Sancho
Panza, que por lo
demás nunca se jactó de ello,
logró, con el correr de los años, mediante la
composición de una cantidad de novelas de caballería y de
bandoleros, en horas del atardecer y de la noche, apartar a tal punto
de sí a su demonio, al que luego dio el nombre de don Quijote,
que éste se lanzó irrefrenablemente a las más
locas aventuras, las cuales empero, por falta de un objeto
predeterminado, y que precisamente hubiese debido ser Sancho Panza, no
hicieron daño a nadie. Sancho Panza, hombre libre, siguió
impasible, quizás en razón de un cierto sentido de la
responsabilidad, a don Quijote en sus andanzas, alcanzando con ello un
grande y útil esparcimiento hasta su fin.
La verdad sobre Sancho Panza
Franz Kafka
Sancho Panza
garabateaba signos indescifrables sobre un infolio en
blanco, cuando Don Alonso surgió de entre las sombras que
espesaban el cuarto; se le acercó y trató de leer por
encima de su hombro.
—¿Qué
escribes, amigo Sancho, si
tú jamás dominaste el arte de colocar una letra al lado
de otra? Sancho levantó la cabeza de los papeles y le
miró con ojos nublados.
—Sí que
conozco el arte que
mencionáis, Don Alonso, que el cura me lo enseñó
en pacientes horas del atardecer y de la noche. Y ya que lo
preguntáis, escribo sobre gigantes, mi señor.
—¿Sobre
gigantes? —se sorprendió Don Alonso—.
¿Cuáles gigantes, Sancho?
—Los que vuestra
merced
habrá de matar, mi señor.
—¿Y
dónde se
esconden esos desaforados gigantes, cobardes y viles criaturas?
—preguntó burlón el aludido.
—No se esconden, mi
señor. Que en verdad se pavonean y agitan sus brazos allá
por las tierras de La Mancha. Y son grande peligro para los viajeros,
quienes sufren de sus feroces ataques cuando por aquellos lugares dan
en pasar.
Don Alonso
disimuló una sonrisa triste y meneó
la cabeza. Acercó una mano al hombro de Sancho, pero la
dejó caer sin llegar a tocarle. Por fin dijo:
—¡Ay,
Sancho! ¡Que aquellos que allí se parecen no son gigantes
sino molinos de viento!
Sancho
frunció el ceño, se
encogió de hombros y regresó a su tarea. Pensó que
Don Alonso estaba loco.
Roberto Sánchez
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