| El notario
abrió el cajón del escritorio donde guardaba el
abrecartas; mientras, con la otra mano, tamborileaba nervioso sobre la
carpeta con el testamento de Guzmán Balboa. Un breve giro de su
muñeca y la hoja de acero rasgó el lacre que sellaba el
legajo.
Los papeles que allí dormían asomaron a la
vida.
Dos semanas antes -cuando le fue comunicada la
defunción de su cliente- había examinado la plica donde
rezaban las condiciones que debían cumplirse durante la lectura
de las últimas voluntades del finado. Le parecieron
insólitas, aunque no irrealizables. Además, era
consciente de que no podía hacer otra cosa, sino acatarlas.
Aquella mañana Beltrán Terré se había
recostado en el sillón -aún sorprendido por lo que
acababa de leer- y evocado el instante en el que había conocido
a Balboa. Lo recordaba perfectamente, fue su primer cliente tras su
toma de posesión como notario de Albox.
Beltrán había llegado al pueblecito
andaluz una semana antes, ufano por su recién ganada
oposición; feliz por estar lejos de su ciudad natal donde tanto
había sufrido con la muerte de su familia en aquel terrible y
extraño accidente. Su nuevo destino le ayudaría a superar
el dolor y a rehacer su vida. Era y se sentía joven. Cada hora
que había bebido la luz de aquel lugar, una rama más de
su espíritu había reverdecido y trepado desde el fondo de
la sima en la que se sumergió después de la desgracia.
Terré había heredado despacho, empleados y clientela de
su antecesor, muerto, según los informes un tanto imprecisos que
le entregaron en el Ministerio, mientras practicaba alpinismo en los
Picos de Europa. Bruno Maqueda, su secretario, no fue capaz de aportar
mayor claridad sobre las circunstancias del fallecimiento y
Beltrán prefirió no saber más sobre el asunto.
La primera mañana en su nuevo trabajo el joven
notario se encontraba ante el amplio ventanal de su oficina;
quería absorber la imagen de la hermosa plaza de edificios
encalados de un blanco deslumbrante y suelo de lastras centenarias.
Unos golpes en la puerta dieron paso al olor de lo cotidiano y al aviso
que Maqueda le llevaba: la entrevista había sido concertada
meses antes por su antecesor para aquella fecha y hora concretas.
La sensación que experimentó
Beltrán al ver al hombrecillo fue una mezcla de desazón y
rechazo, casi de asco, como si en aquel individuo hubiese algo que no
era natural. Desechó de inmediato la idea y se concentró
en la figura que se sentaba al otro lado de la mesa. Guzmán
Balboa era un hombre de muy avanzada edad con serias limitaciones
físicas que le obligaban a caminar con dos muletas. Su cabeza
calva ofrecía a la vista una piel amarillenta, moteada de
lagunas pardas, tensa sobre los huesos del cráneo. Unos ojos
grises y nublados hundidos en sus cuencas y una nariz minúscula
componían la imagen de una calavera animada todavía por
una chispa de vitalidad. Los labios dejaban asomar una dentadura
perfecta, y por lo mismo incongruente, en un rictus que mezclaba
desdén e ironía, cuando no se transformaba en un gesto de
ahogo escoltado de unos húmedos crujidos que nacían en
sus agonizantes pulmones.
Terré consultó los papeles que le había entregado
Bruno y se encaró con la visita. Los trámites fueron
rápidos, por un lado porque el anciano tenía toda la
documentación en regla y por otro porque el notario
experimentaba un desasosiego tal ante la presencia de aquel hombre que
todo su afán fue terminar con el encuentro lo antes posible. Le
resultó extraño que alguien hubiera esperado hasta
encontrarse casi a las puertas de la muerte -así aparentaba
aquel montón de piel y huesos- para poner en manos de un notario
sus últimas voluntades. También se le hizo raro que
hubiera elegido aquella pequeña notaría en una apartada
localidad del sur para depositar su testamento, ya que el domicilio
habitual de Balboa se hallaba en León. Sobre ambos aspectos
inquirió Beltrán, pero a cambio no obtuvo respuesta
alguna: sólo una mirada que le heló la sangre y que en lo
más íntimo de su ser le aconsejó no seguir
preguntado.
Una vez se hubo quedado solo en el despacho, el notario
se aflojó la corbata con unas manos temblorosas que reflejaban
la tensión que había sufrido. Desconocía la causa,
pero las palabras de despedida del hombrecillo le habían
inquietado sobremanera.
Un año más tarde, después de haber
leído la plica, aquellas frases volvían desde las
cavernas de su memoria; recordó la referencia burlona al
anterior notario de Albox; recordó cómo lo había
observado, casi diseccionado con la mirada, cuando se refirió a
la buena forma física de la que gozaba. "Me alegro mucho de
ello. Será bueno para mí", le felicitó Balboa. Al
final, en un murmullo anegado de gorgoteos que quizá fueron un
amago de risa, el viejo se despidió alabando su propia
sabiduría. Beltrán evocó el último
apretón de manos, aquel demorado roce que parecía no
acabar nunca, como si el anciano pretendiera llevarse consigo la
esencia del joven; y el susurrado y enigmático, "nunca me
equivoco".
Terré repasó las breves instrucciones que el viejo
había fijado para la apertura de su testamento. Durante el acto
debían estar presentes, además del propio Beltrán
y su secretario, otras dos personas. Sin embargo -y aquí se
hallaba lo que tanta extrañeza le había causado- en la
plica se establecía con precisión que los dos sujetos
testigos de la lectura serían dos niñas no mayores de
nueve años.
Y así el joven notario se veía en aquella ridícula
situación, dispuesto a leer un testamento ante dos niñas
que casi había tenido que pedir prestadas a sus empleados; ante
dos pequeñas que ahora se estaban quedando dormidas en el
butacón en el que esperaban a que las manecillas del reloj
alcanzaran la hora señalada, la última y ridícula
condición: las doce de la noche del 31 de octubre inmediatamente
posterior a la muerte de Guzmán Balboa.
Cuando los ecos de los doce tañidos finalizaron
su revoloteo por la estancia, Terré abrió el cartapacio
que descansaba sobre el escritorio y extrajo la única hoja que
allí aguardaba. Carraspeó un par de veces con la
intención de despabilar a las jovencitas. Éstas le
miraron confusas, recién llegadas del letargo en el que
finalmente se habían sumido. El notario ojeó el texto y
levantó las cejas con sorpresa; parecía estar escrito en
dos idiomas: primero una frase en castellano y a continuación
otra en un idioma desconocido para Beltrán y que parecía
querer asemejarse al latín. Así línea tras
línea hasta el final de la página y, allí,
lanzando destellos de fuego, la firma en tinta roja de Guzmán
Balboa.
El notario lanzó un suspiro de resignación
e inició la lectura. Hacia el tercer párrafo
comenzó a sentirse algo mareado; las paredes parecían
rielar, como queriendo difuminarse. Pensó en abandonar aquella
grotesca actuación, pero una voz que surgía desde lo
más profundo de su cerebro le ordenó que prosiguiera. Se
sentía cada vez más indispuesto. Con un enorme esfuerzo
avanzó dos líneas más en el documento. La voz que
le impelía a seguir elevaba su tono más y más, se
convertía en un grito dentro de su cabeza, impidiéndole
escuchar la suya propia, anegando sus pensamientos. Cuando sus labios
leyeron por fin el nombre de la firma, Beltrán Terré se
derrumbó sobre el escritorio, como una marioneta a la que
hubieran cortado los hilos.
Las chiquillas se estremecieron asustadas mientras el
secretario se apresuraba a ayudar al hombre desfallecido. Casi de
inmediato éste empezó a recuperarse. Se incorporó
y miró a su alrededor con leve rastro de sorpresa en su cara.
Flexionó los brazos y se palpó el torso. Sí,
había elegido un buen cuerpo en aquella ocasión. Sano y
joven. Vio a las crías en los sillones, acurrucadas, sus enormes
ojos contemplándolo fascinados. Se sonrió. Con menos de
nueve años era difícil que se equivocara respecto a su
virginidad. Les acarició el pelo y les hizo unas
carantoñas. Con un último guiño al atónito
Maqueda abandonó el despacho.
Guzmán Balboa acababa de comenzar su nueva vida.
Roberto Sánchez García
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