| Desde el
momento en que recuerdo algo de mí, ya en el principio,
pululaban por mi alma algunas pocas palabras que se presentían o
se presentaban en mi vida, como por delante de la vida misma. Me vi
ciertamente obligado a buscar, a saber y quizá solamente a
trasmitir algún retazo de ellas; pero, sobre todo, a ser testigo
y a prestar testimonio de las mismas, en una pequeña medida -
sí, pequeña-, lo que puede llegar a ser el baldón
de la tarea.
Como iba diciendo, desde que tengo memoria, sin saber,
por qué - saberlo sería soberbia-, está la palabra
"ser". Lo que sigue sonará pedante; pero, aparejado a este
primer vocablo, comodín imperial, había otro
horriblemente largo, casi impronunciable, cual es "indefectibilidad".
Esto no se lo cuento al primero que me aborda en la
calle. no crean... Un leal amigo, una tarde que habíamos bebido
más de la cuenta, me lo confesó: "Tú no dices
nada, pero en la traza de tu rostro se pueden apreciar todas esas
pavadas metafísicas. A veces, el brillo metálico de tu
mirada me revuelve las entrañas, y querría consolarte de
alguna forma. Mas, de un tiempo a esta parte, me he convencido de que
eres inconsolable".
Manaba el tiempo a este ruedo planetario, y en
algún preciso instante, supe también - quizá
gracias sólo al presentimiento o a la mera sed de colores
duraderos, encauzada por un apetito desordenado de adquisición
mental- de la preexistencia de la genuflexión admitida y
admitible, tal vez, desde la templada cuna del ornamento inservible,
que vivía en la palabra "abdicación".
La corona no estaba, ni nadie sabía dónde
la habían dejado; ni si aparecería, o algún
notario egregio o personaje secreto con dotes de espadachín
emboscado sabría aportar el virtual manuscrito que hiciera
posible un nuevo estado, una nueva luz en la mirada, una lenta y
acogedora apreciación de la vida; pues, es lo que a la postre
queda postergado, lo que hay.
Ese vagar, para el que no encontraba compañero,
se hizo profesión escondida, capital, innominada incluso para
mí. El caminar en la obstinación de un corazón
culpable y unos ojos semiciegos debía encontrar muros de luz,
pequeñas pistas y vaivenes en el alma, que aflorasen,
mimetizasen la labor que la vida presenta...
- Sí, dígame.
- ...
- ¿Cómo estás, querubín?
- ...
- Ayer estuvo allí unos de los nuestros, de nombre Akhim. Me
confirmó telefónicamente que la labor estaba hecha en
Bombay. Que esperaba nuevos envíos, y que se pondría en
marcha cuando los tuviera.
- ...
- Sí claro, Juan.
- ....
- No, este chaval recién se estrenó este mes, pues se nos
marchó al cielo su hermanito Pulpul... Muy a nuestro pesar, de
verdad, hazte cuenta Juan.
- ...
- Entonces, nos comunicamos cuando esté listo lo de Bhopal,
¿no, Juan?
- ...
- Bien, adiós. Adiós, y cuídate, mi tierno
querubín.
...como iba diciendo... Bueno..., algo de la vida. Bien
..., ya recuerdo... Elucubraba acerca de la espasmódica
destrucción de ideales aparejada a este nuevo milenio, que no es
nada más que la catástrofe que se venía venir,
tras el purulento siglo XX.
Acepto que tengo una vena filosófica, ciertamente
insoportable, y que no da más que sinsabores. Eso de andar
hurgando una y otra vez sobre la misma herida sanguinolenta resulta ser
una actividad muy frustrante. No cabe ninguna duda.
De todas formas, no empleo todo mi tiempo en estas
veleidades. Bien es verdad que el teléfono me tiene ocupado gran
parte del día; no estorba a la tarea, y me sirve para abandonar
el pensamiento tan tísico y razonable. Están,
además, esos muchachos crepusculares, portando bolsas en tantas
ciudades y suburbios recónditos, indagando sobre la vida, en pos
de la Vida y comprobando, eso sí claramente, los frutos que da
su labor.
Me contaba el otro día uno de ellos, a quien a su
vez se lo había contado un tercero, que la más hermosa
palabra, aunque descuidada y ya en franco desuso, era "falansterio".
Realmente es extraña, y con un profundo sabor a
rancio; pero es bella, luminosa, de otro tiempo. Se dice del
alojamiento colectivo para mucha gente.
Quizá más extrañamente bello
tenemos el vocablo "refectorio", que se define como la estancia
reservada en las comunidades y colegios, para juntarse y comer. Mezcla
esta palabra una polifonía de niveles con un ultimísimo
matiz místico, emparentado con monjes o conventos y, en
cualquier caso, con la docencia.
Las palabras llevan algo en su interior;si bien, puede
que no sea nada más que el indicio de la vida soñada que
hay dentro o detrás de ellas. El tiempo juega a que consigamos
lo que anhelamos; o dicho de otro modo, quien busca encuentra.
La verdad es que no se requiere ninguna habilidad
especial para coordinar los trabajos de estos jóvenes. Mas
reconozco que, en la mayoría de los casos, ha servido para que
estos jovenzuelos salgan de la indolencia y la desidia, cosa que
percibo por su forma de hablar, cuando me platican tras el trayecto
hecho, tras recoger la bolsa y llevarla a su destino, donde los suelen
recompensar con risas y gritos y algún que otro bocadillo
recién hecho. Una vez más es exacto decir que irradian
felicidad. ¡Y vaya si me la contagian!
La bolsa que extrajeron ayer a la luz meridiana, por
alguna donación o trabajo secreto, está ya en el
refectorio de Bhopal, ese que construyeron con sus propias manos los
hombres y mujeres desheredados de los suburbios. El envío
asegura la subsistencia del refectorio un mes más. Tras la
conocida catástrofe del año 84 del siglo pasado, nosotros
hemos puesto medios para tratar de conseguir la recaudación
ominosa de los dineros que algunos abogaduchos americanos habían
prometido obtener. No habíamos logrado nada con sus trabajos
flojos, y el interés decayó al mismo tiempo que las
posibilidades reales de tener éxito. Una vez que el anterior
coordinador hubo abandonado su omnisciente puesto, y por gracia
desconocida, fui llamado a ocupar la vacante. Entonces, tras arduas
deliberaciones, creí consecuente continuar el cometido con un
despacho de abogados serio y afamado de la ciudadela de Praga. Al lado
del castillo, en el Hradcany, la corona engastada de la ciudad, bajando
por la calle Nerudova, a unos pasos de una galería de arte,
trabajan, ya desde el año 2001, los señores Frantisek y
Kupka. Son la cabeza pensante de un largo rosario de abogados,
repartidos por la bella capital checa. La transferencia e intercambio
de los documentos han creado el problema del idioma; pues, como parece
evidente, son extendidos originariamente en checo. Por ello, un
despacho anejo al de estos dos representantes de la ley, los expide
traducidos al inglés, que es la lengua universal de los negocios
y las transacciones dinerarias.
La tarea poco amable, según somos informados
frecuentemente desde Praga, está consiguiendo arrinconar a la
empresa denunciada. Y ello revierte en suculentas sumas de
dólares - vida, tal como nosotros las llamamos-. La
incertidumbre del mundo actual, con sus idas y venidas, deflacciones e
inflacciones de las monedas en curso, nos viene resultando un
contratiempo, no del todo superado por ahora. Hemos de estar atentos en
los cálculos que hacemos; aunque no nos importa la
variación, siempre que las sumas sean satisfactorias. El
redondeo es cosa de prestamistas y usureros. Nosotros lo traducimos en
inversiones para la eternidad - alimento para el cuerpo y enseres
altamente necesarios-, y lo demás no cuenta para nada;
más, si cabe, debido a que no existen contabilidades y
requiebros legales. Lo que se obtiene se traduce y sintetiza en pura
subsistencia de nuestros prójimos.
En Sudamérica, por otro lado, no nos ayuda en
nada el desorden y caos reinantes. Nuestros muchachos tienen que andar
con veinte ojos, no vaya a ser que algún ave rapaz intercepte
las bolsas. No conozco su forma de pasar desapercibidos; pero sus voces
suenan por teléfono con claridad y denotan ilusión, y
hablan como si lo que hacen con esas bolsas de plástico fuera un
juego. Y no lo es, lo cual no están dispuestos a reconocer;
ríen cada vez que se lo recuerdo, "tengan cuidado, muchachos" -
suelo decirles-, y todo lo que consigo, desde este lugar tan alejado de
aquellas tierras, es las idas y venidas por las ramas, con el mero fin
de quitarle valor a sus acciones, o el estallido de los globos de
chicle, con coro de carcajadas de aquellos que están escuchando.
Me parece que no se lo voy a recordar más. Me acabarán
llamando "huevón" o "cachetón", o alguna sonora palabreja
de su colorista vocabulario.
El transcurso feroz del tiempo, compartido por todos
nosotros, ha hecho - como insinué al principio, no del todo
directamente, sino con circunloquios del lenguaje- que, como digo, el
aliento fuera una enorme búsqueda, en la que estoy por decir que
nos jugamos la vida, que es lo único que poseemos en verdad. La
huera palabrería, que muchas veces ha sido impresa y guardada en
tomos y tomos de pretendida sabiduría, en multitud de ocasiones
no es tal, sino más bien divagación y pesimismo
promediado que conduce a la tristeza. Admitamos que cualquiera puede
cobrar el ánimo suficiente para tratar de usar la palabra, con
el fin de clarificar un modo de vida que tenga luz, y de sacar en la
forma indicada retazos del fondo del tiempo y arrojarlos a la
eternidad, quemando esos instantes inmortales para que nos den lumbre.
Pues, de lo contrario, la vaciedad y lo oscuro del tiempo hacen
zozobrar esta nave de bambú de nuestra alma, siempre
ahíta de necesidades, de refugio.
De forma repentina, la puerta de la estancia en penumbra
se abre y aparece un hombre joven y enjuto, mitad humano mitad de otra
especie, más que por sus ademanes, por su mirada suave y
luminosa y sus gestos tiernamente lentos. El semblante sereno y serio a
un tiempo, junto con los ropajes largos que portaba, le daban un
aspecto de hierofante, a punto de comenzar la liturgia festiva de los
espíritus llenos de gozo.
- ¡Bendito seas, hermano! ¿Sigues aún pegado a ese
teléfono de la resurrección?
- Es tarde, y ya me siento cansado; pero da la casualidad de que espero
una llamada. Importante, sí.
- ¿Del Cielo o del Infierno? - preguntó el visitante,
mientras sacaba a la luz una botella de vino tinto, antes envuelta en
una bolsa de papel-.
Había un entendimiento profundo entre nosotros. Nuestras miradas
complementaban el gesto y la palabra. Las posturas y ubicación
en la habitación poco iluminada sugerían una presencia
eterna, un desde siempre, propiciador del tranquilo encuentro, haciendo
parecer inicialmente todo ello una visita casual. Me acerqué a
la alacena y, mediante choque de cristales, extraje dos copas altas de
entre la vajilla. Las puse sobre la mesa, no demasiado lejos del
teléfono, y el tierno hierofante comenzó a descorchar la
botella y a escanciar más tarde el cáliz rojizo, promesa
del lento disfrute espiritual. Tras el tranquilo borboteo en el fondo
de las copas, brindamos. Y el primer sorbo ya aplacó el
cansancio que se hizo sonrisa recíproca y repentina
haciéndonos caer en una dulce ataraxia.
- Escucha esto que acabo de encontrar en unas cartas de
un pintor que murió hace ya más de un siglo.
Escribía a su hermano, relatándole los avatares de su
vida a la intemperie:
"Yo confieso no saber por qué; pero siempre la
vista de estrellas me hace soñar, tan simplemente como me
impulsan a soñar los puntos negros que representan en el mapa
las ciudades y lugares. ¿Por qué, me pregunto, los puntos
luminosos del firmamento nos serían menos accesibles que los
puntos negros en el mapa de Francia?
Si tomamos el tren a Tarascón o a Ruán,
tomamos la muerte para ir a una estrella. Lo que es realmente cierto en
este razonamiento es que, estando en vida, no podemos irnos a una
estrella; lo mismo que, estando muertos, no podemos tomar el tren.
En fin, no me parece imposible que el cólera, el
mal de piedra, la tisis , el cáncer, sean medios de
locomoción celeste, como los barcos de vapor, los omnibuses y el
ferrocarril lo son terrestres.
Morir tranquilamente de vejez sería ir a pie".
- "Esplendentemente esperanzador. ¿Será
probablemente la reflexión de un genio que esperaba alivio en la
muerte?" - se cuestionaba el hierofante, mientras volvía a
degustar el fruto de la vid-.
- Digamos que sí... nos pone al borde de aquella
noción que cada uno guarda para sí sobre la última
morada.
-
- Sin fe, no se puede abordar ese nudo oscuro. Debe entonces oponerse
la idea de alguien portentoso contra ese arrollador torbellino. De otra
cualquier forma, salimos vencidos del envite, y es como si la vida
colgase de la biología o del mismo azar - apuntó con
elocuencia el hierofante-.
-
- - Repíteme esa conclusión tuya sobre la muerte y las
obras; me hace inconmensurablemente feliz..., me siento levitar como un
ángel.
De forma repentina, sonó el teléfono
quedamente, como si no quisiera el sobresalto de nadie.
- ¿Buenas noches?
- ...
- Sí, estaba aguardando este resonar metálico.
¿Pero qué tiene tu voz? ¿Ha ocurrido algo sin
remedio?
- ....
- No puede ser. ¿ Lo han matado?
- ...
- Si es así, me alivias. Espero que salga adelante; es nuestro
emisario en Medellín. ¿Y lo del bocho Aluarte?
¿Llegó el mandado a tiempo?
- ...
- Bueno pues, dale ánimos a Elías, y que se recupere con
bien. Adiós, Emilio, y muy agradecido por tu llamada; necesitaba
saber de vosotros. Adiós, y no te olvides de alentarlo -
colgó el auricular-.
-
- Parece que lo hirieron, aunque se salvará. Esta vez ha ido
demasiado lejos. ¡Qué temeridad! ¿En qué
estabamos nosotros?
- En lo de la última prueba,... sí. Hummm
..., a propósito..., ayer al mediodía estuve en el Museo,
viendo la escultura de bronce "Jacob y el Ángel" de ese famoso
escultor de origen ruso, y me pareció otra forma de expresar lo
mismo. En ese misterioso y sobrecogedor episodio de doma, el adversario
detenta la misma majestad divina. Jacob cambia de nombre, y he
ahí que surge una nueva vocación del seno de esavigorosa
individualidad...
- quieres decir..., a ver si te he entendido - le interrumpió,
mientras sorbía de la copa de vino tinto-, que la figura del
ángel habla de cómo estamos inmersos en una presencia, y
que de esa misma figura sin duda proviene la plenitud de nuestro ser.
-
- Algo así pudiera ser...
- Y, a la hora oscura de la última exhalación,
¿qué será de nosotros? ¿Podemos esperar
alguna ayuda o alivio?
- Debemos conservar esa gran esperanza; nuestras obras aquí, en
la tierra, quedarán entonces petrificadas, como embalsamadas y
listas para el veredicto. Se abrirá otro orden. Al fin y al
cabo, lo que importa en última instancia es que algo sea
creído, no que sea probado. Digamos que nos debe traer sin
cuidado que la resurrección de Lázaro fuese efectiva.
Otro problema es que ahí se aludiese a una esperanza que a todos
atañe; pues eso nos azacanea a dar un salto que nos alza sobre
los montes y los valles, permite una santa mirada que perfora las
paredes de la cárcel...
La noche se había enseñoreado sobre los
tejados, llanuras, montañas y nada quedaba libre a su marasmo
uniformizador. La oscuridad se había esparcido con una calma
silenciosa, y resultaba casi de una promisión eterna.
Allá a lo lejos, en la ciudad, algunas luces titilaban
todavía, formando una esperanza lejana, casi victoriosa.
Más cerca, en el bosque que rodeaba al minúsculo poblado
de casas donde se desarrollaba el encuentro, todo era silencio, y
apenas una o dos luces destruían la portentosa negrura. Era la
hora de dormir. El estertor del teléfono descansaría unas
pocas horas; aunque, simplemente era el pacto del descanso merecido,
porque la verdad era que no había tregua en aquella lucha.
Como todas las noches tomé el candil encendido y
lo coloqué en el alféizar de la ventana, para
que así se consumiera el último resto de combustible. Su
vivo brillo rojo parecía una señal abierta al horizonte
más vasto, para el caso de que alguien pudiese vagar perdido
ahí fuera.
La calma y el sueño acunaban la noche, mientras
el brillo del candil vaticinaba el rojo de la aurora que
antecedería al nuevo despertar. Y era paz sobre el manto
terrestre, una paz insondable y tan necesaria para el camino como la
esperanza de la doncella que espera a su caballero.
Jon Rosáenz
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