|
CUATRO EQUÍVOCOS
SIN IMPORTANCIA
|
|

|
|
|
ÍNDICE
EQUÍVOCO I: DÍAS DE LLUVIA
EQUÍVOCO II: EDUVIGIS RELOADED
EQUÍVOCO III: ENTRE UNOS CACAHUETES Y UN GIN TONIC
EQUÍVOCO IV: LA ÚLTIMA COPA
EQUÍVOCO I:
DÍAS DE LLUVIA
Los días de lluvia en la ciudad son peligrosos. Apenas las nubes
han iniciado su alivio y pareciera que del cielo cayese fuego y no
agua. Las calles quedan repletas de seres humanos que corren en todas
direcciones, tratando de resguardarse, sin mirar a ningún sitio
más allá de la puntera de sus zapatos, atropellando a
todo aquél que arriesgue interponerse en su búsqueda de
protección. Los paraguas florecen, los impermeables relucen. Las
solapas de las chaquetas se levantan, los cuellos encogen. Los hombros
se elevan, las chepas crecen.
Los días de lluvia en la ciudad son peligrosos. En esos tiempos
surge de entre la masa humana una facción especialmente violenta
y vehemente: son las viejas con paraguas. Estos seres no atienden a
razones. No tienen alma. Ni escrúpulos. Ni piedad. Son
inmisericordes. Caminan en línea recta, la vista perdida en la
memoria de su última confesión, con las varillas de sus
artefactos asesinos justo a la altura de tus ojos; ajenas a cualquiera
que tenga la desgracia de cruzarse en su camino.
Aquella mañana de aguaceros pertinaces yo fui uno de esos
desgraciados.
He de reconocer que en parte fue culpa mía: la jovencita de
carnes trémulas y trotecillo delicado y retemblón -a la
que seguía con la vista en el momento de mi calamidad- bien se
merecía mi admirativo repaso.
La vieja se me vino encima como un tranvía sin campana. El
entrecejo arrugado; un rictus de desprecio en su rostro amojamado; una
raya fugaz delante de mis ojos, y mis gafas fueron a parar a una
alcantarilla.
Tengo nueve dioptrías en el ojo bueno.
Durante casi un minuto permanecí plantado en medio de la acera,
sin moverme, empapándome y con una mano cubriéndome los
ojos. Y recibiendo numerosos empujones y algún que otro
improperio. Lo que antes era claro y nítido se había
convertido en una bruma espesa entre la que se apresuraban fantasmas
grisáceos. Estaba desorientado, sin saber cómo
reaccionar.
Por fortuna me encontraba cerca mi café preferido así
que, como buenamente pude, tratando de disimular mi estado de
indefensión, conseguí llegar hasta uno de sus asientos de
terciopelo verde. Telefoneé a casa y me dispuse a entretener la
espera hasta que Fuensanta apareciera con mis gafas de repuesto.
Fuensanta es mi mujer.
Un bulto blanquinegro surgió de la ensalada multicolor que me
rodeaba y me preguntó qué deseaba consumir. Su voz me
resultó conocida; era Elías, el camarero bizco. Era un
hombre siempre atento y servicial con el que, de vez en cuando,
mantenía conversaciones intrascendentes. Ordené un
café con leche y un plato de almendras saladas, y adopté
pose de trascendencia; es decir, lancé mi mirada disminuida
hacia el infinito, erguí la espalda, entreabrí los labios
ligeramente y enarqué una ceja en un reflejo de la profunda
meditación en la que pretendía hallarme sumido.
A mordiscos minúsculos fui devorando las almendritas. Empezaba
por la punta y seguía hacia la base. Cada tres almendras me
chupaba los dedos con fruición y daba un sorbo a mi café.
Una hora más tarde en el plato sólo quedaban migajas y
granitos de sal. Y mi desesperación.
El aburrimiento me chorreaba por todos los poros cuando una forma
confusa se sentó a mi lado. Reconocí su perfume al
instante: C&K One Unisex. Fuensanta y yo usamos el mismo.
Me giré, fruncí el ceño y entrecerré los
párpados en un vano intento de aclarar en algo mi visión.
Notaba la calidez de su cuerpo cada vez más próxima. Una
mano suave inició una sugestiva caricia sobre mi nuca. Aquella
actitud me sorprendió un tanto porque Fuensanta no es
precisamente cariñosa; sus comentarios al teléfono cuando
le expliqué lo que me había sucedido con las gafas no
podrían definirse como tiernos. Y es que Fuensanta no ha sido
nunca demasiado femenina ni en absoluto sofisticada.
Como las caricias continuaban, decidí que mi estado de
postración la había llevado a mostrar su faceta oculta, y
hasta ahora desconocida, de mujer afectuosa.
Acaricié su cabello y discurrí que se lo debía
haber cortado aquella misma mañana. En lo que no pudo ser sino
una especie de arrebato pasional, Fuensanta se arrojó sobre
mí y sus labios se posaron en los míos con ansia y un
punto de violencia. Qué extraño, pensé. Mi mujer
no fuma y el vello de su bigote no pincha. La pregunta que
surgía en mi mente no me llegó a salir de la boca; con
una voz grave, netamente masculina, quien yo creía Fuensanta me
susurró al oído:
-Me pones a cien, cariño.
Mi sobresalto se disolvió en el grito que me llegó desde
la entrada. El perfil ceniciento que así me había hablado
emprendió una rápida carrera y se sumergió en la
niebla de la que había brotado. Un nuevo alarido me
asaltó los tímpanos. Esta vez lo reconocí como
claramente originado en mi mujer. Llegó acompañado por un
fuerte golpe en la cabeza. La funda con las lentes rebotó en mi
regazo.
-Maricón -berreó de nuevo. Y acompañó
está única palabra con dos sonoras bofetadas que no vi
venir. Cuando me recuperé y logré colocarme las gafas
sobre la nariz, aún tuve tiempo de ver el trasero de Fuensanta
cruzando como una exhalación la puerta del local.
Aún desconcertado, comprobé que todos los parroquianos
del café me miraban. Elías, el camarero bizco,
frunció los labios con un mohín lascivo, me
guiñó un ojo y me lanzó un beso.
EQUÍVOCO II:
EDUVIGIS RELOADED
- ¡Coño! -rezongó el hombre sin dirigirse a nadie
en concreto-. Justo ahora tenía que pararse el ascensor. Cuanta
más prisa tiene uno...
-Pues sí -le apoyó, comprensiva, la mujer que le
acompañaba-. Suele pasar. ¿Usted no vive en el edificio,
verdad, joven?
-No, no. Sólo vengo a hacer un trabajito.
-Ya, bueno. A ver si tiene suerte.
- ¿Suerte?
-Sí, es la tercera vez que el ascensor se avería esta
semana. La última, tardaron ocho horas en sacar a los vecinos
que se quedaron atrapados.
- ¡Ocho horas! -exclamó el individuo-. ¡No me joda!
- ¡Oiga, joven! ¡Sin ofender!
-Perdone, señora. Es una forma de hablar.
-Ya, pues tranquilícese, que no nos queda otra que esperar.
-Estamos buenos. No... Si para una vez que encuentro un chollo, me
tiene que pasar esto -murmuró el hombre mirando la solitaria
bombilla del techo del ascensor.
- ¿A qué piso va usted, joven?
-Al último, señora -respondió el hombre sin pensar.
- ¿Y qué trabajo le han encargado?
-Eh... Bueno... Pues... Una limpieza integral se podría decir.
- ¡Qué curioso! No sabía que Gertrudis anduviera
con esas. No me había dicho nada.
- ¿Gertrudis? -dijo el hombre rascándose la cabeza.
-Sí. Usted va a su casa. Yo también vivo en el
último. Somos vecinas desde hace cincuenta años.
-Sí, ¿eh? ¿Y dice que se llama Gertrudis?
-Sí, joven, a mí me lo va a decir después de tanto
tiempo.
-Pues sí que es extraño -dijo el hombre un tanto
confundido mientras se pellizcaba el lóbulo de la oreja
izquierda.
-Ya sabe. Antes ponían unos nombres tan raros que adónde
íbamos a parar. Ahora, sin embargo...
- ¿Cómo dice, señora?
-Digo que ahora los nombres son más bellos, más sonoros,
más musicales.
-Se me pone usted lírica, señora.
-Sí, es que me estaba acordando de mis nietas. ¿Sabe
cómo se llaman?
-No, pero seguro que me lo dice -musitó el hombre cada vez
más impaciente.
-Verónica y Beatriz. Bonitos, ¿verdad?
-Sí, señora, sí. Preciosos. ¿Y dice usted
que su vecina se llama Gertrudis?
-Ahora que, como los nombres de estas chicas sudamericanas que vienen a
España a trabajar... -continuó la mujer ignorando la
pregunta de su acompañante-. La chica que trabaja en mi casa,
por ejemplo, tiene un nombre precioso, de musa griega.
- ¡Coño! -exclamó el tipo mientras ponía
cara de pasmo y una horrible sospecha le germinaba en el
estómago-. ¿No será Calíope?
- ¡Uy! Pues sí. ¿Cómo lo ha adivinado?
-Es que soy muy leído, abuela.
-Eso está bien. La gente ya no lee, sólo ve basura en la
televisión. Guarras y prostitutas, eso es lo único que
quiere la audiencia.
-Tiene usted toda la razón. Toda, toda... -dijo el hombre
pensativo, sin hacer demasiado caso a la anciana y sin entender lo que
estaba sucediendo. ¿No le había dicho Calíope que
la vieja se pasaba las mañanas enteras en misa? ¿O no era
aquella vieja, "la vieja"?
-Es agradable conocer a gente a la que le interese la literatura. Y,
dígame, joven, ¿qué es lo que está leyendo
últimamente?
-Pues... Yo... -los ojos del individuo bailaban por las cuatro paredes
del ascensor.
- ¿Le gusta Sartre? -preguntó la vieja.
- ¿Quién?
-Sartre, hombre. Ya sabe, el existencialismo y todo eso. La Beauvoir...
-No... Yo... No, es que no sé. Yo... Ibáñez es mi
preferido.
- ¿Ibáñez? ¿El cantante? Vaya, no
sabía que también escribiera.
-Eh... Pues sí, sí, también, también. Unos
personajes... Tiene unos personajes tan divertidos en sus historias...
-Ya... Ya...¡Qué tiempos aquellos! Claro, usted no los ha
conocido, joven, cuando prohibían los conciertos del pobre.
-No, no... ¿Qué pasa? ¿Qué cantaba mal o
qué?
- ¡Que gracioso! No, hombre. La dictadura. Ya sabe.
-Ah, claro. La dictadura... Y... Oiga, señora. Usted,
¿cómo me dijo que se llamaba? -preguntó el hombre
temiendo lo peor.
- ¡Uy! Tiene usted razón, estamos aquí de
cháchara y no nos hemos presentado aún. Mi nombre es
Eduvigis, pero me llaman Edu.
La frente del hombre se empezó a cubrir de un velo de sudor.
-Joder... Eduvigis...-murmuró en voz no tan baja como hubiera
deseado. Era "la vieja" de Calíope.
-Pues sí, ya ve, lo que le decía antes. Y usted,
¿cuál es su nombre?
-Pedro... Yo sólo me llamo Pedro -contestó el hombre,
mustio.
-Vaya, qué casualidad. Como el chico de Calíope.
-Sí, sí, es un nombre muy común.
-Muy devaluado, es verdad -apostilló la anciana-. Y... ¿a
qué decía que iba donde Gertrudis?
- ¿Donde quién?
-Gertrudis, mi vecina.
- ¡Ah!... A nada... A nada... -se corrigió de inmediato-.
A limpiarle la casa, pero ya no lo tengo tan claro...
-Pues sí, porque ella también tiene una chica que se
encarga de las tareas domésticas.
-Será otra musa -comentó el tipo, resignado.
-No, no, ésta es de Cuenca.
-Claro, y en Cuenca no hay musas.
- ¡Qué gracioso! Fíjese que, pensándolo, si
quiere, otro día, puede venir a mi casa y hacerme también
una limpieza general. Me ha caído usted bien y seguro que no le
viene mal un dinerito extra, ¿eh?
-Claro, claro, señora.
- ¡Uy! Ya se mueve el ascensor. Bueno ha sido cortito,
¿no? Y muy agradable la conversación con usted, joven. Se
lo digo de verdad.
-Gracias, señora, gracias.
Las puertas del ascensor se abrieron y Eduvigis se encaminó
hacia su domicilio. Pedro se hizo el remolón y comenzó a
aporrear desesperado el botón de bajada.
-Pero, ¿qué hace, joven? Si este es el piso al que usted
va.
Las puertas se cerraron y el hombre lanzó un suspiro de alivio.
-Si lo sabré yo, señora. Si lo sabré yo...
EQUÍVOCO III:
ENTRE UNOS CACAHUETES Y UN GIN TONIC
Fermín deambulaba por el enorme atrio de la recepción del
hotel. El frío y brillante zócalo de mármol no
conseguía mitigar su nerviosismo. Cuando se detenía y
miraba los ventanales que se asomaban a la playa próxima, sus
ojos bizcos se inundaban de lágrimas ante la imagen reflejada de
un individuo sin afeitar, en pantalones cortos y camiseta sudada y con
una gorra amarilla de White Label sobre su cabeza. La visión de
los huéspedes en traje de baño, tomando el sol, relajados
y felices, conseguía que la angustia que le anidaba en el
estómago se le transformara en rabia.
Desde que llegó tuvo la intuición de que no había
sido buena idea pasar la Semana Santa en aquel lugar. La mirada
desdeñosa que el portero dedicó a su coche fue la primera
señal. El color azul mosca y los seis mil euros en tunning de su
Renault Clío desentonaban algo con el rebaño de Mercedes
y Audi que pastaban por allí. Eso era cierto. Pero no
justificaba la expresión de asco del empleado del hotel cuando
le hizo ver que el estacionamiento estaba reservado sólo para
clientes. La palabra "sólo" flotó en el aire, inflada de
desdén. Las cejas enarcadas del portero -en un claro gesto de
escepticismo- cuando Fermín respondió que él -y
aquí se golpeó el pecho con el índice, enfatizando
su propia presencia en aquel lugar-, que él era cliente del
hotel, fueron la segunda señal.
Y es que ya lo sabía; sabía que tenía que haberse
quedado en Mocejón, disfrutando con sus amigos de las
vacaciones. Mientras observaba a un grupo de norteamericanas rubias,
rollizas y escandalosas abordar el mostrador de la recepción, se
imaginó a sí mismo en el pub "El Dorado", con una cerveza
fresquita, acodado en la barra y charlando con el Remi. Y más
tarde, con el Dani y el Ivan, de excursión en "The Florita's
Club", la casa de putas del pueblo. Antes se llamaba "Ca'Florita", pero
es que la Flora, con eso de que su hijo estudiaba inglés en
Ósfor, le había cambiado el nombre al local. No.
Tenía que irse a Cádiz, a un hotel de cinco estrellas GL
-gran lujo-. Con oberbuquin, le había dicho el relamido de la
recepción; que su reserva no estaba confirmada (esta
última palabra la pronunció remarcando cada una de las
sílabas, como si Fermín fuera
incapaz de entender su significado); que debía esperar; que tal
vez le
tuvieran que trasladar a otro hotel. Cinco horas hacía ya de
aquella conversación y nadie se había dignado a ofrecerle
más explicaciones.
Las esponjosas norteamericanas fueron engullidas por los ascensores y
de repente el atrio sólo estuvo habitado por el leve zumbido de
los equipos de aire acondicionado. Y por Fermín. Él en un
extremo, fatigado ya de su caminar obsesivo, sentado sobre su maleta.
El recepcionista en el otro, atrincherado tras el mostrador. Sus
miradas se cruzaron y con un encogimiento de hombros éste
último le hizo un gesto a Fermín para que se acercara.
-Caballero -dijo el del hotel con retintín-. Hemos encontrado
una solución a su problema.
Fermín caviló que tal vez el problema fuera del hotel, no
suyo, y él la víctima. Pero prefirió asentir y
mantenerse en un silencio ofendido.
-Hemos pensado que quizá no le importe compartir
habitación con una señorita durante una noche.
La señorita partía al día siguiente. Le
habían consultado y no había puesto reparos a la
solicitud.
Una sonrisa rubia amarilleó el rostro cetrino de Fermín.
Sus ojillos bizquearon algo más de lo habitual. Plantó
sus manos sobre la superficie del mostrador, como si quisiera darse
impulso y saltar al otro lado para abrazar al empleado. Cuando vio el
borde renegrido de sus uñas arañando la madera -y la
mirada del relamido clavada en ellas-, decidió que sería
mejor aparentar un mínimo de dignidad. Frunció el
entrecejo con un viso de profunda reflexión, hinchó su
cavidad torácica y se enderezó en un intento de disimular
la cordillera de su espalda.
Aceptó la propuesta, después de fingir que meditaba en
ella el tiempo que estimó suficiente como para dejar a salvo su
orgullo de cliente mancillado.
A pesar de su recién adquirida condición de
huésped, Fermín tuvo que acompañarse a sí
mismo hasta la habitación. Cuando estuvo delante se atusó
el pelo y se acomodó el paquete. Tropezó con la maleta y
golpeó la puerta con todo el cuerpo.
Parpadeó muchas veces y muy seguidas al contemplar la figura que
se le aparecía en el umbral de la habitación.
¡Qué suerte tengo! ¡Qué pibón!
¡Qué noche voy a pasar! Y así durante varios
segundos en los que, con el belfo caído, permaneció
embobado delante de su anfitriona. Era una chica esbelta, rubia de pelo
y tez bronceada. Sus largas y desnudas piernas finalizaban en la
minúscula braguita de un bañador azul celeste. Por encima
del elástico, un vientre liso del color de las arenas del
desierto que invitaba a naufragar en sus dunas. Su ombligo hizo tragar
saliva a Fermín. Un top de Calvin Klein cubría su
generoso pecho. Los pezones se marcaban por debajo del tejido empujando
la C y la K hacia el valle profundo que se abría entre sus
senos. El cuello sin final estaba coronado por un rostro deslumbrante.
En él se engarzan las esmeraldas de sus ojos, pensó
Fermín en un arrebato lírico, recordando seguramente
alguna de las escasas lecturas de su adolescencia.
Con una sonrisilla irónica y repasándole de la cabeza a
los pies con una mirada aquilatadora, la joven se presentó.
-Hola, buenas noches, me llamo Alejandra, estudio logopedia y estoy
sola.
Tenía una voz sensual, un punto grave. Las eses se le
desbordaban desde unos labios carnosos que parecían insinuar
más de lo que decían. Fermín consiguió
reaccionar y sustraerse a la succión de su boca. Balbuceó
como pudo.
-Hola, yo soy Fermín y trabajo en la industria agropecuaria.
Se sintió orgulloso de su frase. Lo de ser porquero restaba
bastantes puntos ante las mozas. Por hacer algo y tratar de esquivar la
mirada escrutadora de la chica, cargó el peso de su cuerpo de
una pierna a la otra, metió su mano bajo la camiseta y se
rascó su peluda barriga. Un sonido áspero como el de las
patas de cien cucarachas golpeteando un tablero surgió de entre
sus dedos. Detuvo la chirriante música y trató de iniciar
una conversación con la muchacha.
-Así que logopedia. Eso va de los pies, ¿no?
-proclamó levantando una ceja. Él era un hombre de mundo.
-No, cariño. En ese caso sería podóloga
-respondió ella mientras le cogía de la mano y le
acompañaba hacia el interior de la habitación.
- ¡Ah, ya! -dijo Fermín azorado ante la sublime
visión de las nalgas desnudas de Alejandra.
La joven se recostó en la cama y colocó los brazos
detrás de la cabeza.
Los ojos de Fermín no pudieron eludir la colisión contra
lo que apuntaba debajo de la ceñida camiseta.
-Lo mío son los monemas, los morfemas y los sintagmas,
cariño-susurró Alejandra.
La miró sin entender nada. Aquellos nombres parecían
bautizar enfermedades terminales.
- ¡Ah, ya! -repitió-. ¿Y eso con qué tiene
que ver?
Alejandra frunció los labios. Entrecerró los ojos y le
contestó mientras con una mano se hacía tirabuzones en el
pelo.
-Eso -remarcó la palabra- tiene que ver con usar bien la lengua,
amor.
El corazón de Fermín se aceleró y un agradable
calor invadió su pecho y su bajo vientre. Acto seguido se vio
tumbado en la cama con la mujer cabalgando a horcajadas sobre su
barriga. Alejandra se inclinó muy despacio, aproximó sus
labios a los de Fermín y le musitó.
- ¿Quieres que te haga un monema?
***
El resto de sus vacaciones Fermín lo vivió en un
éxtasis continuo recordando aquella noche con Alejandra.
La última mañana, cuando el relamido del primer
día le extendió la factura sobre el mostrador de la
recepción, creyó detectar un aire socarrón en su
pregunta:
- ¿Se lo ha pasado bien el señor?
Al repasar la nota Fermín tuvo que sujetarse al mostrador.
Agazapados entre unos cacahuetes y un gin tonic, bailaron ante sus ojos
el monema, el morfema y el sintagma. Y al lado de cada uno la cifra de
900 euros.
EQUÍVOCO IV:
LA ÚLTIMA COPA
Serían las cuatro de la mañana cuando decidimos tomar la
última copa. Para entonces estaba ya bastante borracho y
reconozco que presté mi asentimiento a la idea, más por
inercia que por auténticas ganas de continuar la juerga. El
ambiente nocturno de la ciudad se había ido transformando a
medida que nos adentrábamos por las oscuras callejuelas de
aquella barriada. La fauna de la zona se componía en su mayor
parte de individuos de sexo masculino, vestidos con camisetas de licra,
ceñidas a unos torsos que iban desde la consistencia que da la
adicción al gimnasio y a los anabolizantes hasta la flacidez y
ternura propia de los adolescentes. Del local en el que entramos
sólo recuerdo las luces de neón verde que pregonaban su
nombre.
Mis amigos anduvieron secreteando sobre alguna característica
peculiar del pub; lo único que sé es que el aire cargado
de humo y espeso de sudor, impedía ver poco más que las
espaldas y nucas de los parroquianos que a aquellas horas aún lo
frecuentaban.
Oí mi propia voz saliendo de una caverna, reverberando en mi
cráneo.
-¡Joder! ¡Aquí no hay más que tíos!
¿Dónde están las pibas?
Los últimos ecos de mis palabras se mezclaron con las risas de
mis colegas de fiesta. Creo que fue Mario el que dijo:
-Nada de tías, Suso, que luego todo se sabe y tu Rosita es
tremenda.
Rosa es un encanto, pero celosa como ninguna. Cuando salimos juntos
prefiero adoptar pose de invidente: clavo los ojos en un punto
indeterminado en la lejanía y avanzo sin moverlos de ahí,
resistiendo las irresistibles tentaciones que de continuo pasan a
nuestro lado.
Sin yo haberlo pedido me encontré con otro cubata de ron en las
manos, el último de una larga serie aquella noche. Cada vez
estaba más ebrio y confuso; la música atronadora y las
pantallas de video gigantes -iluminadas con inverosímiles
escenas pornográficas en las que sólo participaban
tíos, todos ellos sin excepción con unos miembros viriles
de un tamaño también inverosímil-, no ayudaban
mucho a serenarme. Además, mi vejiga solicitaba alivio
inmediato.
Le devolví la copa a Guillermo y a gritos le dije que me iba al
baño.
-Ten cuidado, no te confundas de puerta- me respondió.
No le hice mucho caso; tampoco estaba tan bebido -así lo pensaba
en aquel momento- como para equivocar el servicio de caballeros con el
de señoras
Después de atravesar la oscilante marea humana de la pista de
baile, me adentré en un pasillo oscuro atestado de tipos con
extrañas vestimentas de cuero y muy, pero que muy musculados;
por fin aparecieron los retretes: dos puertas, una con la imagen de un
señor en posición de firmes; la otra con una fila de
hombres jugando a la cadeneta de elefantes. Me pareció una forma
muy ocurrente de anunciar los retretes.
Elegí esta última. Meé y cuando me disponía
a salir, me percaté de la existencia de una puerta enfrente de
la que había utilizado para entrar. Sobre ella, escrito en un
chillón color rosa, se leía la frase: Prueba otros
caminos. "Qué curioso", recuerdo que pensé. "Se sale por
el otro lado. ¡Qué buena idea! Así no hay que
empujar a los que entran cuando has acabado la faena." En fin, en
aquellos momentos la hiedra del alcohol trepaba ya desbocada por la
pared de mi consciencia -es decir, que mi cerebro no brillaba
precisamente por su lucidez-.
Sin pensarlo demasiado, opté por la alternativa que
ofrecía el cartel. De pronto me hallé sumergido en la
más tenebrosa oscuridad. Traté de volver a accionar la
cerradura y regresar por donde había venido, pero me
resultó imposible puesto que no había tal: estaba en un
camino sin retorno hacia no sabía dónde.
Armado de un valor beodo y balbuciente no tuve más remedio que
penetrar en aquellas tinieblas. Supuse que me hallaba en alguna especie
de corredor, así que busqué la referencia de la pared y
un interruptor. No los hallé; el lugar debía ser
más amplio. Di unos pasos más y sentí una mullida
moqueta bajo mis zapatos. Cada vez estaba más mareado. Era como
si la negrura que todo lo cubría incrementara los efectos del
alcohol. Mi cabeza se agitaba en un remolino; al final sufrí una
especie de vértigo. Cuando me quise dar cuenta, estaba tirado en
el suelo, sobre unos cojines de tacto frío y húmedo como
de cuero mojado.
"Estoy muy mal", me dije entre dientes. Abrí los ojos hasta
desorbitarlos, pero ni una brizna de luz rasgaba aquella siniestra
lobreguez. Fue entonces cuando comencé a oír los suspiros
y lamentos. Me rodeaban,
Al tacto de las manos pronto se unió el de lo que
parecían lenguas rebosantes de saliva. Aquello ya no resultaba
tan desagradable, pero sin duda se trató de una añagaza
de aquellos diablos porque de repente sentí unos tremendos
pellizcos en los pezones. De todas formas apenas tuve tiempo de
asustarme; un sobresalto mayor vino a acogotar mi vacilante cordura
cuando unas manos comenzaron a manipular mis partes. En ese momento
sí que fui capaz de chillar, pero mi pánico fue coreado
por unas risas que no dudé en calificar de dementes. Unos
segundos más tarde mi terror terminó por estallar cuando
noté unos dientecillos sobre mi glande. "¡Joder, me van a
arrancar la polla a mordiscos!", grité. Desesperado, mi cuerpo
inició una serie de espasmos involuntarios tratando de apartarse
de aquella acción que creí mortífera. Unos minutos
más tarde se reiniciaron los espasmos, también
involuntarios, pero limitados esta vez a una pequeña
porción de mi anatomía.
El súbito y sorpresivo placer se disolvió cuando mis
captores iniciaron un golpeteo sobre diferentes partes de mi
anatomía. Lo hacían con lo que parecían ser barras
de goma, calientes y duras; a veces sólo un golpe; otras una
serie rítmica de ellos. Cuanto más me contorsionaba
tratando de escapar de aquel tormento, mayor era la frecuencia de los
estacazos y más intensos los gemidos y gruñidos que me
rodeaban.
Mi miedo alcanzaba la cúspide del horror cuando alguno de
aquellos seres demoníacos gritaba y me regaba con sus babas
ardientes y viscosas. Por entonces ya sólo alcanzaba a
lloriquear y suplicar que me dejaran salir de allí y que no
quería morir y que yo no había hecho nada y que adoraba a
Rosita, y no sé cuántas incongruencias más.
De repente, con un golpe brutal, tiraron de mis tobillos hacia los
lados; me abrieron tanto las piernas que mis testículos
levitaron ingrávidos. Creo que sólo conseguí
emitir un gritito agónico de eunuco cuando unas uñas
comenzaron a raspar, muy despacio, la cara interna de mis muslos.
Entonces, un aliento cálido con un tenue aroma a caramelo de
menta me acarició la oreja; una voz masculina, pastosa, se
impuso a mi paroxismo y me susurró jadeante:
-Tranquilo, guapo, que te va a gustar...
La borrachera se me pasó de golpe.
La voz tuvo razón: me gustó.
Roberto Sánchez
|
|