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EL NIÑO DE LOS
EVANGELIOS
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Yo no
reparé en ello, sino que concluí con entonación
dura: " Y a esto se debe que sea de urgente necesidad que Dios sepa
cómo es en realidad el hombre. Congratulémonos de que
haya alguien que se lo diga..." La señora vecina no se
congratulaba aún : "¿Y quién había de ser,
por favor?" "Pues, sencillamente, los niños, y, de cuando en
cuando, también la gente que pinta, escribe poesías,
construye..." "Construye qué..., iglesias?" "Sí, y
también otras cosas, en general..."
"Historias del buen Dios" Rainer Maria Rilke
El astro declina en el horizonte como apagando la vida del campo, de
las bordas y las masías, del bosque y los pueblos pirenaicos, de
las tierras cultivadas y también del terreno baldío.
Apaga el hálito del día en sombras que se van apoderando
de los espacios, tornando violáceas las vaguadas, los huertos,
los lagos y hasta el ánimo. La luna, vigilante en su alta almena
de azul perlado, ha salido hace horas y se quiere hacer, por
anticipado, con el cetro y el reinado, pues necesita instaurar el reino
de la noche, del descanso y, en tantas ocasiones, del temor y del
esperar triste e incierto.
Se van apagando los ecos del laborar humano. El campesino se detiene,
enjuga su frente, apoyado en la azada, y decide que es hora de volver a
cubierto, a resguardo de los nocturnos demiurgos y de la mala traza de
caminantes al acecho, siempre en busca de sustraer algo ajeno. Los
aperos vuelven a su antiguo rincón de entresueños. Las
estrellas comienzan su eterna y nocturna vigilancia del orbe, de
animales y de hombres, de la tierra entera.
Entre las bestezuelas, en el corral de la trasera de una masía
con ventanales débilmente iluminados, a orillas del bosque de
fresnos, un niño imitaba el balar de las ovejas, con las manos
en bocina rodeando la boca para hacer el sonido inconfundible del
beeeeee. Iba ayudando, con movimientos penduleantes de la vara de
castaño, a que las lanudas conociesen el camino de su dormir
tranquilo. Se reía libremente viéndolas pasar en la hora
del crepúsculo y les repetía con seriedad en medio de su
indolente inconsciencia :
-Yo soy el buen pastor y conozco a las mías, y las mías
me conocen a mí, como el Padre me conoce y yo conozco a mi
Padre, y pongo mi vida por las ovejas.
Después de hablar entornaba los ojos en la densa oscuridad como
naciendo a un nuevo significado, al resuelto acertijo de un mundo
enteramente nuevo. Reía una vez más por saberse contento
y tranquilo. Y el padre, desde el portal de la masía,
urgía al hijo cascabelero :
-Mocé, ¿cómo vas con el encame del rebaño?
Venga, que la pitanza está en la mesa.
El hijo, sin contestar, volvía a su risa y a su balido, alegre
por haber terminado la tarea del día. De ese día, el que
por ahora cierra la cuenta, el primero del rosario de los desconocidos
días del futuro. Dejó la gorra, sucia y raída, en
el pincho del zaguán. La madre le conminaba a que se quitase las
abarcas, el calzado de labor, sucio y desgastado, sencillo y duradero.
El padre, las manos recién lavadas y recogidos los puños
de la camisa, esperaba a ver la familia reunida para bendecir el
alimento y así poder matar el hambre que traía del
ribazo, del fuego de la tarde castigándolo mientras, doblado el
espinazo, trabajaba el huerto, la tierra que da frutos a quien la
cultiva. Como todas las noches le interrogaba :
-¿ Cuántas ovejuelas te dio la cuenta, mocé?
-Cien cabezas, padre. Una se había quedado atrás pastando
en una hondonada y a buscarla tuve que volver para cobrarla. La pinta,
la muy marrana.
-Esa lengua, niño, que se la lleva el diablo al infierno - le
regañaba la madre, vigilante de su prole y sus querencias.
En grave silencio, servía la madre el alimento, al padre,
Tomás, a Elías, el niño pastor, a Carmencita, la
princesa de la masía, y a Miguelín, el más
pequeño y último en llegar a este hogar y a esta vida, a
este valle de tierras y campesinos curtidos. Todos comían con
hambre bien crecida. La sopa, como todas las noches, era el entrante
que calentaba sus estómagos. El padre, responsable del sustento,
partía el pan y lo distribuía; y éste era el
momento en el que, en voz baja pero perfectamente audible, recordaba el
niño para sí en su recuerdo con melodiosa voz :
-Yo soy el pan de la vida; el que viene a mí, ya no
tendrá más hambre, y el que cree en mí,
jamás tendrá sed.
Y seguía mojando trozos de pan en la sopa sin que nadie
más turbara el silencio de las cucharas, los sorbos y los
cuencos a rebosar de sopa, hecha de rico caldo y fideos. Tanto
persistía nuestro pastorcillo en rebañar y mojar, mojar y
rebañar, que el belfo de migajones cubierto se le quedaba,
chorreando fideos como barbas de hechicero. Y la madre le
regañaba :
-Glotón que eres, mocé. Deja algo para después.
-Madre : en calderos de sopa sería feliz nadando y sorbiendo. A
este paso no va a quedarme lugar para el siguiente plato.
-Come, mocé -decía el padre socarrón-, que bien te
lo has ganado.
Llega el espléndido segundo, carne guisada como casi siempre,
con redondas y doradas patatas. Miguelín, tardo y
remolón, sigue peleando con el cuenco de sopa mientras su
hermana mira a la fuente de guisado con seria sonrisa de niña
buena y formal, de princesa feudal. La madre retira los cuencos excepto
el del pequeñín que arrastra la sopa como una
maldición, con infantil lentitud, impericia y
despreocupación. Apenas alcanza la mesa y ya se las apaña
para comer del plato lo que sea menester.
-Oye, mocé, el tío Damián me ha preguntado a ver
si puedes ayudarle mañana con un arreglo en el camposanto. Le he
dicho como que sí irías.
-Después de comer, meteré el rebaño en el aprisco
y me acercaré a su casa ¿no, padre?
-De mil amores. Hazle alguna gracieta a tu tío. Desde que
enviudó no debe andar muy católico.
Aquella noche, después de la cena, cada uno fue a su camastro.
Elías, el niño pastor, ayudó a sus hermanos
menores a ponerse la ropa de cama. Fue al baño a hacer el
último orín y al entrar en su cama, mientras se abrigaba
con el embozo, en voz queda les decía a sus hermanitos :
- El nazareno les dijo un día : "Yo soy la luz del mundo; el que
me sigue no anda en tinieblas, sino que tendrá luz de vida." Y
poco después, unos versículos más abajo : "Es
preciso que yo haga las obras del que me envió mientras es de
día; venida la noche, ya nadie puede trabajar. Mientras estoy en
el mundo, soy la luz del mundo." Y así será...y
así será... y así...
Profundamente reconfortado cayó en un sueño difuso con un
murmullo de palabras sagradas en sus labios y en su alma, como
guijarros haciendo hondas en un pozo profundo, lentas hondas que
abarcaban el mundo, el tiempo y, de nuevo, la conciencia y el mundo.
El valle es silencio ahora. Noche cerrada y dulce como dulce es el
descanso reparador de los hombres y las bestias, todos nacidos de la
misma mano, de la misma creación. El niño pastorcillo se
cubre de imágenes que nacen y sosiegan el profundo interior,
está con las sombras y con su creador. Desconocidas
cañadas le franquean el paso en sueños y su rebaño
son nubes de algodón, que él cuida y mima, que conoce por
su tacto por su color.
Canta el gallo tres veces y milagrosamente amanece una nueva jornada
llena de luz y de fresco rocío, que adorna las flores y las
hojas de los árboles que viven en bosques, en este trance,
callados y tranquilos. La fresca hierba espera dormida aún en
los altos pastos, en los
despeñaderos ocultos a la vista del hombre, mecida por el
viento.
-Elías, mocé, despierta que ha llegado la amanecida -
Mercedes, la madre, estira de las sábanas en la obscuridad de la
pieza donde, camastro con camastro, duermen también la princesa
y el benjamín, que estarán todavía algún
tiempo más a cubierto en sus sueños infantiles.
Le tiene preparado el tazón de café con leche y trozos de
pan; la cocina huele a café y a colonia antigua, a marmita de
cocido de legumbres, a ajo y a cebolla. La madre ha preparado el
desayuno de los hombres de la casa, el padre y el hijo: el uno
partirá hacia las tierras, a laborar de sol a sol, y el otro
irá con las ovejuelas, a los altozanos, a los altos mares de
hierba.
El niño hombre se calza las abarcas y la gorra, toma la vara y
el zurrón con queso y mendrugo de hogaza de horno de
leña. Traspasa el cercado, ya con sus ovejas, silbando
emocionado por el nuevo día, por el color del aire y por la
brisa en las laderas. En voz susurrante saluda al nuevo día
acompañado por el sonido alegre de los cencerrillos del
rebaño :
-En verdad, en verdad os digo que, el grano de trigo que cae en la
tierra queda infecundo si no muere; pero si muere, llevará mucho
fruto. El que ama su alma, la pierde; pero el que aborrece su alma en
este mundo, la guardará para la vida eterna.
Y continuaba silbando después de haber hablado sin perder de
vista a las que por el camino en las orillejas se iban parando para
comer, de hambre que tenían, del ansia que llevaban de hierba
fresca. Silbaba melodías y caminaba hacia el poniente donde los
pastos abundaban y la soledad era inmensa. Amarilleaba el camino entre
el verdor de la espesura y el azul del cielo, limpio, recién
creado, azul que guarda el testimonio y el recuerdo de bellos
días plenos de sol, de luz y de paz.
Atravesaba entonces el pequeño pastor un bosquecillo en
penumbra, hecho de calma levemente turbada por el repicar
metálico de los campanos ovinos, por el piar dulce de las aves y
por el correr del cercano
arroyuelo. Frescas charcas, a orillas de la senda, daban de beber a los
insectos que en enjambres se solazaban zumbando. Y los abejarucos
acechaban por desayunarse, por comerse algún insecto, brillante
y zumbador. El mocete, de pelo moreno zaino y brillante, rostro
risueño y ojos enormes, silbaba mientras se iba deleitando con
el frescor que la sombra daba, antes de probar el sol de las cumbres,
la luz fresca de la solana. Miró al cielo y disfrutó del
azul luminoso apenas manchado de nubes y habló para sí
mismo con frases bien aprendidas y de pronto recordadas :
- Yo he venido al mundo para un juicio, para que los que no ven vean y
los que ven se vuelvan ciegos...
Al llegar a los pastos, silbando y hablando, meditando y cavilando para
sí mismo, saca un librito a la luz de las alturas - de
manoseadas tapas marrones imitación a piel y de título
"Los santos evangelios" -, echa el zurrón, a modo de almohada, y
se tumba en el mar de hierba veteado por las ráfagas de brisa.
El tiempo se hace lento y parece cesar o simplemente hacerse eterno,
indestructible, idéntico a sí mismo. El sol, vigilante,
empieza a calentar el valle y sus cumbres mientras el pequeño
pastor, absorto y como lejos de la tierra, del mundo y sus
responsabilidades, lee el de San Juan, el bien llamado evangelio
espiritual. En estas lecturas se le van las horas hasta el
mediodía, hasta que la gazuza le pincha en el vientre y le hace
saber que es el tiempo del cuerpo y sus esclavitudes. Hoy, tal como
prometió ayer a su padre, bajará antes para ayudar su
tío Damián, encargado del camposanto de Aldeavieja, el
pueblecillo a pocas leguas de la masía donde viven él y
su familia.
Come el queso, rico manjar del valle, que las ovejas dispensan con su
leche y que su madre, Mercedes, estiba por las tardes tras el
ordeño. Con la navaja corta el pan y queda satisfecho pronto
pues se le ha hecho la hora de bajar; es entonces cuando urge a las
ovejas para que se reúnan y se pongan vigilantes para la partida.
El descenso es feliz. El rebaño marcha por delante con el camino
aprendido mientras que el niño pastor silba al sol y al viento
en plena luz del mediodía, declinando lentamente hacia al
atardecer con un principio de debilidad y de ecos amortiguados en el
fondo del valle. Otros pastores, que han acampado en pastos más
bajos, le saludan al descender desde los altos pastizales. Uno de
ellos, Domingo, levanta el bastón a lo lejos, con el cigarrillo
en la boca y la boina calada :
-¡Adiós zagal ! ¡ Saludos para tu padre !
-De tu parte se los daré y alabado sea Dios, Domingo.
-Alabado sea, mocé.
En el último trecho, de camino hacia la masía que los
cobija, el caminito se hace llano y verde, bordeado de tierras de
labranza, tierras de trabajo que dan sustento a muchas familias del
pueblillo y sus aledaños. El niñopastor, lleno de saludos
y parabienes, se sabe en íntima comunión con el sol y el
mundo, los árboles y las aves del cielo y sobre todo con los
hombres, nacidos de la tierra y a la tierra atados de por vida. Murmura
palabras que le vienen al pensamiento y que no puede evitar en el
camino alegre de su conciencia :
- Un precepto nuevo os doy: que os améis los unos a los otros;
como yo os he amado, así también amaos mutuamente.
Amén y por toda la eternidad, que así sea...y así
será.
Llega a la casa y conduce el ganado al corral. Saluda a la madre y a
los hermanillos que juegan en el portal. Mercedes, al sol declinante de
la tarde, corta las judías para el día siguiente. Habla
al hijo recién llegado de la soledad de las cañadas y los
collados, de las alturas del viento que no cesa :
-¿Qué tal has pasado el día, hijo?
-Bien, madre, bien. Vengo lleno de recuerdos para vosotros y con los
animales bien alimentados.
-Hermanito, ¿me traes florecillas de allá arriba?
-suplica Carmencita, la reina de la casa.
-En el zurrón las traigo y aquí las tienes, hermanita...
Ahora me tengo que
ir a donde el tío Damián, a ver qué me quiere.
Dice adiós a los suyos, el niño que cuida del
rebaño de la casa, y toma el camino en dirección hacia el
pueblecillo, hacia las tareas y desvelos del tío Damián.
El sendero, que marcha pendiente abajo, está franco y lleno de
alegre luz.
Tras una caminata no demasiado larga, tiene ante su vista, en un otero
poco pronunciado, el pequeño cementerio de Aldeavieja : recinto
chico con algún que otro panteón, de familias de
terratenientes y pequeños hacendados, unas cuantas sepulturas al
sol, cuatro cipreses -siempre verdes y erguidos al cielo-, una
capillita con el Cristo y su recoleto depósito anejo. El
tío Damián vive en una casa a poca distancia, en el
camino que une pueblo y camposanto.
La cancela, pintada recientemente en negro, brillante aún,
está entornada, señal de que su tío se encuentra
en faena detrás de estos muros, de este pequeño recinto
cuadrado, refugio final de almas. A la derecha de la entrada se le
puede ver a punto de bajar a un sepulcro, con la gorra de trece
pulgadas calada y el cigarrillo perenne entre los labios. Los ojos,
vivaces, cristalinos y afectados por antiguas sombras, son ojos humanos
en destello esperando la conversación del chaval, palabras que
le saquen de su soledad :
-Buenas tardes, mocé.
-Hola, tío, ¿qué tal andas?
-Esas velas al viento..., mocé.
El niño pastor, un poco turbado, se limpia la cara con el
puño de la camisa y, pasado el rubor, se le hace la boca
sonrisa, luminaria que contagia al hombre maduro, al hombre envejecido
y todavía altivo, de forma que sus ojos se le vuelven pura
alegría y aire nuevo cargado de una esperanza sencilla, al
alcance del corazón. Y a sus labios baja y, así se
trasluce, una amable y profunda sonrisa de agradecimiento y de espera
por ver lo que el niño le cuente.
-Cuánto tiempo, mocé. Has estirado, ¿no?
-Puede que sí, tío Damián. Comer ya como, tal que
un chon hambriento... ¿En qué te puedo ayudar, tío?
-Bueno, más que nada necesito que me eches una mano para encalar
estos sepulcros. Uno no tiene los reflejos de antaño y el miedo
a caer, ... ya sabes. Más tarde, si es caso, podrías
repasar algún que otro epitafio, que tú tienes mucha mano
con el pincel.
Hombre y niño, en íntima alianza, trabajan al atardecer
para acabar la tarea; sin palabras se entienden y se ayudan en el bajar
y subir y el trajinar con la cal y la brocha, en el limpiar los
hierbajos, adecentar, en definitiva, las últimas moradas de
familias enteras, de estirpes de hombres arraigados a la tierra y que
al final en la tierra quedarán sumidos. El pastorcillo,
murmurando en baja voz, como acostumbra :
-El Cristo les encarecía : "No se turbe vuestro corazón;
creéis en Dios, creed también en mí".
El hombre maduro le oía en el eco del hueco excavado en la
tierra, mientras le goteaba el sudor por la frente curtida. Los ojos
húmedos y los oídos, vigilantes, atentos y a la escucha
de la salmodia del sobrino.
Terminada la labor, con el camposanto penumbroso y con las sombras de
los cipreses acariciando las tapias del recinto, los dos dieron por
terminada la labor y refrescaron sus labios y su garganta seca con el
agua que manaba de la mohosa gárgola del muro, de su envejecido
y latonado grifo. Agua fría, pura, cristalina y viva, que
refrescaba el cuerpo, agua que recordaba a aquella cristalina y lejana
hora del bautizo.
Se despojó Damián, el tío del niño pastor,
de la vieja chaqueta de labor, colgándola de un clavo, a la
pared clavado, bajo un tejabán cercano al grifo. Se peinó
frente a un espejuelo que también había dispuesto el
cuidador del camposanto y antes de partir del lugar, una vez el
niño húbose aseado la cara y las manos, así le
dijo:
-Antes de marcharnos, mocé, me gustaría rezarla un
poco... a tu tía Monserrat, que ya va para tres años que
se fue. Está allí en la sepultura de la esquina, a la
sombra del ciprés.
-Muy bien, tío. Como gustes.
Damián, el maduro Damián, con los ojos húmedos, y
las manos entrelazadas, camina acompañado por el
niñopastor, el sobrino del alma fresca que le ayuda siempre que
lo necesita. Ambos, con la cabeza gacha, mirando a la tierra, a la cruz
en ella inserta, se quedan allí de pie y el hombre, porque lo
cree necesario, se explica:
-Elías..., ya sé que ahí no quedan sino despojos
pero ... me gusta decir unas oraciones frente a este pedazo de
tierra..., de pie frente a esta sepultura.
-Tío Damián : aquel hombre de Nazareth, hace
muchísimos años, nos aseguró : "Yo soy la
resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera,
vivirá". Así es y así será ...
El viudo, con lentas lágrimas en los ojos, alargando su mano
izquierda y acariciándole suavemente la nuca :
-Por los siglos de los siglos ... amén.
Dedicado, humildemente, a Julio Manegat, el maestro de la prosa
poética y profunda, traspasada toda ella por el aliento de Dios.
Jon Rosáenz
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