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LEGUMBRES
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Debéis
conocer una característica importante de mi personalidad y de mi
anatomía gástrica. Para mí no existe mayor manjar
en este mundo que un buen plato de alubias, sumergidas en un caldo
espeso y con una corte de sabrosos sacramentos. Podría decirse
que durante mucho tiempo fui un auténtico adicto a este tipo de
legumbre. Pero todo placer lleva anexa su penitencia, y esta es una
constante en el devenir humano. Si bien es verdad que en cualquier
persona normalmente constituida, un plato de alubias ocasiona en las
horas posteriores a su ingesta una serie de fenómenos
esporádicos de flatulencia, en mi caso el efecto era extremo.
Apenas una hora después de haber finalizado el ágape
celestial, mi estómago comenzaba su sublevación; a ojos
vista incrementaba su volumen como un globo de feria en los labios de
un tierno infante. Como la naturaleza es sabia, los gases pronto
encontraban vía de escape y lo hacían acompañados
de tal estruendo y efluvios que hasta para aquel mismo que los
expelía llegaban a ser harto displicentes. En varias ocasiones
llegué a perforar ropa interior y pantalones, bien es cierto que
un tanto desgastados ambos por el uso. Mi zona anal, después de
aquellas tormentas devastadoras e incendiarias, permanecía
durante varios días tal como escocida y muy sensible, de forma y
manera que el hecho de defecar se transformaba en el epítome de
todos los sufrimientos. Añádase al padecer físico
el intelectual y social. La avalancha gaseosa siempre escapaba contra
mi voluntad, con los inconvenientes para las relaciones humanas que es
posible imaginar.
Con el tiempo me vi obligado a adoptar una drástica
decisión, pero necesaria si no quería quedar sometido al
más cruel de los ostracismos. Abandoné las alubias. Dos
años soporté estoicamente su reclamo de sirenas hasta que
finalmente sucumbí a su insinuante llamada. No fui tan poderoso
como Ulises y de ahí mi vergüenza.
El día de mi último cumpleaños, mi querida Sonia
se había comprometido a obsequiarme con una cena fruto de sus
recién adquiridos conocimientos sobre la nueva cocina vasca.
Esto era algo que no me apetecía en modo alguno; no me costaba
demasiado esfuerzo imaginar las torturas gastronómicas a las que
me iba a someter, pero la relación de pareja es un mutuo y
continuo ceder y adaptarse.
Aquella misma tarde había quedado con unos amigos, quizá
sería mejor denominarlos amigotes, y en alegre comandita
ascendimos a la cumbre de la Reineta para gozar del excelente laborar
culinario de Casa Sabina, sito en La Arboleda. Estos mal llamados
amigos, aun siendo conocedores de mis episodios gástricos
relacionados con las alubias, me incitaron y tentaron de tal manera
que, a pesar de los dos años de abstinencia, no pude resistirme
a los aromas de aquella sugestiva cazuela de barro humeante. Me
poseyó la furia del converso. Baste decir que jamás en mi
vida había comido tal cantidad de alubias; aquello era un no
parar y no cejar en el empeño. A eso de las nueve de la noche
-después de cinco horas de trasegar de continuo la mencionada
legumbre- partí hacia el domicilio de mi amada, un tanto
preocupado por los seguros efectos secundarios que me iban a asaltar.
Tenía la esperanza de que lo más espeluznante ocurriese
antes de llegar. Cinco veces estuve a punto de perder el control del
vehículo mientras mi estómago se retorcía y
aliviaba con el girar de las curvas de la carretera.
Llegué relajado al hogar de mi prometida pues estaba seguro de
que lo más crudo ya había sido expelido. Entre besos,
arrumacos y felicitaciones me fue conduciendo pasillo adelante hacia el
comedor. Antes de entrar me prometió una sorpresa, pero
debía cubrirme los ojos con un pañuelo para reforzar el
efecto. Pensé que sería una buena manera de sufrir menos:
así retrasaría unos segundos el padecer que, sin duda, el
espantoso aspecto que tendrían las inefables exquisiteces con
las que pretendía obsequiarme me iba a provocar.
Llevándome del brazo, abrió la puerta del comedor y me
aposentó en la cabecera de la mesa. Me besó la mejilla y
justo cuando iba a retirarme la venda de los ojos comenzó a
sonar el teléfono. "Prométeme que no vas a mirar", me
exigió mientras acudía a contestar a la llamada.
Allí me quedé, a ciegas delante del banquete, esperando
el regreso de mi novia. Fue en este punto cuando mi estómago
decidió declararse independiente y avasallarme con una nueva
sesión de su repertorio. Di gracias porque ella no estuviera en
aquel momento en el salón. Podía oír al otro
extremo del pasillo su conversación, por lo que decidí
que, siendo vana toda resistencia, sería mejor relajar mi
esfínter y rendirme. Así hice.
Levanté unos centímetros la nalga izquierda y
sentí como mi carne retemblaba ante el gas a alta presión
que por allí escapaba. Repetí el proceder, esta vez
levantando el glúteo derecho. Mi garganta emitió un
gimoteo de placer que quedó así como acolchado por la
terrible estridencia que se produjo de seguido. "¡Por Dios,
qué a gusto me he quedado!", exclamé en voz alta mientras
un hedor miasmático como de putrefacción empezaba a
extenderse por el comedor. Agité con furia los brazos para
alejar de mi persona aquel signo delator. En esto andaba cuando
finalizó la conversación de Sonia. A los pocos segundos
estaba a mi lado. De nuevo me besó en la mejilla. El calor, la
humedad y el placer de sus labios sobre mi piel se confundían en
mi mente con el que experimentaba en mi ano tras aquella gloriosa
liberación. "Ahora viene la sorpresa, cariñín", me
dijo mientras rescataba mi visión del pañuelo cegador.
Y sí que lo fue, porque delante de mí, con gesto de pasmo
y estupefacción en sus rostros y cubriéndose las narices
con las servilletas, pude ver sentada a la mesa a toda la familia de
Sonia, petrificada después de mi concierto sonoro y gaseoso.
Roberto Sánchez
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