Para Joey, Dee Dee, Johnny,
Tommy y Marky. Donde quiera que estén.
La Semana Santa en Bilbao es muy familiar ya
que, durante este tiempo,
la ciudad pierde temporalmente a muchos vecinos que buscan, en la
macdonalización festiva, alivio a la inconformidad que sienten
con su vida. También es cierto que el nuevo museo es un reclamo
para otros turistas de Pascua que ocupan el lugar de los traidorcillos
del Bocho. En cualquier caso, no hay multitudes enfervorizadas que
tiemblen de pasión frente a la imágen por la que sienten
más devoción, salvo en la procesión del Melenas,
que por discurrir por los barrios más humildes de la ciudad, en
la que se permite cualquier demostración de fervor, aunque sea
con música de Serrat.
En Abando, aunque
la procesión avanza entre el silencio del
público, sin contar con el cliquido de las cámaras
digitales, ávidas de inmortalizar a penitentes y figuras de
madera, las cofradías sí pueden armar jaleo... y lo hacen
con todo tipo de instrumentos de metal: trompetas, fliscornos, clarines
y, por encima de todos, los cornetines de llave; y de percusión:
cajas y bombos, nada más. Los cofrades, enfundados en sus
sotanas y túnicas de algodón, preservando su intimidad
con los capirotes, llevan, según su categoría, distintos
objetos: cruces, báculos, cirios y estandartes. Algunas
cofradías, las más pudientes, los tienen de plata
fínamente labrada; otras, más militantes, se conforman
con la madera de roble y castaño. Debajo de las túnicas
se adivinan figuras masculinas y femeninas, pero los puestos
importantes son patrimonio de los hombres que, por haber hecho el
servicio militar de turuta o gastador, tienen el honor de realizar los
solos de corneta o de llevar marcialmente la enseña de la
hermandad.
Los monaguillos son
una especie en vías de extinción, por
lo que cada cofradía se apaña como puede. Así, se
pueden ver niñas sin capirote y con lacitos morados o
niños con bombachos, boina y guerrico. Solo la hermandad de la
Vera Cruz cuenta con dos chavalotes ecuatorianos: monaguillos de los de
antes, a la antigua usanza, que rodean al hermano mayor y van seguidos
por uno de esos escasos sacerdotes (pásmense: con bonete y
escapulario) que acompañan las procesiones, a la cabeza de un
par de docenas de feligresas de edad avanzada.
La mayoría
de los pasos van sobre ruedas, solo el Cristo de la
Pasión y el de la Humildad son portados por costaleros, cosa que
no tiene mucho intringulis para las dos docenas de morroscos del
Txoriherri que los cargan.
El público
es variopinto y te puedes encontrar desde el joven
imitador del Cristo de Medinaceli, con vaqueros y una camiseta roja
adornada con la cubierta del “All the stuff (and more)” de los Ramones,
hasta el señor gris, de mediana edad, moreno, regordete, con
gafas y bigotito, que saca a pasear a su perro como única excusa
para hacer tres o cuatro paradas en los bares de siempre y tomarse de
un trago un lingotazo de bebida blanca en cada uno de ellos. Sí,
la Semana Santa en Bilbao es muy familiar y, por tanto, todo el mundo
opina sobre ella sin ningún rubor.
“Esta fiesta me
parece de muy mal gusto”
“Vamos Charlotte,
no te pongas así, es cierto que antaño
eran las procesiones que organizaba el Santo Oficio, para llevar a los
conversos y herejes hasta el peralbillo, pero ahora todos los
participantes son voluntarios y solo quieren poner de manifiesto su
fe.”
“Pues a mi me
recuerdan los desfiles del KKK en el viejo Kentucky, con
esas túnicas y esos cucuruchos”
“Capirotes”
“Sí,
cucuruchos. Además, vista la primera, todas las
demás son iguales. Por lo menos el KKK quema una cruz al final
del happening y, a veces, llega la policía del estado y hace
algunas detenciones”.
“¡Es
fantástico! Seguro que han declarado esos desfiles:
fiestas de interés turístico”.
“Don Miguel, creo
notar una cierta ironía en ese comentario.
¿Quieres camorra?”.
“Todo lo contrario,
quiero acercarme a La Granja, tomarme un bourbon y
después ir a jugar a los domadores”.
Con una sonrisa,
Charlotte se abraza a Don Miguel, con ganas de ser una
leona que obedezca a su domador.
“Don Miguel, sabes
como hacer feliz a una mujer”.
“Vamos por Ledesma.
Hay un gentío enorme en la Gran Vía”.
Ledesma es una calle animada en la zona que va desde Berástegui
hasta Mazarredo, pero en el tramo anterior, los días de fiesta,
no hay gente. Además, las obras de reparación de la
alcantarilla de la calle Buenos Aires han hecho de la zona frente a la
puerta trasera de La Granja un callejón bastante siniestro.
“Igual damos la
vuelta, Don Miguel”.
“No seas pacata
Charlotte. No va a pasarte nada. Además,
¡fíjate! vienen un par de Nazarenos”.
En efecto. Dos
hermanos de la Cofradía de la Pasión, con
sus túnicas de algodón blanco se acercan a la pareja con
una limosnera y un taco de estampitas, que son un imán para los
ojos de la muchachita del Medio Oeste. Don Miguel, que conoce las
aficiones de su novia, toma el monedero, de la relojera de su
americana, y comienza a rebuscar algunos céntimos para los
pedigüeños, que al llegar a la altura de la pareja se
detienen con intención de recibir la limosna. Sin embargo,
cuando Don Miguel va a dejar las monedas en el saquito, el nazareno
mete la mano en la limosnera y saca un Smith & Wesson del 45, con
el que golpea a aquél en la cara, haciendo que caiga de
espaldas. El cofrade de las estampitas las suelta y saca de los
pliegues de la túnica un Gabilondo del 38, con el que apunta a
Charlotte, indicándo el maletero de un Corvette del 57,
descapotable, de color turquesa, que está aparcado, unos metros
más atrás, en el vado de un garage, desafiando a la cruel
grúa municipal. El encapuchado de la limosnera le arrebata el
bolso y la lleva arrastrando hasta el maletero, lo abre y mete a
Charlotte dentro de un empujón. Cierra el portón y se
sienta en el asiento del copiloto, mientras el hermano de las
estampitas arranca el coche con gran estruendo, dirigiéndose
calle adelante.
Don Miguel se
levanta a trancas y barrancas, choca con la rueda del
afilador y sube a trompicones las escaleras que llevan al Café,
donde la puerta trasera le saluda con un chirrido.
Cotidio, siempre
animoso, se acerca a su amigo haciendo gala de su
buén humor.
“¡Vaya Don
Miguel! Usted sí que vive intensamente la
Semana Santa, solo le falta la corona de espinas para ser el Ecce
Homo”.
“Menos guasas,
Cotidio, que nos han asaltado”.
“¡No me diga!
¿Dónde está la Srta.
Charlotte?”.
“Se la han llevado
dos cofrades de la Hermandad de la Pasión en
un Corvette descapotable”.
“Desde luego, Don
Miguel, ya tiene Ud. imaginación. ¿Por
qué no me dice que se ha peleado con la Srta. Charlotte y que le
ha dado un buen par de ostias,
... que por otro
lado a nadie le vienen mal de vez en cuando...,
por descarado o por
insensible o por cualquier otra razón
inexplicable que utilizan las mujeres para abofetear impunemente a los
hombres?”.
“Por que,
realmente, nos han atacado dos nazarenos con
revólveres, que han secuestrado a Charlotte”.
Un apretar de
dientes y un inspirar por la nariz. Un rascarse la
coronilla y un expirar por la nariz. Gestos reflejos para buscar una
respuesta cortés a un comentario, al menos, poco frecuente, si
no absurdo. Todo esto pasa por el cerebro de Cotidio en un segundo,
encontrando en su buen humor la mejor solución.
“¡Caramba,
caramba! Ud. sí que sabe dotar a su vida de
distinción. Si busca inseguridad ciudadana,
¡olvídese de los toxicómanos o de los antiguos
integrantes de la guerrilla albanocosobar!: Busque dos nazarenos.
¡Pues tendremos que llamar inmediatamente a la Ertzantza para que
persigan a esos malhechores!”.
“Te agradezco la
buena voluntad, Cotidio, pero sería más
probable que me atendiese el Lehendakari antes que la policía.
Si tu no crees una palabra de lo que me ha pasado...
¿cómo
va a creerme un ertzaina que estará hasta
los huevos de hacer la guardia de doce horas de día de fiesta?”.
“Desde luego, no le falta razón,... además si hubieran
huído en un forfi, el asunto sería más
verosimil,... porque ya solo el encontrar sitio para aparcar un coche
tan grande es un milagro, considerando lo difícil que es
encontrar aparcamiento en este pueblo.
Por otra parte,
también es cierto que en un descapotable te
puedes subir sin quitarte el capirote y eso para un nazareno
secuestrador es un argumento muy importante.
Y... hablando de
todo un poco... ¿por qué no han
utilizado sus armas, uds. dos que están todo el santo día
haciendo gala de sus pistolas?”.
“Porque no hemos
tenido tiempo. Primero me han golpeado y
después han dicho manos arriba”.
“¡Ya! El
factor sorpresa,... y no le ha sorprendido que se le
acercaran dos nazarenos con cartucheras”.
“¡Joder
Cotidio! ¡Que hoy es Viernes Santo! Y llevaban las
armas ocultas”.
Desesperación.
El más angustioso de los sentimientos que
experimenta el género humano. Cada cual, cuando le llega, trata
de combatirla como buenamente puede, casi siempre sin éxito;
salvo que uno sea un fumador de caldo y/o que le guste el anís.
Sí: el fumador de caldo es un modelo de autocontrol, debe
manejar sus emociones para conseguir un cigarrillo perfecto.
“¡Menudo
churro de cigarro que le ha salido, Don Miguel!. Me
parece que necesita un anís: ¡Elías: un mono para
Don Miguel!, que no le llega la camisa al cuerpo”.
Aunque la mejor
solución es escuchar una voz humana que, aunque
mienta descaradamente, nos diga lo que necesitamos oir.
“¡Tranquilo
hombre! Ya verá como todo se arregla.
Tómese el
anís y discurriremos que es lo que podemos
hacer”. Y, algunas veces, la divina providencia soluciona nuestros
problemas sin que ninguno de nuestros temores y actuaciones haya sido
de utilidad. Esta situación deja trazas de agotamiento en un
océano de alegría. Un océano de ojos azules y
pecas que, con un tomate en la media derecha, a la altura de la
rodilla, como única señal de sus desventuras, inunda el
local a través de la puerta giratoria y se desborda hasta cubrir
con sus brazos al sorprendido y aliviado Don Miguel.
“¿Estás
bién?¿Qué te ha
pasado?¿Cómo te has librado de esos energúmenos
tan pronto?”.
“Estoy bién.
¡Hola Cotidio!...”.
“Srta. Charlotte,
¡qué alegría me da verla!”.
“... ¡Me sentaría bién un bourbon!...”.
Elías, con
su profesionalidad distante y ampliópica, se
acerca con el mono y las cuatro rosas, aportando un dique de
tranquilidad en el torrente de preguntas que sale de los ojos negros de
Don Miguel. Charlotte se bebe su güisqui y, desenvuelta, se dirige
a Cotidio.
“... ¿Te ha
contado Don Miguel lo que nos ha pasado?...”
“Sí, pero me
ha parecido una historia inventada para encubrir
algun disgustillo de enamorados”.
“¡Qué
va! Aquellos desalmados me metieron en el maletero
del carro sin prestar ninguna atención a que se me arrugara el
traje...”.
Ansioso, Don Miguel
interrumpe a Charlotte.
“Pero, no han
pasado ni quince minutos desde que nos asaltaron y ya
estás aquí sana y salva. ¿Qué ha pasado?”.
“La verdad es que no lo sé muy bién. El coche ha
arrancado a gran velocidad y he ido dando bandazos durante un minuto;
entonces se ha detenido bruscamente, con un ruido espantoso, a la vez
que se ha abierto el portón del maletero. Cuando he salido, he
visto el coche completamente destrozado contra el costado de un BLR que
circulaba por Alameda de Mazarredo...”.
“¿Un
bele...qué?”.
“Una tanqueta,
Cotidio. Pero, ¡por Dios! Charlotte, ¿como
va a ser posible eso?”.
“¿Qué
hubieras preferido, Don Miguel? ¿Que le
hubiera arrebatado el revolver a uno de los encapuchados utilizando mis
encantos y que le hubiera vaciado el tambor en las tripas?”.
“Diga Ud que
sí Srta. Charlotte. Ese asunto del belerre deja su
honor en su sitio, sin necesidad de enseñarle la saya a nadie...
nada de aquello:
Yo me quité la corbata.
Ella se quitó el vestido.
Yo el cinturón con
revólver.
Ella sus cuatro
corpiños.
“Además,
¿es que los vehículos militares no pueden
tener accidentes?”.
“¡Pero no
circulan por las calles de Bilbao!”.
“¡Ah! ¿O sea que la Legión puede pasearse, con el
Cristo a cuestas, por las calles de Málaga, y el Regimiento de
Infantería Garellano 45 no puede participar en la Semana Santa
bilbaína?”.
“Oiga, Don Miguel,
que cuando yo trabajaba de soldador en Aceros de
Llodio, teníamos la tanqueta de la Guardia Civil todos los
días en la puerta. No le haga caso, Srta. Charlotte, que a
él hay que creerle todas sus historias y el no se cree nada de
nadie”. “¡Vale, vale! El corvette ha chocado con un blindado y...
¿qué les ha pasado a los nazarenos?”.
“No he querido
acercarme, pero lo que he visto me ha recordado a un
botillo ponferradino, así que no creo que nos molesten
más”.
Sí, la
divina providencia resuelve los problemas de los seres
humanos de formas a menudo extrañas pero siempre de forma
incompleta.
<
“Perdone, Don Miguel, que les estropee este bonito reencuentro, pero,
después de tantas discusiones, no se han preguntado que es lo
que querían esos facinerosos de la Srta. Charlotte”.
“No lo sé,
Cotidio, no lo sé. Sin embargo, un episodio
con circunstancias tan poco frecuentes: nazarenos, armas de fuego,
descapotables de época, blindados... me hace pensar que nuestros
problemas no han hecho más que comenzar”.
NOTA: B.L.R. :
Blindado Ligero con Ruedas. Fabricado por la Empresa
Nacional de Automoción fué muy popular en el ejercito
español, y algunos otros, como vehículo de apoyo y
descubierta. También fué utilizado masivamente por las
fuerzas antidisturbios durante la Transición.
Miguel San José
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