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LA FUGA
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Nada
tenía de singular el día que decidí huir. Como
hago cada tarde, calcé mis zapatos después de la siesta,
me incorporé al tráfago callejero y me dejé llevar
por ellos. Pero al llegar al primer cruce frenaron bruscamente, y a
duras penas evité dar con mis huesos en el suelo. Los reconvine
bajo la mirada burlona de algunos transeúntes, hasta que
comenzaron a porfiar entre ellos. El izquierdo pretendía girar
hacia su lado, mientras el derecho exigía hacerlo hacia el
contrario. Obcecados, echaron a caminar en direcciones opuestas, y de
nuevo estuve a punto de caer en el asfalto. Entonces, enfadado,
decidí darles un escarmiento: deshice las lazadas que los
ceñían a mis pies y anudé ambos cordones entre
sí, obligándoles de este modo a marchar en paralelo. Se
hizo de este modo mi andar más corto e inestable, apenas de un
centímetro por cada movimiento. Pero así iba seguro, no
quería apresurarme. Sin embargo, por las miradas
cómplices que se cruzaban los ojales, crecía en mi
interior con cada paso la sospecha de que, rencorosos, algo iban
tramando. Lo supe al doblar la esquina, y apenas tuve tiempo de
desatarlos antes de escapar corriendo.
Ahora mis zapatos, tumbados ante la puerta, la guardan y descansan.
Respiran agitados por sus bocas abiertas, exhalando odio por las
lengüetas. Releo por no sé qué vez la sentencia que
hace días descubrí tallada en el dintel de la entrada:
"la paz está donde está el hastío". No
podrán conmigo, no voy a rendirme. Mañana volveré
a intentarlo descalzo y por la ventana.
Carlos Fernández
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