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EL RECUERDO DE LA LUZ
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Empezó a
soplar un viento frío. Un escalofrío recorrió la
piel empapada del sudor de varias horas de marcha.
- Néstor, ¿tú recuerdas como era la luz?
- ¿Qué? ¿De qué luz hablas?
- Aquella de las mañanas de primavera cuando
ordeñábamos las cabras. Salías de la casa de
madrugada y la luz flotaba y se extendía. ¿Puedes
recordarlo?
- No sé. Supongo que sí.
- Pues yo casi no me acuerdo y cada día me cuesta más
pensar en ello. Me despierto cada mañana tratando de recuperar
ese recuerdo y se me escapa y me duele. No sé si quiero
continuar.
- Leka, deliras. Estás cansado y aún las heridas no se
han secado totalmente y te afecta a los pensamientos. Piensa en tu
casa. Te dará fuerzas.
El guía ordenó con un grito el fin de la jornada.
Había encontrado un buen sitio para pasar la noche al abrigo del
viento y de los lobos. Les quedaba apenas un puñado de mendrugos
de pan y algo de queso ácido. Llevaban ya más de tres
días sin pasar por población o caserío donde poder
mendigar un poco de alimento. Néstor más corpulento
dormía apoyado contra una roca y permitía a Leka
recostarse contra él.
Pasaban la noche enroscados para aguantar el frío de las
montañas.
Caminaban inconscientemente con paso cansino, sin fuerzas, agarrados
unos a otros y siguiendo al guía. Hacia el mediodía y
cuando el sol ya calentaba, encontraron un pueblecito. No consiguieron
gran cosa. Los hombres estaban en el campo y las mujeres que
encontraron en las casas les arrojaron los restos de comida destinados
a los animales.
- ¿Por qué nos tratan así si hemos peleado por
ellos durante más de tres años?
- Néstor, hemos perdido. Somos los vencidos. Restos de un mal
recuerdo.
- Conseguimos que durante varios años no tuvieran que pagar
tributo alguno a los griegos y ampliamos nuestras tierras hasta el mar.
¿Ya no se acuerdan?
- Temen la venganza del Emperador. Somos los responsables.
Caía la tarde cuando uno de su grupo se despeñó
por la abrupta ladera de la montaña que estaban ascendiendo. Se
oyó un grito y finalmente un golpe seco. No se alteraron. Se
habían acostumbrado y sabían que tenían que
agarrarse fuerte al camino para evitar ser arrastrados. Comenzó
a llover y pararon en una angosta cavidad de la pared de la
montaña. Amontonados se dispusieron a pasar la noche. La lluvia,
ya convertida en tormenta, les impidió hacer un fuego que
ahuyentara a los lobos. Varios de ellos sufrían profundas
heridas provocadas por dentelladas. Acumulaban a su alrededor piedras y
estacas para defenderse. Leka no podía quitar de su mente el
recuerdo de la luz. Retorcía sus pensamientos tratando de
encontrarla, pero se le escapaba. Ya no quedaba nada y a Leka le
invadía una tristeza profunda y negra. No quiso hablar con
Néstor aquella noche.
Amaneció lloviendo, una lluvia densa y oscura. Tuvieron que
caminar con cuidado, evitando resbalar en el musgo de las rocas,
tentando cada paso. Un barro frío y abrasivo llenaba su calzado,
una especie de abarcas de piel de cabra muy elásticas.
En dos semanas más de marcha alcanzaron la orilla del río
Vresne. Era aquel un valle hermoso, preñado de cebada y trigo y
con huertas por doquier. Decidieron descansar un día antes de
plantearse cómo cruzar el río. Abundaban los
caseríos en aquella zona pero la generosidad resultó
similar a la encontrada hasta entonces. Malcomieron una especie de
puré de cebada y leche agria. Durante todas estas últimas
semanas, Leka había permanecido silencioso ni siquiera hablaba
de Anna, su esposa. Néstor sentía que su amigo se apagaba
como un fuego sin leña.
Néstor un hombre vital y optimista por naturaleza vio la luz
cuando los heraldos del zar Samuel aparecieron por su aldea reclutando
hombres jóvenes para la guerra contra los griegos. Es lo que
siempre había querido, salir de su pequeña aldea,
abandonar las cabras, pelear por su tierra y ganar honores.
- Leka, vayamos a la guerra. Peleemos contra los griegos. Ésta
es nuestra tierra y no tenemos que pagar por vivir en ella.
Leka asintió. Nunca se había separado de Néstor
desde que sus padres murieron y los de Néstor le acogieron. Leka
se había casado un año antes y había comprado dos
docenas de cabras, que cuidaba con fruición. Le gustaba su vida
y no aspiraba a nada más. Vendía la leche y el yogur o
los cambiaba por pan y carne de cerdo y últimamente por carne de
vaca. Anna estaba débil. Había perdido su segundo hijo.
- Anna me voy con Néstor a la guerra. Tu hermano Petra
vendrá a velar por ti y a cuidar las cabras.
Les llevó cuatro días cruzar el río. Encontraron
una barcaza en muy mal estado que tuvieron que reparar utilizando la
madera de los álamos que orillaban el río.
- Leka, en un mes llegaremos a Prilep y allí nos recibirá
el zar Samuel y nos agasajará y comeremos y nos
recompensará por nuestro valor. Porque él sabe que hemos
peleado bien y que hasta Stumitza, habíamos arrebatado al griego
tierras, ciudades, posesiones.
Leka siguió en silencio agarrado al hombro de Néstor.
El invierno se aproximaba y si no alcanzaban Prilep antes de las
primeras nieves les iba a ser imposible cruzar el paso de Babuna. Todos
lo sabían y lo sentían. Hacía cada vez más
frío y sus andrajos apenas les cubrían. Las ansias por
llegar les hacían cometer más errores y los accidentes se
sucedían a cada momento.
- Néstor, ya no la veo. No recuerdo por dónde
salía el sol en mi casa, ni qué ladera de la
montaña se iluminaba por la mañana, ni el brillo del agua
del manantial de Sertre.
- Leka aguanta que mañana veremos Prilep. Y luego, en tres
días estamos en casa. Anna te estará esperando y ella te
recordará la luz y te explicará todo lo que necesites.
La tarde estaba muy avanzada cuando alcanzaron el río Crna y al
fondo la sombra de la fortaleza de Prilep. En la cima de una roca
escarpada y gris se situaba la torre
cubierta por nubes negras, pesadas, siniestras. El guía
anunció con alivio la nueva. Todos se
alegraron ruidosamente y se abrazaron a tientas. Néstor se
derrumbó exhausto y feliz. Al fondo del desfiladero se
escuchó un sonido seco y conocido.
Tras la batalla de Stumitza, el Emperador de Bizanzio
Basilio II irritado por las perdidas materiales y humanas que le
habían infringido los búlgaros del Zar Samuel durante los
cuatro largos años que duró la guerra, decidió
cegar a los 15000 supervivientes, dejando tuerto a uno de cada veinte.
Les forzó a marchar a pie hasta Prilep donde se había
acantonado el zar Samuel.
Néstor no supo qué explicarle a Anna, porque él
realmente no había visto nada.
Joseba Molinero
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