|
SUEÑOS DE
ALUMINIO Y BROCADO
|
|

|
|
|
Muchas tardes,
después del trabajo, me acerco al Café. Siempre hago lo
mismo: entro por la puerta giratoria, busco un sitio en la barra, saco
el monedero, cuento el importe de la consumición, espero a que
me saquen el cortado, saludo, pago, guardo el azucarillo, revuelvo el
café, lío un cigarrillo de caldo, me tomo el cortado y
enciendo el pitillo. Entonces, empiezo a soñar despierto.
Sueño con limpiabotas, cigarreras, guardias civiles,
contrabandistas... durante el tiempo que dura el cigarro y, enseguida,
me voy.
Pero hoy, mientras estoy esperando a que me atiendan, entra en el local
una muchacha maravillosa. 1,75, tipo irlandés, blanca como un
ángel con pecas, pelo rojo, liso y hasta el hombro, cejas
amarillas, nariz de pajarito, ojos cobalto, labios delgados, pechos
pequeños y duros, culo respingón. Va vestida con una
camiseta blanca, de tirantes, con rosas silvestres fucsia cosidas con
torzal amarillo a la pechera, rodeando el cuello con un festón
rojo, y con unos pantalones Capri de algodón blanco, sujetos con
un cinturon rosa nacarado con pedrería en la hebilla,
bién metidos entre las nalgas. Completan su atuendo unas
sandalias rosa y un bolsito blanco.
Avanza unos pasitos mientras busca a alguien entre la clientela. Sus
ojos recorren todo el local hasta que se encuentran con los
míos. Me sostiene la mirada y me encuentra. Sí, viene
hacia aquí. Abre su boca y...
"Me llamo Charlotte Flanagan y quiero vivir."
Fascinado solo puedo responder:
"Me llamo Don Miguel y te haré vivir lo que quieras."
"Lo sé, por eso estoy aquí. Contigo. ¿Por
qué no nos sentamos?."
Buscamos una mesa libre. Le cedo el escaño y yo me siento frente
a ella en una silla. No sé como continuar la
conversación. El noventa por ciento de mi cerebro está
dando gracias a Dios por haberme enviado aquello que tanto he deseado.
El resto solo piensa en donde y como vamos a follar. Opto por ir a
poquitines y dejarla hablar.
"¿De qué me conoces? ¿Qué puedo hacer por
ti?."
Su mirada fría es un presagio de que no he empezado bién.
"Tus preguntas me hacen ver que no sabes en qué mundo vives.
Quizás debiera volverme por donde he venido y buscar a otra
persona más capacitada para resolver el problema que tengo entre
manos."
Se incorpora y hace amago de marcharse. Desesperado farfullo cualquier
cosa para detenerla.
"¡Espera!. ¿Cómo puedo ayudarte?"
El camarero llega a salvar la situación, preguntando,
profesional y distante.
"¿Qué van a tomar?."
Charlotte responde desenvuelta.
"Jim Beam. Sin hielo".
Yo, por dar una apariencia de solidez, cambio mi cortado por el brebaje
que esta bella bruja quiera hacerme tomar.
"Acompañaré a la señorita."
Saco la petaca de caldo y el papel de arroz, tratando de llamar su
atención y a mi aplomo, que me recomienda que utilice el
sarcasmo.
"Bién; si sabes tanto de la vida: ¿por qué no me
informas de todo aquello que necesito saber?."
Lío el cigarrillo y lo enciendo con el mechero de gasolina, cuyo
olor me adormece un poco y se mezcla con el sabor del humo en mi
garganta. Charlotte sonríe y muestra unos dientes de jovencita
americana del medio oeste.
"O.K. Tú, yo y toda la gente que está en este local somos
un recuerdo imaginario en la mente de un ser que quiere imitar a Dios.
No tenemos pasado; solo unos pocos datos, borrosos y mediocres,
imprescindibles para que nuestro creador pueda diferenciarnos del resto
de sus fantasías. Nuestro futuro es, a los sumo, la
repetición incansable de este presente imperfecto."
Realmente es una conversación poco convencional aunque
completamente absurda, por lo que decido seguirle la corriente,
pensando, otra vez en las posturas que adoptaremos en la cama.
"Creo que tú sí que tienes fantasía y qué
únicamente quieres mostrarte misteriosa."
Charlotte frunce el ceño un poco molesta, pero cambia,
inmediatamente, su expresión a la de una madre que escucha a su
hijo contar las historias que ha aprendido en la clase de
párvulos.
"Don Miguel: ¿Qué edad tienes?¿De dónde
eres?¿En qué año estamos?¿Qué es lo
último que recuerdas?."
El silencio que escucho en mi cerebro al plantear las primeras
preguntas es menos aterrador que la imagen, que saliendo de la niebla,
responde a la última. La expresión de mi cara debe ser
patética.
"Hay una mujer despanzurrada en los lavabos. Cotidio, el limpiabotas,
abraza a Gertrudis..."
Charlotte me interrumpe con un gesto e insiste en su interrogatorio
"¿Cuando sucedió esto?"
"No estoy seguro... ¿ayer?"
"¿Qué fecha era ayer?¿No lo recuerdas?".
Mi cerebro solo me ofrece las noticias que leí en el
periódico, pero ninguna fecha.
"La verdad es que no. Pero había una noticia sobre "La Matanza
del Día San Valentín"... antesdeayer en Chicago"
"Según esto, hoy sería 16 de febrero de... no
sé... 1927"
Respondo tímidamente.
"Sí"
"Bueno, Don Miguel, pues en mi presente es verano de 2005. ¿No
te resulta extraña mi ropa? ¿y el teléfono
móvil?¿y la tragaperras aquella?...¿Dónde
están Cotidio y Carmen?¿Por qué usas siempre el
mismo traje?"
Es cierto. ¿Por qué solo tengo recuerdos en este lugar?
¿Por qué no me sorprende su ropa o estos dispositivos
electrónicos? ¿Por qué admito que han pasado casi
ochenta años desde mi último recuerdo hasta este momento?
¿Qué edad tengo? Me estoy poniendo nervioso. Solo puedo
concentrarme en esos ojos cobalto y en la ropa interior de esa mujer.
"¿No sabes que decir, verdad? ¡Pobre Don Miguel! Pero no
desesperes,
escucha mi historia que es todavía más complicada.
Yo me desperté en un vagón del metro de Bilbao; por que
esta ciudad es Bilbao y este local, al que llamas: el Café, es
La Granja. Te decía que: desperté en un vagón de
metro enamorándome de un canalla que me convirtió en su
esclava sexual y me desestabilizó hasta convertirme en una
paranoica obsesionada con el espionaje, de forma que, en un determinado
momento de mi vida, empuñé una pistola y con ella
firmé mi sentencia de muerte..."
"¿Qué hiciste? ¿Le mataste?"
"...Algo peor, cometí un acto ilógico según el
criterio de uno de los seres que imaginaba mi vida, por que,
¡fíjate!: en mi no caso había uno, si no media
docena de hombres jugando a creadores de universos y decidieron, en su
soberbia, que mi mejor destino era la muerte. Sí, me tiré
desnuda por el hueco de la escalera del Sheraton".
"Charlotte: estás loca."
"¡Ya! Y tu te has pasado ochenta años catatónico.
Don Miguel, ¡admítelo!, en nuestra realidad pasan cosas
muy extrañas."
Dándonos un respiro, el camarero, que es como Elías pero
sin los ojos estrábicos, nos sirve las bebidas sin decir
palabra. Charlotte toma el vaso y lo acaba de un trago, como tratando
de provocar a alguna entidad superior.
"¡¿Qué?! ¿no puedo beberme un bourbon de un
trago si me da la gana?. Además tengo una pistola"
Y saca del bolsito una pocholada de aluminio.
"Sí, una SIG - Sauer P230 9 mm, de fabricación suiza,
¡¿qué pasa?!".
"¡Nada! Yo también tengo una"
Y busco mi vieja Astra del 9 largo. Mientras, a nuestro alrededor, los
parroquianos se animan y nos muestran las suyas. Un señor, con
barba y pelo cano, saluda con una Browning , desde la barra. Dos tipos
con pinta de gangsters, que beben pacharán en la mesa de al
lado, abren sus gabardinas para que veamos sendos revólveres del
45. Hasta un sietemesino con aspecto de bibliotecario, que ya
salía por la puerta giratoria, saca de su porta folios una
Lugger.
"Pues esto es lo que quería ver, Don Miguel.
¡Vámonos!"
"¿A dónde?"
"Al Sheraton; allí ya me conocen. ¡Ah! Tengo puesto un
tanga blanco con un clavel de brocado que estoy segura de que te
encantará.
¡Gracias ¿Dios? mío!
NOTA: ¡De nada, Don Miguel! Es un placer.
Miguel San José
|
|