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ENTREMESES
DOMMÉSTICOS
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- ¡Joder,
qué día! -murmura Fernando para sus adentros mientras
deja las llaves sobre el mueble de la entrada.
- ¡Vaya portazo! -grita alguien desde la cocina.
- Perdona, cariño, se me ha escapado la puerta.
- Ya, ya lo he oído.
- Es que hoy he tenido un día tremendo. Pero, bueno, ahora ya
estoy en casita, contigo, amor mío.
- Eso parece.
- ¿Qué me has preparado de cena? -pregunta Fernando al
entrar en la cocina
- ¿Es que no lo estás viendo?
- Sí, ya lo veo. Sólo era una pregunta retórica.
- ¿Una pregunta qué? Oye, no te pongas pedante, que ya
sabes que no me gustan tus payasadas.
- Bueno, tampoco hace falta que insultes, ¿no?
- No te he insultado y vete sacando los platos que esto ya está.
- ¿Dónde quieres que ponga la mesa, aquí o en el
comedor?
- ¿Qué pasa? ¿Qué hoy se celebra algo o
qué?
- No, cariño, por saber.
- Pues ya lo sabes.
- Escucha. No te imaginas lo que me ha pasado hoy en el trabajo.
- Pues no y no saques esos cubiertos. Coge los de diario.
- ¡Ah!, sí. Perdona. Bueno, pues, ¿te acuerdas de
Clara, la de Urgencias?
- ¿La guarra esa? No, no me acuerdo.
- Joder, cariño, no seas así.
- ¿Así, cómo? Es una guarra, ¿o me vas a
decir que no lo es?
- Bueno, pues, ¿a que no sabes lo que me ha pasado con ella esta
tarde?
- No, pero seguro que me lo cuentas.
- Claro que sí... Si lo estas deseando.
- Pásame la ensalada.
- Toma... Verás, esta tarde, cuando estaba en mi consulta se ha
presentado allí Clara.
- Ya.
- Y, ¿a que no sabes? Se me ha insinuado.
- Joder, pues además de una guarra debe ser gilipollas.
- ¿Qué quieres decir?
- Está claro, ¿no? ¿Es que esa tía no tiene
ojos en la cara?
- No sé a qué te refieres.
- A ver, Fernan. ¿Pero tú eres bobo o qué?
¿Qué te pasa? ¿Es que no te miras al espejo por
las mañanas?
- Claro que sí. ¿Es que me vas a decir ahora que estoy
mal?
- No, bonito, estás muy bien. Pero tampoco hay que fijarse mucho
para darse cuenta, ¿no?
- ¿Cuenta? ¿De qué?
- Hostias, Fernando. Que se te ve la pluma a la legua. Que no
engañas a nadie.
- Pues no sé por qué lo dices.
- Déjalo.
- No, no lo dejo... Oye, ¿tú crees que de verdad se me
nota tanto?
- Déjalo, Fernando, de verdad.
- Vale, pues te sigo contando. Te decía que Clara se me ha
insinuado. Ha entrado en la consulta con la disculpa de que
tenía no sé qué dolor en el abdomen y cuando me he
querido dar cuenta ya estaba en pelotas encima de la camilla.
- Y ahora me vas a decir que se te ha puesto dura.
- ¡Qué va! Ni siquiera morcillona... Pero, bueno,
¿para qué te lo voy a decir si tú ya lo sabes,
cariño?
- Ya, ya sé. A ti sólo los tíos muy machos. Me lo
dices todas las putas noches.
- Es que es verdad. Por eso me gustas tanto, Ramontxu.
- Aparta, no te pongas sobón y empieza a cenar.
- ¿Cómo eres, no?
- Fernando, ándate con cuidado que hoy todavía te vas a
llevar un par de hostias.
- Vale, vale, pero no te enfades, Ramón. Ya sabes que no me
gusta que te pongas así.
- ¿Así? ¿Cómo?
- Venga, déjalo. ¿Friego yo esta noche?
- Haz lo que se te ponga, porque yo me voy a ver el boxeo.
Roberto Sánchez
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