| Sabía
que nada bueno podría venir de la llamada del
"Escorpión". El "Escorpión" es el Coordinador de
Servicios de Investigación de la Comisaría de la
"Ertzaintza" de Ibarrekolanda. Le llaman el "Escorpión" porque
siempre te da por detrás. Es un trepa adscrito a no sé
qué familia del "Partido", y que sólo te llama para
transmitirte malas noticias.
Aquella mañana llegaba más de media hora
tarde a la comisaría. Y nada más entrar, antes de que me
pudiera tomar el asqueroso café de la máquina del
descansillo, me informó la estúpida de Edurne de la
llamada del jefe: "Te ha llamado don Iñaki, no sé, no
parecía muy feliz, ha dicho que te presentes "orain". Le he
dicho que no habías llegado aún, y ha gritado no
sé qué de impresentables".
Decidí respirar un poco, encenderme una pipa (al
"Escorpión" le molestaba enormemente verme fumar la cachimba) y
llamarle por teléfono.
- Señor,...
- ¡Fernández, venga usted enseguida! "¡Bizkor!"
Las conversaciones con el "Escorpión" suelen ser
monólogos. Él habla, y tú escuchas. Esa
mañana no fue una excepción.
- ¿Sabe usted, Fernández, cuál es
el balance de los últimos cinco años de su Departamento?
No, no conteste. "¡Ezer ere ez!" ¡nada! ¿Comprende
lo que eso significa en la jefatura? Cinco años, y ni un solo
caso resuelto. ¡Bueno, pues hasta aquí hemos llegado!
-
En ese momento un esputo se detuvo en la garganta del
"Escorpión", produciéndole un ataque de tos salvador que
me permitió meter baza.
- Permítame, señor comisario. En primer lugar el
Departamento de Casos No Resueltos se compone de una sola persona, esto
es: yo. Los casos que me llegan son los que la brigada criminal no ha
podido esclarecer durante la investigación. Y,
¡déjeme decir!, son casos que a nadie interesan. Es
más, se mantienen incluso hasta tres años en conserva y,
cuando ya empiezan a oler, me los envían. Para entonces, los
testigos indefectiblemente han desaparecido; las pistas, si las hubo,
han volado; y los sospechosos, si alguna vez existieron, con toda
probabilidad están en el Caribe o criando malvas.
El esputo pasó, y el camino que obstruía lo ocupó
ágilmente un grito.
- ¡Excusas de inepto, Fernández! Y,
además, ya da lo mismo. ¡Escuche con atención! Los
de la brigada acaban de catalogar como "no resuelto" el caso del
jardinero de Aizerrota. Ya sabe, apareció asesinado de un
navajazo alevoso en el corazón, hace ya catorce meses; en
concreto, según consta en el dossier, el día 25 de julio
del año pasado, durante la fiesta de las paellas. Le hago llegar
toda la información disponible, y espero que antes de navidad
haya encontrado al asesino.
- ¿Y, ¿si no?
- Si no..., prepare las maletas. Se va a Arkaute, al Departamento de
Personal, a pasar a limpio todos los expedientes de los alumnos.
Cuando vi aquel paquete sin desembalar, supe que
tendríamos trifulca aquella noche.
- Amaia, ¿qué es este trasto?
- Es un decodificador excéntrico de pixels para cámara
reflex digital. Permite corregir fotografías, con cualquier
ampliación. Lo acabo de comprar. Es una ganga; me ha costado
6.457 euros, sin factura. Sabía que te ibas a alegrar, Alberto.
Respiré, encendí una pipa, y respondí enfadado. No
lo pude evitar.
- Creo que te has equivocado de marido. Una "Arana", como tú, se
merece alguien con más futuro, que permitiera aflorar la
fotógrafa que llevas dentro y, además, que fuera del
"Partido". Y yo, cariño, no cumplo ninguna de las dos
condiciones. Tenía razón tu padre, cuando te
decía: "ese, además de "maqueto", es un
"cantamañanas".
- Mira Alberto, no busques excusas. Tú eres un flojo, un vago y
un triste. Esta tarde he estado en la cafetería "Ibai", y ya se
comenta entre las mujeres del cuerpo que te trasladan, que como
investigador criminal eres una piltrafa y que te llevan a Arkaute, por
enchufe de mi familia. Yo me alegraría, porque no aguanto que
las mujeres de comisarios y subintendentes me miren, se sonrían
y me hagan el vacío. En Arkaute empezaríamos de cero, y
con las influencias de mi "aita" todo podría ser mejor. Seguro
que sí.
La cafetería "Ibai" está considerada como el local social
de los mandos de la Comisaría de Ibarrekolanda. Resulta
claustrofóbica. Y siempre está repleta de
compañeros, mujeres empavonadas y escoltas.
Una laxitud recorrió todo mi espinazo, y decidí retirarme
y encerrarme en mi cuartucho, para leer las memorias de Azaña y
escuchar a Mussorgsky. Pero no pude hacerlo.
El dossier estaba sobre la mesa y, como supuse, no
aclaraba gran cosa. José Antonio Márquez Doncel, 46
años, soltero, vecino de Portugalete, jardinero de uno de los
palacetes cercanos al Puerto Viejo, fue encontrado asesinado de una
puñalada, realizada con una navaja ancha, en forma de media
luna, en las campas de Aizerrota, cerca de un montón de basura,
durante el último día de la semana festiva de las
paellas. No se encontraron huellas identificables, ni el arma, ni
pistas significativas en el lugar del crimen. O sea, nada. La vida de
la víctima se puede calificar como normal. Vivía en una
pensión de Portugalete, y no se le conocían vicios ni
enemigos. El clásico informe para el Departamento de
Recalentados. Así llamaban en la comisaría a mi
Departamento. Lo firmaba el Subcomisario Sarría.
- Sí, Alberto, recuerdo bien el caso del que me
hablas. Es un caso torcido: no hay móvil, ni sospechosos, ni
siquiera algún testigo. Seguro que alguien se lo cargó
por error. Yo, que tú, lo cerraba, tras tres o cuatro
interrogatorios de compromiso.
No le iba a contar lo de la amenaza del traslado, pero probablemente ya
lo sabría.
- ¡Ya! Pero, explícame esto: si era un hombre soltero, no
hacía nada especial y vivía en una pensión de mala
muerte, ¿en qué se gastaba el dinero?
- ¡Hombre, Fernández! El sueldo no era como para echar
cohetes.
- ¿Cuánto? Supongo que lo investigaríais.
- ¿No está en el dossier?
-
- No.
-
- Seguro que lo preguntamos, y se me olvidó dejarlo por escrito.
Aunque te puedes imaginar... Un jardinero de uno de esos empresarios de
Algorta ganaría una miseria.
- ¿Aficiones, hábitos, vicios?
- Nada especial.
- ¡Vamos, que no lo sabéis! Bueno, además
¿qué más da? Gracias por tu ayuda, Sarría.
No podía quitarse de la cabeza aquellos versos.
Los repetía una y diez veces, y no encontraba el motivo.
"Érase de un marinero /que hizo un jardín junto al mar/ y
se metió a jardinero./ Estaba el jardín en flor/ y el
marinero se fue / por esos mares de Dios".
- Alberto, llegamos tarde. ¡Date prisa!
Amaia tiene la habilidad de romper los momentos personales. Y
además, ¿para qué? para cenar en el chalet de mi
hermano. A ella le encanta mi hermano. Él sí tiene
dinero.
- Yo no sé por qué no te vas con tu
hermano. Administrador general de todas sus discotecas y bares. Un
trabajo tranquilo, y además te dobla el sueldo. Te lo ha
ofrecido ya varias veces. Se va a terminar cansando.
- Mi hermano quiere un mamporrero, que se pegue con los
encargados de los locales y hasta con los borrachos. Además, es
un explotador. Contrata inmigrantes, los quema, vuelve a contratar. A
todos les paga una miseria. Así se ha hecho de oro. Yo, si no te
importa, prefiero dormir tranquilo.
- ¡Pues vaya! Nos ha salido escrupuloso el niño.
Como siempre, me hice un mapa de la
investigación, con fechas y nombres, y le pasé una copia
a Edurne. Empecé hablando con el dueño del chalet, un
empresario de la construcción de corte moderno. No se acordaba
de nada. Lo único que saqué en claro es que era un buen
trabajador, discreto, obediente y que ganaba unos 900 euros al mes.
Efectivamente no era mucho. Como he dicho era un empresario de corte
moderno.
De un balcón del segundo piso de un edificio de
la época desarrollista de la parte alta de Portugalete colgaba
un cartel que rezaba: "Pensión El Jardín". No pude
reprimir una sonrisa. Nada más lejos de un jardín.
Allí, además de un olor intenso a moho y humedad y de una
oscuridad que inquietaba, no había mucho más. La patrona,
una señora bajita, rechoncha y afable, se acordaba perfectamente
de José.
- Era buena gente. Me dolió mucho como sucedieron
los hechos. Todo lo que poseíaa se lo llevó la
policía. Me dijeron que, cuando no hiciera falta,se lo
mandarían a su familia. Era de un pueblo de Salamanca, Villa...
no recuerdo el nombre.
- ¿A qué se dedicaba José Antonio, cuando no
trabajaba? ¿En qué gastaba el dinero?
- ¡Ay, hijo! no manejaba mucho dinero. Yo le cobraba el
mínimo; pero, con el desayuno y la cena, ya le subía a
unas 66.000 pesetas. Así que poco podía hacer. Recuerdo
que le gustaba pasear por los parques para ver lo que él llamaba
"la competencia". Se iba al pueblo de cuando en cuando. No
bebía, pero alguna cerveza ya se tomaba con algún
compañero.
- ¿Tenia amigos?
- Muy pocos. Era reservado, aunque frecuentaba un bar de aquí
cerca, donde para gente de su tierra. "El Charro" creo que le dicen.
La cosa no daba más de sí, de modo que me despedí,
no sin antes dejarle mi número de teléfono, por si se
acordaba de algún otro detalle.
- ¡Ah! Casi lo olvido. Era muy aficionado a las ferias, ya sabe,
las barracas, que decimos aquí. Una tía suya, regentaba
una atracción de niños, y lo llevó una temporada
con ella.
En el Bar "El Charro", lo único que saqué fue un olor a
fritanga insoportable. Nadie se acordaba del jardinero, ni por asomo.
Llegué a Villaseco de los Gamitos, con el sol en
lo alto y un calor agobiante. Decidí comer en el bar del pueblo,
antes de llegarme a la casa de la señora Angustias, la madre del
jardinero. "Casa Conrado" resultó ser un restaurante en toda
regla, cómodo y con buen servicio, inesperado para un pueblo de
apenas 300 habitantes. Me recibió un hombre robusto, que
perfectamente podría ser el dueño.
- Buenos días. Parece que pica el sol, para estar
agostando setiembre, ¿eh?
Me interesaba conocer datos objetivos de la señora Angustias y
familia; así que decidí, en contra de mi costumbre,
mostrarme afable y comunicativo.
- ¿Le place unos menudillos y un solomillo de cerdo al romero,
con una ensalada de tomate? Se lo riego todo con un claretillo fresco
que desvirga las monjas. ¡Ah! Y se lo firmo y rubrico con un flan
de los de verdad. Lo hace mi madre. Y estétranquilo, que los
cerdos pastan aquí al lado, en el bosque que linda con el
pueblo, y sólo comen bellotas.
Por supuesto, acepté. Y juro que disfruté. Durante la
comida, se salpicaron conversaciones diversas, sobre el tiempo, el
fútbol, la mili y las mujeres (filosofías de vida, al
amor del fogón). Con el café, pedí un aguardiente
de guindas, y me atrevía preguntar.
- ¿Conoce usted a la señora Angustias?
- ¿La "Coca"?
- No sé. Vive cerca de la iglesia. En la calle…Félix
Rodríguez de la Fuente.
- Sí, la "Coca". Aquí nos conocemos por el mote, sabe
usted. La pobre está más "pa allá" que "pa
acá". Es muy mayor, y se pasa el día echada en la cama o,
si no, sentada en una mecedora a la puerta de su casa. Vive gracias a
su hermana la "Coquita". Sagrario se llama. Así que, si quiere
usted hablar con la Angustias, va "aviao".
- ¿Vive alguien con ella?
- Ya le he dicho que vive su hermana con ella. El único hijo que
tuvo se fue a Bilbao, a trabajar, y se lo mataron hace un año.
Aquí algunos dicen que fue la ETA; aunque nunca se supo nada en
claro. Y a su marido lo mató un toro.
La casa de Angustias no era diferente al resto de las casas de aquel
pueblo sin personalidad. Era de planta baja, sin lucir, con cuadra y
sobrado. Aparté con cuidado las cadenas que flanqueaban la
puerta, y entré sin llamar. Al oírme, salió de un
cuarto una mujer ya mayor, enjuta y alta. Se sobresaltó un poco
al verme.
- ¡Buenas tardes! Perdonen si les molesto.
Querría hablar con Angustias. Soy policía de Bilbao.
Estoy investigando el asesinato de José Antonio Márquez,
hijo de Angustias.
Se secó las manos en el mandil, y me señaló la
puerta de un cuarto, que resultó ser un saloncito con dos
canapés.
- Soy Sagrario, hermana de Angustias y tía de José.
Angustias no puede hablar. El médico dice que tiene demencia
senil. El caso es que ni siente, ni padece. ¿Si le puedo servir
en algo?
Sagrario resultó ser una mujer de una pieza, de esas que
difícilmente te deja indiferente.
- José era un buen muchacho que quedó marcado para
siempre, cuando siendo un mozo, vio como un toro le partió la
crisma a su padre, en los embolados de las fiestas patronales. Su padre
era un "chisgarabís", un "veleta". A su edad, le dio por hacer
el "Tancredo" en la plaza, y el novillo (que más era toro) le
arreo, cayó al suelo y se desnucó. José lo vio
todo de bien cerca. y vió también cómo su madre se
derrumbó y se ahogaba en lágrimas. Se pasó mudo
varias semanas. Luego tuvo que vivir como hijo único, entre
mujeres. Yo tengo tres hijas, sabe, están todas casadas en
Madrid y Valladolid. Siempre tuvo dificultades con las mujeres. Era
tímido y un poco retraído. Por eso, nunca se casó,
ni tuvo novias formales. De manera que feliz, lo que se dice feliz,
sólo lo fue en las ferias. Yo regenté una
atracción infantil, un tiovivo, y durante una temporada larga me
acompañó de aquí para allá. Era muy
hábil. Arreglaba, cobraba y jugaba con los niños. La
vendí a una gente de aquí, del pueblo. Y sé que
él los iba a visitar siempre que pasaban cerca de Bilbao. Le
gustaban mucho las ferias.
- ¿Sabe dónde puedo localizar a esos que vendió su
atracción?
- Se llama Encarnación Cubino, pero le dicen "Chali". Y creo que
ahora anda por Tamames, en las fiestas del Cristo del Amparo.
Llamé a Edurne para decirle que me iba a Tamames.
- Te ha llamado don Iñaki. Quería saber el estado de la
investigación del asunto ese del jardinero. Le he dicho que
estabas en Salamanca, y ha contestado no sé que de incapaz.
- Dile que se vaya…., que estoy en una fase muy avanzada de la
investigación y que el futuro de ella pasa inevitablemente por
Tamames.
Tamames es un pueblo hermoso, levantado en torno a un
castillo medieval y a una iglesia renacentista. Sus habitantes
están Orgullosos de haber sido Mayorazgo y de ser sucesores del
honorable Rodrigo Godínez. Así son las cosas.
Encontré con facilidad el tiovivo de la "Chali"; se llamaba "El
jardín de los niños ". Empezaba a ser molesto. "Chali",
una mujer rotunda, de auténtica raza charra, me atendió
con amabilidad. Me invitó a cenar unas albóndigas de toro
que le habían sobrado del almuerzo. Sonreía sin parar, y
costaba concentrarse en algo diferente a sus pechos rumbosos.
- ¿José? Era un encanto. Tímido
como una oveja, pero un cielo. Yo le decía: "te tienes que echar
novia". Él se sonrojaba. ¡Maldito sea el malnacido que...!
Espero que se lo tomen en serio, aunque sea tarde.
- ¿Fue a verles poco antes de que lo mataran?
- Sí. Siempre vamos a las ferias del norte, y por aquellas
fechas paramos en Algorta, cerca de lo de las paellas. Hay mucho
gentío, y se hace buen dinero. Recuerdo que vino a vernos. Nos
ayudaba con el tiovivo. Tenía buena mano con los niños.
Luego se pasaba ratos largos en las ferias. Si podía se montaba
en las máquinas grandes o tiraba con las carabinas. Le gustaba
hablar con los feriantes. Y, no crea, conocía a unos cuantos.
Últimamente frecuentaba periodos de
desánimo, de desaliento total. Me sentía angustiado,
desubicado, irreal, preso de una existencia sin sentido. En esos
momentos desarrollaba episodios de ansiedad que me asfixiaban. Ni
siquiera una buena pipa, ni los Cuadros de una Exposición
conseguían mitigarlo. Sólo me calmaba el
psicoanálisis, poder desahogarme con alguien y contarle todo con
detalle. No necesitaba ni opiniones, ni consejos, ni terapias
naturistas. Sólo necesitaba un aparato auditivo. Así que
se lo conté a Amaia. Le hablé de la situación y de
las consecuencias del caso del jardinero. Algunas veces hablaba de mis
casos con ella, sin demasiado interés por su parte. Aquel caso,
más que interesarle, le molestó.
- Van a tener razón tus compañeros, cuando
te tachan de incapaz. Ahora ya investigas barraqueros. Y luego,
¡qué más? ¿Gitanos, yonquis, putas?
Ahora sí, encendí mi pipa, y escuché a Mussorgsky.
Cuando alcancé el pasaje correspondiente al tercer cuadro,
"Tullerías, y la algarabía de los niños",
llenó mis sentidos. me dio por pensar que, si hubiéramos
tenido niños, todo sería más fácil. Pero,
Amaia nunca fue partidaria, por aquello del dinero. Lo de siempre.
En el ayuntamiento de Getxo pregunté por el
servicio de tramitación, autorización, tasas y permisos,
para la colocación de aparatos de feria y Barracas en los
barrios, según Edurne me había indicado. Me
recibió un funcionario que bostezando me condujo a un registro
con las paredes llenas de archivadores. "Tenemos que informatizar todo
esto, pero de momento no hay presupuesto suficiente", se excusó.
Fuí amable, y no le pregunté qué hacían con
el dinero de una población acomodada. Una mañana de polvo
y papeles tuvo su premio, en forma de lista con dieciocho nombres de
empresas de feriantes y barraqueros, con nombres, direcciones y
teléfonos.
Ya en la oficina, llamé a la "Chali" y le
leí la lista. Con su ayuda, descarté a los que pudieran
ser conocidos del jardinero. Pensé que, tal y como era,
parecía improbable que un amigo pudiera matarle. Además,
me facilitó los nombres de las atracciones, para facilitarme su
búsqueda en campo. Me quedaron once nombres: "Tiro
Colorín", "Noria Espacial Iradier", "Tómbola
Calderón", "Churrería El Maño", "El Pulpo
Mágico", "El Tren del Terror", "Atracciones Cifuentes", "Vino de
Cariñena El Cachirulo", "Pista de autos Rallie", "Bingo Fortuna"
y "Parrilla Oliver". Por fin, mi primera lista de sospechosos.
Circulaba por una calle a medio engalanar con las luces
propias de la Navidad, en Carabanchel, buscando a un tal Melchor
Cifuentes, propietario a la sazón de "Atracciones Cifuentes".
Encontré con facilidad la dirección. Una vez allí,
llamé a su puerta..
- ¿¿Melchor Cifuentes, por favor?
- Sí, ¿qué se le ofrece?
- Mire, soy de la policía vasca. Estoy investigando el crimen de
José Antonio Márquez, hace ya casi año y medio.
Sólo le robaré unos minutos. ¿Me podría
abrir?
- El piso era estrecho, húmedo, denso y maloliente, como la
propia atracción. y Melchor, gordo, chusco y cetrino. Le
enseñé la foto del jardinero, y le endilgué el
guión completo.
- ¿Conoce al individuo de la foto, José Antonio
Márquez, que estuvo en la feria de Aizerrota el día 25 de
julio, y fue asesinado allí mismo?
- La respuesta se correspondía también con el
guión: "No". En ese momento, indefectiblemente a todos les
enseñaba una foto de una navaja similar a la del asesinato, que
nunca se encontró; pero que reconstruyó la Policía
Científica.
- ¿Conoce alguien de su gremio, que pudiendo estar allí
ese día, use navajas como la de esta foto?
Y aquí cambió el guión de las siete visitas
anteriores. Melchor torció el gesto, ya de por sí avieso.
Y confesó: "Navajas como ésta utiliza el "joputa" ese de
gitano, Jiménez creo que se llama, el de las pistas de autos.
Una vez las tuvimos tiesas por un terreno, en la feria de Alcaraz. Me
sacó la navaja, y casi me raja. Es un bravucón, pero no
tiene media hostia". El Jiménez en cuestión podría
ser el noveno de mi lista: "Pista de Autos Rallie".
- Un café con leche, por favor. Bien caliente.
Mientras en la televisión sonaba la cantinela de
la lotería, me bebí el café a sorbos
pequeños, y me entoné lo suficiente.
- Disculpe. ¿Sabe si hay por aquí alguna pista de autos
de choque?.
- ¿Es para usted?
" Siempre te encuentras graciosos por doquier. Seré discreto",
pensé. Y respondí que no.
- No. Es para mis hijos. Me esperan en el coche.
- Sí. Tiene una a dos manzanas de aquí. Hacia el Guadiana.
Me apresuré, porque ya apuntaba la anochecida. Enseguida
encontré una especie de secarral lleno de barracas y un gran
cartel luminoso, donde se leía: "Parque Infantil de Navidad.
Ayuntamiento de Don Benito". No me costó mucho localizar la
barraca de Jiménez. Aquello estaba vacío. El frío
cortaba. Una pista oscura, una docena de coches, una coplilla que
distorsionaba los altavoces y, detrás de la taquilla, una
caravana grande y desconchadaEso era todo. Entré sin llamar.
- ¡Hola! ¡buenas tardes! ¿El señor Manuel
Jiménez, por favor?
Una mujer gitana a medio vestir acudió a la llamada. Me miraba
desconfiada, sin parpadear.
- ¿Quién pregunta por él, si se puede saber?
Conocía la pregunta, y sabía cual era su única
respuesta. Saqué la foto.
- La policía, que quiere saber si mató a este hombre.
Su cara se encendió con un gesto de horror y de angustia.
Oí pasos, y me palpé el bolsillo, para comprobar si
llevaba la pistola.
- ¡Dejadme! Yo atiendo a este señor. Hace tiempo que le
esperaba.
Sentado en una grasienta funda, sobre lo que parecía un
sofá, me bebí la copa de aguardiente de un trago, y me
dispuse a escuchar.
- Señor guardia, mi marido murió hace ya
más de dos meses. Lo aplastó un camión de la
feria, cuando volvía borracho de una juerga. Me alegré,
porque era un desgraciado y, además, me ahorré una
paliza. Sí, mi marido Manuel Jiménez mató a ese
hombre, al menos así me lo confesó la noche que casi me
mata de una paliza. Gracias a mis hermanos, que si no... Me acusaba de
puta, de que me había visto con un tipo. Gritaba que ya le
había ajustado las cuentas y que ahora me tocaba a mí. Yo
le dije la verdad, que no sabía de que me hablaba. Pero
él estaba fuera de sí, borracho hasta las patas.
Tenía la navaja, aun caliente de sangre, en una mano, y en la
otra, una foto que me tiró a la cara. Una foto con dos personas
abrazadas, ese señor al que mató y yo. Me quedé de
un pasmo. Yo no conocía aquel tipo; era amigo de algunos
feriantes, pero ni siquiera había hablado con él, y mucho
menos lo de la foto. ¿Usted cree que con un marido así
una tiene ganas de liarse con nadie? No entendía nada, pero no
me dio tiempo a pensar. Me empezó a pegar con los puños,
con las sillas, con una lámpara, con todo lo que pilló.
Cuando caí al suelo, me daba patadas. Me pasé tres meses
en el hospital y, además, tuve que declarar que me caí
por un terraplén. ¡Así arda en los infiernos por
siempre! ¡maldito malnacido!
Respiré. Me ahogaba. Apuré los posos del aguardiente.
- ¿Tiene usted la foto?
- Sí. Es lo único que va a conseguir de mí. La
navaja ya no existe, y no acusaré a nadie, ni declararé
nada. Se lo juro. Soy gitana, y no puede esperar que vaya contra la
memoria de mi marido, aunque fuera un "hijoputa".
Un brillo de paz y de inteligencia apareció en los ojos de
aquella mujer gitana y digna.
La mañana de Navidad siempre me agobiaba. Amaia
nerviosa, porque cenábamos en el caserío del "aita", con
toda su familia en pleno. ¿Qué ponerse?
¿Qué llevar? ¿De qué hablar? Se pasaba toda
la mañana en la calle, comprando todo y nada. Así que yo
me encerraba con una pipa. Aquella mañana no la encendí.
No podía dejar de mirar aquella foto. Estaba tomada desde lejos;
pero resultaba nítida, y no cabía duda de quiénes
se estaban abrazando, ni por qué. Mas estaba seguro de que
había algo allí que yo conocía, y no
conseguía descubrir. Sobre la mesa,había un libro
abierto, en el que aparecía un poema. Lo leí.
Cerré el libro. En la portada destacaba el nombre del autor en
grandes caracteres, con las iniciales aún en mayor
tamaño. "Las iniciales. ¡Claro! Ahora caigo", pensé
jubiloso. Entonces sí, encendí la pipa. Cogí la
foto. Allí estaba lo que buscaba, a la derecha, en el marco.
Corrí al trastero, donde languidecía aún sin
desembalar aquel cachivache. Y recordé: "Es un decodificador
excéntrico de pixels para cámara reflex digital. Permite
corregir fotografías, con cualquier ampliación …". Y
miré la documentación. Allí estaban otra vez las
iniciales. Eran idénticas. Me quedé en el trastero,
inmóvil, casi a oscuras, durante horas. Cuando Amaia
regresó, me encontró allí, irreal, solo.
Esbocé una disculpa, y salí en busca de la
última respuesta. Llegué al Estudio de "Fotografía
Garay", cuando estaban a punto de cerrar.
- ¡Hombre, Alberto! ¿Cómo tú por aquí
y en Navidad?
- No sabía cómo comportarme. Debía mantener la
calma.
- ¡Hola, Jon! Estoy buscando algo, para regalarle a Amaia por el
"Olentzero". He pensado que tú, que la conoces bien como
fotógrafa, me podrías asesorar.
- Andas tarde, pero buscaremos algo rápidamente.
- Quizá algo con lo que pueda hacer fotos, como ésta que
encontré entre sus papeles.
- Déjame ver... ¡Pero si ésta la hizo ella
aquí! ¡Menudo empeño le puso! No obstante, no creo
que te sirva, porque ya tiene el equipo necesario para hacer esos
montajes.
- ¿Cuál?
- Es un equipo genial, americano, un decodificador digital "AM"
-Volvió la ansiedad.
- ¿Podría verlo?
- Sí…Sí, claro. Pero, ¿pasa algo?
-No. ¡Déjame ver el aparatito!
Al fondo del estudio refulgía una máquina sobre las
demás. En su cara frontal destellaban dos letras con brillos de
un color rojo conocido.
Hoy me he levantado con un ataque de ansiedad. El
médico me ha recetado unos calmantes para estas ocasiones. En
Arkaute no creo que nadie me eche de menos. Me quedaré en casa.
Joseba Molinero
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