| La Plaza Mayor
se encontraba sumida en un silencio y oscuridad que parecían
haberse fundido entre sí hasta componer una sustancia
única que me envolvía en un abrazo de tristeza y
desconsuelo. Aguardaba la llegada del último paso, aquél
que representaba a Cristo recién descendido de la cruz,
durmiendo su sueño de muerte y resurrección. Las
tinieblas apenas eran arañadas por la luz de los cirios que
portaban los penitentes, hombres y mujeres que, caminando descalzos y
con sus tobillos ulcerados y sangrantes por el roce de las cadenas que
los aprisionaban, habían acompañado a la figura yaciente
durante todo su recorrido.
La imagen se manifestó bajo el Arco del Palacio;
parecía que levitara, forma teñida de una tenue
pátina de reflejos dorados, nave a la deriva en un mar de
sombras. Era la noche de Viernes Santo y después de horas de
lento avance por los cauces secos que eran las calles del pueblo, la
corriente de fieles desembocaba por fin sobre la playa de piedras de la
Plaza. Meciéndose sobre olas de manos, brazos y hombros, las
sagradas efigies regresaban del agitado viaje hacia sus puertos de
refugio, a reposar en la quietud de las capillas del templo hasta el
año siguiente.
El reloj que coronaba la fachada principal de la iglesia
inició entonces su canto infatigable de las horas. Doce
broncíneos tañidos reverberaron sobre los muros del
Palacio, espejeando desde un rincón a otro de la plaza,
amortiguándose sus ecos hasta ser absorbidos por la multitud.
Busqué confirmación en mi reloj a la
llegada de la medianoche. Me hallaba situado en uno de los ajimeces que
adornaban el lateral de la plaza opuesto al Palacio. Éste
último se comunicaba con la iglesia mediante un pasaje elevado
que descansaba en el arco bajo el cual la procesión avanzaba en
su lento fluir hacia la portada del recinto sagrado. Abajo, el silencio
comenzó a disolverse en murmullos y conversaciones fragmentadas
una vez los pasos se hubieron recogido en el interior de la parroquia.
Beatriz solicitó mi atención en aquel
momento colocando una mano sobre mi brazo. La suave caricia de sus
dedos me recordaba que aquella noche teníamos una cita. Ella se
encontraba ya preparada para afrontar los rigores de la noche, incluida
su sempiterna bufanda negra, augurio infalible de lo que nos esperaba
fuera. Recogí mi pelliza y salimos a la plaza. El frío de
la noche ocupaba de nuevo sus posiciones una vez disuelta la
concentración humana, se colaba en forma de punzantes corrientes
de aire entre los grupos en los que se había ido dividiendo la
congregación, empujándolos hacia más acogedores
lares, reclamando lo que por derecho le pertenecía.
Caminamos bordeando los laterales de la plaza, pasando
bajo el pórtico del Ayuntamiento. Repasamos la enjalbegada
fachada del Palacio, profanada por regueros de orín que desde
los balcones centenarios de hierro forjado seguían sus azarosos
cursos, esquivando las irregularidades de cal y adobe que se
repartían por la pared que ahora teníamos a nuestra
derecha. Cruzamos por debajo del Arco y, a contracorriente de la
multitud, arribamos a la primera escala de nuestra travesía. Un
portón de maderas desencajadas, enmarcado por un frontis labrado
de granito, daba paso a un patio con suelo de cantos y ornado de
flores; un pozo, casi amordazado por la oliva, gemía triste de
sed, quizá por efecto de los ríos de viento que tomaban
por riberas sus paredes. Al fondo una puerta regó de luz las
losas que hacían de camino. Matilde y Bernardo nos estaban
esperando ya impacientes y, al vernos entrar en el patio, habían
acudido a recibirnos. Después de saludarnos y comentar lo
gélida que estaba resultando aquella noche de comienzos de
primavera, nos sentamos en torno a la mesa que presidía el
salón, refugiados bajo la toldilla que la cubría, al amor
del picón incandescente del brasero. Mientras nos
calentábamos las manos con las tazas de café humeante que
Matilde nos había preparado, mi compañera nos puso al
corriente de la aventura que nos tenía planeada para aquella
noche.
Beatriz era profesora en la Facultad de Filosofía
de la Universidad; impartía clases de lo que era su
especialidad, Historia Medieval, en la capital de la provincia y, desde
hacía año y medio, preparaba su tesis doctoral buceando
infatigable en archivos públicos y privados, bibliotecas,
registros y lugares de similar laya. Un tema tan abstruso y poco
atractivo en principio como los aspectos sociales, económicos,
políticos y militares de la repoblación de aquellas
tierras durante los siglos XII a XIV, le había llevado a tratar
el papel desempeñado por los castillos de la zona en el
desarrollo de la región. Nos explicó que la localidad en
la que nos hallábamos, así como gran parte de la comarca
habían constituido en aquella época un auténtico
Estado cuasi-independiente dentro del Reino de Castilla. Un Estado
propiedad de y dirigido por la Orden de los Pobres Caballeros de
Cristo, más conocida como de los Caballeros del Temple; de
hecho, aquellas propiedades se convirtieron con el tiempo en la
más importante encomienda de la Orden en Castilla. El epicentro
de aquel Estado había sido el Castillo; edificado sobre las
ruinas de un antiguo bastión árabe durante la primera
mitad del siglo XIII, la fortaleza fue creciendo y ampliándose
en las décadas posteriores hasta alcanzar las dimensiones que
mostraba en la actualidad. A comienzos del siglo XIV, con la
disolución de la Hermandad decretada desde Avignon por el Papa
Clemente V, el señorío revirtió a la Corona y su
historia siguió unos derroteros que mi compañera nos
resumió con brevedad, puesto que no hacían al caso en la
historia que nos estaba narrando.
Desde la calle llegaban de vez en cuando sonidos de
voces convertidos en murmullos que servían de contrapunto a la
narración de nuestra docta profesora. Hasta aquí Beatriz
nos había obsequiado con una entretenida lección de
Historia; ahora, por fin, nos iba a descubrir en qué
consistiría nuestra cita nocturna: el Castillo nos aguardaba,
expectante y oscuro, negra mole de fauces abiertas al cielo de la
madrugada.
Como era evidente, nos aclaró, existía una
razón para acudir a la fortificación durante aquellas
horas de oscuridad y no otra noche o la mañana siguiente.
La semana anterior, durante sus investigaciones en los
archivos de la Catedral, había encontrado un viejo infolio que
trataba sobre la disolución de la Orden del Temple en Castilla
en época de Fernando IV. Según el contenido que
presentaba, el legajo parecía haber sido redactado por un
miembro de la Orden. Denunciaba la injusticia cometida por el Papa
Clemente con él y con sus hermanos y abogaba por el
mantenimiento en la sombra de sus actividades y sagrados votos. El
documento, así lo mencionaba en su preámbulo,
seguía los dictados de una oscura y misteriosa requisitoria del
último Gran Maestre, Jacques de Molay, que conminaba a los
supervivientes a mantener viva la Orden y a perpetuarse en el tiempo.
Hasta aquí, en esencia, nada diferente de lo que ya se
conocía y que a tantos ríos de tinta esotérica
había dado lugar. Sin embargo, en esta ocasión, la
documentación manejada por Beatriz no divagaba en torno a
generalidades ni se perdía en elaboradas maldiciones: se
aportaban datos concretos que podrían confirmar la realidad de
aquella oculta persistencia en el tiempo.
Beatriz detuvo el curso de su relato y nos
contempló. La historia era sin duda interesante, sin embargo
nuestros rostros debían mostrar una generosa dosis de
escepticismo. Aquellos papeles, continuó, hacían
referencia al Castillo de forma directa. Daba la impresión de
que el desconocido que había redactado aquel texto había
orado, ayunado y guerreado a la sombra de las murallas de la fortaleza.
Quizá fue uno de los sobrevivientes del exterminio al que fueron
sometidos los caballeros por los sicarios del rey Fernando: una leyenda
de la época -y aún de hoy- contaba que las
galerías y cuevas que se encontraban debajo del Castillo se
hallaban repletas de tesoros capturados a los almohades después
de la batalla de las Navas de Tolosa. Sin embargo, a pesar de las
atroces torturas que sufrieron los infortunados monjes y guerreros
nunca se llegó a demostrar la existencia de estas fabulosas
riquezas.
En definitiva, según exhortaba a sus
compañeros aquel templario perdido en las sombras del medievo,
los caballeros pertenecientes a la Orden debían acudir al
Castillo en unas fechas señaladas y allí rememorar su
violento final honrando la memoria de los hermanos caídos. Y
así debían continuar haciendo hasta que la codicia y la
propia existencia del Papado se disolvieran como cenizas sobre la faz
de la Tierra. El encuentro se produciría cada año,
siempre la noche de Viernes Santo; era aquel el único periodo en
el que Dios se encontraba desposeído de su omnímodo
poder: había muerto unas horas antes en la cruz y, hasta su
vuelta a la vida en la madrugada del Domingo de Resurrección,
las fuerzas de las tinieblas tenían el mundo a su merced.
Un tanto impresionados por las últimas palabras,
y por el tono en el que habían sido pronunciadas, tardamos
aún unos segundos en reaccionar. Cada uno de nosotros
tenía un comentario que aportar, una información, una
anécdota que, atorados en el barro de la memoria, podían
servir ahora para avalar o contradecir lo que allí se acababa de
exponer. Tanto Matilde como Bernardo recordaban historias de aparecidos
en el Castillo que se remontaban a la infancia de sus propios abuelos.
De aquella época databan también relatos que iban y
venían en boca de los pastores de la zona: fuegos y hogueras en
las noches de solsticio, músicas y ceremonias que habían
podido espiar ocultos entre las sombras de las jaras iluminadas por la
luz de la luna. En el fondo, poco más que folclore
autóctono aderezado con algunas gotas de realidad; retazos
deformados de lo que en su tiempo no fueron sino partidas de bandidos
en celebración de alguna exitosa correría o viajeros en
busca de seguridad y reposo para su descanso nocturno.
Beatriz quería que aquella noche
espiáramos las hipotéticas actividades secretas y ocultas
de los herederos de la Orden, todo ello en el supuesto de que
después de siete siglos aquello tuviera algún sentido;
las leyendas e historias de la zona apuntaban a que un mínimo
sustrato de realidad existía en los documentos estudiados por mi
compañera, por lo que no dudamos ni un instante en
acompañarla en aquella aventura nocturna.
Una vez finalizadas las explicaciones nos organizamos y,
con las correspondientes linternas y ropas de abrigo, partimos hacia
las ruinas que se habían convertido en nuestro destino aquella
noche. Quince minutos más tarde enfilamos el puente romano que
estrangulaba la salida del pueblo. Desde ese punto hasta el comienzo
del Camino del Castillo restaban quince kilómetros de carretera
bacheada y sin arcenes, de oscura senda que recorría la velada
infinitud del ejido, indiferenciado más allá del halo de
luz que proyectaban los faros nuestro vehículo.
Alcanzamos la bifurcación que conducía al
Castillo perseguidos por oscuras nubes que borraban del cielo estrellas
y luna. Desde allí cruzamos dos o tres kilómetros de
dehesa perdida en la nebulosa que empañaba los cristales de
nuestro coche y llegamos hasta un cercado revestido de retamas y
matojos, donde una cadena sujeta entre dos postes metálicos
impedía el paso. Giramos a la derecha y tras dar tumbos sobre
piedras y terrones, aparcamos a unos doscientos metros de la cancela,
en un lugar en el que el automóvil quedaría oculto a los
ojos de cualquiera que alcanzara el vallado. Salimos a la noche,
golpeando el suelo con los pies y frotándonos manos y brazos,
intentando retener algo del calor que nos había acunado durante
el viaje y que ahora huía, dejándonos en brazos de la
cruda madrugada.
Desde la verja partía un camino pedregoso; en
continuos repechos y descensos se deslizaba por entre los yermos
campos, furtivo, hasta llegar a los pies de la torre albarrana, escolta
de la fortaleza medieval que pretendíamos asaltar. Allí,
en un paraje solitario, enmarcado por amenazadoras rocas de granito,
fantasmagóricas encinas y agitadas formas de jaras, tomillos y
carrascos se levantaba el Castillo. A pesar de la oscuridad, la negra
construcción ofrecía un aspecto impresionante, con sus
torres adelantadas como vigías y su crestería de almenas
que recortaban sus mellas contra el cielo. Y rodeándolo todo y a
todos el silencio y la soledad.
Después de descansar durante unos minutos nos
aproximamos por fin a la desolada fortificación, sobrecogidos
por la majestuosidad que todavía se desprendía de sus
muros. La luna secuestrada detrás del manto de nubes
hacía que la oscuridad fuera absoluta; las sombras que
retrocedían más allá de los haces de luz de
nuestras linternas danzaban sin reposo.
El camino que habíamos recorrido desembocaba en
el antiguo foso del Castillo. El paso del tiempo lo había
cubierto de sedimentos casi por completo, convirtiéndolo en un
suave desnivel desde el cual era fácil alcanzar la entrada
principal. La brecha desnuda de la puerta se hallaba coronada por una
antigua posición defensiva construida en voladizo, protegida por
un parapeto y con el suelo horadado de aspilleras. Desde aquel punto
nuestras actividades pasarían desapercibidas y nos sería
posible controlar tanto la explanada que se extendía más
allá de las murallas como el patio de armas. Éste se
abría ante nosotros como un mar negro de límites
imprecisos que nuestras luces no alcanzaban a definir. Sabíamos
que el patio finalizaba de forma abrupta en una quebrada de gran
profundidad; su escarpada pared, ceñida por las murallas,
constituía así uno de los baluartes de la fortaleza.
También conocíamos el estado de ruina en el que se
encontraba el palenque, herido por pozos y derrumbes que se
abrían en una caída de varios metros hasta el laberinto
de aljibes, almacenes y corredores que bullía en las
entrañas del Castillo
En busca de unas escaleras que nos condujeran hasta el
matacán, comenzamos una silenciosa procesión bordeando
las paredes que formaban el patio de armas. Me coloqué a la
cabeza de la comitiva mientras iluminaba con una linterna las
irregularidades de aquellas piedras cargadas de historia. Pronto
alumbré unos gastados escalones que trepaban hacia las almenas y
el camino de ronda que llegaba hasta nuestro puesto de
observación. Inicié el ascenso con el fin de comprobar si
el trayecto nos resultaría seguro. Entretanto mis
compañeros permanecieron al pie del muro, a la espera de mi voz
de aviso.
Hacia la mitad de la rampa una corriente de aire
batió mi cuerpo; salía de una oquedad en el lienzo de la
muralla y venía cargada de vapores cenagosos, como si una laguna
milenaria de aguas pútridas se hubiera alterado con nuestra
presencia y nos amenazara por aquella profanación. Tenté
con manos y pies y me introduje por la abertura. Recordé en ese
momento a Poe y aquel relato suyo en el que cuenta de la perversidad,
de ese estado de nuestro ánimo que nos impulsa hacia el peligro,
aun cuando somos conscientes de pleno de la oscura senda de muerte en
la que penetramos. En aquel punto comenzaba un estrecho pasillo que
parecía correr por el interior de la muralla. El haz de fulgor
dorado de la linterna rebotaba de pared a pared sin llegar a mostrar el
final del pasadizo. Esclavo de la perversa curiosidad me adentré
en aquel útero, me sumergí en el aire viciado y
húmedo que me tentaba con su rumor se secretos.
Las paredes que confinaban aquel lóbrego espacio
rezumaban un líquido viscoso, ámbar a la luz del foco;
mis pies hollaban piedras arropadas por líquenes resbaladizos.
Cada movimiento de mi cuerpo se traducía en una cascada de ecos
que se derramaban por todo el perímetro de la muralla como
nacidos no de mi presencia, sino de los misteriosos habitantes de aquel
mundo opaco. No bien hube dado unos pasos percibí una ligera
vibración acompañada de una batahola de retumbos que
pronto se tornaron en bramido aterrador. Durante un segundo eterno me
sentí ingrávido cuando las piedras que formaban el suelo
del túnel desaparecieron bajo mis pies. Después
llegó súbita una confusión de roces y desgarros en
ropa y piel; de golpes y zarandeos mientras mis uñas trataban de
aferrar la salvación en aquella negrura, ahora también
infinita. El certero impacto en mi cabeza de alguna de las rocas que me
acompañaban en el derrumbe me sumergió en una aliviadora
inconsciencia.
Cuando abrí los ojos la oscuridad seguía
allí, como amalgama de hasta el último retazo de aquel
territorio en el que me había sumergido. Alguna que otra piedra
volvió a golpear mi cuerpo, el cual empezaba a despertar a
trompicones y a rebelarse contra la violencia de la caída. Un
fino polvillo se me introducía por las fosas nasales y boca en
cada ansiosa aspiración a la que me obligaba mi agitado pecho.
Por fortuna no tenía ninguna fractura y el dolor que me causaban
las contusiones no me impedía percatarme de lo apurado de la
situación. Me hallaba rodeado de tinieblas y cienos malolientes,
con una linterna destrozada y sin otro recurso para salir de
allí que una ayuda que con toda probabilidad no llegaría
hasta el amanecer.
Me puse en pie y comencé a tantear las piedras
húmedas y rasposas que me rodeaban. Respiraba la lobreguez de
aquella estancia y podía notar como la aprensión y el
desaliento se filtraban por sus muros, impregnando el aire de atroces
alucinaciones. Pronto la impaciencia y el desasosiego comenzaron a
hundir sus garfios en mi mente. Grité el nombre de Beatriz una y
otra vez y sólo el reflejo de mi propia voz contestó en
un siniestro aleteo a mi llamada. Con un gran esfuerzo conseguí
calmar mis nervios y tranquilizarme un tanto. Acompañado por el
crujir de los guijarros bajo mis pies y con los brazos extendidos
inicié la exploración de la caverna en la que me
encontraba; palpé las paredes de la estancia hasta que, de
súbito, se disolvieron en el vacío allí donde
comenzaba uno de los muchos corredores que se retorcían en las
entrañas de la fortificación. Dudé si debía
avanzar por él o permanecer en la cueva subterránea.
Tarde o temprano Beatriz y nuestros amigos acudirían en mi
auxilio; sin embargo me sabía incapaz de soportar durante las
horas que restaban hasta su llegada la lúgubre oscuridad que
oprimía mi corazón.
Aspiré una bocanada del aire legamoso que se enseñoreaba
por la estancia y, haciendo acopio de los restos de valor que pugnaban
por abandonarme en cobarde huida, me adentré en el túnel.
Un paso tras otro fui penetrando en el laberinto de ruinas al que ahora
se circunscribía mi mundo. Siempre con la espalda pegada a los
sillares que soportaban el peso del Castillo, gritando cada poco el
nombre de mis compañeros, llegué a una bifurcación
que me habló de esperanza.
Por una de aquellas galerías el hedor a cienos
centenarios galopaba perseguido por el fresco aroma de los tomillos; el
rumor de la torrentera que serpenteaba por el fondo de la quebrada
asaltaba mis oídos como un alegre repique de campanas. Aunque no
alcanzaba a distinguir con mi mirada el final de aquel
escalofrío perpetuo que me envolvía, cada paso en mi
avance en briosa lucha con la corriente de aire me decía que la
escapatoria de aquella pesadilla estaba próxima. Sólo
cuando mi cabello inició un baile desenfrenado, revuelto por
invisibles ánimas que azotaban mi cuerpo desde todas las
direcciones en remolinos ululantes, supe que había salido del
sarcófago de piedra.
Miré hacia arriba, allí donde debía
encontrarse el cielo, pero la opaca anochecida había hecho
sucumbir luna y estrellas; adelanté mi cuerpo, pero algún
dios benefactor me advirtió que detuviera mi caminar.
Arrastré el pie izquierdo con lentitud hasta que debajo de
él desapareció el crujir de las lastras resquebrajadas.
Al frente se hallaba un vacío que conducía sin
remisión hacia las rocas que dormitaban cien metros más
abajo. Me deslicé hacia atrás huyendo de la muerte que se
acurrucaba en las tinieblas, intentando que mi corazón desbocado
no anegara de pavor mis arterias. Clavé mi espalda contra las
lajas, con los brazos extendidos a ambos lados de mi cuerpo; quise
clavar mis dedos en la piedra y buscar así una falsa seguridad
en aquel gesto desesperado. Sin despegarme de la roca me
desplacé hacia un lateral. Pronto topé con lo que
parecían ser unas escaleras que ascendían hacia
algún punto del Castillo, lejos de la gruta en la que
había estado penando hasta entonces. Siempre con la referencia
del rumor del agua al frente y la de la roca del desfiladero
detrás de mí, inicié una lenta subida que,
deseaba, me llevaría hasta el patio de la fortaleza.
A cada paso forzaba mis ojos en todas direcciones a la
espera de captar algún destello de luz. Deseaba penetrar en la
oscuridad de la noche: dirigí mi mirada primero hacia arriba
para determinar cuánto faltaba para llegar a la cúspide
de la escalinata; al frente después, donde se abría una
temible caída que moría entre peñascos invisibles;
hacia abajo por último, cada vez más tentado de desandar
el camino y regresar a la boca del túnel. Un sudor frío
me cubría el rostro. La angustia que aquella negrura
impenetrable había destilado en mi mente me atenazaba los
músculos.
Llegó un momento en el que fui incapaz de dar un
paso más. Me quedé allí, rígido, temblando
de frío y temor, pegado a aquellas húmedas rocas, con los
ojos cerrados. No sé cuanto tiempo permanecí en tal
situación. No puedo recordar los pensamientos que cruzaron por
mi mente durante aquel periodo de interminable soledad y miedo.
Poco a poco la claridad del día disolvió
las tinieblas nocturnas. Los primeros rayos de sol atravesaron mis
párpados y me dijeron que ya podía regresar a la vida y
abandonar mi desasosiego. Abrí los ojos y con un estremecimiento
fui consciente del riesgo que había corrido. Sin saberlo
había trepado por la cara exterior de la muralla. Desde el fondo
del escarpado valle, aún huérfano de luz, se elevaban
brumas pálidas como los gélidos fantasmas que me
habían acosado aquella noche. Al frente, al otro lado del
desfiladero, el rocío se desprendía de los arbustos en
forma de tenues volutas de despertar.
Unos escalones más y llegué a las almenas
donde tenía la esperanza de encontrar las caras de mis amigos.
Sin embargo, una vez en lo alto de las defensas, una imagen
incongruente me asaltó. El patio del Castillo ya no se
encontraba desierto. Tres cruces humeantes se levantaban en su centro.
En cada una de ellas una forma carbonizada, que recordaba vagamente a
la figura humana, se retorcía en actitud implorante.
Al pie de una de las cruces una bufanda negra temblaba
estremecida de frío y horror.
Ahora puedo oír voces que avanzan desde las
sombras más allá de las tres cruces. Ya suben hacia las
almenas. Aturdido, intento huir descendiendo por las escaleras en las
que he dejado agonizar la noche y mi cordura. Oigo gritos que vienen
del pasadizo en el que estuve hace unas horas. Cada vez se encuentran
más cerca. Una tea encendida asoma desde el oscuro agujero; le
sigue una mano enguantada, un brazo cubierto de tela granate, un torso
forrado de cota de malla. Unas pupilas que me contemplan, heladas, sin
sentimientos en el fondo de sus pozos negros. Capas blancas se agitan
en el aire mientras varias manos avanzan intentando atraparme. La
escalera es estrecha. Delante de mi pecho se abren el amanecer y el
final. Mi espalda se separa de la muralla. Durante unos segundos una
ligera brisa acaricia mis brazos extendidos, mi rostro, mis
párpados cerrados. El fragor creciente de la torrentera se
interrumpe con un ruido sordo, seco, breve. Después se hace el
silencio; ya no oigo las voces de mis perseguidores. Ya no puedo abrir
los ojos.
Roberto Sánchez García
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