| Revólver,
clase de pistola equipada con un tambor que contiene
varias cámaras, dentro de cada una de las cuales puede haber una
bala. El cargador, de forma cilíndrica, gira alrededor de un
eje, con lo que cada cámara se coloca por turno entre el
mecanismo de disparo y el cañón.
Son 350 gr de acero descansando sobre tu mano. Ese es el
peso del azar. Después sólo queda apuntar, si te apetece,
y apretar el gatillo, si puedes.
Día de hoy, a las 20:30 horas
- Quédese el cambio.
Abro la puerta del taxi y me incorporo sobre el
arcén de la calle, al mismo tiempo que mi sombra se estira,
junto a la fachada del número 35, a la luz de la única
farola. La saludo, y me responde; eso me recuerda que tal vez sea una
despedida.
Puedo sentir mi pequeño capricho, amarrado a mi
cintura por el elástico del vaquero. Como casi todo en mi vida,
un nuevo exceso, una búsqueda más de placeres
rápidos en las cloacas de la sordidez y de lo prohibido.
Camino a penas unos metros, y me detengo junto a la
entrada del MOTEL PARAÍSO, el mismo que visité la primera
vez que me engulló una calle en la que todo estaba en venta.
Aún recordaba el olor fétido que desprendían los
desperdicios que se acumulaban junto a los portales, el mismo aroma que
emana de las almas de los que han sido muchas veces usados. Me
sonrío al recordar que, al margen de la tienda de ultramarinos y
un par de tascas, no hay ni un solo negocio en varias manzanas a la
redonda y, sin embargo, puedes comprar a todas horas del día
cualquier cosa, cualquier persona. Aunque aquí, tal vez, ambas
sean lo mismo.
A pesar de que está lloviendo me detengo unos
instantes frente al toldo rojo del PARAÍSO, para regocijarme en
las delicias de tanta decadencia. Dejo que el agua me empape de una
noche tristemente iluminada por las luces de neón que anuncian
el motel a los clientes de las fulanas, que apostadas a dos bandas
entre el Hall y la única farola de la calle, se aúpan por
zapatos de aguja y medias de encaje. Los chulos y camellos, al acechho
en la retaguardia, vigilan la mercancía y la clientela.
Por fin decido entrar en el Motel del número 40,
con los mismos años a cuestas, y 350 gr de más de lo
normal.
Pago al contado 6 euros, por 30 minutos de
habitación, a una octogenaria que, por la inercia de un gesto
aprendido, me da las llaves de la habitación 422, una
sábana y una toalla. No se ha dado cuenta de que no voy
acompañado.
Esperando junto al ascensor, trato deencontrar una
razón suficiente que me ayude a superar la tentación, y
me haga desistir de mi empeño. Pero, es inútil, porque el
deseo no atiende a razones, y ya se ha convertido en necesidad morbosa.
Así que me llevo la mano al vaquero para tentar el acero, y
recordar que el verdadero placer se siente como un vómito, pero
al revés. Cuantas más arcadas, mayor será el
éxtasis. Comienzo a oír voces desde el estómago
que apremian al ascensor, impacientes por sumergirse en los ardores de
la adrenalina, rugiendo por enfrentarse a las más bajas pasiones.
Aún no me embarga el miedo, aunque tal vez se
deba a la sensación de seguridad que me proporciona el hecho de
saber que no tengo por qué hacerlo.
Es más. Al contrario,siento el regusto de la hidromiel de la
valentía, el calor de la sangre que hierve. Y todo, porque
sé que puedo culminar con éxito mi aventura.
Un pitido anuncia la llegada del ascensor. Se abre la
puerta que, tal vez, me conduzca a una salida. ¿Se
acabará todo aquí? ¿Volveré a la planta
baja?
"Quizás junto a un médico forense" -
pienso, en tono de humor negro, mientras vuelvo a enmarcar mi sonrisa
en una mueca de irónica superioridad-.
Al cielo, al último piso, ahí he de ir.
Agacho la cabeza para decir adiós a la tierra. No hay
lágrimas de despedida, tan sólo unas gotas de agua en las
solapas de mi gabardina, que todavía no se han secado. son
restos de la lluvia de la calle.
Mientras espero a que el ascensor se detenga en la
planta cuarta, recuerdo que jamás antes había pensado en
el revólver como forma de placer, hasta el día en el que
ALGUIEN me preguntó, durante una noche de locura, por qué
no encontraba satisfacción donde lo hacían los
demás.
"Ponte en la situación - propuse-. Vacía
un cargador de revólver Deja en él sólo una bala.
Entonces, haz girar el tambor. Tras las cinco cámaras
vacías no hay nada; pero, en la que guarda la bala se esconde un
premio de un millón de euros. Apunta a la pared y dispara. Tal
vez sientas aumentar las pulsaciones e, incluso, llegues a dar un par
de botes sobre el suelo, si aciertas".
"Ahora imagina - continué socarronamente- que
vuelves tu codo hasta que el cañón de la pistola se
encuentra con tu sien, y que la exclusiva recompensa que
obtendrás. por no cruzarte en el camino de la única bala,
es la de seguir viviendo. Trata de sentir el dedo pegado al gatillo,
mientras el percutor espera impaciente para espolear el solitario
casquillo del revólver. Siente las palpitaciones de cada una de
las venas que recorren tu cabeza; experimenta cómo se retuercen
tus entrañas, gritándote que termines de una vez con la
espera; revive miles de imágenes, que te traerán
recuerdos olvidados, sentimientos de ira por la muerte, de esperanza
por la vida, de frustración por lo no hecho, todo mezclado en
una coctelera, la cual has de beber en unos instantes. Y tú,
¿ de qué me hablas? ¿de un beso con la niña
mona de la clase? ¿del amor que proporciona crear un
vínculo? Tal vez sea más bello; pero no más
placentero que comprarlo, que robarlo, que saber que tu felicidad no
depende de lo que te dejen hacer, sino de lo que quieras obtener.
Éste es el placer que esconde el riesgo: el de conocer que, tras
el orgasmo, puedes caer en un acantilado de oscuridad, el mismo que se
esconde tras el callejón del traficante, el que se siente al
transgredir la intimidad del vecino, o el de repartir miserias a tu
alrededor.
"ALGUIEN - divago, mientras abandono el ascensor- al
final tendrá su oportunidad".
Abro la puerta, y tiro la toalla y las sábanas
sobre la moqueta verde, desgastada por los alquileres por horas. Saco
el revólver y las seis balas, y las dejo sobre la mesa de noche.
Ahora toca esperar.
Día de hoy, a las 21 horas
Me incorporo al escuchar unos pasos nerviosos que se
acercan a la habitación
- Puedes pasar, la puerta está abierta
Enclenque como hace dos años, ojeroso y cano, y
con la mirada apagada de quien sabe que su tiempo se ha acabado.
Traté de adivinar si había rencor o venganza en alguno de
sus gestos, pero no advertí nada. Así era ALGUIEN.
- ¿comenzamos? - pregunto, mientras veo que se
acerca con paso decidido, para coger el revólver y la
munición-.
Un escalofrío recorre mi cuerpo. "Espera.
Sólo cinco balas. Quiero saber que al menos tengo una
oportunidad"
- - le suplico-.
-
- - Muy bien, date la vuelta.
Me giro, y trato de escuchar el roce del casquillo al
sumergirse en la cámara. Me parece contar que ha introducido los
5 proyectiles. Siento que su aliento humedece mi nuca.
Después,pasa un brazo por encima de mi hombro, y deposita el
revólver en mi mano. Los 350 gramos pesan una tonelada.
Finalmente, oigo sus pasos que se alejan; pero,
éstos se detienen en la puerta antes de abandonar la
habitación:
- Que tengas suerte.
- ¿No quieres quedarte? - le pregunto,
sorprendido-.
- ¡No tienes huevos para a apretar el gatillo! -
exclamó, siendo éstas las últimas palabras que
escucho, antes de oír como se cierra la puerta
Siento que me flaquean las fuerzas. No esperaba que se
fuera. Necesito una mirada, para tener a alguien a quien vencer. El
brazo me tiembla, no consigo sostenerlo a la altura de la sien.
Giro el tambor y pruebo a apoyar el codo sobre la mesa,
introduzco el cañón en mi boca y lo dejo descansar en mi
paladar. El índice se resiste a encontrar el gatillo,
quién sabe si por distraído por las convulsiones que
suben desde el estómago. El exceso de aire me seca la boca,
mientras la saliva resbala por la comisura de los labios.
Si salgo vivo por la puerta del MOTEL, siempre
creerá que no apreté el gatillo. Una sola cámara
vacía, y cinco que hablan de muerte.
El clímax lo confundo con el miedo. Demasiado
sudor, demasiado miedo. Mi último pensamiento trata de imaginar
cómo sabrían los labios de la chica mona de clase.
¿podré dar un final a mi historia?
¡Menudo cabrón! ¡Mira queponer cinco balas!
Ahora, voy a dispararme.
Emilio Hidalgo.
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