“La partida está ganada
siempre que uno se considere digno de su propia aprobación”.
Paul
Valery
Gennaro Matrone tenía dos certezas :
que había nacido y
que tenía que morir. Entre el misterioso despertar en el que uno
es apenas nada y sobre el cual nada es posible recordar, y la
ineludible fecha de cierre del espacio vital, Gennaro siempre
había tenido la confianza de hallar una misión en
algún territorio propio, alguna tarea valiosa a la que dedicar
su tiempo para, en definitiva, encontrar su propia verdad. Una oscura
pregunta vagaba en su conciencia desde siempre, pregunta que le
cautivaba y le llamaba desde lo más profundo de su alma. Se
interrogaba sobre su vida, su misión y la voz que le
requería desde dentro: y ésto ¿para qué?...
¿A qué eso otro?
Cuando era un mozo,
sus ojos, presos de
una infinita sed, buscaban una y otra vez en la vida, en el mundo, para
dar con los trabajos en los que pudiera emplear el tiempo, ése
que caminaba lentamente hacia la sazón definitiva. La juventud
transcurrió con afanes soñadores y demasiado pronto la
vida eligió por él : encontró trabajo en el que
emplearse y después el casorio y los hijos, y las preocupaciones
de un padre y esposo responsable. La pregunta interior, ésa que
se repetía de forma constante y sigilosa, seguía
silenciosamente presente.
Este primer
trabajo, digámoslo
así, se hizo definitivo: la Providencia había decidido
que fuera guardián en una cárcel de penados a cadena
perpetua. El hecho le impresionó en su juventud y su
inexperiencia por el tamaño colosal que en su conciencia tomaban
aquellos hombres que se habían atrevido a matar. El eco de los
pasillos, las primeras voces y la fascinación primera al ver
aquellos rostros en los que había quedado grabado de forma
indeleble el castigo, la mueca mortal de haber traspasado la frontera
divina, y por tanto humana, del no matarás. Aquellos hombres que
habían sido abandonados a su suerte en las celdas frías
del penal y tenían la tranquilidad para hablar con él y
dar a conocer sus vidas a un chaval de veintipocos años que nada
sabía de la existencia y sus dobleces. Aquellos hombres, en su
mayor parte olvidados por sus familias, habían sido condenados a
una muerte en vida a causa de sus crímenes, cometidos en algunos
casos contra familiares, en otros por venganza o simplemente acaecidos
en el ardor de peleas vecinales. Los acompañó Gennaro
unos pocos años; después, sin haberlo deseado de veras,
le destinaron al eco metálico de los pasillos de otro presidio,
perdiendo el contacto con la palabra trémula de aquel grupo de
trescientos cincuenta condenados. Aún hoy resuena la
reverberación de sus palabras, de sus gestos, de su mirada que a
cualquiera podría imaginar tenebrosa.
Más tarde,
en la
madurez de su vida, hubo algún cambio de destino más. Los
hijos crecieron y se fueron marchando dejándolos solos a
él y a su esposa, Raffaella. Y llegó la jubilación
y la pregunta de su alma insondable seguía rondándole.
Había estado siempre viva en la espalda del tiempo. Cuando el
trabajo dejó de esclavizarlo, nació la inspiración
de cuál debería ser la misión de sus años
futuros. Varias noches en vela pasadas revisando un cajón de
madera con efectos antiguos y cuadernos con notas, hicieron que naciera
la intuición, la remembranza de los tiempos antiguos y, sobre
todo, las voces de muchos presos que lo acompañaron durante
varios años de su vida juvenil. Eran los hombres que poblaban el
presidio, su primer presidio, en aquellos lejanos años sesenta.
Aparecía en
su recuerdo pertinaz un médico boloñes
de nombre Domenico Brentano. Sus ojos se asemejaban a los del
búho y su aspecto era frágil y aseado, casi
aséptico. Había sido condenado a dos cadenas perpetuas
como castigo por haber asesinado, en el mismo lote, a su mujer y a su
cuñada. Era bastante hablador, febril y atento con los
demás. También podría decirse que dominaba su
oficio con admirable capacidad pues, y esto lo vivió Gennaro
como asombrado espectador, su destreza quirúrgica le
permitió operarse a sí mismo en más de una
ocasión.
Los recuerdos, en
una rumorosa y fidedigna
observación sobre el pretérito, seguían brotando
como formando la fisonomía de aquellos hombres sacados del
mundo. Además, en su mayoría también habían
sido condenados por sus familias al olvido y a la postración de
forma que estaban en el mundo castigados y aislados a un tiempo. Luego
estaba aquel otro preso, alto y fornido, de cabello pajizo, de suave y
melodiosa voz de seductor que tenía mano con los pájaros.
Marcelo Somma. Un poco chiflado sí que parecía pero el
director del penal le permitía tener todas aquellas jaulas
habitadas por pajarillos que colaboraban con su piar a desentumecer su
profunda, al menos en apariencia, y turbadora soledad.
Un imborrable
recuerdo – ahora estaba viendo su cara de pasmo y la media sonrisa de
Michele Aversa – le quedaba del anciano de noventa y cuatro años
que cuidaba del jardín de la prisión. No recordaba su
crimen pues comprobando su evidente fragilidad uno no quería
ponerla a prueba innecesariamente. Todavía recuerda su temor y
su gesto oscuro cuando bromeando alguien le insinuaba la posibilidad de
que le pudieran poner en libertad; era su más terrorífico
sentimiento entre aquellas paredes, que le soltasen y tuviera que
enfrentarse, de nuevo, al mundo. ¡ Qué hombre el jardinero
Michele !
En unos
días, Gennaro puso en orden sus asuntos y, lo
que es más importante, le contó a su mujer sus
intenciones. Ella, de corazón piadoso, lloró pero
comprendió las razones, si acaso las hubiera, de su marido pues
cayó en la cuenta de que había encontrado su
misión a sus sesenta y cinco primaveras, a sus sesenta y cinco
sordos golpes de tiempo, tras una vida larga en trabajos y cansancios,
de preocupaciones y búsquedas sin fruto. Era su recompensa. Con
esta fe hizo su parco equipaje como hombre austero que era Gennaro
Matrone. Unas pocas ropas, algunas pertenencias y dos o tres libros.
Estudió horarios de autobuses y trenes.
Un viernes,
después de hacer un transbordo en Nápoles, llegó a
Bacoli, la ciudad costera último eslabón terrestre de su
camino. Allí la brisa era suave y clara y el azul del día
se veía intenso por entre las nubes viajeras, bendición
del cielo. Debía esperar al barco que atracando en la isla
Ischia va después hacia las islas Pontino, su destino final.
Estas islas, que están bañadas por el mar Tirreno, son un
archipiélago a cuya cabeza en extensión está la
gran isla de Ventotene rodeada por otras más pequeñas; la
hermana menor, la más minúscula de ellas, hoy día
desierta desde hace décadas. Gennaro cavilaba sobre el
pequeño promontorio terrestre que sería su hogar durante
los siguientes meses.
El barco
zarpó casi con el pasaje
completo, en su mayor parte turistas que querían conocer la
Italia marítima bañada por las aguas y los vientos del
mar Tirreno. También había algún lugareño
de las islas que acaso volviera a su casa tras un viaje a tierra firme.
Se acomodó Gennaro bajo el toldamen de la embarcación con
sus maletas, su estera y sus mantas rememorando el hogar que dejaba
atrás y sobre todas las cosas a Raffaella, su fiel esposa.
La
navegación fue buena pues el tiempo acompañaba. Se
podía disfrutar de paseos por la cubierta y del vino o la
cerveza en la cantina del barco y alguna charla desinteresada con
pasajeros que se prestaban a ello. Gennaro tuvo tiempo para pensar en
los rostros de aquellos dos presos, los únicos que lograron
escapar del presidio en aquellos años en que los
frecuentó y tuvo bien presentes a su lado : eran Lucidi y
Piermanini. Días después de su fuga, fueron capturados y
volvieron a engrosar la única familia que tenían sobre la
faz de la tierra, la compuesta por los presidiarios y los guardianes,
todos juntos bajo un mismo techo; como una hermandad de fuerza mayor
pero a pesar de todo hermandad, una gran familia en la que cada uno
poseía su pequeña casa, es decir, su celda con el cartel
sobre el dintel de la puerta como única distinción que
les correspondía al modo de los magnates, los letrados o los
hombres de profesión liberal : en el cartel se podía leer
el nombre y el número grabado para toda la eternidad. Menudas
caras las de Lucidi y Piermanini tras su paseo por el exterior,
sí, sus rostros eran de profundo desánimo por haberles
cortado las alas tan prematuramente.
También
recuerda a Pier
Paolo Nola, un campesino altivo de mirada intensa y tez oscura que
vivía en la Sicilia profunda, y que por unos desacuerdos de
lindes mató a dos de sus vecinos y tuvo que dejar sus tierras
para siempre. En el penal, Gennaro pudo conocer su sencillez de
campesino y la aceptación del castigo que le habían
impuesto.
Caía la
tarde sobre el mar en lentas nubes del
algodón gris y se podían contemplar ya las islas Pontinas
mas acá del horizonte. Gennaro se contentó por dentro,
iba a llegar a su antigua morada. Cuando atracaron en la pequeña
isla, por expresa petición suya, pues el barco no atracaba en
ella desde hacía muchos años, sintió un golpeteo
en el corazón. Santo Stefano era el nombre de la
minúscula isla que acogía el antiguo presidio creado por
Fernando IV de Borbón en 1795. Además del presidio,
también había una antigua casa colonial y un cementerio
en el que habían sido enterrados aquellos hombres castigados por
la justicia a perpetua privación de libertad, aquellos
Lázaros eternamente suplicando una nueva oportunidad.
Las crónicas
dicen que Gennaro lleva ya trece años
acudiendo sin falta a su cita con el pasado, a esta isla de tan
sólo quinientos metros de longitud. Se instala en la casa
colonial diez meses al año y se entrega en cuerpo y alma a
rehabilitar el cementerio donde están enterrados cuarenta y
siete presos. Vive sin luz eléctrica y en completa soledad
dedicándose a cuidar las cuarenta y siete tumbas de sus antiguos
vigilados, víctimas no sólo del olvido sino
también del vandalismo. Para Gennaro Matrone se trata de una
obligada misión que debe cumplir. Es su pequeña verdad.
“Pero ¿por
qué te condenas a este castigo? ”, le pregunta
de vez en cuando su mujer. Gennaro Matrone, sin embargo, no considera
que lo suyo sea un castigo, sino un acto de consideración hacia
unos hombres que acaso hayan sido olvidados por Dios.
A Julio Manegat, y
también a la memoria de su
padre Luis G.
Manegat, por todas las páginas que
han escrito acerca de los que
sufren, de los
desheredados de la tierra, en
favor precisamente
de la
necesaria dignidad del hombre.
Jon Rosáenz
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