| Vengo de la
oficina en el ferrocarril de vía estrecha, dando al transporte
público un ligero toque británico. No por el paraguas o
el bombín - ni siquiera llevo sombrero, y menos aún
bigote; no quiero aparentar la menor afinidad con el régimen-;
pero sí por mi traje príncipe de gales y mi camisa
corbatera, ambos gris confederado y sin ninguna concesión al
género femenino. La corbata, el cinturón y los zapatos
negros hacen pensar que soy un viudo de alivio. Quiero pasar
desapercibido en la cita del jueves, con los malos tiempos.
El viaje de ida al trabajo lo hice rodeado de obreros de
los talleres auxiliares de los astilleros y de los hornos altos de la
otra margen de la ría. Hablaban sobre la participación
del Atlétic en la Copa de Europa, y echaban miradas de reojo a
un grupo de modistillas, que trabajan de externas en las mansiones con
vistas al Abra. Los más bravos, es decir, los que habían
desayunado orujo, se apearon del vagón rugiendo
groserías, que hicieron sonrojar a las jovencitas e
interrumpieron su charla sobre la perrita Laika. Yo no me
asusté; pero tampoco les increpé, puesto que hoy es
jueves, y esta tarde me reúno con los malos tiempos.
Afortunadamente, a la vuelta el vagón de
económica va casi vacío - obreros y modistillas siguen
trabajando, aunque el gobierno haya instaurado la jornada de ocho
horas-, y sólo me acompañan un cura con bonete, leyendo
el Kempis, en una edición preciosa que cabe en un puño
con su funda de cartón, con tapas de cuero verde, repujado con
pan de oro, y hojas de biblia, con el lateral rojo y los extremos
superior e inferior dorados; unas viejas de luto, que previsiblemente
irán a algún rosario o misa de salida; algunos caseros,
que aún conservan el olor del ganado, con traje de mahón
y boina en la coronilla; un militar sin graduación; y,
también, una madre con su hijo, al que lleva al médico,
pues le ha puesto la ropa de los domingos, incluidos los calcetines de
perlé y zapatitos de charol. Todos distraídos, fumando la
media faria con camiseta que ha sobrado de la sobremesa de los caseros,
mirando por la ventana, todos sufriendo la dureza de las tablas de
madera de los asientos, todos ajenos a que a su lado llevan a la
Secreta.
El tren llega a la estación. Los zapatitos de
charol pasan a mi lado, y me hacen pensar que, desde que "El Patucas"
abrazó a Ike, las cosas están cambiando mucho.
Llegará un momento en que ya no sea necesaria gente como yo.
Salgo a la tarde fresca y oscura del jueves de
otoño. Compro un cuarterón de caldo y un librito naranja
de papel. No hay racionamiento, pero sería mejor que lo hubiera.
Estoy seguro de que acabarán diciendo que esta porquería
mata. La estanquera me atiende distraída, y me siento
satisfecho, como un Nayland Smith que persigue al Doctor
Fumanchú o, mejor aún, ese Jaime Bond de las novelas de
Ian Fleming.
Los ingleses saben dotar de aventuras a sus agentes
secretos. Sin embargo, aquí sólo vigilamos que nadie se
tire un pedo sin que lo sepa El Caudillo. Eso sí, si no tiene
permiso, le cosemos el culo, y no vuelve a tener problemas de
ventosidades en la vida.
En fin, ya he llegado al Café. El maitre de
cartón me recuerda a los indios que anuncian tabaco a la entrada
de los saloones de las películas del oeste; pero, en cutre. Es
casi tan calamitoso como suben y bajan el toldo. Entro por la puerta
giratoria, pensando que es un cacharro viejo que tendrían que
cambiarlo por una de esas puertas que se abren solas, que tienen los
americanos.
Echo un vistazo al personal, para encontrar lo de
siempre: algunos chiquiteros madrugadores, algunas señoras de la
sección femenina, comentando los últimos artículos
de "Familia Cristiana", mientras meriendan chocolate con picatostes, y
los burgueses de la ciudad, analizando en voz baja las últimas
noticias de la BBC. Éstas son mis presas, normalmente
inofensivas, que me hacen sentir como un cazador en un coto sin
perdices y sin merienda en el zurrón.
Me acerco a la barra y le pido una copa de anís a
Elías que, con su mirada enorme, parda y estrábica, me
pasa el diario de la tarde, tan pesado como su metálico nombre,
y me dirijo a la esquina de los cortinones, donde los conspiradores
aficionados gustan de esconderse.
Saludo a Carmen, la cigarrera, que me devuelve un hola y
un retemblar de nalgas en su falda de tubo. Ya le haría yo un
favor a la Carmen, pero algo me dice que es un poco tortillerita. Lo
pienso por su forma de tratar a Begoña, la lotera, que es
machorra y muy celosa de todo el que se acerque a su "Mariquita
Pérez".
Me siento en el escaño de terciopelo, y saco de
la petaca un revoltijo de estacas y pelusas, que dicen que es tabaco,
con un olor de infancia, de muerto en bombardeos o tras el paseo
nocturno. Lío el cigarrillo, haciendo un doblez en cada extremo,
tratando de evitar, de manera infructuosa, la caída de la
picadura. Enciendo el chisquero, sacando la mecha de algodón,
amarilla y negra, y soplando sobre la brasa, que pasa del cereza al
naranja, luchando por conservar su energía en el extremo del
pitillo. El sabor amargo del papel quemado me abrasa la parte posterior
de la lengua, y el olor acre de la yesca apagada pasa a formar parte de
mis recuerdos, para toda la vida.
Fumo, y me baño en la luz latonada de los
apliques de la pared. Retiro la ceniza con la yema del meñique,
y me veo en la orilla del Bósforo, fumando cigarrillos turcos y
bebiendo "martini dri", mientras sigo los movimientos de la joven
espía rusa, de tez aterciopelada, que pronto caerá en mis
brazos, loca de pasión, al escuchar mis historias de atardeceres
de fuego en el mar de Mármara y noches cálidas bajo la
luz de marte…¡me "cagüen" Elías!
- Don Miguel, aquí tiene su anís. Ya le he
dicho a Cotidio que ha llegado. Sube enseguida.
Estará metiéndole mano a Gertrudis; pero
no creo que pase de ahí, pues en este país follar no es
pecado, es un milagro.
Fumo, tirando la ceniza con la uña del
meñique, y vigilo las conversaciones de alrededor. Junto a la
ventana, dos hombres con traje oscuro hablan sobre los últimos
sucesos en Ifni. Están bién informados, lo que es
sorprendente, ya que la censura no ha permitido una sola noticia sobre
la guerrita, sin embargo me deja atónito comprobar que mantienen
una conversación paralela en vascuence:
- Apirilaren 25an bere laguna hil zen.
- Eta mendian, bakarrik dago?
Hablan sobre Juanín y Bedoya, los últimos
componentes de la VI Brigada Guerrillera del Norte. Toda una
institución del bandolerismo, si nos atenemos a las definiciones
de la prensa del Movimiento, o del maquis, según el afrancesado
Contubernio Judeo-Masónico. Yo prefiero el término
"guerrillero", con que les adornó el gobierno de la
República en el exilio. Tiene mucho de romanticismo y
cabezonería ibérica esta lucha de casi veinte años
contra la Cruzada.
- Bere kuinatak, motorrez, Islareseraino eramango du.
El conspirador deja de hablar, y su rostro se desencaja.
El pianista da fe de su presencia, cuando deja de aporrear su
máquina de tortura. Un cabo y dos números de la Guardia
Civil, que entran por la puerta trasera, han oído el idioma
prohibido. Todo el mundo en el Café sabe qué va a pasar.
Todo el mundo se apura por la suerte de estos dos infelices. Todo el
mundo, menos yo que, pasándome el nacional-catolicismo por donde
el coloso de Rodas los barcos, bajo a todos los santos del cielo, con
intenciones muy escatológicas. No puedo permitir que arruinen mi
vida en Estambul, mi tabaco rubio, mi espía rusa y mis puestas
de sol en el Mármara; de forma que me levanto inmediatamente y
choco con el cabo, tirándole el tricornio, mientras le digo:
- "¡Sígueme, cabrón!"
Y bajo las escaleras, hacia los retretes, como una
exhalación. Abajo espero al cabo que baja corriendo, hecho una
furia y haciendo gala de su vocabulario más refinado:
- Me "cagüen" tu puta ma…
La insignia de comisario de la Brigada Político
Social lo detiene en seco, y pone de manifiesto la disciplina del viejo
legionario africano, llevándose la mano al corazón, a
modo de saludo.
- Cabo Merino, a sus órdenes.
Al verlo así, dudo de que haya sido peor el remedio que la
enfermedad.
- Cabo, necesito que obedezca mis órdenes sin
rechistar. Tiene que darme un par de buenas ostias y formar mucho
jaleo, y después marcharse sin molestar a los dos vascos.
Los ojos del cabo Merino se agrandan, y algo parecido a
una sonrisa aparece debajo de su bigote fino, mientras comienza su
actuación a grito limpio.
- ¿Quién cojones te has creído,
para faltarle al respeto a la Benemérita? So rojo.
Siento que todos los demonios del infierno se vienen a
vivir a mi cara, mientras caigo de espaldas, y veo bajar a uno de los
números, con el naranjero armado, dispuesto a colaborar
ampliamente con su primero.
En la puerta del retrete de señoras, Cotidio se
abrocha la bragueta y se vuelve a meter dentro, cerrando la puerta.
El número quiere colaborar con algunos
puntapiés; pero el cabo Merino le detiene con una mirada
glacial, ayudando a que me incorpore y siguiendo con sus gritos.
- Sube "p'arriba", escoria, y da gracias a Dios de que
tengo otras cosas más importantes que hacer que ocuparme de
maricones como tú. Aprende a comportarte, que la próxima
vez te llevaré al cuartelillo, y te juro que te meteré lo
que le metió Juanín a la sorda. No sé si esta
referencia a Juanín es buena en este momento. Me sangra la
nariz, y me he manchado la solapa y la camisa.
- Siéntate ahí, tío mierda, y que
no vuelva yo a verte hacer mariconadas.
Y me dice bajito:
"¿Que tal lo he hecho, mi comisario?"
- Muy profesional, cabo. Muy profesional.
Marcha la Guardia Civil, y recuerdo al poeta muerto que
hablaba de sus calaveras de plomo. Yo hoy he comprobado que tiene
puños de hierro.
Me seco la nariz. Uno de los vascos se acerca a
mí.
- Eskerrik asko, jauna; ostikada horiek guretzat ziren.
- Perdone, pero no entiendo lo que dice.
- Le digo que gracias a ud. los aceitunos no nos han
molestado.
- Le aseguro que ha sido algo fortuíto, que yo no
quería tirarle el tricornio.
- No se preocupe, ¿puedo invitarle a otra copa de
anís?
- Muchas gracias, me hará bién.
- Lasai, Joshe, belarrimotza da, hitz egiten seguí dezakegu,
arazorik gabe.
"Sí, vuelve tranquilo a tu sitio,"inuzentea" - pienso.
Bueno, Cotidio trae la copa en una mano y su cajoncillo,
con el mérito del vermouth español grabado a fuego, en la
otra.
- Buenas tardes, Don Miguel. Ha tenido una tarde
movidita, ¿eh? Anímese, hoy invita la casa.
- Gracias Cotidio.
Cotidio procede con su industria y, junto a los
cortinones de terciopelo, vuelve la conversación: la guerra de
Ifni y los guerrilleros del norte.
- Astelehenan berarekin muga pasatuko dugu.
Bién, el lunes 2 de diciembre, en Islares,
acabará la guerra civil. El pobre Bedoya conocerá al cabo
Merino.
- …Y, Don Miguel, ¿cómo se ha metido en
semejante lío? Ud. que nunca dice una palabra más alta
que otra, …y menudos ostiones que le han "dao".
- Mira Cotidio, acabo de leer en el periódico que
el gobierno tiene planes para reformar los principios fundamentales del
Movimiento. Lo llaman"democracia orgánica", y esta tarde han
hecho un ensayo general conmigo.
- Don Miguel, no siga por ese camino, que "Guardia Civil
caminera le llevará codo con codo.
- ¡Vaya, Cotidio! Tu también me sales un poco rojo.
- Algo leía antes de la guerra. Ahora todo me
suena igual.
- ¡Cúanta razón tienes, Cotidio!
Marcha Cotidio, y quedo solo con el anís, que ya
tiene un color latonado. Pondré a mis dos perdices bajo
vigilancia, y el lunes, si todo sale bién, quizás consiga
un puesto en alguna embajada, quizás en Estambul…
¡coño Carmen!
- Tenga, Don Miguel. Que sea éste su golpe de
suerte, que ya ha tenido bastantes de los otros. Me lo ha dado
Joshemari, el estraperlista.
Mientras siento las ondas mentales negativas de
Begoña, contesto:
- Siéntate un ratito a mi vera.
Y pienso que ya tengo el tabaco rubio, que los muslos de
Carmen son tan finos y duros, como los de "La Noche", y seguro que
más calientes, que no son tan malos tiempos y que el
próximo jueves, en vez de venir al Café me llevaré
al cine a Carmen.
NOTA: ésta es una historia apócrifa, por
lo que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
Miguel San José.
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