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¿Qué haremos en estos días de primavera que llegan
veloces? Esta mañana el cielo estaba gris, pero si ahora uno va
a la ventana, se sorprende y apoya la mejilla en la falleba.
Abajo se ve la luz del sol, ya declinante por cierto, en la cara de la
chiquilla que va mirando a su alrededor,y, tapándola, se ve a la
vez la sombra de un hombre que llega aún más velozmente
tras ella.
Después, el hombre ya ha pasado y la cara de la niña
está toda inmersa en la luz.>>
<< Mirando distraídamente fuera >> de
Franz Kafka
Cuando la noche se adueña del orbe humano y no
aparece sino un mar de estrellas eterno, interminable, ahí
delante a vista de pájaro... es preciso navegar sin mapas ni
sextantes con unos simples rastros que nos ayuden acaso al feliz
regreso a lo que alguna vez soñamos, ese frágil y
cristalino pedazo de la eternidad que resulta ser la vida y que alguna
vez quisimos ver cumplidamente resuelto. Regresar adónde,
preguntarán los seres grísmente cerebrales, y la
respuesta no acudirá salvo que hayamos criado ahí dentro
anhelos y esperanzas, enfrentado al cabo disputas hondas y
frágiles camelos, la hiel y el suave perfume de las cosas lentas
del espíritu... toda otra, en fin, vida que se pudo llevar y
sólo secretamente se materializó. Y este último
vocablo ya es decir mucho pues mire por donde se mire no existe
material que se palpe y se pueda besar salvo un libro, el dorso de una
mano, santa quizás, e incluso la maquillada mejilla de una
mujer.
Los densos anhelos, como haciendo su camino desde siglos
atrás, habrían sido llamados a reunión esa tarde
un poco después de que el reloj de pared de la esquina este de
la biblioteca hiciera sonar sus gong guturalmente metálicos a
eso de las cuatro de la tarde, dando alas al comienzo del encuentro y a
la sincera apertura de las almas. Se acercaba la hora, cada uno de los
personajes (pues sí, tenían ya la edad de ser unos
auténticos personajes) habría planificado su itinerario
de llegada para hacer coincidir lugar y tiempo una vez más a las
puertas - en verdad los accesos eran múltiples y a libre
elección del asistente - de la galería que iba a
desembocar a la gran sala de la cúpula de cristal, sede de estos
maestres de una desconocida hermandad. Temperatura de tarde
otoñal, fresca pero para nada incómoda y más bien
tersa por la visión de las hojas ocres que llenaban los caminos
o puede que más bien por el suave mecerse de éstas para
caer sobre los bancos y las plazas de la ciudad cercana al lugar. Rayos
de sol alegres que bautizaban sin ayuda las flores y los parterres :
las buganvillas, los pensamientos, los nomeolvides, las gardenias y un
macizo enorme de plantas procedentes del trópico nombradas con
nombres raros con origen en lejanos y olvidados lugares. Las citadas
flores llenaban el jardín prodigiosamente colorista del costado
derecho de la vetusta construcción.
La cómoda de la pared norte, llena de motivos
naúticos, podría haber pertenecido al camarote de un
capitán tiempo ha naufragado : el sextante reluciente, la gran
brújula latonada, nudos acristalados y enmarcados sobre la pared
y algunos grandes libros con mapas para la navegación. La hora
en sazón se desgaja del tiempo nada tiesa y ciertamente madura
como el fruto de rico zumo en la adecuada estación. El ayuda de
cámara, digno hijo de las cumbres del Macchu Picchu, bajo, de
piel cetrina y de natural sonriente, se mueve y respira algo nervioso,
ponderadamente nervioso, sin dejar de mirar y remirar su reloj de
muñeca, el cual coteja absurdamente con el gran reloj de pared
del salón principal. Sabe que se acerca la hora en que varios
caballeros franquearán las diversas entradas de la sala
acristalada y se prueba a sí mismo tratando de adivinar los
emparejamientos hombre-puerta de acceso para la magna tarde de hoy :
El elegante caballero de mostacho cuidado con lentes de
alcance infinito, entrará por el jardín. Es el sendero
más sonoro por el grijillo que se extiende a lo largo del acceso
y la verja siempre franca invita a pasar por allí. Tras
abandonar el auto, será guiado hasta el interior de la casa
antes de despedir convenientemente al chófer, un alto y fornido
ruso, mudo y cordial a un tiempo, de imposibles dimensiones para el
habitáculo del coche. El ángel tamborilero, figura
sonriente del Belén, casi seguro que se vendrá por el
patio trasero, el de la tapia que viene a lindar con el jardín.
La corbata desanudada y un tremendo rostro de prisa y
estupefacción, de sorpresa mal quitada ya excesiva para su edad.
El caballero del Verde Gabán con sus brillantes
lentes, maestro entre los maestros, impunemente sonriente, al que por
otra parte siempre se le espera alegre y presto a la chanza, nada
turbado por la fases de la luna y el transcurrir del tiempo,
entrará como es su gusto por la puerta principal cumplimentando
la preceptiva pulsación del timbre. Semejante caballero,
acérrimo asistente de veladas literarias, persistirá
pulsando el botón pese a la reconvención de
Hermógenes, el peruano natural de Acobamba y jefe de la casa,
que es en este hogar quien pincha y corta en materia de protocolo. Ese
otro personaje, el que preside desde tiempos inmemoriales el
cónclave de vespertinos caballeros, impertérrito,
permanecerá sentado como si habitara la estancia desde
antaño o simplemente viviese allí, un mero tiempo antes
de que nadie pueda tomar posición en la mesa circular de
ébano. Mesa de fragantes rugosidades con olor a tabaco y
espiritosos líquidos traídos y llevados de un lado a otro
y del otro a aquel en armónicas ingestas de creciente
tensión espiritual. Un ora pro nobis parece escucharse mientras
ese hombre bajado del Olimpo mira inquieto el aire que respira y apenas
puede fijar en su mente las innumerables estanterías que cubren
las tres paredes que cierran los tres lados de la cripta que ante sus
ojos se levanta. Mirará de hito en hito a los bienvenidos
camaradas y les sonreirá una vez dadas las archimanidas buenas
tardes. Una vez reunidos, con suaves y cuidadas palabras,
anunciará el solemne comienzo de la sesión con un
movimiento laxo de su brazo derecho y un "procedamos" con altas
resonancias en la corte de legal jurisprudencia.
El profesor, otro de los avezados caballeros en
hermandad, alegre y tierno a un tiempo pulsará el timbre de la
puerta de la fachada sur ése de sonido muy especial
eminentemente metálico muy parecido al piar de un ave de ojos
amarillos que habita las orillas de los cauces fluviales. Tal vez se
demore en demasía con el piar del alcaraván, sonriendo y
rememorando. También es posible que eche por tierra la seriedad
impuesta por el prócer, siempre superior en el escalafón,
con la narración de algún suceso baladí o un
episodio menor pero desternillante a más no poder para hacer la
reunión más familiar en los primeros compases. Todo se le
puede perdonar a este levemente barbudo caballero de chispeantes ojos.
El mayordomo del altiplano, que seguirá hollando sus cumbres
natales de un modo figurado y bien fehaciente, proseguirá
entonces con su lento recuento de su personal y adivinatorio reto
quizá repentinamente estropeado por un ruido en cualquiera de
las entradas, un portazo o un sonoro timbre que corte de raíz
sus cavilaciones.Le quedarán entonces por enhebrar en esa suave
gasa del pensamiento tres caballeros con sus preceptivos puntos de
acceso incluído el señor de la casa, cuya puntualidad no
está para nada garantizada aunque allí viva y tampoco,
porque no decirlo, su apego concreto a alguna de las puertas de acceso
a la gran sala.
Y así es, riiiiiing, el timbre de la puerta
lateral sonando a despecho del peruanito cuando faltan cinco minutos
para la oclusión del horario pactado. Se ajusta éste la
chaqueta asiendo las dos hojas de la americana y acude a la puerta
secundaria con la inquietud de saber si encajará la realidad en
sus predicciones de las puertas de acceso. Es el que preside la
hermandad desde la noche de los tiempos el cual tras saludar mira
adentro y no divisa a nadie. Respira tranquilo pues la última
vez había ya miembros de esta abracadante sociedad esperandole y
en respuesta a la exquisitamente puntual maniobra de aquellos tuvo que
forzar un violenta sonrisa enseñando los dientes plenos de
cortesía y contrariedad.
En el jardín se oyen pasos en la gravilla, no es
uno sino dos los que agregan el ruido al oído de
Hermógenes, al que le comienzan a fallar los números y
por ende las predicciones. El caballero del Verde Gabán y el de
la Blanca Luna, así bautizados desde antaño, joviales
como sólo pueden sentirse unos vegestorios en permanente estado
de risión con marcada tendencia al humor socarrón, hacen
su aparición. Entran codo con codo tras haber girado el
picaporte de la puerta que da al jardín estrechándose
mutuamente las manos, mirándose y profiriendo ambos una
espasmódica explosión de risa mientras el jefe de
protocolo chista y rechista queriendo preservar la impostura del
silencio recien quebrado de la cripta. Sonríen al único
presente con cierto empalago y resuena en la cripta un "buenas tardes
señores" a dos voces, con soberbia sonoridad no menor al
proferido en réplica por el elegante caballero que ha
establecido una cabeza de puente al fondo de la mesa circular.
Diríase que el lance hubiera sido ensayado por estos dos nuevos
integrantes de la cripta risueñamente humanos.
Las bebidas, apostadas en su carrito rodante, esperan
ordenadas como un pequeño ejército en compacta
formación en el rincón penumbroso: el anís, el ron
de diversas procedencias, el rudo chinchón, los aguardientes, la
ginebra y el fiel coñac brillan en colores irisados frente al
colorido falso de los refrescos más propio de niños y
talludas mujercitas.
Clausurado fue para estos provectos señores el
período servil a la dolorosa y real sentencia del "te
ganarás el pan con el sudor de tu frente"; la maldición
ha caducado y tienen excelsa vida para narrarlo. Así pues, estos
caballeros de apetito desordenado por los libros, con más de
setenta primaveras bosquejadas en sus rostros, de arrugas floridos, se
aprestan al divino momento de la parla espiritual. Sí, pasadas
ya varias décadas desde el sarampión literario de la
adolescencia, de esa intuición inicial ha sobrevivido un oficio
y un olfato para hacer germinar composiciones poéticas y
narrativas haciendo las delicias de la entera fraternal hermandad. Los
libros con sus dibujos de ficción sobre la vida llenan sus
momentos más preciados y casi con certeza bovina acaban hablando
de la vida que es la que realmente los llama a reunirse de esta manera
tan amenamente discreta.
Ya componen la imagen para el recuerdo eterno cinco
hijos de la palabra y de las letras, circunspectos en sus valoraciones,
con cierta seriedad previa al más completo desmadre
dialéctico. El mayordomo o ayuda de cámara o .. del que
no se sabe muy bien su encuadre, por más que el anfitrión
canse mucho las meninges intentando definirlo, siente frustradas sus
entrevisiones previas al encuentro porque han sido dos los que han
franqueado el lateral acceso desde el jardín.
Recien llegado de Tordesillas, según su propio decir, aparece ya
unos minutos retrasado por la misma puerta que la pareja anterior, el
benjamín de nada más y nada menos que sesenta y dos
primaveras entre huidizo y resabiado, allegro ma non troppo, exultante
por momentos. El último de los transeúntes de este
nutrido ramo, que debe ser recibido aquí esta tarde, entra por
la puerta este, tras la intervención del amo de llaves, escasos
segundos después de sentir los pasos en esa galería de
acceso. La cara de sorpresa del rezagado deja paso a la inevitable
sonrisa pirandeliana del que pide clemencia por tan lesa falta de
puntualidad. Se saca la chistera de la testa, los guantes inmaculados,
se atusa la perilla y toma asiento finalmente en el lugar vacante:
- Señores, procedamos con el orden del día
si les parece - hablando así mientras se incorpora el laureado
Presidente, como inserto en aquel conocido foro romano del lejano
pasado y preparado para hablar sirviéndose de las más
hipnotizadoras y certeras palabras. De cualquier modo siempre sin
abandonar una litúrgica parsimonia.
Cualquiera poco versado en los afanes literarios,
podrá dar en sacar a colación de una forma
simbólica, al ver así de elegíaca esta cripta
mágica, el archiconocido y por otra parte altamente dickensiano
cuadro del Club Pickwick. Quién se atrevería a comparar
la docta y libre sabiduría de estos paquebotes del saber, que ya
han llevado al tórculo variopintas y diversas obras literarias,
con los lances vitales de aquellos sempiternos y victorianos hijos de
la Gran Bretaña. Las maneras que se aprecian en sus reuniones
aceptémoslas como similares y también ese aire belicoso
sin igual, esas réplicas y contrarréplicas subidas de
tono y no lejanas del buen proceder que todo hijo de vecino atesora -
porque así se lo han enseñado en su tierna infancia sea
cual sea la cuna de origen. Pero en el campo del estilo nuestros
caballeros son infinitamente más asequibles; su aire abierto,
cuasirefranero y a ratos, por qué no decirlo, netamente
celestial, es el tipo de estilo precisamente que les hace caminar entre
gentes de toda condición sin ninguna parca distinción; no
inmerecida, mas privadamente secreta - esa invisible mariposa que todos
ellos inopinadamente llevan sobre sus cabezas y da colorido y
alegría a su espíritu tal que un sombrerillo multicolor -
que jamás pudiere dimanar fruto de la comunión de esos
encuentros bajo la cúpula transparente. En abandonando esta sede
del brillar emocional nadie debería temerlos pues se quintuplica
su humanidad y su inteligencia y sensibilidad se entreagigantan
sirviendo de soporte a su sobresaliente espiritulidad.
Pongamos pues que la fragancia silvestre que reina en la
estancia conciliar - el otrora habitante de las cumbres del mundo, con
su eficacia para los ambientes, ha puesto recipientes con hierbas
aromáticas y agua hervida - pasa a formar parte de sus canos
cabellos, sus pieles e inexplicablemente de su víscera cordial,
como no podía de otra manera ser; pues ella sirve de soporte
vital con su tic-tac tic-tac y hace de olfato para sus más
codiciados fines espirituales, los cuales siguen, a día de hoy,
siendo considerados tan inalcanzables por estos eminentes
señores como cuando se constituyó la hermandad, en aquel
lejano otoño de antaño.
- Camarada Presidente ¿permitiría un
inciso breve? - interroga el anfitrión.
- ¡ Faltaría más ¡ Proceda, querido
conmilitón de las batallas literarias y voto a Dios para que
devenga su intervención en flor de primavera, solaz y
confortamiento preliminar para hacernos amenos estos compases iniciales
- dialécticamente descarga con parsimonia el así llamado
Presidente ataviado con traje príncipe de gales y con camisa
corbatera, ambos gris confederado, adornados por alfiler y los
preceptivos gemelos, ambos dorados. Apenas queda momento libre de la
tutela flemática del que preside y así ejerce su mandato
sin nada que pueda escapar a su control encarecidamente senatorial que
bien recuerda al modus operandi del senado del ya fenecido Imperio
Romano.
- Quisiera, si me lo permitís, queridos
compañeros de aventuras literarias, - pide permiso el
anfitrión - leer un breve e intenso fragmento que me arrebata de
emoción y ternura. Se trata de un autor del pasado describiendo
como sólo él podía hacerlo la religiosa y
finisecular España de principios del siglo pasado. Os propongo
como ejercicio la adivinación del autor tomando como referencia
que fue famoso por otros menesteres, digamos, que le hicieron muy
célebre. Ahí va pues el fragmento que versa sobre un
sacerdote de pueblo:
"Es un cura montado a la antigua, modesto en el vestir.
Su sotana, muy remendada, verdea por algunos sitios y ha tomado un
color pardo de miseria. Luce grandes hebillas de hierro en los zapatos
, es muy madrugador, usa un gran sombrero pasado ya de moda, pero que
sienta bien con sus hábitos [...] Después de comer se
asoma al balcón, y en el periódico del día reparte
migas de pan a los pájaros, que son muy amigos suyos, se posan
en los hombros y se montan encima de su cabeza. Buen labrador, cava la
tierra y cuida sus coles. Después de decir misa, recorre el
pueblo y habla con los vecinos de la labranza; se interesa por la salud
de los chicos pequeños, por el bien estar de todos, y a los
más necesitados los socorre de su bolsillo."
- Inenarrablemente flamígero, - afirma el barbudo
profesor - qué hallazgo tan certero de pura prosa castellana,
querido amigo de los libros y las especies animales.
- Bien traído, muy bien traído como broche
inaugural de esta tertulia nuestra - apostilla el piloto de la nave - y
si no yerro en mi intuición, nos obsequiará usted con un
facsímil del texto para que lo rumiemos en la soledad,
¿no es así, nuestro preclaro benefactor?
- Así es, así es - confirma el detentador
de tal estupefaciente textículo.
- Hora es ya de que nos adentremos, periclitado este
fastuoso comienzo, en la obra literaria del mes - prosigue de
idéntica manera tranquilo el guía del grupo.
En esta veladas presididas siempre por el sibaritismo
literario, nunca faltan voces críticas que bien quieren arrimar
el ascua a su sardina creándose de forma automática dos o
tres bandos encarnizadamente enfrentados. La sangre, que fluye por las
sienes de estos maestres, nunca llega al río, si acaso al
arroyuelo de las mezquinas luchas intestinas que aparecen de cuando en
cuando en cualquier comunidad humana. Una paz sosegada acaba siendo la
coda final de la sinfonía compuesta de bellos acordes y
coloristas escalas aportadas por los poéticos trinos de cada uno
de estos poetas.
- Venía yo en sublime jerigonza conmigo mismo,
silbando una antigua melodía, cuando he reparado en el
número de décadas que vengo acudiendo a esta cita. Excuse
la licencia señor Presidente y permita que hable sobre mis
objetivaciones antes de comenzar a desmenuzar mi propuesta literaria o
producto editorial como usted mismo prefiera - se descolgó el
ángel tamborilero en lo que parecería a bolapié el
prólogo de una perorata -. Como decía, raros y contumaces
pensamientos florecían en mi bóveda craneal pensando en
ustedes, queridos colegas.
- Ilustre y pizpireto señor nuestro ¿va a
impactarnos con un discurso ensayado esta mañana sobre no
sé qué preámbulo jabonoso acerca de esta tertulia
y no sobre la obra literaria que usted ha elegido ?- arreció el
caballero del Verde Gabán.
- Déjenlo estar, señores, - apuntó
el de las lentes infinitas - presiento que algo digno de encomio nos va
a contar nuestro más tierno destripador de obras literarias.
Empezó este aprendiz su singladura en un
principio por el lujo que representaba oir conversaciones de pelaje
literario, un poco por el porte que daban a su espíritu pero sin
ninguna seriedad especial. Hoy día, está preparando su
quinta novela, ocupadísimo y sin poder dejar de trajinar en el
voluntarioso oficio de escribir.
- Gracias, gracias querido compañero y como
decía ... esta mañana desayunando con mi esposa -
volvía a tomar la palabra el benjamín - le contaba a ella
mi intención de darme un poco de tiempo abandonando por un
año esta consagrada reunión ... Mis libros, su
promoción y otras aficiones me dejan exhausto y mi cuerpo dista
de ser mucho de lo que en su día fue cuando ejercía el
noble deporte balompédico en mi perdida juventud. Al abandonar
el tren que me trae desde la ciudad que me da cobijo, pensaba para
mí : si precisamente en gran medida esta paz que me da y esta
vida que me he labrado se la debo a la sacra amistad de ustedes,
señores de la literatura y sabios de la existencia.
- Sublímente certeras y primordialmente
verdaderas son a mi modo de ver las palabras del proponente en cierne y
sí, ya lo sé señor Presidente, que esta manera de
expresarse está pasada de moda y es la que emplearía
cualquier Lady Macbeth de pacotilla y no precisamente a la hora del
desayuno, sino más bien al caer la tarde en el frescor de su
jardín palaciego - apostilló grandilocuentemente el
caballero de la Blanca Luna despertando veladas muecas de entre
socarrona aprobación y ligero embarazo ante el esperado torrente
oral -. No obstante les noto a todos ustedes sin excepción y
bien a gusto, noblemente contagiados, si no yerro en el
diagnóstico, por mi estilo retórico ¿ no es
verdad, caros tertulianos ?.
- Formidable mi pantagruélico simbad de la
retórica y las letras, - aportó el de la perilla y la
chistera - es usted formidable y gracil en su verbo y sobre todo no se
ha dado nunca ínfulas en ningún momento desde que lo
conozco. Referente a lo que nos narra nuestro querido benjamín,
he de decir que lo doy por bueno. A fe mía que hemos perseverado
durante todos estos años en esta actividad cuasisecreta y los
frutos, ya hace tiempo en sazón, creo que están a la
vista de todos. El abandono de uno de los componentes sería
atroz, imperdonable... deberíamos mantenernos unidos hasta que
sea inevitable la disgregación. Aún y todo, tengo para
mí que sería dolorosísimo el ocaso de esta santa
hermandad. Recordaría en este punto, por decir algo grave, la
manriqueña copla que reza "nuestras vidas son los ríos
que van a parar al mar que es la muerte". Claro está sin querer
teñir de un tono tétrico esta maravillosa tarde
otoñal y sin aguarles a ustedes el licor que están
consumiendo.
- Quisiera hablar, compañeros de tertulia, -
pidió el profesor levemente barbudo - puesto que es un asunto
que me toca de cerca. Ah, la muerte... qué panegírico
haríamos sobre esta densa dama de verbo silencioso, ataviada de
oscuro, tan bella y necesaria a la vez por mor de la justa mortalidad,
del gozoso sosiego a nuestro deambular por el orbe humano, por esto que
nos circunda y llamamos mundo. Ya no me atemoriza ni me aprieta con sus
envites neuróticos. El pensar la nada, queridos caballeros, he
llegado a la conclusión que es del todo una imposible tarea para
nuestro modesto cerebro y un alto error. A esta dama solamente se la
puede hacer frente con la idea de un Ser Supremo que ponga un poquito
de orden, redondee el sentido de la existencia y pueda hacerle frente
de forma conveniente. Los interminables rosarios de nuestras abuelas
eran en sí un reconocimiento, una liturgia que aprehendía
el sentido frágil de la existencia y lo dejaba a uno preparado
para el futuro. Viniere lo que viniere fuera ello bienvenido. Me alegro
y me agarro a aquellas reflexión del inmortal poeta
portugués :
" A mí, cuando veo un muerto, la muerte me parece
una partida. El cadáver me produce la impresión de un
traje que se ha dejado. Alguien se ha ido y no ha necesitado llevarse
ese traje único que vestía.
- Espléndido, espléndido, se están
ustedes remontando a nuestros niveles más elegiacos de
antaño y de siempre ...
Repentinamente el Presidente estalla en una tos
profunda, estruendosa, casi rugido de león:
- Por favor, querido Presidente, tenemos una provecta
edad como para descuidar ahora nuestra salud. Deje ese picadillo
holandés y hágase mirar esa tos por el doctor -
apuntó el caballero del Verde Gabán. Tome agua clara y
cristalina , que le ayudará a afinar el gaznate.
- Ciertamente, caro Secretario, mi garganta ha soportado
estoicamente el cruel fumeque yo diría que donosamente y con
bien para la edad que profeso - añadió el interpelado.
Y después ya repuesto el Presidente del molesto
picazón tras un trago de agua aprovechó para decir el
anfitrión :
- Muy apreciado Presidente y mentor de nuestra cita
mensual, ante todo le pido disculpas por retardar el comienzo de
nuestras peroratas tertuliares pero mi ... ayuda de cámara,
Hermógenes, aquí presente, me ha rogado encarecidamente
que le deje declamar un poema que le entusiasma y...
- ...pase pase por esta vez haremos la vista gorda
aunque ya tengo la mosca detrás de la oreja - dijo quejoso el
mandamás de los junteros de la eterna rebelión.
- Hermógenes, por favor, acérquese y
deléitenos - haciendo sitio al escueto hijo del Macchu Picchu,
apostilló el anfitrión.
El encantador peruano se atusó el cabello y
carraspeó en ademán de aclarar su vocecilla aflautada. No
acertaba a colocarse en el imposible sitio de sus sueños de tan
esperados como habían sido estos momentos. Sacó un papel
requetedoblado del bolsillo interior de su chaqueta y así dijo :
- Muy amados compadritos del alma, si me permiten el
trato cercano... Esta oportunidad que me brinda mi señor me pone
tembloroso. Se los juro nomás... He estado aguardando esta
ocasión infinito, observándolos tarde tras tarde. Ya que
ustedes me la brindan y me hacen un huequecito quisiera pagarlos con
unos versos de mi compadre César, luz de los poetas todos
hispanoamericanos... Andino inmortal y muy amado de las cumbres
altísimas y para mí apreciadísimo hombre de
sabiduría y de fe... Y es que mi compadre falleció en
París justito el año en que empezó la contienda
civil en este país suyo, tal vez dejado de la mano de Dios, al
cual citó tantito en sus poemas. Sufrió y sufrió y
se vió tantas veces dislocado por la angustia, la penuria, la
desesperanza ... ese pedazo de corazón que nos dejó unos
versos dorados ya por siempre recordados... Les leo de uno de sus
primeros poemarios el vigésimoquinto poema... lo mejor que
alcanzo ... Dice así :
Me desvinculo del mar
cuando vienen las aguas a mí.
Salgamos siempre. Saboreemos
la canción estupenda, la canción dicha
por los labios inferiores del deseo.
Oh prodigiosa doncellez.
Pasa la brisa sin sal.
A lo lejos husmeo los tuétanos
oyendo el tanteo profundo, a la caza
de teclas de resaca.
Y si así diéramos las raíces
en el absurdo,
nos cubriremos con el oro de no tener nada,
y empollaremos el ala aún no nacida
de la noche, hermana ...
[ tras un hiato hondo y dilatado en el que
Hermógenes no parecía dejar de tomar aire,
fintiquitó regiamente y con aire grave ]
.... de esta ala huérfana del día,
que a fuerza de ser una ya no es ala.
Tras unos instantes, quizá de perplejidad
quizá de sorpresa, el completo arco de los asistentes
prorrumpió en aplausos, bravos y vivas ante la honda y
certeramente emotiva serie de versos leídos por nuestro
cirscunspecto Hermógenes. Las vanaglorias hicieron que le
lagrimearan los ojillos, agua del alma que tuvo que enjugar con el
pañuelo blanquísimo de su bolsillo derecho.
- Infinitas gracias ... queridos compadres, gracias - acertó a
decir el recitador entre los lagrimones que del hondón del alma
le fluían.
- Muy enteros esos versos que nos has traído esta tarde,
Hermógenes - aseguró el caballero de la Blanca Luna - y
muy bien dichos, todo hay que aquilatarlo. A mí me recuerdan al
ambiente que palpita en los poemas, oscuros y tristes poemas del
lisboeta Pessoa.
- Sí - dijo el de la perilla por otra parte
dueño de la única chistera del grupo - es esa mezcla de
esperanza y zozobra que hace aparecer la vida como una digna lucha y
una oscura epopeya. Esa vida de la que todos participamos.
- Ah, oscuro y palpitante diamante de la vida -
arreció el de la Blanca Luna con pasmosa sonrisilla de monje
benedictino -, gracias Hermógenes por estos instantes de dicha
inmortal; es en estos momentos cuando yo entregaría el aliento y
puesto que siendo ya este día un pedazo de la eternidad nada
mejor nos podría suceder y el Cielo estaría ya ganado y
reganado con esta proclama o más bien por qué no llamarlo
así... esta epifanía de nuestro insigne ...
- Esos ladrillos filosóficos que lee de tarde en
tarde, querido caballero, están agrandando su metafísica
mente y usted se me enturbia con facilidad increíble en cuanto
le leen unos versitos de nada - terció el más alto
prócer del apostolado literario. Se lo tengo dicho, querido y a
veces tenebroso tertuliano, no se me ponga como un tierno corderillo,
la vida es así. Quien la vivió lo sabe. Inmunda a veces y
profundamente desagradecida al final. Es la carga que portamos los
hombres todos ...
- Bien hallado Presidente, no acepto su
reconvención al acá presente caballero - así
decía el benjamín de sesenta y pico primaveras - es
él quien más lejos llegó en la apreciación
de estas magnas rimas. Ya sea por el alma tersa y oscura ya sea porque
así fue su destino cuando lo alumbraron a este pedazo de tierra
inmisericorde ....
Definitivamente cae el sol en esta tarde de otoño y el
crepúsculo magnificado por las conversaciones subidas de tono
emocional, reparte su luz naranja por los pesados anaqueles densamente
repletos de libros, la ya en estos instantes fueguina cúpula y
los rostros de nuestros intrigantes donquijotes. Se hace otra la luz y
otra la tarde como si hubieran instaurado su mesa y sus sillas fuera
del tiempo en un lugar a salvo de las pleamares. Pronta a cesar la luz,
en clara derrota, se hace horizontal y certera y es cuando
Hermógenes debe correr las cortinas pesadas de la sala
conciliar. No es tarde. Las horas que se han desgajado les han
proveído de un rico elixir. No es tarde para nada en este
día señalado. Las palabras no han cesado pues hay
todavía interminables argumentos.
La luz imposible del amanecer se ha hecho ahora tenue,
tersa y veraz, inmensamente cierta y de un rojo formidable. Apenas
quedan unos vivos trazos rojos y anaranjados, no se ha de temer al
crepúsculo, al final del día, pues cuando finalmente se
nos eche encima habrá quedado el rastro ilustre de la vida en
los ojos chispeantes, abiertísimos y luminosos de estos
ruiseñores reunidos en la quietud bajo la gran cúpula de
cristal. La noche cae haciendo invisible la calidad especular de la
cripta, y, de una manera benefactora, la cúpula se hace faro del
mundo y de las aves del cielo, pues allí abajo se los puede ver
iluminados en medio de la oscuridad. Se oye entretanto, quizá
por la vista que desde allá arriba tiene ese ave primordial, un
piar lejano, gutural, como a modo de despedida parecido al del timbre
de la puerta de la fachada sur. Nada pues que deba ser salvado se
encuentra fuera de los dominios de la vida, sino dentro muy dentro en
las profundas estancias del alma, irrigadas por el incesante fluir del
espíritu.
Dedicado a mis excelentes y muy apreciados
compañeros en las literarias lides. Agosto de 2004.
Jon Rosáenz
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