El
balcón se abre hacia una callejuela desde la que parecen
ascender vaharadas de paz. El sol ya se ha ocultado más
allá de los bosques y con su retiro otorga su venia al regreso
de la vida cotidiana en este atardecer de verano. Los vecinos asoman
por entre las cortinas que han protegido del fuego solar las puertas de
los hogares. Algunos riegan las flores de los parterres; otros los
suelos de piedra todavía ardientes por el feroz castigo que han
sufrido durante el día. Las voces regresan de siestas y
ensoñaciones. Algunos niños ya corren cuesta abajo a
jugar en los soportales de la plaza.
María está sentada en ese balcón. Enfrente, al
otro lado de la calle, la fachada de piedra del Monasterio llena todo
su mundo. Si mirara a su izquierda, hacia donde los zagales ríen
alborozados, vería la magnífica portada de la iglesia y
una fila de monjes de hábitos pardos que caminan en silenciosa
procesión hacia alguna mística tarea.
Mientras todo esto sucede juguetea absorta con un llavero de plata con
la imagen de una virgen. Hoy hace diez años que lo compró
en la tienda de recuerdos de aquel mismo Monasterio. María se
levanta, se inclina sobre la verja de hierro forjado y estira su brazo.
Sujeta la figurilla sobre la palma de la mano unos segundos;
después, con un gesto brusco la gira y el llavero cae sobre el
suelo de piedra, desde donde la virgen tintinea su dolor.
Hace diez años. Ella y Manuel. En aquella misma
habitación, a aquella misma hora, aún fatigados
después de una tarde de pasión, plenos de esperanza por
el amor que les aguardaba en el camino de su vida.
María se sumerge en la penumbra del cuarto y regresa a la luz
leve de la tarde. En la mano lleva un documento de identidad caducado
hace tiempo.
Manuel López Alcalde, lee; con sus dedos acaricia la
fotografía borrosa de un hombre rubio, de ojos claros, con una
sonrisa insinuada que pugna por asomar a unos labios apenas sugeridos.
Manuel la mira desde aquel pedazo de cartón y le dice que no lo
olvide. Se lo repite cada tarde desde hace diez años. Y
María sabe que no quiere olvidar, porque hacerlo
significaría arrojar a Manuel a la nada, apagar el último
rescoldo de lo que fue.
Sobre las piernas sostiene una agenda encuadernada en piel. El
año, 1994, repujado en oro, proyecta destellos desde una
esquina. María recorre sus páginas con una sombra de
recelo, como si temiera que de entre ellas pudieran surgir fantasmas,
recuerdos olvidados que amortajen su alma. Pero sabe que eso no puede
suceder; hace tiempo que arrancó las hojas correspondientes a
aquel lejano mes de agosto. Pero quizá sólo haya
desaparecido el papel. Quizá las palabras que Manuel y ella
escribieron la última noche aún aguarden ocultas entre
dos fechas inmaculadas, días que jamás llegaron a ver
juntos; vestigio único y final de lo que entre ellos
existió. Y de lo que aún permanece.
María abre el dietario por una página al azar y compone
con trazos decididos una breve frase.
Ha anochecido. María cierra con suavidad la
puerta de la habitación y toma el ascensor hasta el garaje.
Coloca la agenda sobre el asiento del acompañante, con cuidado,
como si temiera dañarla, y la abre por la página en la
que hace unas horas escribió aquello que ha sido su anhelo
durante todos estos años de ausencia de Manuel.
Casi furtivo, el vehículo rueda hacia las afueras del pueblo.
Poco a poco va acelerando. Sombras oscuras corren por el arcén,
más allá de las ventanillas abiertas del coche, y
acarician con su marcha la cabellera de María. Una curva.
Después otra. Y otra. La próxima será la
última. Allí murió Manuel. Hace diez años.
La carretera desaparece y el cuerpo de la mujer, el metal y el sauce se
funden en un abrazo. Sobre el asfalto unas páginas agitadas por
la brisa nocturna muestran a las estrellas el último deseo de
María: "Manuel, quiero estar contigo otra vez".
Roberto Sánchez García
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