| Reconozco que
soy un punto morboso, hasta tal extremo que podría
tachárseme de lo que los franceses llaman "voyeur". Mi amigo
Paco, manchego cabal, de sencilla condición, sostenía que
este tipo de desviaciones procedían del cosquilleo que pasea por
el finisbarriga y este "asuntillo" mío no podía ser
menos.
Sí que es cierto que en una ocasión en el
Instituto me encerré en los servicios femeninos para ver como
ellas orinaban, defecaban o quizá practicaban otras maniobras
más sugerentes. Forcé un urinario fuera de servicio,
según rezaba un papel un tanto amarillo que colgaba de la
puerta. "Fuera de servicio dentro del servicio" pensé
risueño. Me entusiasman los juegos de palabras. Hubo una
temporada que pasaba horas muertas en casa escribiendo imposibles
juegos de palabras; hasta tal punto que mi madre, tras interceptarme
algunos de los más escabrosos, amenazó con hablar con el
psicólogo del Instituto, un cretino pretencioso al que no se le
entendía nada de lo que decía, como a todos los
psicólogos, al menos no era argentino, el pinche de su madre.
Estuve observando las diferentes meadas de mis
compañeras durante un largo rato: de chorro compacto,
aparaguadas, intermitentes, sutiles casi imperceptibles. A algunas se
les escapaba un leve pedito al hacer el esfuerzo, un pedo etéreo
y maravilloso que hacía sonreír a su dueña. Otras
recorrían con sus dedos su fino vello púbico. Algunos
dedos más expertos descendían aún más y de
éstos, los más torpes se mojaban con el líquido
amarillo y tibio. Disfruté, sí, pero no tanto como mi
afanosa imaginación supuso. Acabé empapado. La cisterna
perdía agua a raudales y cada vez que mis víctimas
tiraban de la cadena, más agua caía sobre mí,
así que acabé decepcionado y húmedo, pero por
fuera.
Mis primeras y tempranas experiencias en esto de mirar a
los demás se limitaban a quedarme mirando de noche las ventanas
iluminadas. Disfrutaba observando cómo cenaba, dormitaba ante la
televisión o arreglaba una lámpara cualquiera de mis
vecinos. Descubrí que desde la ventana de mi cuarto podía
espiarlos impunemente. Y así pasaba tardes completas sin
moverme. El vecino del sexto, Eulogio se llamaba, permanecía
largos ratos escarbando con fruición en los orificios de su
nariz, mientras construía barcos. Los barcos no me interesaban
en absoluto, lo que me atraía era su habilidad para encontrar
bolitas de moco - que pegaba debajo de la mesa -en un yacimiento
esquilmado por años de explotación. En el cuarto, una
señora que tenía un cuerpo muy voluminoso, rayano con la
obesidad se dedicaba a cambiar continuamente la ubicación de los
muebles y enseres del salón. No lo hacía ella
personalmente, pues su movilidad estaba seriamente limitada;sino que
delegaba en el calzonazos de su marido, un tipo enjuto, amarillo,
ojeroso y putero, según contaban en el barrio. Le indicaba
despatarrada en el sofá, con un movimiento de su seboso brazo,
el lugar exacto donde colocar cada cachivache.
Según van pasando los años este tipo de
costumbres se enquistan y se especializan. Encontré un trabajo
que me dejaba tiempo libre para mis experiencias liberalizadoras. Lo
que no encontré, por el contrario, fue ninguna mujer que
pudiera, no digo compartir, ni siquiera comprender mis obsesiones.
Así que vivo solo. Durante una temporada tuve un gato. Me pasaba
horas observándolo, cuando comía, cuando bebía,
cuando rebañaba su áspera lengua por toda su pelambrera
para limpiarse, cuando dormía. Le puse el nombre de "Murakami",
el nombre deunParque de Atracciones cercano en el que destacaba una
gigantesca noria, que giraba y giraba sin cesar, y cuya rueda en
órbita no me cansaba de mirar. Murakami tampoco pudo soportar mi
persecución y se tiró por el balcón. No sé
si se mató. Nunca encontré el cadáver. Lo que
sí puedo asegurar es que nunca volvió.
Llevaba largo tiempo obsesionado con una Residencia de
Ancianos que encontré en una de mis excursiones por diferentes
zonas de la ciudad. Estaba situada en un barrio de aluvión,
llena de gente modesta procedente de comarcas rurales olvidadas, gente
desocupada que paseaba por las calles a todas horas, que tenía
hijos sin futuro: ellas, con pantalones estrambóticamente
acampanados y zancos modernos de suela de tocino; ellos, con un atuendo
tres tallas menor y aros metálicos colgados de diferentes
cornisas de su cuerpo.
La Residencia quedaba en frente de una colina verde y
escarpada que evitaba el avance del barrio. Ocupaba tres pisos de un
viejo edificio de ladrillo visto. Yo me pasaba tardes completas
paseando por las calles cercanas a la misma, y observaba cómo
salían de ella sus moradores y acudían a los bares a
jugar a las cartas, o subían a la colina, o compraban revistas
de segunda mano. Un abuelete, cojo y corvado, ostensiblemente mermado
por los efectos de una avanzada osteoporosis, salía todas las
tardes puntualmente a eso de las tres y media. Tenía que
quedarme sin comer, para poder verle salir. El abuelo, a pesar de su
cojera, caminaba bastante deprisa, eso sí, con paso corto y
cadencioso. Siempre se dirigía al mismo lugar, un colegio
cercano, y allí se pasaba la primera parte de la tarde viendo
cómo los niños jugaban al fútbol o hacían
gimnasia. Cuando éstos salían del colegio, seguía
a un niño rubio, delgado y patizambo, de unos ocho años.
Al niño no le iba a buscar nadie a la salida, y debía
regresar solo a casa. Bueno, solo no; porque lo hacía bajo la
atenta vigilancia del abuelo custodio, que observaba con mucho
interés todos sus movimientos, exactamente del mismo modo que yo
vigilaba los suyos.
Así, después de muchas tardes de jugar a
ser la sombra del extraño anciano, descubrí que el
niño vivía con su hermana mayor, de quince años,
que su madre había tenido que ir a trabajar a Barcelona, y que
su padre se había fugado con una peluquera, al parecer bastante
pendona y ligera de cascos. Esto me lo contó una vecina del
niño que paraba en la cafetería donde el misterioso
ángel de la guarda y yo nos apostábamos para vigilar al
niño, que acostumbraba a jugar con un grupo de pilluelos mayores
que él, justo en frente de la terraza de la misma.
Observé que la señora trataba con familiaridad al
niño. Advertí, también, que vestía ropas
inapropiadas para su edad. Y finalmente me percaté de que, en
más de una ocasión, me había dirigido a alguna
mirada furtiva.
Un miércoles lluvioso, cuando ya se había
marchado el niño de nuestros desvelos, y tras él su
sombra protectora, entablé conversación con la
señora en cuestión. Se llamaba Marisa. Le sobraban unos
quince kilos, principalmente en los pechos que peleaban denodadamente
por escapar de un corpiño, a todas luces estrecho. Lucía
una permanente de esas modernas, con las que las mujeres parecen
despeinadas, con mechas rubias y las raíces oscuras. Hablaba sin
parar, a borbotones. Hablaba de Letizia, que si no está a la
altura del Príncipe, de que a los maltratadores habría
que caparlos, de su marido que no la comprende, de lo bien que le
salía el pollo al chilindrón, de una amiga llamada
Purita, a quien le tocó una "primitiva" y se fue a vivir a
Lanzarote, "la muy puta" - decía-. Hablaba sin parar, mientras
sus tetas seguían luchando con sus cadenas, ora negras ora
lilas. Le pregunté con disimulada indiferencia por el
niño, y me contó su historia. También me
interesé por el anciano que últimamente era mi
compañero de fatigas. Se llamaba Conrado. Vivía en la
Residencia, porque su hija, que se había ido con un tiparraco
casado y con dos hijos, le había dejado en la calle. Me
invitó a probar su pollo al chilindrón, ya que su marido
estaba fuera durante unos días, "cosas de su trabajo - me dijo-,
es representante de lencería". Inventé una excusa; pero
le prometí volver y probar su pollo. "Usted se lo pierde" -
respondió con gallardía-.
Este aperitivo despertó mi curiosidad, más
si cabe, por conocer a Conrado y penetrar en los secretos de aquella
Residencia.
Camelé a mi amigo Paco para que se hiciera pasar
por Inspector municipal de Alojamientos de la tercera edad. Ya
había suplantado a un inspector de Locales de Ocio, cuando quise
conocer detalles de aquel club de separados. Se sabía el papel.
Tras una faena aseada, me proporcionó un listado completo de los
residentes, sus filiaciones, ficha médica y observaciones de la
Asistente Social del barrio. "C´est une affair que marche" - le
agradecí, parafraseando a mi profesor de francés-.
Olvidé decir que trabajaba en un banco que se acababa de
fusionar con un homólogo francés, y que el necio de
Director de Recursos Humanos, el hijo puta de personal de toda la vida,
se empeñó en que todos aprendamos francés, y se
está gastando un dineral en tal propósito. Lo van a
echar. De lo cual me alegro, porque es el típico tiburón
de cuellos almidonados largos y pegados a la corbata. Lo debió
ver en una película americana. Es, sin ninguna duda, un perfecto
estúpido; y además le huele el aliento a chorizo de
Pamplona. Quería llevarse al huerto a la adjunta del Negociado
de letras Devueltas que, es verdad, levantaba los instintos. Ella,
Remedios creo que se llamaba, le había mandado unas cuarenta y
siete veces a donde amargan los pepinos. Pero si alguna virtud
atesoraba Enrique, así se llamaba el gachó, era la
perseverancia carnal. De modo que, tras un puente en Soria, le
obsequió un paquete de dos libras y media de
mantequilla,demostrando con ello tener la sensibilidad de una iguana de
Las Galápagos.
Pero no quiero perder el hilo del relato.
Disponía de la información necesaria para poder
introducirme sin levantar sospechas en la Residencia. Decidí
acudir la tarde siguiente, y presentarme como el primo de
América de Resurrección Sadurní, aquejada de
demencia senil desde hace ya más de cuatro años. De esta
manera, quedaba a salvo de cualquier imprevisto. Todavía
recuerdo como casi me mantean en aquella Academia de Corte y
Confección, por no ser cuidadoso.
Resu, que así le llamaban, era un encanto de
viejecita. Me besó, me abrazó, y se lo contó a
todas sus amigas: "Sí, un primo de América, y me ha
traído un mantón precioso". Me costó encontrar un
mantón araucano y, lo que es peor, pagué por él un
potosí.
La vida de Resu, la que ella recordaba, no
resultó ser interesante. Un pueblo pequeño, unos hermanos
desavenidos por una herencia, emigración a la ciudad. Vamos...,
lo de siempre. El día perdido. No encontré a Conrado.
Salía ya de la Residencia, amargado, cuando
acerté a ver una viejecita impoluta, asomada a la ventana que se
abre a la colina. Para ser exactos, volcada sobre la ventana. No
sé qué es lo que me atrajo de ella. Quizá el color
de pelo, blanco con reflejos violetas, como el de mi abuela, que
también se pasaba el día mirando, ("fisgona" le
decían). Pero ella miraba, miraba y entendía. Al menos,
daba esa impresión; quizá por su manera de mirar por la
ventana, hacia abajo, al abismo y fijamente sin mover la cabeza,
concentrada.
Esa noche no pude quitármela de la cabeza, y me prometí
conocerla, contactar con ella. "Por mis muertos - me dije-,tengo que
saber su nombre".
Por la mañana, mientras fingía trabajar,
tracé un plan algo torpe, pero no se me ocurrió nada
mejor: le diría que estoy buscando a un pariente de un buen
amigo de América. "Mi amigo - justificaría- no recuerda
ningún dato de su pariente. Sabe que está vivo y que vive
en esta ciudad. Y sólo la coincidencia de los detalles de su
vida permitiría reconocerlo. Representa su único pariente
en el mundo".
Sin siquiera probar un bocado, llegué a la
Residencia hacia las tres y media, desfallecido, pero infantilmente
feliz, excitado. Despaché a Resu con una faena aseada.
Aproveché para pedirle "el nombre de la loca esa de la ventana".
Me crucé sin interés con Conrado, que partía a ver
a su "nieto". En mi mente sólo quedaba espacio para la ventana
que daba a la colina.
Y allí estaba, exactamente igual que ayer,
inmóvil, volcada sobre la ventana.
"Ana, ¿puedo hablar con usted un minuto?" - le
pregunté tembloroso-. No se inmutó. "Hable usted de lo
que quiera" - alcancé a entenderle-.
Acto seguido, le lancé mi historia sin demasiada
convicción.
"Eso no hay gitano que se lo crea" - me escupió-.
Me quedé en blanco, angustiado durante un buen
rato. Tiene usted razón. Me gustaría conocerla, hablar
con usted. No sé muy bien por qué" - musité-.
Pasaron largos y tensos minutos. Y cuando daba por
perdido el asunto, contestó: "¿De qué coño
quiere que hablemos?".
Suspiré. Ya la tenía, ya era mía.
"Me gustaría saber qué hace todo el día asomada a
esa ventana" - pregunté a bocajarro-.
"Esperar, esperar a que venga" - contestó
lacónicamente-. Me fue imposible lograr que me contara nada
más. Y lo mismo sucedió el resto del mes y el siguiente.
Me estaba venciendo. Pensaba que con el paso del tiempo
había alcanzado un dominio de mis obsesiones, y que las
podía controlar. Me comportaba como un adolescente: nervioso,
irritable y compulsivo. Estaba desquiciado. Como en las
películas de marcianos, había sido abducido por una
anciana de pelo violeta.
Seguí acudiendo todos los días a la
ventana. Me pasaba horas apoyado en la pared de al lado,
hablándole, preguntándole, rogándole.
Había abandonado descaradamente a Resu, y algunos
residentes curiosos me preguntaban por ella y por mi actitud hacia Ana.
Repartí todo tipo de excusas, sin preocuparme de su veracidad.
Incumplí todas mis normas de conducta. Me daba igual todo.
Afortunadamente, el personal de la Residencia, Dirección
incluída, resultó ser como el de la mayoría de
estos establecimientos: indiferente, mientras paguen.
Una bruñida mañana de abril, cuando los perfiles del
paisaje desbordaban primavera en la colina, encontré la ventana
vacía. Me asomé. Me sentí extraño, como un
usurpador de almas. Los latidos de mi corazón rebotaban veloces
en el vacío de mi estómago.
Pregunté por ella. Me acertaron a decir que se
encontraba indispuesta en la cama.
Me sobrepuse rápidamente. "No será nada
grave" - pensé-. Debía actuar con diligencia. Así
que consulté mi estadillo. Y pude comprobar que en él,
además de varias obviedades, aparecían el número y
la localización de su habitación.
"¡Hola Ana! ¿Qué tal se encuentra?"
- le saludé, en tono afectuoso-. Ella levantó ligeramente
la cabeza, me miró, y suspiró desengañada.
Insistí; pero permaneció en silencio. Me senté a
su lado, dispuesto a esperar pacientemente.
"¿No me va a dejar en paz nunca?" - preguntó agriamente-.
"No antes de que me cuente por qué mira
continuamente por la ventana. Le juro que no pienso abandonarla hasta
que eso ocurra" - fue mi respuesta-.
Parece que mi razonamiento la convenció. "Ya le
dije que estaba esperando" - añadió, un tanto violentada,
al mismo tiempo que se incorporaba de la cama-.
"Pero, ¿a quién?"- protesté-.
"A Constan, mi marido" - aclaró, como si se
extrañara de que alguien pudiera ignorar tal circunstancia-.
"¿Se marchó? ¿A dónde?" -inquirí,
mordido por la curiosidad-. Meditó durante un largo rato, y me
contó su historia, una historia que fluye incesantemente por mis
venas, y que se me repite día tras día:
"Me enamoré de él en cuanto lo vi. Era
perfecto, sensible, cariñoso. Se desvivía por mí.
Nos casamos enseguida. Vivíamos en la gloria. Yo era
inexplicablemente feliz. No nos relacionábamos con nadie.
Constan era de la opinión de que el mundo que nos ha tocado
vivir está compuesto por gente zafia, desagradable, sucia,
indigna, gente despreciable. Y él los despreciaba. Despreciaba
el mundo. Vivíamos de un taller de tallado y engarzado de joyas.
Trabajábamos con brillantes, diamantes, piedras preciosas.
Sólo los dos. Él tallaba y engarzaba las joyas, y yo las
pulía. Siempre lo hacíamos por encargo. Era un artista,
hacía y sentía el arte. Se le iluminaba la cara con el
brillo de las piedras, cuando las tallaba. ("Son bellas y puras como
tú" - solía decir-). Me sentía completa. Pero mis
padres insistían en que una familia sin hijos no es familia;
así que tuvimos una niña, Esmeralda, que con el tiempo
resultó ser egoísta, interesada y algo ladina. Mi marido
no quiso saber más de ella. Yo hace más de seis meses que
no la veo. Y, cuando viene, es para pedirme dinero o una firma para
vender algo. De todas formas, a pesar de perder una hija, yo
seguía siendo feliz. Constan me llenaba. no necesitaba
más. El taller nos arruinó, y tuvimos que venderlo junto
con el piso. Pusieron esta residencia, y nos admitieron en ella. ("Por
caridad humana" - dijeron-). Mi marido no lo pudo asimilar. Dejar las
piedras y vivir rodeados de viejos babosos fue superior a sus fuerzas.
Se suicidó".
Terminó bruscamente su relato, y se
recostó de nuevo. Creí ver una lágrima asomar
levemente de su ojo izquierdo, y entonces lo entendí todo.
Entendí que Constan se tiró por esa misma ventana.
Entendí que, cuando Ana supo su intención, le
animó a hacerlo. Entendí que establecieron una
señal para encontrarse después. Entendí que Ana, a
pesar de todo, era feliz esperando. Sabía que él
vendría a por ella.
La canícula apretaba, y la misma colina
parecía asfixiarse a la solana. Caminaba refugiándome en
la sombra de la calle que desembocaba en la Residencia. Levanté
la vista, y me cegaron el brillo del marco de aluminio de la puerta de
entrada y los destellos luminiscentes de la sirena de una ambulancia.
Era el último viaje de Ana, el abrazo del reencuentro.
Joseba Molinero Goñi.
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