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ASCENSOR NUESTRO QUE
ESTÁS EN LOS CIELOS
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Las puertas del
ascensor se estaban cerrando cuando el Doctor Q. penetró en el
portal. Un breve trotecillo como de ánade, apenas dificultado
por una incipiente panza de cuarentón sedentario, le
permitió introducir su hombro por la ya estrecha abertura que
restaba entre las dos hojas de acero. Las puertas renunciaron a su
primera intención; se abrieron como unas valvas perezosas y
mostraron su tesoro.
La vecinita del Doctor Q. sonrió y se apartó para dejarle
entrar.
Aunque el ascensor no era demasiado amplio, había lugar
suficiente para que dos personas viajaran en él con comodidad.
No obstante el Doctor Q. se situó todo lo próximo que
pudo al fresco y juvenil cuerpecito de la tierna adolescente. Desde la
posición conquistada bajó la vista y se deleitó
paseando por la línea de los delicados hombros desnudos de la
niña. Ascendió por el fino cuello, velado por los
destellos de una fina pátina de sudor y parcialmente oculto por
una cabellera lacia, negra, que se le derramaba hasta casi la cintura.
En el espejo contempló el final de la espalda, piel suave que
asomaba por el espacio que se abría entre la ceñida
camiseta de color naranja y la cintura de sus ajustados vaqueros
blancos. Continuó deslizándose por la superficie del
cristal, descendiendo por las nalgas estrechas, con toda seguridad
duras como el pedernal, musculosas e incitantes; nalgas turgentes,
atrapadas es su blanca prisión y pugnando por escapar de ella y
ofrecerse, espléndidas y triunfantes.
Como en una montaña rusa el Doctor Q. comenzó a subir
despacio, solazándose en el pubis adivinado, quizá
cubierto de leve floresta; recreándose en el tibio vientre
adolescente de ombligo adornado, meseta que avanzaba en suaves
ondulaciones hasta la vertiginosa cordillera de
unos senos erguidos; senos entre los que se abría un valle
oscuro por el que los ojos del Doctor Q. se precipitaban,
desobedeciendo las imperiosas órdenes de su yo racional. Cada
vez más despacio, acercándose a la cumbre, se
aferró a los labios carnosos de la muchacha, húmedos,
entreabiertos en una sonrisa inmarcesible, con un lejano aroma a menta
y a mar. Las mejillas con rosas aleteando, su nariz que realizaba un
gracioso salto hacia arriba, respingona. Y los ojos oscuros, grandes,
de largas pestañas, coronas negras de sus párpados
adornados de verde.
El Doctor Q. alcanzó la cima y allí un olor
cálido, sazonado de fresa y una pizca de sudor salado
penetró en su cerebro. La mirada de la jovencita se
elevó. Aquellos dos pozos sin fondo le miraron y parecieron
incitarle a caer; precipicio de final prohibido. Se tambaleó en
el borde y un impulso perverso le tentó; le llamó a
saltar; le acarició con una insinuación a gozar durante
el breve vuelo y a no pensar en las afiladas aristas que le esperan al
final del abismo.
El ascensor dio un brusco salto cuando llegó al cuarto piso.
Ella perdió ligeramente el equilibrio y apoyó la mano
sobre el hombro de su acompañante. Una quemadura con cinco
apéndices que ya se convertía en indeleble tatuaje sobre
la piel del Doctor Q. El calor del cuerpo de la colegiala le asfixiaba.
Sus pechos le oprimieron durante un segundo el torso y sus pezones lo
atravesaron y fueron dardos que le llegaron hasta el corazón y
lo martirizaron.
Un sonido de metal deslizándose contra metal.
Apenas ya uno o dos segundos.
Aún podía sucumbir al deseo.
La voz de la ninfa resonó desde las profundidades a las que el
Doctor Q. ansiaba saltar.
- ¿Me deja pasar, señor?
El Doctor Q. suspiró y se apartó, y se quedó solo
en el ascensor. Solo con su deseo inconfesable, el aroma de la
adolescente y, tal vez, una última mirada de soslayo de la
vecinita.
Roberto Sánchez
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