| Toda la ciudad
está de luto. Todos los edificios visten fachadas de
hollín, mostrando la tristeza que les produce la
situación del mundo. La ría tiene un color pardo rojizo,
como si hubiera recogido toda la sangre derramada en la guerra.
Paso por el puente de La Victoria, mientras la gente se
aparta de mi lado, con el temor y el rencor en los ojos, que se clavan
en mi camisa azul y en mi corbata negra. Sé que no combinan
bién con el traje príncipe de gales, gris confederado,
pero cada cual se gana las alubias como puede y ahora hay muy pocas
alubias que ganar.
Llego a la plaza y me encuentro con que el caballero de
bronce sigue celebrando el 18 de julio con una bandera de Falange
amarrada al decreto de fundación de la ciudad. Nadie se ha
atrevido a retirarla, pensando, acertadamente, que es carnaza para
pescar rojos.
Sí, en asuntos de banderas hay que andar con
piés de plomo. Recuerdo que en la fiesta infantil de Navidad en
el colegio de los Curas, cuando el ángel llamó a los
Reyes Magos aparecieron: un legionario con la bandera nacional, un
falangista con la roja y negra y un requeté con la de San
Andrés. Casi me caigo con todo el equipo. Tuve que taparme la
boca, pero se me saltaban las lágrimas de la risa… y eso me
salvó, pués me dijo el Jefe Provincial del Movimiento:
"Ya veo que le emociona, Miguel. Debo confesar con orgullo que ha sido
idea mía. Me alegra comprobar que comparte mis sentimientos".
En fin, ya estoy en el Café. Gracias a Joshemari
algunos privilegiados podemos tomar café y el aroma atrae a
muchos infelices que son recibidos a achicoriazos, pero nadie se queja.
Con el olor es suficiente.
- ¡Buenas tardes, Don Miguel! Tengo negro y
"picao".
- ¡Carmen, Carmen!. Ándate con ojo que
tanto negocio con Joshemari te traerá problemas.
Pero haces bién, si nó ¿cómo
ibas a llenar la falda de tubo? ¡Y qué bién la
llenas! Y es que, ahora, las mujeres están tan flaquitas que te
dan ganas de prepararlas un caldo en vez de pasar a mayores.
Me siento en el escaño de terciopelo y espero a
que Elías me traiga el café y la prensa metálica
de la tarde.
Bombardeo de Londres con V2. Los rusos ocupan Estonia.
Los americanos llegan a la Línea Sigfrido. Las cosas no le van
bién a los alemanes. Hitler necesitará de un arma mucho
más poderosa que la V2 para ganar la guerra.
Llega Cotidio con su industria y me despierta del
sueño de armas secretas destructoras del mundo.
- Buenas tardes, Don Miguel. ¿Sabe que Mariano,
el botones, ha sido padre?
- Me alegro mucho, ¿que ha sido de su vida?.
- En el 36 se equivocó de bando y se
presentó voluntario al ejercito republicano Bueno… ya me
entiende: con los rojos. Allí fue elegido para comisario, pues
estuvo en Barcelona aprendiendo de sastre y, claro, el que tenía
un oficio era capitán general.
- Estoy al tanto de ello, cuando rindió el batallón en
Santoña y fué hecho prisionero le escribí una
carta de recomendación para el juez. Es curioso: el comandante
del batallón y todo el gobierno espantaron la braga,
después de que los italianos les hicieran la cama, dejando
aquí a los pobres ciudadanos, a los que llevaron a la guerra,
sufriendo la represión que impuso el vencedor y que ellos
debieran haber afrontado.
- ¡Y Mariano tuvo suerte!.
- Mucha. Habiendo sido comisario, en aquellos juicios
sumarísimos la condena habitual era el paredón, pero
Mariano solo tenía el carnet del Socorro Rojo y veinte
años de edad. Le cayeron 30 años.
- Peor suerte la de su hermano Carlos. Le dieron el
paseo en el 37. Una lástima, solo tenía 18 años.
En fín, Mariano pasó el resto de la guerra en
Larrínaga, quizás esté vivo por ello…
Meto la mano en el bolsillo de la americana y saco la
petaca y el libro de papel, fabricados en la carcel por las manos
pacientes del recluso agradecido, fabricados con tablillas de
algún embalaje, lijadas y pintadas con vete tu a saber
qué, barnizadas con la tristeza del joven que solo tiene el
estar vivo para disfrutar. Adornadas con los sueños de la
perrera: paisajes de África, con palmeras, con camellos, con
moros de turbante azul.
- … después nos escribió desde
Alcalá de Guadaira, estaba feliz por que le aliviaron la pena
mandándole al Batallón de Trabajadores…
¡Qué eufemismo! Los batallones de penados,
la esclavitud institucionalizada - … le dejaron libre el año
pasado en la fiesta de Nuestra Señora de Begoña…
Todo el país es un campo de concentración.
¡Dios! Tengo que dejar de hablar con Cotidio, si no estos
pensamientos saldrán de mi boca en el momento y el lugar
inadecuados.
- Mira lo que te digo, Cotidio, llegará el
día en el que cambien las estatuas de las calles, pero
dará igual, ya que los nuevos políticos de bronce tampoco
habrán sufrido los dolores que provocaron en su pueblo.
- ¡Oiga Don Miguel!, que Companys fué
fusilado…
Sonrío al ver el enojo de Cotidio. Como a todos
los derrotados solo le queda el honor en la derrota y a él en
particular el orgullo de dirigirse a un cargo del régimen de
esta forma tan confianzuda.
- Por que se lo trajo al Patucas la Feldgendarmerie1 y
vamos a cambiar de tema, por que no me extrañaría que ese
tipo fuera uno de ellos y acabaramos los dos como el difunto Don Luis.
Ha entrado por la puerta giratoria un individuo casi
alto, con el pelo, de toro cárdeno, cortado a cepillo. Sus ojos
se esfuerzan continuamente por ver, como si sus gafas de oro estuvieran
mal graduadas, y sonrie, compulsivo, con una sonrisa ratonesca. Medio
giboso, en una gabardina ranglan marrón, busca acomodo en la
esquina de los cortinones aferrándose a un portafolios de cuero
negro.
- Pues no va muy desencaminado, ya ve ud. Es Herr
Ortstein, un librero que está estudiando los fondos del
obispado. ¿Un librero?¿Los fondos del obispado? ¡No
me jodas, Cotidio! La neutralidad ha traido más espías
que soldados las Brigadas Internacionales y el CTV juntos.
- Esto es todo, Don Miguel. Voy a seguir la ronda.
Cotidio y su cajoncillo de betunes buscan otros zapatos
que lustrar, mientras,
en la esquina de los cortinones, un anciano con el pendiente de
cabohornero inglés se ha sentado con Herr Orstein.
Interesante. Parece que Herr Orstein también duda
del futuro del Reich y quiere pasarse a los Aliados. ¡Bah!
¡Que con su pan se lo coman! Cuantas idas y venidas vimos en la
guerra, como para juzgar a ese sietemesino.
Aunque parece que no todos los parroquianos del
Café aprueban esta muestra de distensión. Dos gringos,
recién salidos de una película de James Cagney, toman
pacharán en la mesa de enfrente y lanzan miradas torvas a los
conjurados que se levantan buscando un lugar más tranquilo donde
finalizar sus negocios.
Inmediatamente, los dos ganster se incorporan y sacan de
la sisa de sus trincheras sendos revólveres del 45. El espejo
convexo sonríe cañones pavonados. El cabohornero
encuentra en su tabardo una Browning y el alemán saca de su
portafolios una Lugger.
El primer disparo deja atónita a la clientela. El
segundo se encuentra a todos los clientes amontonados en la puerta
giratoria.
1 Feldgendarmerie: Policía militar alemana. Tengo
la Astra en la cadera izquierda. Tres. Me levanto. Cuatro, cinco. El
alemán ya está muerto. Seis. No ha podido quitar el
seguro. Siete. El cabohornero apunta al matón de pelo blanco.
Ocho, nueve. Los ojos negros de su compañero miran al pecho del
marino. Diez. Avanzo hacia ellos. Once. El pelicano se desploma. Doce,
trece. Apunto. Catorce. El marinero cae de bruces sobre la mesa. Uno.
Veo el reflejo del fogonazo que sale de mi mano en los ojos negros.
Dos, tres. Los ojos negros tratan de aferrarse a la vida mirando los
carteles de las últimas fiestas taurinas. Cuatro. Suficiente.
Primero el moreno. Cinco. Luego, el canoso. Seis.
Después, el viejo. Siete. Y, Herr Orstein, ocho. Justo. Tantos
paseos a la luz de la luna le dan a uno mucha práctica, y esto
es como andar en bicicleta: nunca se olvida.
Dejo la pistola en su funda. Estoy solo en el
Café. Todos están fuera. Mejor. Estas labores de control
es conveniente hacerlas de forma discreta. El cabohornero no tiene
documentación, pero en este sobre hay muchas, muchísimas
libras y… un pasaporte inglés para Mr. Stonefield. Bién.
El canoso. Slope. Americano. Dólares.
Cigarrillos. El moreno. Bald. Americano. Dólares. Cigarrillos.
No hay que ser codicioso. Todos debemos vivir y pronto llegará
la Guardia Civil… y para pescar es necesario gastar cebo.
Herr Orstein. Cuatro perras. El portafolios. La causa de
toda esta carnicería.
- ¡Don Miguel! ¿Se encuentra bién?
- Subid tranquilos, Cotidio, Joshemari, que esos ya no van a armar
más jaleo. Vamos a ver que hay aquí: "Bereichen Methode
von Uranium".
- ¿El qué?
- "Método de enriquecimiento del uranio".
Fíjate, Cotidio, lo que se aprende tocándole el culo a
las enfermeras de la Legión Cóndor.
- Pues ¿qué quiere que le diga? Que me he
quedado igual. ¿Qué es el uranio?
- El uranio es un elemento químico radiactivo,
muy pesado y del que se espera obtener gran cantidad de energía.
- ¡Joder, Joshemari! También teneis uranio
en el mercado negro.
- Deje que me explique. Resulta que en el 36, el hermano
pequeño, Angelmari, que estaba con los franciscanos en Urdaneta,
pensó, con buén criterio, que era el momento de hacer
apostolado en América. Así que, cruzó el charco y
se hizo cargo de la misión de Alamogordo. Cerca de allí,
en Los Álamos, hay un centro de investigación de estas
cosas del átomo.
- ¿Y ahora, entre maitines y laudes, los
franciscanos reciben clases sobre el uranio… ese?
- No, D. Miguel. El hermano juega al dominó con
un sabio americano del centro de Los Álamos, el Sr. "Openjaime",
que es quién le explica cosas de su trabajo. -
¡Quieto…todo…el mundo!
¡Vaya! ¡La Benemérita!. Como siempre:
al humo de las velas. Un cabo y dos números. Pero si es…
- ¡Coño Merino!
- A sus órdenes, mi alférez.
El pecho fuera; la tripa dentro; los hombros
atrás; la barbilla arriba; los brazos estirados y pegados al
cuerpo, con las palmas hacia atrás y los índices en la
raya del pantalón. Ver estas cosas me producen la misma
tranquilidad que la llegada de los aviones al principio de la primavera.
- Descanse hombre, que ya se acabó la guerra.
¡Qué alegría me da verle! ¿Donde ha pasado
estos cinco años?
- Ya sabe, a la cabra le tira el monte. Después
de Valencia me reenganché en el Tercio y luego la
División Azul. Allí sí que las pasamos putas;
así que, cuando nos repatriaron, pedí un destino
más tranquilo y aquí me tiene: de miguelete. Pero,
¡rediós!, ya veo que a Ud tampoco le falta
diversión. ¿Se ha cargado a los cuatro?
- No, ¡Por Dios! Merino. Solo al moreno, que es el
que quedaba en pié, y a todos, por si acaso, les he dado el…
- Ya veo. Ha hecho bién: menos problemas. Un
alemán, un indocumentado, dos americanos…
Los dedos de Merino acarician los dólares de
terciopelo y me devuelve una mirada latonada, con una sonrisa debajo
del bigote fino.
- Sabe lo que le digo: Que les vamos a sacar por esta otra puerta y
aquí no ha pasado nada, ¿pues no se están matando
a miles en sus países? Cuatro más da igual. A ver
¡Caldera, apárqueme el camión en el
callejón! ¡Vosotros, cargad con esa escoria! Todo queda de
mi cuenta D. Miguel. ¡Hasta la vista!
La pareja recoje las armas y Cotidio y Joshemari llevan
los cadaveres hasta el furgón, cogiéndoles por las manos
y los piés. El tricornio de Merino nos dice un adiós
charolado. Dentro de un rato, sin miramientos, serán enterrarlos
en el monte o arrojados al abra. Sí, hay cosas que no se olvidan.
- "Señores guardias civiles:
aquí pasó lo de siempre.
Han muerto cuatro romanos
Y cinco cartagineses"
- ¡Cotidio!, ¡algún día te va
perder la afición a la poesía!.
- Y ¡qué más da! ¡A esos les
ha perdido el uranio! A propósito ¿Que hacemos con el
libraco este?.
- ¡Que se lo envíe Joshemaria a su hermano
para ayudar a ese Sr. Jaime!
- ¡Seguro que hasta sacamos alguna pesetilla!
¿Verdad, "cuñao"?
- Cotidio, ¿Por qué no sales a buscar a
Elías y le dices que baje la persiana y que antes de limpiar
todo esto me ponga un anís? Creo que me lo he ganado. El moro
del turbante azul me mira desde el librito de papel de fumar, como si
dijera que es tiempo de buscar otras tierras lejos de este cuartel.
Lío el cigarrillo y fumo. Pienso en la estupidez de la especie
humana y me pregunto que importancia puede tener el enriquecimiento del
uranio, para que le haya costado la vida a esos desgraciados. Desde
luego a mí me ha enriquecido de una forma inesperada.
Tendré que hacerme una foto.
Y aprender inglés.
NOTA: Esta es una historia apócrifa, por lo que
cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
MIGUEL SAN JOSÉ RUEDA
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