El loro se paseaba triste y pensativo por las
almenas de la torre
más alta del castillo. Era un loro viejo y, por viejo,
quizá también sabio. Así, había conseguido
la sabiduría que sólo se adquiere con la tristeza como
amiga y la soledad como hogar.
Aprendió a
hablar con un pirata
de barbas trenzadas y teñidas de añil, hace muchos
años, cuando no era un loro viejo ni, quizá, sabio. Al
principio sólo sabía decir “Al abordaje” y “Sin piedad”.
Con el tiempo aprendió frases más complicadas y
amenazadoras. Cuando los españoles capturaron el barco pirata y
colgaron a su dueño le pareció oportuno y, quizá
sabio, cambiar el tono de su conversación.
Después de
varios días de orfandad, durante los cuales revoloteó
desde la cofa al bauprés, desde bauprés al trinquete y
vuelta a la cofa temiendo por su vida, rehuyendo las miradas aviesas y,
quizá hambrientas de los marineros, la hija del capitán
que había ajusticiado al pirata se encariñó con
él. Lo recogió con sus manos pequeñas y
cálidas, y lo llevó al castillo donde vivía con su
padre en la Isla de Poniente.
El loro se
enamoró de la niña. Un amor, quizá
imposible, y, seguro, desesperado, porque entre los piratas no
había aprendido jamás palabras de amor con las que
acariciar los hombros de la niña. El loro pensó que si le
decía algo como “Te voy a cortar el cuello”, ésta le
expulsaría del castillo. Y si le llegara a oír el
capitán entonces serían sus plumas y, quizá su
vida, las que peligrarían. Así que el loro
enmudeció. Durante muchos años no abrió el pico, y
todos en la fortaleza se fueron olvidando de él. También
la niña. Y de igual manera el loro fue olvidando aquellas frases
salvajes, pero a cambio nunca aprendió a hablar de amor.
Con el tiempo la
niña creció y se convirtió en una
joven casadera. Y pronto apareció un pretendiente.
La mañana en
que ambos partían hacia la Isla Grande,
donde el novio vivía, el loro pronunció sus
últimas palabras; las únicas que, quizá,
aún no había olvidado; las últimas que dijo el
pirata antes de pender de la soga. “Os maldigo”, gritó el loro.
Desde aquel momento
su vida, además de triste y solitaria, fue
la de un fugitivo. El capitán le persiguió con
saña y el loro solamente pudo salvarse volando hasta lo
más alto del castillo, fuera del alcance de ballestas y
arcabuces. Desde allí vio cómo el barco en el que
partían la niña y su prometido era asaltado por
corsarios, y se hundía entre llamas y olas. Nadie se
salvó. Tampoco la niña.
El capitán y
su
séquito, desolados, abandonaron para siempre el castillo unas
semanas más tarde, pero el loro nunca voló a otras
tierras. Aún se pasea triste y pensativo por las almenas; y
trata de encontrar una palabra que, quizá, no exista; una
palabra que ya no servirá de nada.
Roberto Sánchez
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