| Alberto de
nombre vulgar pero de buen ver, era afilado sin llegar a ser alto y
siempre tenía una mirada intranquila como si estuviera buscando
algo. Tubo una infancia feliz como cualquier hijo que nace generoso
ante cada nuevo acontecimiento, con la inocencia que proporciona la
sinceridad y la gratitud de quien no tienen grandes aspiraciones. Sin
embargo los años le hicieron crecer de forma egoísta tal
vez porque el paso del tiempo significó alejarse de las cosas
buenas, de los amigos y amores que llenaban con sus rumores las fotos
de la juventud y que terminó por guardar en su cabeza como la
última de sus posesiones de aquellos años.
A sus cuarenta recién cumplidos tenía muy
presente que llevaba una vida resignada aunque llevadera, en la que le
agobiaba una permanente sensación de traición por haber
aceptado una vida convencional, habiendo renunciado a su único
sueño por vergüenza..
UN SUEÑO
Tan solo quería volver a amar, y lo quería
hacer con cada una de esas cuatro letras que se dejan de pronunciar
cuando uno abandona su juventud, porque hay que conformarse con el
cariño o la rutina para explicar los sentimientos por la persona
con la que uno comparte su vida.
Alberto se decidió el 23 de Mayo de 2001. Se enamoraría
sentado desde una mesa de cafetería, a partir de las ocho y
hasta las nueve de la noche, en día laborable. Sería en
uno de esos sitios donde van los que deciden regalarse el último
momento del día, esas pocas personas que por ser conscientes de
su soledad guardan al menos un anhelo que tiene que ver con el amor.
Allí estaría ella.
Elegiría un sitio tranquilo para observarla. Un
rincón desde donde pudiera inventar su vida al adivinar su
sencillez por el abrigo de invierno, o al descubrir su pudor por la
forma de desnudarse en verano. Probablemente sus labios se
arrugarían con dulzura al probar el café caliente, y si
se quemaba era por su timidez que la impacientaba para esconder su
rubor cuando notaba que la miraban. Si la viera leer varias veces la
misma página de un libro sabría que es soñadora, y
cuando perdiera la mirada tras una canción sabría que
música escuchaba cuando era joven...... y así, poco a
poco sabría de quien se enamora.
Lo haría en silencio, de la misma forma que se
sinceraría con palabras mudas, para que ella eligiera los
sonidos que quería ponerle a ese momento.
LA CAFETERIA
Le había dedicado mucho tiempo a la
elección del sitio. Lo más difícil había
sido encontrar una calle en la que se respirara nostalgia, por eso se
decanto por la "cantonaria" situada en la parte baja del casco antiguo.
Tenía edificios de bonitas fachadas con colores aguados por las
humedades y balconadas de madera cortados por el tiempo, lo mismo que
sus agrietados vecinos que eran en su mayoría abuelos que
sabían de todo pero que vivían en renta antigua.
Y allí al final de la calle empedrada encontró una
pequeña cafetería de especto posmoderno, con paredes
desnudas de hormigón adornadas por posters de clásicos de
cine. El mobiliario recordaba a la decoración pop de los
ochenta, con pequeñas mesas redondas lacadas en blanco rodeadas
por butacas bajas del mismo color. Las siluetas se difuminaban por la
suavidad de la luz que llovía en hileras desde pequeños
alójenos colgados de cables metálicos. Todos le daban la
espalda a un techo pintado en azul turquesa.
Siempre que podía, Alberto se sentaba bajo la
mirada de Bogart en Casablanca, por ser la mesa más alejada de
la puerta, y la que le permitía observar a todos los que
entraban.
ELLA
Era tal y como se la había imaginado. Con un
sencillo abrigo de invierno y su rebeca en verano, con sus delicados
ojos verdes que pedían disculpas por su timidez, y sus dulces
labios con sabor a café. Ella era como su sueño.
EL PERIODICO
Tan solo una cosa sorprendió a Alberto. Todos los
días la veía dedicar los últimos veinte minutos a
leer el periódico. Ojeaba por encima los titulares de
internacional, después echaba un vistazo a algún articulo
de opinión y pasaba a la sección de necrológicas
para dedicarle la mayor parte del tiempo.
Comenzaba en orden descendente y de derecha a izquierda
sin saltarse ninguna, las leía absolutamente abstraída
como si fuera lo más importante que hiciera en el día.
Dada la trascendencia de semejante rutina, Alberto la observaba con
especial interés para tratar de entender él por
qué.
Se fijó en que increpaba al periódico
cuando encontraba un anuncio de "Funerarias Martínez" entre las
esquelas de Juan García y Beatriz Loroño. Si leía
la frase suplican a sus amistades una oración por su alma
parecía que se preguntará si venía por defecto o
era falta de imaginación de los familiares. A veces se
detenía ante la foto de un fallecido y la observaba un buen rato
como si tratará de descubrir si fue feliz.
Quizás en un par de ocasiones pudo entrever una
sonrisa de emoción tras la que escondió la mirada en
busca de sus recuerdos. Tal vez viera alguna foto que le recordara a
algún familiar.
ESPERANZA
Aunque la gente pensaba que le habían puesto el
nombre por el color de sus ojos, la verdad era que su padre lo
había elegido para que siempre llevara consigo las ganas de
vivir. No quería que se sintiera culpable por no haber llegado a
tiempo para ver a su madre con vida por última vez sobre la mesa
de partos.
Su padre jamás se lamento ni perdió un
ápice de vitalidad para darla ejemplo sobre como uno ha de
afrontar la vida, pero la dio tanto amor que cuando ya no estuvo ella
trato de odiar su propio nombre. El no lo permitió.
Al día siguiente de su fallecimiento su abuela le
entregó un recorte de periódico en el que figuraba una
esquela que le devolvía a la vida:
"Esperanza, si pierdes tu nombre dejarás de buscarme y no
volverás a leerme. Tu padre y tu madre que te cuidaran por
siempre"
En tres años encontró 13 mensajes en la sección de
necrológicas de "El País". Los buscaba siempre a
última hora de la tarde para mantener la ilusión durante
la mayor parte del día. Se acompañaba de un café
caliente bajo la tenue luz de los halógenos no fuera a molestar
a los muertos, y siempre se sentaba en la misma mesa, la que
había elegido por estar bajo el póster de la
película favorita de su padre "Vacaciones en Roma".
En cada una de esas trece ocasiones solo supo
sonreír con dulzura para liberarse de sus lamentos. Se llenaba
de nostalgia al recordar que su padre debió escribir sus propias
esquelas en vida, de humor al imaginar el estupor del redactor del
periódico al ver morir a la misma persona tantas veces, y por
supuesto se llenaba de su nombre para no perder la ilusión de
encontrar un amor como el que vivieron sus padres.
El 28 de Mayo de 2004 por primera vez no pudo evitar
llorar al leer una esquela. Bajo la foto de una cara que le era
familiar se citaba:
"Desde hace cuatro años me siento junto a ti mi
nombre es vulgar pero me gusta porque me lo pusieron con amor. Me llamo
Alberto y tu me has devuelto la Esperanza"
Ese fue el primer día que tomaron dos cafés
EMILIO HIDALGO
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