Un
año después
todavía lo recuerdo a diario. He
buscado cualquier retal de su vida que me permitiese entender
porqué decidió olvidar. Hablé con algunos que se
lo cruzaron y, sin embargo, nadie conocía realmente a Juan
Bosco. Eso si, muchos de ellos contaban una historia que me era
conocida:
“vagaba de aquí para
allá, solo, y de vez en
cuando paraba a alguien, le cogía de las manos y dejaba caer en
ellas un par de lágrimas. Entonces, su mirada se perdía
como si olvidase fragmentos de su pasado, mientras que la del otro se
iluminaba con el reencuentro de viejos recuerdos”.
Ahora sé que
nunca llegaré a entender qué le sucedió para
querer perder su pasado y tal vez sea mejor así. Yo, por mi
parte, quiero existir modestamente, sin comprender ni conocerlo todo,
tampoco quiero volver a olvidar. Me conformo con no verme obligado a
repudiar la vida.
Juan Goñi
leía estos tres
párrafos, los últimos del libro, los únicos que
tenía claro desde que comenzó a escribir, y los
detestó. Quería resultar profundo y sin embargo se
leía rimbombante y edulcorado. Tal era la desazón, que
odió las 126 páginas en las que se había volcado
durante el último año.
Pensó que
tal vez
mañana, si consiguiera dormir unas horas y quitar el sabor a
cerveza con tabaco, podría encontrar otros placeres en el
amanecer de Barcelona que le inspirasen un nuevo final. Quizás
se sentara en uno de aquellos bancos de las ramblas donde se preparan
los mimos para los turistas. Y allí, junto a la misma joven que
cada mañana se disfrazaba de arlequín del espacio,
envuelta en restos de papel de aluminio y purpurina dorada, pudiera
contagiarse de algo de melancolía.
Esta sería la
última vez que vería a Juan Bosco. Me fui
abandonándole en la silla de un geriátrico junto a todas
las arrugas del mundo, algo cano y miserable, bajo la ausencia de
memoria.
¡Qué
ironía!, con la pérdida de su
último secreto me recuperó de las tinieblas para
sumergirse él en ellas y, a pesar de todo, eso era lo que
queríamos los dos, uno olvidar y el otro recordar.
Desde la terraza de
la cafetería, Juan Goñi veía
las ramblas desaparecer poco a poco ante los efectos de la
globalización. Se sonrió al darse cuenta de que su humor
había mejorado desde la mañana, probablemente gracias a
esas líneas que había conseguido hilvanar sobre la
tópica servilleta de papel.
No era el final
definitivo pero se acercaba. Pensaba en los dos
personajes que daban cuerpo a su obra, y cómo uno de ellos se
había ido ganando su afecto sobre el que en principio iba a ser
su alter ego y protagonista. Todo lo había preparado pensando en
el renacer del narrador del cuento, culminando su camino desde la
frustración hasta el reencuentro con la escritura, su
pasión olvidada.
Juan Goñi
quiso retratarse en su libro y
ahora mientras contemplaba su imagen se vio reflejado como un ser
mediocre, lleno de quejas y lamentos. Sin embargo, del otro lado estaba
Bosco, que nunca pronunció una palabra, olvidando su pasado con
cada lágrima derramada, condenado a terminar postrado solo. Su
mirada ausente y herida, algo melancólica pero también
generosa, recordaba a la de los que sabían demasiado.
Había nacido
como de casualidad. Solo pretendía ser una
metáfora que explicase el momento en el que su alter ego se
volvía a encontrar con la inspiración, una especie de
truco de magia que debía durar tan solo un par de páginas
y, sin embargo, su fuerza se fue adueñando de la
imaginación de Juan Goñi, que descargaba cientos de
palabras espontáneas sobre la silueta del viejo errante. Era lo
más cerca que había llegado a sentir la libertad, al
poder crear un personaje que no fuera él y que no le obligaba a
mentir para gustarse.
Era demasiado tarde
para cambiar el final.
Sabía que debía despedirse de Juan Bosco y que nada
podía hacer para rescatarle del silencio.
Le cogí la mano que
colgaba inerte desde el apoyabrazos de la
silla de ruedas y me incliné para que nuestros ojos quedasen a
la misma altura. Su mirada me atravesaba, como si no pudiese verme, sus
facciones se habían disuelto en un gesto inexpresivo que
parecían decirte que allí ya no había nadie, tan
solo un trozo de carne. Finalmente, apreté su mano, y me
acerqué para besarle en la frente. Entonces unas lágrimas
resbalaron desde de mis ojos y fueron a caer a su mejilla, desde donde
serpentearon hasta perderse en el olvido.
Pero no pasó nada porque yo era una falacia egoísta que
no tenía demasiado que ofrecer.
Me alejé más
allá de todas las puertas que
cerraría en mi vida, sabiendo que dejaba solo al único
ser divino que había conocido.
Juan Goñi
pulsó la tecla del punto, pero antes de cerrar
el archivo de texto, se fue a la página 1 y releyó el
comienzo del libro:
Me había convertido en un mierda
acomodado, muy cabrón y,
sobre todo, estaba furioso conmigo mismo por algo que no alcanzaba a
recordar. No sé, tal vez sean estas expresiones soeces, esta
forma de sobrevivir a base de tanta basura enlatada, de acostarse con
spots publicitarios, o de pisar torres de babel construidas sobre
efectos especiales. No siempre fue así, estaba seguro.
Debió haber un tiempo de sueños inspirados en secretas
vocaciones, una infancia con padres y una adolescencia con amores.
¿Quedaría algo más allá de los
álbumes de fotos?. Necesitaba recuperar las ganas de llorar.
Emilio Hidalgo
|