Cuando los
preparativos están satisfechos, se levanta don Manuel con
parsimonia y pega dos golpes en el hombro de su ayudante.
–Hale
Marinillo, para adentro que comenzamos el oficio.
–Soy su sombra, don
Manuel – agrega vivamente el chaval.
Al dejar la
sacristía don
Manuel entona el Aleluya, señal para que se pongan todos de pie
y dé comienzo el oficio. El cura levanta sus brazos y recita en
latín la bendición de entrada. Después del
evangelio, en el dulce interregno de la homilía, el
pequeño aprendiz de clérigo se hurga el nasón,
cabecea por momentos e incluso sueña en una escondida reliquia
bajo los sillares de esa iglesia soñada en el fondo de su alma
sencilla. Parece ver en sueños que se trata de una pluma del ala
del arcángel san Gabriel que dejó olvidada aquí
hace siglos.
El sermón
acaba. Tras la eucaristía, los
parroquianos van retornando a sus bancos con las miradas vueltas hacia
el desgastado suelo, las boinas apachurradas entre las manos y el gesto
grave de la espera. Don Manuel limpia el cáliz con giros del
pequeño lienzo blanco y luego guarda en el sagrario el
copón con redondos ácimos que no se han consumido junto
al cáliz limpio. El cura y su ayudante se van a la
sacristía y, tras dejarlo todo como lo habían encontrado,
salen al pórtico para dirigirse a un pueblo cercano a dar la
última misa vespertina. Cura y monaguillo se ponen los cascos
colorados de los olvidados cruzados de la fe; el cura piloto arranca y
ambos montan en la lambretta : Marino va atrás bien agarrado a
la cintura de don Manuel no vaya a venir el recuerdo agraz de la
caída en la oscura torre del campanario. Qué cosas tiene
la vida del monaguillo.
Cae el telón
del crepúsculo y se
oyen un rebuzno a lo lejos y unos cacareos cerca del borde del camino.
El rastro de polvo levantado difumina la figura de don Manuel y su fiel
monaguillo a lomos de la lambretta recia e incansable por no decir
invencible.
A Marino G., al hombre de hoy
sin cuya infancia feliz no se hubiera
podido escribir esta recreación libérrima.
Jon Rosáenz
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