|
LUCAS
|
|

|
|
|
Esta es la
pequeña y triste historia de Lucas, un humilde tubo de
cartón de un rollo de papel higiénico.
La vida de los tubos de cartón de los rollos de papel
higiénico es efímera y oscura. Viven poco, como el resto
del rollo, pero al contrario que el papel de celulosa, no ven nunca la
luz y cuando lo consiguen, son rápidamente fulminados, son
arrojados sin compasión a la basura, o en el mejor de los casos
al deposito de reciclaje de cartón y papel, que es la
única esperanza de perpetuarse para los tubos de cartón
de los rollos de papel higiénico. Dentro de la sociedad del
cuarto de baño, los tubos de cartón de los rollos de
papel higiénico ocupan los últimos estratos, por debajo
de incluso de la escobilla. En general todos sus compañeros se
mofan de ellos, en particular la jaboneta: "Siempre estáis
debajo, en lo oscuro. No veis ni el alicatado, ni la mampara, ni los
apliques. No podéis hablar con nadie, no se os entiende con toda
esa celulosa en la boca. Vamos, un asco de vida".
Entre los tubos de cartón de los rollos de papel
higiénico se establecen clases que dependen de su naturaleza:
los hay de rollos de una, dos y hasta tres capas, perfumados con
lavanda, limón y pino y en el fondo del escalafón
está el tubo de los rollos de papel de estraza, ya restringidos
a los burdeles de carretera o a los asilos de beneficencia.
Lucas decidió no resignarse a su destino. Lucas era un tubo de
cartón de un rollo de papel higiénico originario de un
alcornoque de una dehesa extremeña y eso le marcó durante
toda su corta vida. Conocía por las sagas de su raza qué
podría esperar de la vida. Sabia que en cuanto viera la luz
seria desechado, arrojado a un contenedor de productos
indeseables e indeseados y además con desagrado. Parece ser y
así se trasmitía de generación en
generación que cuando sobre uno de ellos se proyectaba la luz de
un aplique, un ser superior, habitualmente enojado, lo fulminaba. Lucas
preguntó a sus compañeros de promoción dentro del
dispensador de rollos, que tan oportunamente había sido
instalado en el cuarto de baño, y su única
aspiración -casi ilusión- se reducía al reciclaje.
Pero él no, él iba a ser diferente.
Llegó el gran día. Lucas y su celulosa fueron alojados en
el adminículo. Él, Lucas, acumuló toda el agua
salpicada en una de las frecuentes duchas vaginales que menudeaban en
el bidé cercano. Los sucesivos remojones reblandecieron la piel
de Lucas y consiguió escurrirse del resto del rollo. Con un
esfuerzo extremo, sesgó una de sus hojas, se estiró
asomando por fuera de su rollo y se apalancó hasta combar todo
su cuerpo y caer dulcemente encima de la ultima hoja -doble- del papel
de celulosa. Éste protestó: "Fuera tubo que este no es tu
sitio". Lucas embelesado por la luz, el brillo de las baldosas, las
gotas de agua que se deslizaban por la mampara o la delicadeza del
algodón rizo del albornoz, ignoró las quejas del papel.
Lucas era un tubo feliz, completamente feliz. Había hecho
realidad su sueño.
La jaboneta orgullosa e indignada gritó: "Pero,
¡qué haces ahí!. Vuelve a tu sitio. Las
revoluciones no traen nada bueno. ¡Al fondo!"
Lucas se sentía único. Nada escuchaba fuera del sonido
hipnótico del extractor de humos y del runrún del
ambientador eléctrico con aroma a aloe-vera. La luz del pasillo
le arrancó de su catarsis y todo se precipitó. La
deposición, la mano áspera que le asió y le
arrancó de su lecho amable. El reproche por su acritud y ... la
caída -como la de los Dioses- al abismo de la inmundicia.
Cuando el último estertor del desagüe de la cisterna se
extinguió, se oyó a la jaboneta -satisfecha- apostillar:
"Ya se lo advertí".
Joseba Molinero
|
|