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AQUELLOS DÍAS
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Confieso que
seguía creyendo en los Reyes Magos cuando ya era buen mozo.
Pocas cosas resultaban más apasionantes y apasionadas que la
noche del anís y los zapatos: la pelea con Abrisqueta (aun
recuerdas aquel rubio alto y seco que te miraba y se reía
bajito. Le alcanzaste dos veces, una de ellas con el puño
cerrado. Y recuerdas bien el sabor dulce y salado a la vez de la sangre
y las lágrimas prietas); la azafata -australiana decían-
de "Todo es Posible en Domingo", con aquellos ojos eternos y aquella
falda brevísima; el ruido de la máquina de petacos
Flipper cuando de tarde en tarde rebañabas el especial; las
tortas dulces de Villasana las mañanas de los Domingos de
ensalada y conejo en salsa; el sábado por la mañana de
galletas Chiquilín y tebeos en la cama, con aquel picor singular
de las migas galleteras en el hoyuelo ombliguero; y la tortilla de
patatas de los viernes y los espaguetis con chorizo de los
miércoles y las amigas de mi hermana jugando a eso de la pata
coja y los cuadritos de tiza. Pero nada comparable con la llegada
estival de mi abuela, la rica.
Mi abuela llegaba con las vacaciones, durante el mes de Julio.
Venía de Bruselas, que debía ser como el Oriente lejano,
mágico, deslumbrante.
"En Bruselas hay de todo. Caramelos de miel, café de Africa,
patatas fritas. Allí la gente es educada y no bebe. No como en
España. Aquí los hombres se pasan la vida en las barras
de los bares y escupen y eructan sin parar. Los hombres en
España no respetan nada ni a nadie. Allí, en Bruselas los
hombres te ceden el sitio y te hablan despacio, sin levantar la voz.
Allí en Bruselas todos los años llenan de una alfombra de
flores la plaza, la más bonita que nunca se haya construido".
La noche la pasábamos en duerme vela, reojando cada hora el
reloj de la mesilla. Ella llegaba a las seis y media, cargada de
maletas y paquetes.
Mi abuela era rica, estábamos seguros. En la
clasificación oficial de gente con fortuna se podían
diferenciar cuatro jerarquías: indiano, rico, millonario y
multimillonario. Pues bien mi abuela pertenecía sin lugar a
dudas a la segunda de ellas y así se lo contaba con orgullo a
Parody y a Marañón y a Mínguez pero no a Garay
porque éste se encendía y me llamaba mentiroso porque,
decía, nadie podía tener una abuela rica, acaso un
tío o un tío abuelo pero una abuela, jamás. Las
abuelas, explicaba congestionado, solo sirven para hacer flanes,
chaquetas de punto y cazuelas de bacalao. Yo lo sentía por Garay
pero debía ser el único afortunado con una abuela
auténticamente rica.
Durante el mes que pasaba con nosotros todo cambiaba de color. Ibamos
al cine; al Corte Inglés a comprar coches y remover y mellar
cazos de oferta de todos los tamaños amontonados en un
cangilón y sobre todo a tomarnos un enorme batido de helado de
chocolate; a las Barracas de San Ignacio; a los columpios del parque de
los patos. Los sábados por la tarde jugábamos todos al
parchís, toda la tarde, sin medida, al parchís. Mi abuela
se dedicaba toda la semana a acumular monedas de los cambios que le
iban dando en el mercado o la panadería. Irrumpía en el
salón el sábado después de comer en medio de la
siesta de mi padre con un mandilón lleno de calderilla, el
tablero y la caja china donde guardaba celosamente todos los artilugios
del parchís. Cuando mi padre gritaba complacido aquello de
"comida por no comer" mi abuela contestaba, siempre a media voz, por la
comisura, entre rabiosa y ufana "megde".
Antes de que nos quisiéramos dar cuenta llegaba el día de
la virgen y la partida de mi abuela. Se iba de noche, sin despedirse.
Pero yo la oía salir y hablar con mis padres y apagaba una
lágrima contra la funda de la almohada.
El efecto duraba varios días que vagábamos como fantasmas
por la casa, arrastrando los pies y un poco las entrañas.
Después, los campos
amarillos que rodeaban la casa de mis tíos en Medina se
encargaban de devolvernos la alegría.
Un verano durante la boda de mi primo Alfonso, el de la cara con
viruelas, oí como le preguntaban a mi abuela por "su
señora". Consulté con mi hermana y concluimos que los
ricos no tienen señor, ni señora que les tosa. Pero, algo
mosca debo reconocerlo, me dejé caer por la mesa de los mayores
y me senté cerca de mi abuela.
"Abuela, ¿dónde naciste?" "¿Qué preguntas
son esas a estas alturas? Pues donde voy a nacer en Fresneña. En
el mejor pueblo del mundo, con el mejor padre del mundo Simón
"el Saldaña". Las hijas de Saldaña éramos
pretendidas por los mejores mozos de allí". Se le notaba
contadora, pero algo gris se le debió cruzar por la cabeza y
cayó de golpe, medio triste y apaisada.
No encontré Fresneña en el Atlas de Santillana, ni en la
enciclopedia de Uteha.
En un rincón mustio de la Biblioteca Municipal, el Compendio de
Pueblos de España gritaba: "Fresneña, provincia de
Burgos. Pequeño pueblo agrícola, hoy abandonado". "Nadie
abandona un pueblo rico", pensé. Algo crujió dentro de mi
y volví rumiando a casa.
Ahora los Domingos voy a visitarla a la Residencia donde me recibe
llorando porque cree haber oído en la televisión que
alguien me ha matado o me he caído de no sé que
avión. Y habla pausadamente de Simón el Saldaña el
mejor padre del mundo. Y sé-y ya no me importa- que mi abuela
nunca fue rica, que Bruselas dista mucho de ser Bagdag, que
Simón y sus hijas rodeados de miseria, tuvieron que abandonar
Fresneña y que ella, mi abuela, se quemó las rodillas
fregando para belgas ricos a los que nunca entendió, con un hijo
que tampoco entendió por qué le dejaron solo, su padre
primero y mas tarde su madre.
Yo la miro y solo recuerdo con envidia aquellos días de los
veranos cuando Ella venía de Bruselas.
Joseba Molinero
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