| Vengo de la
oficina paseando por la Gran Vía, dando a la avenida un ligero
toque británico, con paraguas y bombín, traje
príncipe de gales cruzado, cuello duro y corbata de terciopelo
bermejo. Incluso los edificios del Ensanche, aunque un poco tiznados de
carbonilla, empiezan a parecerme victorianos y me guían hasta la
plaza del Café, donde el sobrio y broncíneo caballero
medieval empieza a transformarse en un ligero Cupido.
- Dosirrédosiiii redó. ¡Afiladoooor,
cacharrero, paragüero!. Dosirrédosiiiii redó.
Aunque no creo que haya muchos afiladores en Picadilly.
Y menos de la catadura de Rapidín. Dicen que borra más
que afila y que busca su clientela en las tascas, donde acepta el pago
en chiquitos. Nunca faltan fanfarrones que arriesgan su cháfiro
para ver la pirueta con la que Rapidín da por finalizado su
trabajo y reanuda su camino, a mayor velocidad cuanto mayor haya sido
el número de servicios realizados. Sin embargo tiene vetado el
ingreso al Café. Él hace sonar su caramillo, un par de
veces, frente a la puerta trasera y se arma de valor para subir las
escaleras, donde, con la boina capada en la mano, espera el permiso de
Don Gordiano. Y el permiso no llega, por que Don Gordiano no quiere que
su local sea frecuentado por menesterosos. Y Rapidín vuelve,
cabizbajo, a coger su rueda, y su reclamo parece un lamento más
que una iniciativa comercial. Quizás por eso, Pepa, la
pescadora, siempre lleva sus cuchillos cuando hace el reparto en el
Ensanche. Hay sitio de sobra en el carpancho, junto a sardinas,
bocartes y ojitos, y no hay peso que incline su figura arrecha. Y
Rapidín se pone serio, por que Pepa es una clienta de verdad, y
saca de sus cuchillos fuegos artificiales naranjas que explosionan en
bolitas rojas, como festejando que volverán a cortar hasta la
respiración. Pepa paga el afilado con sardinas y Rapidín
marcha hacia la ría, haciendo paradas y volatines ya más
alegre, desafiando a los chimbos.
- Dosirrédosiiii redó. ¡Afiladoooor,
cacharrero, paragüero!. Dosirrédosiiiii redó.
Como chimbos van los niños detrás del
marinero inglés, cantándole:
- ¡O-NE-PE-NI!¡O-NE-PE-NI!
El marino parece un San Pedro con zarcillo de oro, con
cabellos y barbas blancos, largos y encrespados, no sabe que hacer con
toda la recría que le rodea, y que le habrá seguido desde
los muelles, pidiéndole unos peniques, sin hacerse entender y
provocando la turbación del viejo cabohornero.
- They're asking for some pennies. If you give them I'll
say they've to go.
- Thank you, Sir! I felt quite embarrassed about this
situation.
El jolgorio es tremendo cuando el flaco Rey Melchor de
otoño reparte sus regalos.
- Dejad tranquilo al señor, que ya no tiene
más monedas.
- Good bye Sir!
Marcha despacio el marino, con andar triste, pues ha
dejado atrás la ilusión de la niñez. Mientras los
niños inspeccionan las monedas que han conseguido.
Una niña morena y flaca corre hacia una jovencita
rubia, que se había quedado algo apartada, quizás para
ocultar su pierna destrozada por la poliomielitis.
- Mira Isabel, un onepeni. Vamos a
enseñárselo a Rosita.
Marchan despacio las niñas, con andar alegre,
pues llevan en sus manos la ilusión de la niñez.
Y yo llego al Café, recién inaugurado, a
la última moda de París. Cruzo la elegante puerta
giratoria y busco un lugar cerca de los cortinones rojos, donde espero
a que Elías me traiga la copa de anís, mientras Cotidio
procede con su industria.
- Buenas tardes, Don Miguel, lo de siempre.
- Lo de siempre Cotidio.
- No sabía que hablara inglés, Don Miguel.
- ¡Caramba! Más me sorprende que tu lo
sepas, Cotidio.
- Mire, mi cuñado Joshemari acaba de llegar y ha
contado el sucedido de la plaza con el gringo y hemos deducido que ud.
era el interfecto. También ha dicho que le gustaría
conocerle pues necesitaría su ayuda.
- Estaría encantado de ayudarle, Cotidio.
- Gracias, Don Miguel, en cuanto acabe le digo que se
acerque.
Va Cotidio y al poco llega un hombrecito pizpireto,
moreno con ojos verde aceituna y una sonrisa que dice que siempre
será un niño travieso.
- "Arrastión", soy Joshemari Ilargiamendi, el
cuñado de Cotidio.
- Mucho gusto. ¿Qué puedo hacer por
tí?.
- Mire. Estoy empezando a dedicarme a los negocios y
necesito un intérprete para ajustar los detalles con dos
americanos que han llegado hoy. Sólo serían unos minutos
esta tarde.
- No hay problema. ¿Dónde te
reunirás con ellos?
- Si escribe una nota, podemos enviarles recado de que
se acerquen hasta aquí. Se alojan en el Hotel. Son los Srs.
Slope y Bald.
Redacto la nota y llamo a Mariano, el botones.
- Acércate al Hotel y dale esta nota, para los
Srs. Slope y Bald, al encargado y les esperas para acompañarles
de vuelta.
Marcha Mariano con su perra gorda de propina y escucho
la historia de Joshemari, mientras llegan los americanos.
- Cinco hijos tenía el padre y el caserío
no daba suficiente para todos, así que el hermano mayor,
Luishmari, que tenía las manos demasiado finas para trabajar o
jugar a pelota mano, marchó a Miami a jugar a cesta. Nadie daba
un duro por su vida, pero allí hizo fortuna y amistades
importantes. Entre éstas se encuentra un señor italiano
que se dedica al negocio de los licores en Chicago y que se llama
Alfonso Capone.
- ¡Rediós, Joshemari! En América
existe la Ley Seca, el negocio de los licores se llama contrabando y Al
Capone es el hampón más famoso de Chicago. Esa gente es
peligrosa
- Estoy de acuerdo con ud., pero admitirá que en
España todo es distinto.
Como confirmando lo dicho, llega Elías con mirada
acusadora y con mi copa de anís y un chiquito en vaso de culo
gordo para Joshemari.
- ¡Hhhh! Tienes razón Joshemari.
Y el anís va adquiriendo la suavidad del
terciopelo de los cortinones.
- Como le digo, la "amá" mandó a Luishmari
una botella de pacharán para que celebrara la procesión
de Abrisketa con sus amigos yankis y en esa fiesta el Sr. Capone le
comentó a mi hermano que le gustaría recibir una entrega
de pacharán casero, para distribuirlo entre las feligresas de
las iglesias metodistas de las riberas del Ohio. Mi hermano le
dió mi dirección y al poco recibí un telegrama de
ese Sr. Slope ofreciéndome 10.000 dólares por cincuenta
barriles de pacharán. Así que hemos pasado el
otoño recogiendo endrinas y macerándolas en anís…
Y los cortinones van tomando el color rojizo del
pacharán.
- …y los Srs. Slope y Bald vienen hoy a efectuar el pago y realizar los
preparativos del embarque, pués.
Mimi sol lásol lasól rédo
redó redó sol sollasidoredo mimi sol … me dice el
pianista, poniendo música a los dos tipos que escoltan a Mariano.
Visten igual: Abrigo de trinchera pardo, borsalino
añil, traje azul marino, cruzado, de raya diplomática,
zapatos de dos colores y un bulto sobre el corazón. Sin embargo
son opuestos en su hechura: pelo blanco, largo, liso y peinado con raya
el uno; negro, corto, rizado y hacia atrás el otro. Ojos
grandes, azules y saltones contra pequeños, oscuros y hundidos.
Tez fina y colorada contra curtida y latonada. Nariz de milano y nariz
de cuervo. Labios prominentes y labios delgados. Nada tienen en
común, salvo su sonrisa piorréica, fruto de las muchas
palabrotas que habrán salido de sus bocas.
- My name's "Whitecloud" Slope and he's "Apothecary"
Bald. Nice to meet you.
- How do you do. Let me introduce Joshemari
Ilargiamendi, he's Al Capone's amigo con el que contactaron. Yo soy Don
Miguel y seré su traductor.
- O.K. ¿Podemos tomar unas copas mientras
charlamos?
- Claro, pero no hay bourbon o escocés.
¿Les gustaría probar algún aguardiente local?.
- Por supuesto, este es un viaje de negocios y siempre
estamos abiertos a ampliar nuestra gama de productos.
- Elías, dos orujos, por favor.
- Bien, Sr. Joshemari, ¿dispone ud. de la mercancía?.
- Sí, está preparada para embarcar cuando
uds. lo deseen.
- Esperábamos que ud. se hiciera cargo del
transporte marítimo ya que las compañías navieras
de nuestro país tienen algunas reticencias al manejo de… estos
fletes.
- Si uds. asumen los gastos, mi primo Pedromari
podría llevar los barriles como lastre, en la próxima
campaña del bacalao, hasta Port aux Basques, en Terranova, donde
los trasegarían a cualquier barco que se abarloara junto al
suyo. De esta forma, si el invierno es bueno, remontando el San Lorenzo
y los Grandes Lagos, la carga llegaría a Chicago para San
Valentín.
Llega Elías con el orujo y el olor de éste
parece sacar de su letargo a "Apothecary", que ha permanecido
adormilado durante la mayor parte de la conversación,
despertando, únicamente, para vigilar el paso de las nalgas de
tubo de Carmen.
- Deja la botella, chico.
Elías, que es hombre cosmopolita, no necesita
explicaciones para satisfacer los deseos de Bald. Incluso el pianista
echa miradas de soslayo a la mesa, como previendo un desenlace ruidoso
para el foxtrot con el que homenajea a los forasteros. Solo el espejo
convexo se encuentra relajado, quizás recordando viejos tiempos,
con otros "Whitecloud" y "Apothecary", en algún saloon del oeste.
Slope apura su segundo orujo y sus ojos se tornan azul
latón y su lengua se vuelve de terciopelo.
- De acuerdo. Es una fecha muy propicia, pues ese día tenemos la
reunión anual con nuestro jefe Bugs Moran. Celebraremos el
éxito de nuestra misión bebiendo su pacharán.
Tenga la mitad de la suma acordada. El resto lo entregaremos a su primo
cuando entregue el licor.
Se ultiman los detalles logísticos y los
controles de recepción. Apretones de mano sirven de avales
bancarios, veladas alusiones a zapatos de hormigón actúan
como garantías y, cuando se acaba el orujo, Slope y Bald vuelven
a su mundo, con un girar de la puerta que quiere ser despedida.
- Enhorabuena Joshemari, ya tienes el negocio encauzado.
Sólo me queda la duda de que ese Bugs Moran le haga llegar el
pacharan a Al Capone.
- No se preocupe Don Miguel. Le escribiré una
carta a mi hermano explicándole como y cuando llegará el
pacharán y no tengo la menor duda de que el Sr. Capone
visitará al Sr. Morán en San Valentín y
resolverán el asunto como la gente civilizada que son los
americanos. Gaupasa.
Saco una faria y la enciendo despacio, manteniendo la
cerilla hasta que la llama quiere alcanzar mis dedos, sin miedo. Un
hombre que trata con tipos tan duros no puede acobardarse por
pequeñeces.
Fumo y pienso que el día de San Valentín
será recordado como el de la proyección internacional del
pacharán.
NOTA: Esta es una historia apócrifa, por lo que
cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
MIGUEL SAN JOSÉ
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