Eva se despertó sobresaltada. Se
sentía extraña,
ligera e ingrávida como una pompa de jabón. No
sabía dónde se hallaba. Si le hubieran asegurado que
yacía sobre algodones de nube planeando en el espacio o que
orbitaba en el vacío de un abismo sideral se lo hubiera
creído. Pero estaba sola y nadie podía ayudarle, por lo
que hubo de averiguarlo por su cuenta. No tardó en advertir el
calor húmedo e íntimo que envolvía sus piernas y
su tronco; al contrario que los brazos y la cara, que los notó
helados. Movió un pie para palpar la superficie sobre la que
estaba tumbada, y apreció los pliegues de las sábanas,
sedosos y anárquicos. Hizo lo propio con un brazo, lo
alargó y con la mano tocó los barrocos fríos y
rugosos que adornaban la vainica de la funda de la almohada. Los
reconoció. Estaba echada en su cama. No había duda. Y el
descubrimiento la tranquilizó. Bostezó, y se frotó
los ojos. Luego los abrió. Somnolienta y perpleja,
dirigió la mirada a la ventana del dormitorio. Alboreaba, y la
luz del crepúsculo matutino se insinuaba en las listas de la
cortina. Buscó la sombra menuda del entrañable jilguero
que habitualmente le brindaba los “buenos días” en forma de
trinos extraordinariamente delicados y armoniosos, de saltos de
alegría en la ménsula y de golpes en el cristal con su
minúsculo pico, como si le enviara besos desde la distancia. Mas
no distinguió la silueta ni los gorgoritos del pajarillo.
Pensó que aún debía ser demasiado pronto para su
visita mañanera. Si no, no se explicaba su ausencia, ya que
hacía varios meses que no faltaba a la cita. Así que
decidió continuar durmiendo.
El jilguero jugaba
en el interior de una especie de jaula descomunal
con forma de corazón, hecha con paredes de copos de nieve y
barrotes de gotas congeladas de lluvia. Había infinidad de
jaulas similares pululando por el espacio a merced del viento, que
recreaban un misterioso firmamento de objetos voladores a la deriva. En
todas ellas viajaba alguna ave. El jilguero revoloteaba nervioso en la
suya. Protagonizaba un inusual vuelo, en el que ponía en
práctica todo tipo de ejercicioss aéreos. Sus alas eran
cortas y no le era dado poder planear, aunque contrarrestaba esta
adversidad volando con un aleteo rápido y de cadencia regular.
De este modo realizaba maniobras espectaculares: giros en todos los
sentidos, graciosas piruetas, pasadas rasantes que le permitían
sentir el aire gélido que provenía de la base de nieve de
la jaula, picados vertiginosos, alzadas casi verticales y paralelos a
distintas distancias con la línea del perímetro interior
de la jaula que representaban corazones en el aire. Era inconfundible.
Su plumaje pardo, su cabeza negra, su pechera blanca y su barboquejo
rojo eran únicos. Eva lo recordaba posado junto a ella en el
respaldo de un banco del jardín de su casa, curioso e inquieto,
escuchando los cuentos que leía en voz alta, o saltando
ágil entre las hojas de hierba del césped recién
cortado, guareciéndose de la canícula de las tardes
estivales en el follaje de la gigantesca hortensia que adorna un
lateral de la casa y durmiendo en el nido que ella misma le
había hecho en primavera con pajitas, musgo y pétalos de
alhelí. En cambio ahora su amigo volaba dentro de aquella rara
jaula. Eva no comprendía cómo había llegado a
semejante lugar, ni por qué le obsequiaba con aquel alarde de
vuelo acrobático. Era todo tan insólito…
¡Quién sabe! Quizá los pajarillos se resguarden de
las inclemencias del invierno al abrigo de aquellos aparatos de agua y
nieve. Quizá cada jaula sea un paraíso de primavera
perpetua, en el que la vida no tiene tiempo, sino sólo alas de
libertad. Quizá el jilguero sea simplemente un ser mágico
que nació de una lágrima vertida a un sueño roto,
un duende que habita el corazón de Eva. Corazón que se
disparó en latidos incontrolados cuando la niña se
percató de que de la constelación de jaulas voladoras se
disgregaba la jaula que transportaba al jilguero y comenzaba a ascender
a gran velocidad, impulsada por las ráfagas del fortísimo
viento que se levantó de súbito. Corazón que
posteriormente estuvo a punto de estallar cuando Eva observó con
angustia cómo subía la jaula a lo más alto del
cielo, y que al cabo de un rato, ya no veía al pajarillo. Se
había convertido en una mancha de bruma con apariencia de labios
abiertos en ritus de sonrisa. Y la jaula, a su vez, en una
ilusión de copos de nieve y escarcha fundidos en un cirro.
Eva se
volvió a despertar totalmente empapada en sudor. La
última imagen de su arrobo onírico perduraba en su
memoria, nítida y enigmática. Le producía una
insufrible desazón, que intentó atenuar fantaseando que
la nube de hielo que acogió al jilguero era una cuna que ella
mecía, que le cantaba al pajarillo la nana del amor niño,
y que éste descansaba plácidamente, soñando que la
próxima primavera alegraría las mañanas de la
amiga bailando en la repisa de la ventana de su habitación y
besando en el cristal sus figuradas mejillas, que compartiría
con ella los mundos ficticios de los cuentos, y que sestearía en
su mano entre sábanas de pétalo de alhelí.
Reconfortada, aguzó el oído para escuchar los cantos del
jilguero, que tenía que estar ya reclamando su atención.
Permaneció cierto tiempo a la espera de alguna señal.
Como ésta no se
produjo, abrió nuevamente los ojos y clavó la mirada en
la cortina. Intuyó que la mañana estaba bastante
avanzada, porque tras sus plegaduras se adivinaba la intensa claridad
de los rayos solares. Tampoco en esta ocasión vislumbró
nada que delatara la presencia del pajarillo. Espoleada por la
incertidumbre, se incorporó rápidamente de la cama y
corrió hacia la ventana. Retiró el cortinaje, y
liberó de golpe las hojas. Y allí encontró al
jilguero, en medio del botaaguas. Estaba muerto. Al verlo, Eva
también creyó morirse: las piernas no le respondieron, y
hubo de agarrarse al marco de la ventana para no caer al suelo. Como
pudo, se arrastró a gatas hasta la alfombra y se sentó
sobre ella. Cruzó las piernas, apoyó los brazos en las
rodillas, escondió la cara en ellos y rompió a llorar
amargamente.
Nicolás Zimarro
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