" De suerte que
el pneuma es una materia que se hace propia del alma, y la forma de esa
materia consiste en la justa proporción del aire y del fuego."
(Veterum fragmenta)
Tras unos días anodinos de inútil tedio,
el joven Cavendish había descansado profundamente y le era
costoso el retorno, ese volver repentinamente a la superficie de la
vida, al estanque de la vigilia. En días como el que estaba
naciendo, grises y sin luz, su alma cavilaba como secularmente
acostumbraba intentando domeñar el avispero de la mente,
atendiendo a un tiempo, cada vez más enfáticamente, a
esos escondidos y amplios valles en penumbra fruto de misteriosas
intuiciones. Transcurría la vida usualmente tranquila y muchas
veces fútil, omnipresentemente llena de reflexiones y de
lecturas interminables. Fue en el duermevela de aquella alba nueva,
cuando comenzó a seguir por dentro su brazo derecho, en la
oscuridad de la alcoba, en medio de la nebulosa de la madrugada, desde
la unión firme del hombro hasta el dedo meñique, fibra a
fibra, sabiéndose él mismo sin dudarlo un momento.
Después, como un ser dotado de un profundo
sentido de equidad, intentó el mismo malabarismo con su brazo
izquierdo y ahí fue cuando encontró cosas débiles
y oscuras ¿ Pertenecía el brazo también a su
cuerpo ? - soterradamente se preguntó a sí mismo,
inconscientemente.
No lo sentía en absoluto y apenas significaba algo en ese
momento. Se llegó a dar cuenta de que el brazo estaba dormido,
acalambrado hasta el hombro. Sin ningún tipo de premura ni
angustia, lo agitó suavemente como el ave fluvial acierta a
emprender el vuelo desde el lodo del río hasta las copas de los
altos habitantes de la chopera. Levemente, empezó a ser suyo
aquel miembro, utilizado por mor de su fuerza, casi adivinando en ese
mismo momento algún tipo de sed de infinito en su brazo, en su
alma, en su alto lado eterno, con la ineludible condición de que
no tuviera que ser escrito, expresado ...
Tras unos dilatados momentos, el brazo izquierdo
comenzó a ser suyo, se incorporó a su voluntad con
estertores de sangre bombeándose de nuevo por sus cauces,
sangre, ese fluido que nos ata a la vida. Promovió entonces un
afán de sentir los pliegues de la piel, el vello de la
superficie del pecho, a la luz de una mera posibilidad. Los ojos
estaban todavía entrecerrados y algo molestos por los destellos
de luz que filtraban los cortinajes desplegados ante el ventanal de la
habitación. Esa pobre luz que apenas alcanzaba la noble madera,
los pináculos y los cortinajes de seda que constituían
una flamante cama de estilo victoriano, el lecho del joven Cavendish.
Los ojos, oteando primero algunos enseres en la más suave
penumbra y finalmente el brazo izquierdo, se quedaban entonces clavados
en el eje central de su cuerpo, habiendo mirado hacia la mano derecha,
allá en la penumbra, y hacia la mano izquierda, persistente y
alternativamente. En este mencionado centro, entre las dos
protuberancias del pecho, descansaba semioculta por el vello una
medallita de oro : el sagrado corazón moldeado en metal precioso
apenas brillante por el paso del tiempo y sobre todo por el efecto del
agua que cada mañana resbalaba por su cuerpo, agua de la higiene.
El pecho no era prominente pero se había
ensanchado desde el tiempo de la adolescencia bajo los efectos de una
lentísima transformación y clamaba desde hacía
años que allí dentro había enterrado un poetastro.
El torso desnudo, con abundante vello germinado no hacía
demasiado tiempo, iba a imbrincarse en la cintura con músculos
tersos y nada aparentes. Las caderas anchas, nada apropiadas para la
estrecha cintura, eran el inicio de dos fuertes piernas. Piernas que
sin dudar hubiera cambiado por dos potentes alas para izarse de la
diminuta perspectiva de lo fugaz y lo a ras de tierra; alas en bien de
una vida desconocida hasta ese instante; alas de poeta con alta
inquietud trascendente, para vuelos circulares en búsqueda de
sendas hechas de aire, de algún secreto rastro espiritual.
Un repaso del cuerpo a la luz de su pequeño pero
dilatado pasado, le llevó a pensar en ese poetastro allí
enterrado. Pues desde antaño creía conocer la verdad. Un
lírico literato en potencia que yacía enterrado a lo
largo del cuerpo, carne hecha de luz que reposaba ahora en la cama,
sobre su costado izquierdo. Los cortinajes, gracias a la floreciente
luz, se hacían cada vez más presentes. La claridad del
día permitía ahora ver los tejados nevados de las casas
de alrededor : bellas mansiones de esplendor victoriano, tranquilas en
una quietud sin ningún aparente movimiento de vida en el condado
de Wiltshire. Pero la mañana, como acostumbraba, nacía
con sus nuevos desvelos. El joven señor Cavendish, cierto
dueño del propio tiempo que le había tocado vivir,
gracias a las rentas familiares, dedicaba las horas a resucitar al
poeta muerto y enterrado que exhalaba dentro de su ser. Difunto desde
tiempo inmemorial pero con desconocidas facultades para algún
día resucitar.
Tras finalmente incorporarse, se limpió el rostro
y el torso en la bacía de agua fresca como fresca era aquella
mañana de un invierno profundo, sin apariencia de tener
postrimerías. La faz reflejada en el espejo volvía a
sonreír agradecida por la nueva jornada que le esperaba, jornada
de intenso trabajo. Tocó la campanilla y tras un silencio
ciertamente breve, el que se demoró el sirviente en estar
preparado y presentable, la puerta se abrió y James
apareció con todo el esplendor que solía, como si la
dicha de vivir se hubiere revitalizado en el dulce oficio de obedecer.
- Buenos días tenga usted señor Cavendish.
- Buenos días, James. Hace una luz difusa que
invita a desperezarse ¿Me preparará usted un desayuno de
apaño? - interrogó el señor de la casa, sentado en
el lecho.
- Faltaría más, señor. ¿Le
parece huevos con beicon, judías, zumo de naranja y café
cargado ? - ofreció James.
- Valdrá valdrá, diantres, siempre me
pregunto cómo puede usted atinar a cada momento con mis
pensamientos, querido James. Se diría que hubiera nacido usted
para adivino y no para servir en una casa noble - maravillado
contestó.
- Señor, es más fácil de lo que
usted pretende. Me basta con observar su rostro, espejo del alma, y un
breve momento sus manos. El resto proviene de las enseñanzas de
mi padre que sirvió a su padre y a su abuelo, diríamos
que somos infinitas generaciones de Collins sirviendo de forma
interminable a infinitas generaciones de Cavendish. Eso acaba formando
parte del pulso de uno, de la idiosincrasia y el ser ...
- Hummm ... siempre me sorprende James con su sabiduria
y su desparpajo. No sé que sería de este hogar sin usted
ahora que mis padres ya no están aquí. Estoy muy
orgulloso de haber quedado en sus manos fraternales y atentas.
- Por Dios, señor Cavendish, no haga tales vanaglorias de
éste mi humilde oficio - dijo James a la vez que hacía su
armónica y lenta reverencia.
- ¿Nos vemos en los fogones dentro de un rato,
entonces ?
- Sí, señor, de acuerdo - confirmó
el eficiente James.
Y en los fogones se encontraron pues ése era el
gusto de James y el señor Cavendish, gusto que repetían
cada mañana si el dueño de la casa no había salido
a Londres para vigilar sus rentas o por algunas de sus raras
inquietudes literarias.
Desayunaban en una fuerte mesa de roble al calor de los
fogones, donde ya zascandileaban la mujer de James y una de sus hijas,
preparando los maravillosos guisos del almuerzo. Nada evitaba que el
señor de la casa desayunase con cualquier miembro del servicio,
no demasiado numeroso, y por lo general integrante de la familia
Collins, aunque era casi costumbre inveterada que James fuese el
compañero de mesa del señor Cavendish. Mesa de
confidencias y risas sinceras que nacían de lo profundo. El
señor Cavendish aprendía de la sabiduría mundana
de James y éste quedaba muy agradecido de ser partícipe
de las confidencias de su señor. Las gracias, anécdotas y
sucedidos de lo cotidiano eran como amapolas de un campo abonado pues
el señor de la casa era un hombre de carcajada bien
fácil. Mientras los diálogos se sucedían era
común que alguna judía entomatada se saliese del plato y
que el empleo desaforado del pan blanco, saeta de huevos fritos, dejara
el mantel lleno de migas en aquellas mañanitas de eterno
regocijo.
- ¿ Ha quedado contento, señor Cavendish?
- solía preguntar James.
- Después de este reconfortante ágape
mañanero, estoy preparado para la muerte sin solicitar
más bendiciones apostólicas al deán del condado o
al mismo obispo de Canterbury - bromeaba el señor Cavendish como
solía con cuestiones trascendentales.
Tras felicitar al fiel sirviente, que para entonces se
había sentido sobre un gran barril y fumaba su pipa entre
volutas de humo perfumado, reposando el alimento recién
ingerido, el señor Cavendish se incorporaba y mientras daba unas
gracias harto sinceras, salía de las cocinas y accedía,
por los pasillos silenciosos y oscuros de la mansión familiar, a
su despacho de trabajo en el ala oeste.
Esa mañana echó una ojeada obligada a los
libros de cuentas de los negocios familiares, revisados y transcritos
por el testaferro John Twickerance, libros que dejaba cada semana en el
hogar familiar. Rendía cuentas y se ocupaba de todo lo necesario
para que el joven Cavendish tuviera cada año una renta adecuada
a su alcurnia, rastro de un apellido de una antigua y noble saga
familiar. Eran unas meras firmas en los lugares de los documentos
marcados con un aspa. Su conciencia no le eximía de leer
previamente los párrafos, a veces farragosos, que
precedían a la firma. Esta era la crematística
devoción que su padre había previsto para él.
Ambos, su padre y su madre, fallecieron años atrás en un
naufragio en el Canal de la Mancha, precisamente en los acantilados de
la isla de Wight. Fue un infortunio triste fruto de la inclemente
acción de una galerna que se echó encima del "Constance",
barco de la escuadra de Su Majestad y enlace normal entre Inglaterra y
Francia por aquellos años. Habían partido en el citado
bergantín desde Calais, en la costa francesa, tras haber
disfrutado ambos de un alegre fin de semana nupcial en París,
como invitados al enlace del primogénito de un familiar lejano
de su padre, el Sr. Deveraux. Familiar al que todavía le
unían fuertes lazos cultivados en la niñez de su padre,
Sir Cavendish.
Toda esa situación de zozobra comenzó con
un apresurado viaje a caballo hasta la costa sur de Inglaterra,
después vino la dolorosa identificación de los
cadáveres de sus progenitores y el sepelio en la catedral
gótica del condado. Se cerró el trance para el joven
heredero, en el despacho londinense de John Twickerance con la firma de
los poderes y de la aceptación del testamento. Su hermano
Richard Cavendish, ya emancipado, casado y residente en el Soho
londinense donde tenía su negocio de curtido de pieles,
aceptó las disposiciones del cabeza de familia. Tan detalladas
eran que pareciera como si al escribirlas hubiese anticipado el momento
oscuro del naufragio en el que él y su esposa perdieran la vida.
También le hacía heredero su padre del legado literario :
obras que había escrito a lo largo de muchos años y que
no habían sido leídas por nadie más que el propio
autor y algún amigo o allegado aficionado a la lectura.
Aún hoy no había conseguido hacer un índice
completo y se había demorado en las obras que se apilaban en la
parte superior del baúl. También se había
entretenido en los legajos sin número que estaban rellenos de
curiosos aforismos, universos en flor, los cuales rumiaba a
razón de unos cuantos cada día. Una de esas obras que
venía repasando era de gran misterio y se titulaba con el sonoro
nombre de "Los cuatro clavos de Cristo" : algo así como un
especie de historia ambientada en la Europa continental detallando los
rastros de un sinfín de reliquias entre ellas, claro
está, los cuatro clavos que clavaron a la cruz el cuerpo de
Cristo. Era una mezcla de novela histórica e historia sagrada.
También se ocupaba, siempre con un estilo vivaz y nada puritano,
de otras varias archiconocidas reliquias de santos y obispos del
Imperio de Bizancio.
Aquella mañana de luz mortecina, la pasó
en el despacho más ocupado por la obra inédita de su
padre que por los absurdos papeles llenos de lenguaje legalista y de
números y más números del aplicado Twickerance.
Escribió una larga epístola a su amada que por entonces
estaba residiendo en Edimburgo, acompañando a una abuela anciana
y ciega, pero apegada con fuerza a la vida, tal como le narraba en sus
frecuentes cartas. Como singularmente hacía, volvía a
preguntarse el joven Cavendish cuál sería su
reacción si su prometida falleciera : era la extraña
forma de poner a prueba sus propios sentimientos. Al terminar la carta,
besó el sello y en ese mismo momento sintió en su mejilla
algo así como un beso de ella; era un curiosa vivencia que
raramente experimentaba y cuando así ocurría le
hacía sentirse en contacto con algo misterioso y no tan
desconocido.
Las aves del terruño, principalmente palomas
torcaces y ánades de las marismas cercanas, estuvieron pasando
por delante de su ventana toda la mañana. Llegó un
momento en que volaban sólo en sus sueños de cristal, en
un dulce reposo de su cabeza, apoyada en los aforismos del venerado y
nunca olvidado progenitor.
Tras un almuerzo sabroso, hecho de verduras salteadas y
caza, redondeado en su tramo final con un excelente dulce de ruibarbo,
todo ello regado de Rioja español y servido en la mejor vajilla
de la casa, desechó la idea de volver a su alcoba a echar una
cabezada. Le animó la idea que se le aparecía más
tentadora y optó por una visita verpertina a un maduro amigo muy
querido por él. Una suerte de maestro, de guía espiritual
con el que había entrado en contacto a través de su
difunto padre. Así vestido, con la indumentaria de paseo
invernal : chistera, amplia capa de invierno, rematada con piel de
armiño, traje de paño, guantes, fuertes botines de cuero
negro y bastón de puño dorado formando cabeza de perro
galgo, abrió la puerta lateral de acceso a las caballerizas,
miró a la derecha por encima de los portones de los establos a
los rocines que allí pacían, y sonriendo les dijo:
- Hoy no tengo trabajo para vosotros, mis nobles
caballos. He decidido ejercitar un poco las piernas yendo a pie hasta
el linde cercano con el condado de Hampshire.
El cielo abrió sus algodones allá en lo
alto y le contestó con una lluvia de copos que pareció
convertir el camino en una senda blanca e infinita para la vista.
- ¿Tú también quieres
acompañarme en mi caminar, cielo gris de Inglaterra? -
habló mirando a lo alto hacia la densa luz mortecina. Vayamos a
ver qué cuenta lord Lawrence en su apartada soledad,
pensó para sí mismo.
La tarde había sido invadida por una luz tenue,
filtrada por el algodonoso techo de nubes grises que cubrían el
condado y probablemente todo el sudeste de la isla. Los botines de buen
cuero hollaban el camino que también iba siendo recubierto por
el manto blanco, síntoma del invierno. El camino estaba
solitario y así continuó hasta al primer cruce, pues de
ahí en adelante, se podían apreciar otros viandantes,
probables vendedores textiles, afiladores, ropavejeros y algún
que otro vecino de por aquellos andurriales.
Las colinas de Whitewood, Ravennary y Undinals, que eran
las tres más altas del condado, en hilera a la derecha del
camino, acogían en silencio el leve y blanco sudario del
invierno. Se iban cerrando a la vista sus siluetas por la luz cada vez
más escasa; hubiera dado la vuelta de no ser sábado, pero
el día reclamaba una cita, un encuentro con la tranquilidad y el
divagar sosegado en la compañía de lord Lawrence y su
nargile. El trecho que le esperaba no era demasiado extenso pero las
inclemencias podían hacerlo incómodo. Una avecillas
oscuras, que se movían en revoloteo nervioso bajo unos gigantes
sauces, en apariencia de estar cazando insectos, seguramente que
hacían frente al viento gélido que se había
levantado y que bajaba fuerte por las laderas y los pasadizos que las
colinas dejaban entre sí.
En la calma acompasada del tru-tru de las botas sobre la
blanca capa de nieve, sin saber demasiado bien el porqué, se le
apareció la faz del deán del condado, el padre O'
Connolly, dando la bendición póstuma en la
inhumación de sus padres :
"Acoge Señor a tus siervos Sir y Lady Cavendish
en tu última morada .... " - sólo acompañado por
el eco de las paladas de tierra golpeando los féretros...
La dorada punta del bastón se hundía cada
vez más en la fría estela blanca y decidió a
atajar dejando la senda principal - como en otros tantos sábados
había resuelto - llena para entonces de múltiples rodadas
de carruajes dibujadas en el barro mezclado con nieve-. La imagen
indeleble del paisaje invernal se asemejaba a aquellas encerradas para
siempre en los cuadros flamencos que había contemplado
recientemente en una galería londinense. El único ser de
este vespertino cuadro invernal, era su espectro, vencido hacia
delante, caminando por la límpida blancura, con el embozo del
capote sobre el rostro, y como rastro inane, el dejado en la nieve
virgen por sus pisadas.
Había perdido las referencias mentales de otras
tardes debido a la total blancura del paisaje. La nieve, que le
caía sobre la chistera y la capa desde las ramas bajas de los
pinos, empujadas por su deambular fantasmal, parecía hacer
más cortante el frío que traspasaba sus botas y que poco
a poco helaba los pies pareciendo urgir al pensamiento a buscar trazos
de esperanza. En otras ocasiones del pasado, hubieren sido contumaces
preguntas y desnudos conceptos filosóficos o bien el mundo
secreto creado por algún aforismo, legado por su padre, que
pretendía florecer enteramente nuevo e inmaculado. Pero en medio
de tal luz tenebrosa y del blanco tenaz que cubría el suelo,
otra cosa muy diferente ocupó su cabeza haciendo de faro lejano
que clamaba por llegar : era el calor del hogar, fe y ansias en
coincidencia, que salía de la chimenea de la biblioteca de lord
Lawrence, el cual, a esas horas, estaría sentado en su
diván quizá con la presencia de Cavendish en sus
pensamientos, interrogándose sobre si le haría
compañía esa tarde.
Era un leve levitar de copos vírgenes
propendiendo a flotar lentamente en el vacío. Dos herrerillos
volaban de árbol en árbol celebrando la caída
lenta de copos sobre los campos y las colinas. Su piar le dió
fuerzas. Levantó la vista y allí estaban como saludando
al más desamparado de los hombres, entre el frío y la
desazón, en su trabajoso caminar. Detuvo la marcha en el centro
de un círculo de abedules grandullones e hizo un movimiento
suave en el aire, con el bastón a modo de saludo, de forma que
sin espantarse, piaron a coro su melodía ancestral, solamente
para Cavendish. Fue entonces que bajó la vista a su izquierda y
avistó una colina de familiares contornos : la que guardaba por
su parte baja, en la ladera izquierda, el camino hacia la línea
limítrofe con Hampshire; de la divisoria entre los dos condados
hasta la mansión de lord Lawrence, aproximadamente habría
unas cuatro millas, que serpenteaban entre varios cruces
señalizados con seriedad británica.
Celebrando su orientación, bajó al camino
en cuanto pudo, clavando el bastón en la nieve espesa, tranco a
tranco, como quien está a punto de hacer cumbre en una
montaña altísima, y no desea quedarse rezagado del grupo
pues quiere saborear también la cumbre.
Tras unas mal calculadas dos horas de camino, una vez
rebasada la frontera entre condados, pudo divisar a lo lejos, el humo
de la chimenea : los tejados se habían teñido de color
blanco, y también se podía apreciar alguna luz de
candelabro en los ventanales. Ibase cerniendo la noche y sus esperanzas
estaban colmadas, vería a su amigo tras el largo paseo invernal.
Después de una dura lucha, siempre nos asalta la idea de si la
Providencia nos vigila, y conscientes por ello, de haber sido salvados
de la angustia y la desesperanza al menos una vez más. Le
recibió el sonido de mágicas campanillas y el mayordomo
abriendo el portón de la mansión con un chirriar largo
debido a la falta de engrase :
- Buenas noches, Sr. Proudhon - dijo victorioso,
apartando el embozo del rostro.
- Buenas noches tenga usted, señor Cavendish. Le
noto exhausto y hasta gris en el rostro - apostilló el
mayordomo. ¿Me cambiaría esas botas húmedas por
unas zapatillas y la capa por un mullido batín del armario de
lord Lawrence?
- Sr. Proudhon, por Dios , no le haría ascos a su
ofrecimiento por nada del mundo. ¿Está ya su señor
esperándome en la biblioteca? - interrogó, a medias
repuesto de la caminata y de los envites del viento frío, pero
sobre todo de la angustia por llegar allí.
- Pues, diría que ha estado leyendo en su
sillón favorito y también diría que le notaba un
poco intranquilo por su picar y repicar la campanilla del servicio
pidiendo atenciones triviales.
El visitante se sentó en el recibidor,
dejó el bastón y la chistera en el perchero de
latón adosado a la pared, y se descalzó bien a gusto. El
Sr. Proudhon le trajo las hogareñas prendas. Mientras se
ponía el calzado de andar por casa, sonó la campanilla
del servicio : ¡ Era lord Lawrence impaciente, preguntando si
había llegado ! El sirviente le llevó a través del
pasillo, adornado por antiguas armaduras, y a través de las
grandes ventanas del corredor, podía ver la nieve caer sin
descanso ahora que ya estaba salvo en un hogar amigo. El
anfitrión salió a recibirlo ataviado con un batín
oriental y unas babuchas de vivos colores :
- ¡ Mi querido Cavendish ¡ Ya estaba
preocupado por su demora. Me ha acostumbrado mal, por Dios que
sí, y los sábados siempre le espero con impaciencia para
dialogar y fumar a placer al calor de los libros y el fuego del hogar -
dijo lord Lawrence con chispeante jovialidad, aunque ya contaba con
setenta años de larga vida a sus espaldas.
Lord Lawrence, quien había servido en el
ejército de Su Majestad en la lejana India, vivía desde
hacía unos buenos años retirado en su pequeño
palacete, dedicado a las tareas de la sabiduría y al reposo de
la senectud. Era viudo desde hacía por lo menos una
década y sus hijos - hijo e hija -, que se habían
traslado al condado de Essex, tenían sus negocios en auge y sus
ocupaciones, por lo que de vez en cuando venían a pasar unos
días con su anciano padre, acompañados de toda su
parentela : niños, gatos, perros y nannies incluídas. En
esas jornadas la mansión apartada de lord Lawrence
rebullía y perdía el sosiego que reinaba el resto del
año.
- Hoy es un día grande, el calor de su chimenea
tendrá un significado especial. Lo recordaré como el
paseo por la nieve más funesto de mi vida y su hogar como la
salvación de la divina Providencia, el justo descanso del
caminante. Pero olvidémoslo porque estamos juntos para charlar
con quietud.
- ¿La apetece beber algo para entrar en calor? -
preguntó lord Lawrence -. Hablando de bebidas
alcohólicas, ¿le he contado alguna vez cómo se
inventó el combinado de ginebra con agua tónica,
señor Cavendish?
- No recuerdo, lord Lawrence. Seguro que se trata de una
historia curiosa.
- La verdad es que fue un hallazgo fortuito que nos
colmó de contento a los que servíamos en el
ejército en la India por aquella época - aseguró
el anfitrión. Un buen día, en la taberna de oficiales del
sexto regimiento de la guarnición de Bengala, Oliver Harlow y
Charles Merrick, ambos capitanes, se disponían a tomar la
quinina disuelta en agua tónica. Como sabrás, la quinina
tenía el objetivo de evitar la malaria, azote importante en
aquel país sobre todo para los occidentales. Pues bien, a uno de
ellos se le ocurrió una idea que ambos celebrarían con
profundas carcajadas : ¿ por qué no añadir un
chorrito de ginebra al bebedizo? Y así lo hicieron y fue la
sensación en el bar de oficiales. Después vendría
el hielo y la rodaja de limón y el apaño
alcohólico quedaría completo para el resto de los
días del mundo - sonrió ampliamente lord Lawrence.
- Curiosa historia, lord Lawrence, y curioso principio
para una mezcla tan chispeante. Me tomaré un poco de agua
tónica con ginebra para entrar en calor, si no le importa. Ah,
no me ponga quinina, por favor - dijo el señor Cavendish, al
tiempo que se sentaba en el diván frente al fuego, en la enorme
y acogedora biblioteca. Lord Lawrence contestó con una socarrona
risotada.
Los cristales de los ventanales habían sido
blanqueados por la ventisca y el vaho no dejaba contemplar los jardines
que circundaban la hacienda. Lord Lawrence corrió los cortinajes
hasta conseguir una atractiva penumbra sólo rota por una gran
lámpara de pie y el propio fuego del hogar. A
continuación, se acercó al mueble que cobijaba las
bebidas espiritosas y trajinó con botellas y vasos hasta
conseguir dos transparentes mezclas que habrían de hacer honor
al sexto regimiento de Bengala. Las dejó en las mesitas que
flanqueaban los dos divanes que su vez formaban una v frente a la
chimenea.
- Siempre me he preguntado cómo fue, Lord
Lawrence, la génesis de esta biblioteca tan maravillosa -
inquirió el señor Cavendish para abundar en una
conversación más profunda.
- Mi querido amigo. Este enorme conjunto de libros, que
llenan las paredes de esta gran sala, ha sobrevivido y se ha ido
incrementando tras sucesivas generaciones gracias a que ha habido
siempre un ávido lector en cada una de ellas; en esta
generación me ha tocado a mí serlo, como podrás
imaginar. Desde pequeño cultivé la lectura a instancias
de mi padre y mis tutores y no me arrepiento en absoluto de haber
empleado mi tiempo en este menester. Llegado a la vejez, incluso puedo
decir, que me hacen compañía y me dan calor -
alcanzó a terminar con los ojos acuosos lord Lawrence.
- Pero ¿ había un afán primigenio o
todo se desarrolló sin interrogantes ni titubeos ? -
preguntó sin circunloquios el señor Cavendish.
- Bueno, cuando uno es joven e inexperto se plantea
metas y logros para el futuro lejano. Yo jugaba a responder las grandes
cuestiones que cualquier ser humano acierta a preguntarse. No
podría ser de otra manera pues la razón está
ahí por encima de la intuición y de los misterios de la
existencia - y en ese momento se levantó y fue a una esquina de
la estancia. Sacó un volumen color beige, encuadernado en
rústica, y acercándose al lado del joven huésped,
le conminó a leer una nota a pie de página (1).
- … Profunda nota, lord Lawrence. Largo me lo
fiáis, que diría Sir Cavendish, mi padre. Digamos que el
círculo se ha cerrado para usted y ha ensamblado, a su manera
claro está, el oscuro puzzle de la vida ¿ me equivoco ?
- En absoluto, y además hace honor a la noble
estirpe de los seres dotados de alma. La escondida perla que buscaba
había estado siempre ahí, en ese pie de página tan
evidente, tan escueto y esclarecedor. Leí esta obra y la nota
claro, a poco de dejar la adolescencia. Trazar ese círculo de la
existencia me ha llevado a la hermética y por otra parte clara
conclusión ahí expuesta. Todo sale bien o mal parado, la
vida en general, según nos enfrentemos a la idea de la muerte.
Así sea nuestra postura así serán nuestra mirada y
los frutos que obtengamos …- sentenció con voz emocionada, lord
Lawrence - … la singladura llega a su fin y el timonel conoce el
último puerto, mas ello no nubla su vista ni le hace temblar
más de lo debido. Simplemente, disfruta de la navegación,
del mar, de la brisa … en mi caso, de los libros que he leído
con placer y que han ayudado a mi alma en los momentos de angustia y
desazón.
Finos resortes cultivados en otras tantas tardes,
hicieron que el señor Cavendish se acercase a una
estantería concreta y extrajese un tomo en cuero oscuro con
ribetes dorados, y comenzase a leer, como al anfitrión le
gustaba, Oda a una urna griega, del poeta inglés John Keats.
Lord Lawrence le interrrumpió y dijó con voz pausada
llena de resonancias fuera del tiempo lineal :
- Esta tarde, mi apreciado amigo, ¿ me
hará la infinita deferencia de leer Isabella (2) ? -
resonó en la biblioteca la voz de lord Lawrence, con un poso de
cansancio antiguo .
La voz del joven Cavendish resonó suave, casi
imperceptible y desconocida, amortiguada por los miles y miles de
volúmenes que cubrían las paredes. Miraba con un ojo los
versos impresos en un grueso papel de calidad, y con otro el
ensimismamiento de lord Lawrence, hechizado como el que saborea los
versos entronizado en un universo lejano, inexistente en el aquí
y el ahora. Libaba la mezcla de ginebra y agua tónica para
remediar la sed que la emoción le procuraba.
Este fue el momento escogido por lord Lawrence, cuando
recitaba con parsimonia la última estrofa del poema, para acudir
al armarito que había entre los divanes y sacar el renegrido
opúsculo que pondría en la cazoleta de mi pipa de agua.
Prendió el fuego y conminó a su joven amigo a no dejarlo
morir. Cerró entonces el libro, el joven Cavendish, y lo
posó en la mesita adyacente. Se relajó sobre el
diván y chupó de a pocos por la boquilla de la larga
cánula. El sonido del burbujeo le hechizó - las burbujas
parecían entrar por boca y oídos al mismo tiempo - y
preludió el valle de tranquilidad que ambos buscaban en la dulce
estancia cálida y penumbrosa. Contemplaba a través de la
fina columna de humo que se deshilachaba en formas imposibles, el serio
rostro de lord Cavendish, aspirando lentamente y entornando los ojos -
había repetido la misma maniobra introduciendo la negra
piedrecilla de opio en la cazoleta de su narguile. Los borboteos eran
el único sonido que los mantenía unidos al mundo, el fino
hilo conductor de la jornada ya vencida por la noche. La anochecida
encontró las sonrisas de sus rostros resplandeciendo hacia el
alto cielo de la biblioteca y más allá, si apuramos la
figura alegórica.
La música en éxtasis y los paisajes que
fueron descubriendo en la calma de las horas venideras,
constituían un mundo interior del alma casi detenido sin el
necesario remolino de pensamientos de la vigilia. Nada necesitaban,
salvo tiempo, licuado en horas, y un tremendo sosiego que horadaba
suavemente sus mentes como fruto agradecido de la droga.
El fuego crepitaba en la chimenea gracias al Sr.
Proudhon, que lo alimentaba amorosamente y en profundo silencio,
respetando el nirvana de los hombres recostados en los divanes,
viajeros ahora de un tiempo y un espacio desconocidos.
Algunas horas después, en el alba, entre
penumbras, como se había hecho costumbre, abandonaba nuestro
joven Cavendish el palacete a bordo del carruaje del anfitrión,
guiado por el cochero del lord Lawrence, y llegaba, felizmente
extenuado, al lecho de su propia mansión.
Aquel mediodía del domingo posterior al
encuentro, se levantó el joven fumador de opio, y una vez
aseado, sintiendo un valle de calma en lo profundo de su alma,
comió frugalmente en su despacho. Un pensamiento - una imagen
más bien - de lord Lawrence vino a ocupar su mente. La
campanilla de la puerta principal sonó repetidas veces,
diríamos que con insistencia. Bajó el señor
Cavendish a la entrada principal, sacándose ruido de los
nudillos. Allí estaba el Sr. Proudhon con la cabeza alta y los
ojos húmedos bajo la gran araña de infinitos cristales
brillantes.
- Buenas tardes, Sr Proudhon ¿ qué nuevas
me trae?
- Esto es para usted .... - bajando la mirada como
avergonzado por sus ojos lacrimosos.
El señor Cavendish rompió rapidamente el
lacre del sobre y leyó la breve epístola :
Apreciado amigo :
Este momento había sido vaticinado hace algunos
meses y no ha podido llegar de manera más oportuna. No
podré acompañarlo en más opiáceos viajes
vespertinos y por ello espero que me sabrá perdonar. Su
impagable compañía, este sábado de nuestro
último viaje, ha sido el mejor viático que hubiera podido
esperar. No piense en mí sino como el alma que ya descansa para
toda la eternidad, relevado de la vida y sus desazones, quizá
añorando de verdad sólo unas pocas cosas. Tras nuestro
último encuentro, intuí la llegada del momento sobre el
que los doctores me habían prevenido. No deseo que me recuerde
con tristeza y sé que no lo hará pues ha de sobreponerse.
Le auguro una larga vida pues le va a hacer falta entre otras cosas
porque he dispuesto que mi extensa biblioteca pase a su poder
paulatinamente. Se despide ahora su amigo con infinito agradecimiento
por su amistad que tan sagrada ha sido para mí. Adiós y
hasta siempre.
Que Dios le bendiga
Lord Lawrence
Dos lagrimones brotaron lentamente de mis ojos y
entonces supe que él había comenzado su desposorio eterno
con el silencio. Mi amigo me precedería en el sueño
níveo de la muerte y esperaba, así habría de ser
sin duda, hacerle algún día compañía en
esos cielos mansos y tremendamente azules que sólo los fumadores
de opio saben apreciar.
The end
(1) Nota del Autor - Idem a pie de página del
libro que lord Lawrence sabiamente estimaba y que había sido
descubierta en su juventud : "Quiero decir más sencillamente que
la muerte es lo inevitable y la vida lo evitable, vivible, configurable
(Liturgia), pero que nosotros, al tratar de evitar angustiosamente la
muerte (y su sentido religioso), caemos en una vida inevitable y
mortífera por cuanto "petrificada" por el Rostro del Gorgona
Medusa (Muerte). Al evitar lo inevitable (la muerte), inevitabilizamos
la vida, o sea, la hacemos invivible, insufrible, irreligiosa : como un
Destino sin destinación."
(2) Nota del Autor - El poema leído por el
señor Cavendish, Isabella, fue escrito por el inmortal John
Keats que abandonó este mundo a la edad de 26 años y en
su epitafio dejó escrito : "Aquí yace alguien cuyo nombre
se escribió en el agua."
Dulcísima Isabella,
rojos arándanos penden sobre mi cabeza
y un ancho perdernal pesa sobre mis pies;
alrededor las hayas y los altos castaños derraman
sus hojas y espinosos frutos; un balido
llega de la otra orilla del río hasta mi lecho.
Ve a verter una lágrima sobre mi brezal en flor
y me confortarás en mi sepulcro.
Soy una sombra ahora, ¡ ay de mí !
En los confines de lo humano vivo
solo, y a solas canto la sagrada misa,
mientras en torno tintinean los rumores de la vida,
las lustrosas abejas pasan a mediodía rumbo a los campos.
Y dan la hora las campanas de las capillas,
traspasándome de dolor; ajenos a mí son esos sones,
y tú estás lejos en el mundo de los hombres.
Sé lo que fue y siento lo que es,
y me enfurecería, si tal pudiera un espíritu;
aunque olvide el sabor de la beatitud terrena,
tu palidez entibia mi tumba, como si
del brillante abismo hubiese elegido a un serafín
para desposarlo; tu palidez me alegra;
tu belleza crece en mí, y siento
que un amor más grande se insinúa en mi ser.
Jon Rosáenz Laurodogoitia
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