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EN LA VÍSPERA DE
NAVIDAD
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Día de Navidad (Humanismo. La "realidad" de la Navidad es
subjetiva. Sí, en mi ser. La emoción, como vino, ha
pasado. Pero durante un momento he convivido con las esperanzas y las
emociones de generaciones innumerables, con las imaginaciones muertas
de todo un linaje muerto de místicos. Navidad en mí).
Fernando Pessoa
Amanece. La luna no se ha ocultado todavía. En quietud, su
fría faz observa, presta a recoger la luz de su bienhechor, el
gran sol. La estela - desde la altitud lunar -, a lo lejos y hacia
abajo, del frágil barco de pesca, es anunciada por su blanca
espuma, su níveo rastro de vida en el recién nacido
día víspera de Navidad. El frío sobre el lomo del
gran monstruo oleaginoso que es el mar, apenas dormido, bellamente
silencioso y tranquilo; el gran tapiz, espejo de luminarias vigilantes
y eternas ...
Las luces del puente y las artes de pesca, colgando tras un dura noche
a la cacea de pequeños plateados, semejan un decorado de teatral
hondura y humana necesidad. El patrón, combado sobre el
timón, guarda el rumbo de vuelta al hogar, al puerto y la casa
de encalada fachada blanca. Los cristales del puente desfiguran su
silueta desde fuera; nublan su figura vigilante y viva en cuidado del
rumbo y de las vidas de los hombres que reposan abajo.
La pesca, espléndida para esta época del año,
hunde el vientre del barco, que regresa con la labor hecha para la
celebración de la Nochebuena.
Después de la pasada medianoche, en varias ocasiones, han calado
las artes en un gran banco de peces. Los pescadores, perdidos ahora en
un fondo tal vez más hondo que el propio fondo marino, descansan
con sus manos recias sobre el vientre después del trabajo
cumplido. Verán la mesa llena del fruto del mar, su benefactor.
Una nube roja de amanecer se deshilacha sobre el solitario barco que
navega cansino; su nombre se puede leer en pintura roja de gruesos
trazos : "Nuestras alegrías".
-Si hubiera guiado el patrón mayor, estaría sobre el
timón con su sonrisa de satisfacción por la bodega que
hemos hecho - habló Gregorio, marinero maduro de gorra azul,
apoyado en la baranda de popa, tras haber descabezado un buen
sueño.
-Pues sí ... pero ya está mayor para andar con las artes
y dale que aguantar y aguantar el frío y el agua - añade
Juanillo, pescador barbudo y no tan añoso como Gregorio -. Ya le
ha enseñado a su hijo. Con lo que sabe será un buen
patrón porque es despierto y ha tenido como maestro a don Julio
- progenitor y anterior patrón del "Nuestras alegrías".
-Le falta el trato de su padre ..., acercarse a la tripulación
con más mundo, más mano derecha - dice Gregorio acabando
la frase con una mueca de silbar en sus labios.
El horizonte azulea. Nubes altas juegan a ocultar el sol y una bandada
de delfines se aproximan al barco por babor. Gregorio les lanza unos
pescados que se habían dejado en cubierta. Los animales nadan
sacando todo su cuerpo del agua y como sonriendo a la vez que emiten su
saludo sonoro.
-Mira cómo les gusta a los condenados; parece que huelen la
pesca- dice Juanillo mientras lanza el manjar a los alegres y casi
humanos amigos del mar.
-En nada estaremos en tierra ... día de Nochebuena y con los
bolsillos engrasados - agrega Gregorio con ojos chispeantes; más
curtido que su
compañero, lanza el pescado muerto casi de espaldas con gracejo,
combando el cuerpo entero.
Juanillo disfruta y se emociona repentinamente con la
compañía de un pescador experimentado como Gregorio y,
sobre todas las cosas, con su charla a lo largo del viaje. Los otros
marineros son extraños para él y se cuida de darles
motivos de entablar conversación. Ya ha conversado con alguno de
ellos, pero su alma apenas se ha inflamado ni ha notado el más
leve cambio de presión o de temperatura. El sabe de sus
limitaciones y de la penumbra extraña que cubre como
telaraña los deseos y las claudicaciones cotidianas. Conoce
bastante bien el centro oscuro de los movimientos de su pequeño
corazón, hastiado con el hastío cuya raíz hace
tiempo que plantaron. La mar y su portentosa soledad eran la eterna
perfección que acogía su carácter de laguna
interior recorrida en la penumbra por lentas ondas de desconocido
origen.
-¿Con quién cenarás esta noche, Juanillo? - le
interroga Gregorio, con la faz iluminada por una repentina luz de nube
traspasada, que se aparta, y muestra la fulgurante esfera.
-Mis padres se murieron hace unos pocos años; mi hermana me ha
invitado a su mesa... Estos compromisos me vienen anchos, Gregorio.
Sí, ya sé que suena raro pero siento el espíritu
navideño muy dentro de mí y eso es suficiente. Es
poderoso y sencillo ... ese cobertizo de Belén, el nacimiento de
aquel hombre ... - afirma, con resolución lenta y entrecortada,
Juanillo, con los párpados entornados
-Ya sabes que si te apetece unirte a nuestro banquete ... nosotros nos
juntamos unos quince para cenar... y luego hay de todo : naipe,
canciones, copas y jolgorio.
-Muy agradecido, compadre. Te honra el ofrecimiento.
El infinito azul del portento marino hace de fondo a los dos hombres
que conversan y se sienten cercanos en la inmensidad del azul y del
destino.
Nuevas nubes alcanzan al sol cercándolo, apagando su luz de
nuevo y abriendo el dominio de la penumbra, esa grisura de luz tenue.
La mar, por babor, grisea con el trasluz del momento. La mañana
se ha detenido con estos silenciosos, inesperados y gigantescos grumos
de algodón, que en número cada vez mayor, emulan al
océano, construyendo otro mar, arriba en el cielo, pero en tonos
níveos y grises, en volúmenes de vaporosa consistencia.
El patrón sale del puente y, echado sobre la baranda, llama a
Gregorio para que suba. Los hombres, que remolonean por la cubierta
después de haber tomado a modo de desayuno, leche, pan y
galletas, miran al patrón allá arriba con el entrecejo
fruncido. Unos minutos más tarde, tras la conversación en
el puente entre el joven patrón y Gregorio, responsable de la
marinería, éste baja y da instrucciones a todos para que
estén alertas debido a la tormenta que se avecina por el
noroeste cortándoles el rumbo a tierra.
El "Nuestras alegrías", hundido el casco por las abundantes
capturas, comienza a cabecear al despertar de mar gruesa que se insinua
y el rizarse en espumas y pequeñísimas pero constantes
elevaciones de la superficie marina. Navega a unas cuantas millas de la
costa, a pocas horas del atraque.
Juanillo, sintiendo el usual peso de la oscuridad interior, se ha
retirado a su catre para perderse, para sentirse cierto en la oscuridad
y acaso caer en el sueño, para hablar y estar consigo mismo,
obligada y antigua tarea -siempre[MSOFFICE1] se recuerda a sí
mismo como llevándola a cabo por siglos y siglos-. Necesita, su
cuerpo vencido, un viaje al tiempo de deshora, una espera suspendido de
hilos dorados para que no sea su cuerpo el que piense por él,
inmerso como está, en negruras de crepúsculos de no ir a
ninguna parte. Tendido en la litera, exhausto del laborar nocturno,
oscuridad debajo de la oscuridad que es el cielo tormentoso, su
respiración se enlentece en busca de la tierra prometida.
Mientras, el pequeño cascarón - más pequeño
aún entre el horizonte y el
atraque, entre el cielo y el océano infinito, en las
cercanías de la Navidad-, se ve bamboleado con vigor por la mar
ciertamente embravecida. El patrón, con prisa por atracar,
lanceado por la tormenta que se acerca desde el noroeste, debe
preocuparse por la marinería, el barco y el tesoro azulplateado
que guarda la sentina y constituirá la reserva material de la
naciente Navidad. Abajo, en una sima profunda de sueño,
Juanillo, ajeno al mar, las nubes y su ingente movimiento, surca
lejanos mares interiores en la profundidades de su alma, siempre en
crepúsculo, siempre atenta a las luces que usurpen el dominio a
la penumbra ...
"Cierto personaje, cuyo nombre quizá sea Anselmo, provecto
vendedor de perfumes, de largas y blancas barbas bíblicas,
cabalga a lomos de su camello en los confines de la Palestina antigua.
Su periplo, largo y esforzado, aderezado por el amargo polvo de los
caminos, le ha llevado desde Cesarea de Filipo, pasando después
por Cafarnaum y bordeando el mar de Tiberíades y el monte Tabor,
rumbo a la ciudad de Jericó, estación última del
recorrido. Las ventas han sido formidables y sólo le restan
vender dos anforillas que todavía tiene de incienso y mirra
llenas. Debe llegar a una posada antes de que se cierna la noche sobre
el orbe humano. El camino que recorre es solitario y nada presagia la
protección ante la oscuridad de la noche que se acerca. Las
murallas de Jericó, a unas cuantas leguas, no tienen
perdición. No teme a la noche ni a los hombres que vigilan en la
oscuridad, como no se puede temer a nada si uno espera con fe la
salvación, y eso precisamente es lo que estima más
valioso y oportuno. Nada vale nada para quien no conservare la
esperanza en cualquier tiempo : los más, inciertos tiempos, y
los menos, de gozo llenos. El cielo se ilumina de repentina luz, cerca
del monte Tabor, a sus espaldas, debido a alguna tormenta local. Se
oyen los relámpagos lejanos y vivas luces al echar la mirada
hacia atrás. Ha tratado de atajar fuera de la senda,
aprovechando el largo y pedregoso llano en penumbra, preludio de la
noche cerrada.
Mira hacia delante, Anselmo, buscando alguna luz, algún atisbo
de muralla o de obra de mano humana. El cansancio le vence y no puede
evitar oír las detonaciones de la tormenta allá lejos en
el monte Tabor; debe encontrar un refugio antes del advenimiento de la
oscuridad. Su montura, ajena a la noche, la polvareda y la sed, sigue
moviéndose segura de sus fuerzas, ajena también a
cualquier angustia terrena.
De forma inadvertida, a lo lejos frente a él, en el alto cielo,
una estrella de fulgurante luz ilumina la tierra de Judea, y sin
pensarlo, sin saberlo, conoce que es su salvación, su solaz tras
un duro y largo destierro, fuera del hogar. La estrella baja apuntando
a algún lugar más allá de Jerusalén.
Anselmo, tras una pausa de observación extática, se
moviliza en la dirección que marca la luz celeste. Camina con la
mirada fija y sus aspiraciones supremas serán colmadas en esa
noche estrellada con una única y sola estrella. Tras varias
leguas de nocturno caminar de la segura montura, se aproxima a un
territorio con casas diseminadas y vida humana : a lo que parece, hay
pastores dirigiéndose al lugar que señala la estrella;
mercaderes y viajeros, en el camino hallados, que no han podido
resistir la atracción ciega; habitantes de las casas a la orilla
del camino e incluso mendigos de la cercana Jerusalén haciendo
su camino desconocido hacia la luz. La noche, cierta y eterna, guarda
el fruto de la esperanza y de la noticia nueva en medio de la
oscuridad. Anselmo sabe que algo deberá hacer con sus
ánforas de incienso y mirra pero aún no lo tiene por
cierto. Sus ojos, cansados de mirar a la vida y sus tribulaciones, no
cejan en su empeño por mirar y descubrir lo que acaso anunciara
en aquel lugar, en aquel lejano centro, la luz desconocida de un sagaz
descubrimiento ..."
... chillidos de gaviotas, murmullo de gentes, vaivenes y voces de
llegada a puerto despiertan a Juanillo de la Judea de sus hondos
sueños; la presencia o simple visión de ese Anselmo,
anciano y demacrado, en su camello, y de la estrella fugaz, se apartan
ante la cruda visión del camarote del "Nuestras
alegrías", lugar que huele a humedad y a viejo, a tabaco y a
escamas de pescado capturado hace ya tiempo. La entrevisión de
ambos mundos, es un instante pleno que permanece lo que dura un fugaz
recuerdo, y al final del cual, Juanillo se sabe vivo, despierto. Sacada
de la trastienda del pensamiento, de la vigilia pasada, nace la pregunta
"¿qué fue de la tormenta?".
Los marineros del barco de pesca que atracó, aquella
víspera de Navidad, mañana de Nochebuena, vieron
aplacados sus miedos mar adentro a escasa millas de la costa. Juanillo
se enteró de todo aquella tarde, en la taberna del puerto, ante
un vaso de vino :
-El patrón, según sus palabras, nada acostumbrado a estos
lances de la mar traicionera, se creyó tragado por la tormenta,
ante la visión del cielo oscuro, cargado de fuerza, y del
retemblar de la cabina del puente por la acción del viento.
-Pero, Gregorio, ¿qué os dijo en esos momentos de
angustia? ¿Qué es lo que ocurrió para arribar a
puerto sin problemas?
-Juanillo, tú dormías pero yo que estaba allí,
aún no sé muy bien qué es lo que fue... - contaba
Gregorio con parsimonia fruto de grandes dudas.
-Dime Gregorio : ¿logró alcanzarnos la tormenta? -
inquiría Juanillo, ávido por saber lo ocurrido mientras
él estaba en las profundidades del sueño.
-El patrón me dijo que me quedase en la cabina, allí a su
lado. Antes, debía ordenar a los marineros revisar los botes,
los chalecos salvavidas y las bengalas de auxilio. Después,
ellos volverían abajo y esperarían. Así fue que
desde la cabina fui testigo de lo que nos iba a suceder. Yo no
tenía excesivo miedo pues para algo ha madurado uno, para algo
sabe que cualquier travesía por mar puede ser la última.
Él sí estaba nervioso, por la frente le bajaban gotas de
sudor, tenía el rostro acalorado. Los nubarrones se
venían sobre nosotros y el viento empezó a arreciar ...
Pusimos proa a sotavento, con ánimos de escapar de alguna forma.
Parecía poco probable que aquella galerna, más veloz que
nuestra embarcación, no nos hundiese. Cuando más cercano
parecía nuestro final, vimos una luz que rompía las nubes
y bajaba hacia la popa de nuestra embarcación.
Era un luz con vida propia, en medio de la tempestad, que
protegió nuestra huida hacia la costa a toda máquina.
Mientras el patrón gobernaba el timón, yo observaba tras
el barco la luz prodigiosa y no sabía qué pensar...
-¿Y finalmente nos alcanzó la galerna ?- quería
indagar Juanillo.
-Pues ahora lo rememoro y sólo soy capaz de explicar que el
barco y las artes estaban intactas en el atraque. Y áquello ...
yo sólo podría definirlo ahora ... no sé ... como
una gran mano de luz ... con poder sobre el cielo y la mar oceana.
Al corazón marinero de Julio Manegat,
navegante de la existencia y del azul.
Jon Rosáenz
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