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COLLAGE
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1
Agustín Linares pisaba con fuerza el acelerador del SEAT 124
amarillo. Aquejado de una determinación mayor de la que se tiene
en vida, sabía que no cesaría hasta alcanzar el Citroen
Tiburón que luchaba para perderse en la oscuridad de una
gélida noche sin luna.
Esforzándose por mantener el aplomo, trataba de ignorar los
aspavientos del pobre Hans Breirather que, debatiéndose entre la
impaciencia del reencuentro y la desesperanza de una nueva
pérdida, no dejaba de moverse buscando acomodo en el asiento del
copiloto.
La nieve que cubría el camino dificultaba la conducción,
sin embargo su pericia al volante unida a las bondades de su viejo
amigo el 124, le permitió sacudir con insistencia el
guardabarros trasero de su presa que, a duras penas, consiguió
controlar los primeros derrapes, hasta que al intentar enderezar la
cuarta embestida lo sacó de la carretera haciéndole dar
varias vueltas de campana.
Hans y Agustín bajaron del coche con la tranquilidad de saber lo
que se iban a encontrar. Buscaron el cuerpo de la niña que no
tardaron en identificar tendido junto a un roble algo encorvado por el
peso del invierno. A escasos metros, vieron como se deslizaba una
sombra entre los cristales rotos de la ventanilla del conductor, que
con una inusitada agilidad desapareció en la oscuridad del
bosque.
No lo persiguieron porque no podrían causarle ningún
daño. Al igual que ellos, el secuestrador de víctimas
permanecería por siempre en este mundo.
2
La pequeña Sidonie agota sus últimos suspiros de vida
consumida por la tristeza. Como apenas cuenta con diez años, no
sabe odiar los barracones de Auschwitz. Tampoco entiende el significado
de ser gitana y que por ello la alejaran de sus padres. Dicen que eran
adoptivos y que al igual que sus hermanos no eran de verdad, pero ella
nunca ha hecho caso a los asuntos de mayores.
A sus diez es inocente, y la poca sabiduría que atesora
sólo le da para querer. Por eso, en breve cerrará los
ojos para siempre, porque los que aman solo mueren de pena.
Dirán que fue por la fiebre, o tal vez de inanición, y
así quedará en los escritos de defunción. La
culpa, que es un peso incómodo, sólo debe anidar en
nuestros recuerdos más lejanos.
Sidonie Adlersburg va a morir. No tiene deudas y por eso no se
acordará de que un día en clase le hablaron de Dios.
Ella, como último regalo quiere una foto de familia en su
pupila. Cierra los ojos, espira su último aliento y es
abandonada en una fosa.
Se despierta y no encuentra el paraíso. Vivirá la muerte
encerrada en un cuerpo de diez años, abandonada en el valle de
los suicidas, donde las almas no pueden volver a fallecer, de
ahí que la desdicha sea mayor que en ningún otro sitio.
3
El mundo de los muertos se diferencia del de los vivos en que no hay un
final para sus moradores. Sus fronteras se expanden con el fin de
albergar las almas de todos los tiempos, y sus ciudades se organizan
según los motivos por los que el hombre ha vivido.
La ciudad de los soldados que vivieron de la guerra es de las
más pobladas; la ciudad mercado acoge a los que traficaron; la
de los pobres a los anegados en la tristeza.
Todas están comunicadas por carreteras transitadas por los que
huyen de algo o buscan a alguien. Agustín Linares pertenece a
estos últimos. De profesor a taxista, lleva décadas
tratando de encontrar a Marian, su hija mayor, la única ausente
de su familia, de la que nunca entendió cómo vivió
y por eso no sabe en qué ciudad buscarla.
Desde hace días viaja con Hans, un hombre de edad avanzada. Lo
recogió mientras mendigaba transporte junto a la Puerta de
Espinas en la Ciudad de los Mártires. Estaba obsesionado por
llegar hasta el Valle de los Suicidas, donde debía encontrar a
alguien, y había tanto empeño, tanta necesidad en sus
palabras que no pudo negarse.
4
Hans ha dejado de hablar, lo ha hecho sin parar durante todo el viaje,
pero ahora, bajo las sombras que caen desde los muros de piedra sobre
el valle, ha decidido que es el momento de concentrarse en la
búsqueda. Ante sus ojos cientos de suicidados que tratan de
perderse a lo largo de kilómetros de tierra y arena, en medio de
un silencio que nunca será roto -"el que decide matarse
difícilmente encuentra razones para volver a vivir"-
pensó Hans.
Adolescentes amarillos por la inhalación de los gases de un tubo
de escape, mujeres con restos de vómitos en los labios
producidos por la ingestión masiva de pastillas, cuerpos
mutilados por trenes, otros aplastados bajo el hormigón sobre el
que se construyen los rascacielos. Pero ninguna de estas
imágenes perturba a Hans, porque él sabe que una
niña en un sitio así es una pieza única y por eso
no será difícil dar con ella.
Pero ellos no son los únicos que la buscan, ni los primeros. El
coleccionista de víctimas, cansado de piezas extravagantemente
vejadas o cruelmente mutiladas, lleva años tratando de dar con
el paradero de un rostro libre de
cicatrices, que lleve en la mirada el abandono del mundo de los vivos.
Por eso se ha parado en mitad del camino de tierra, y de forma brusca y
precipitada ha subido a una pequeña niña al asiento del
copiloto. Pero no lo ha hecho lo suficientemente rápido,
Agustín y Hans lo han visto todo, y están a pocos metros
del Citroen Tiburón.
5
Aquí y ahora, junto a los restos de un coche, bajo un roble algo
encorvado por el peso del invierno, al igual que lo hicieron ellos en
vida hace muchos años, aguardan para celebrar el reencuentro.
Hans Breirather tiene un apellido diferente al de Sidonie Alersburg.
También es de tez más blanca que la pobre gitanita, pero
estas diferencias son normales en un padre adoptivo. Sidonie
volvió a sonreír, eso es lo que hacen los niños
cuando recuperan la felicidad; Hans lloró, porque eso es lo que
hacen los adultos cuando la comparten.
Emilio Hidalgo
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