| El hombre
camina despacio, la cabeza inclinada, los ojos fijos en una imagen
perdida. Sus zapatos golpean los adoquines de la calle, y el sonido de
los pasos se esparce en ecos, que reverberan en los edificios de
alrededor. Es un hombre alto, de unos cuarenta años. Pelo
entrecano, rostro agraciado que un gesto de preocupación
endurece. Una gabardina de color oscuro, indefinido, oculta su cuerpo.
Se detiene ante el número 21 de la Vía del
Diamantista. En un lateral de la entrada una placa anuncia "Agencia de
Investigación". El hombre sube por las escaleras hasta el tercer
piso y se detiene frente a una puerta de pintura mancillada por el
tiempo. Su mano derecha sube hasta la nuca y mesa el cabello, primero
lo desordena y luego pretende volver a peinarlo con los dedos. En el
anular un sello de oro, grabado con unas iniciales entrelazadas,
aparece y desaparece entre el pelo. Pulsa el timbre varias veces en una
rápida sucesión de breves campanilleos; se escucha un
zumbido y la puerta se despega del quicio franqueándole la
entrada.
Penetra en un salón coronado por una
lámpara que extiende un manto de luz mortecina sobre el
mobiliario: un sofá tapizado de plástico verde y una mesa
cubierta de revistas antiguas; al fondo, contra una de las paredes, una
silla huérfana. El hombre no toma asiento, permanece de pie, su
vista clavada en la puerta que se encuentra al fondo del oscuro
pasillo. Después de varios minutos comienza a caminar, decidido,
como si hubiera estado haciendo acopio del valor suficiente para
golpear con los nudillos la puerta y traspasar aquel umbral de
agonía. Desde el otro lado una voz grave le indica que entre.
Sujeta la manilla y durante unos segundos no respira, no
pestañea, estático, inmóvil.
Por fin, con un ligero suspiro el hombre se decide y
entra en el despacho de su anfitrión.
Sólo puede distinguir una mesa cubierta de
legajos y resmas de papel. En el lateral un flexo enfoca su luz
amarilla hacia unas manos que descansan sobre un cartapacio
marrón. El resto del despacho se oculta en la penumbra. Un
carraspeo se modula en palabras que invitan al hombre a tomar asiento.
Éste observa las manos inmóviles sobre la mesa, levanta
la vista e intenta adivinar la figura de su propietario. Un punto de
luz naranja crece en la oscuridad, una mano pálida y de piel
translúcida desaparece en un movimiento lánguido y
regresa a la luz con parsimonia portando un cigarrillo humeante entre
los dedos índice y corazón.
El hombre se inclina hacia delante, acariciándose
la nuca. Comienza a hablar, pero el temblor de sus labios le impide
terminar la frase. Lo intenta de nuevo; esta vez consigue controlar sus
nervios.
- Hoy es 14 de noviembre. Son las doce menos cinco de la
noche.
- Lo sé.
- Me dijo que regresara hoy. Y a esta hora.
- Sí, así fue.
- ¿Y bien?
La mano con el cigarrillo se vuelve a perder en la
oscuridad. Esta vez retorna con una carpeta que deposita con delicadeza
delante del hombre.
- Ahí encontrará lo que deseaba usted saber.
- Pero, ¿cómo ha podido conseguirlo? ¿Cómo
sé que es verdad?
- Dispongo de fotografías.
Los ojos del hombre se abren horrorizados y miran hacia
la oscuridad más allá de las manos.
- ¿Fotografías? Eso es imposible. No puede
ser.
Desde el otro lado de la mesa sólo le llega el
sonido de una respiración. El hombre sujeta la carpeta entre sus
manos y la vuelve a dejar sobre el escritorio. Se mesa el cabello de la
nuca, nervioso, mientras gotas de sudor se deslizan por su frente
perfilando su ceja izquierda.
- Compruébelo usted mismo.
El hombre se levanta. Se vuelve a sentar. Sus dedos se
engarfian sobre la carpeta y, por fin, de un golpe, la arroja contra la
pared. Se puede oír el sonido de papeles entremezclado con una
respiración agitada, casi jadeante. Una voz surge de las sombras:
- Eso no cambia nada. En realidad nada ni nadie pueden
cambiar lo que se ve en esas imágenes.
Desde la penumbra un crujido anuncia que el
sillón que se oculta más allá de la mesa se
está desplazando sobre la tarima de madera. El hombre percibe un
leve sonido de roce de tela sobre tela cuando unos pasos se dirigen
hacia donde debe haber caído la carpeta. Ahora los pasos se
aproximan hasta llegar a su lado. Una mano se apoya con suavidad sobre
su hombro mientras la otra deposita sobre la mesa una
fotografía. El hombre la observa, lanza un grito y se pone de
pie volcando la silla en la que se encuentra y derribando en su
huída el flexo que ilumina la habitación.
Ahora corre escaleras abajo. Ahora huye por una calle
desierta, de suelos relucientes por la humedad que reflejan la luz de
las farolas.
En la habitación una forma de contornos
imprecisos vuelve a sentarse en la oscuridad y enciende otro
cigarrillo. La llama de la cerilla alumbra durante unos segundos la
instantánea abandonada: un cuerpo desmadejado y tendido en el
suelo, las piernas y el brazo izquierdo en ángulos
extraños; la mano derecha, crispada, reposa sobre el pecho a la
altura del corazón; un sello de oro, grabado con unas iniciales
entrelazadas, destaca con su brillo incongruente en una escena de
tintes grises; unos ojos abiertos, ciegos y sin vida, observan el
vacío desde la imagen de la fotografía. En la esquina
inferior derecha aparecen una fecha y una hora:
- 15 de noviembre de 2004. 00 horas 35 minutos - lee en
voz alta mientras apura el cigarrillo. Debo apresurarme, no me queda
demasiado tiempo.
Se viste con un abrigo largo y negro y coloca sobre su
cabeza un sombrero del mismo color. Abre uno de los cajones de la mesa,
recoge una cámara fotográfica y la guarda en uno de los
bolsillos del gabán. Cierra la puerta del despacho, desciende
las escaleras y sale a la fría noche. Se detiene en el portal un
instante; mira hacia su derecha, luego hacia su izquierda. Allí,
al final de la calle, el hombre vestido con una gabardina de color
oscuro, indefinido, avanza tambaleándose. Camina hacia su
encuentro. Mira su reloj de pulsera. Faltan veinticinco minutos para la
una de la madrugada.
Roberto Sánchez García
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