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CAJAS DE CARTÓN
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Nunca he
soportado la longevidad de los días de verano con su luz
tempranera y cegadora, pegándose a los sueños para
recordarme que tengo que abandonar mi descanso. Tampoco me agrada el
paisaje que se dibuja en las calles llenas de colores invitando a la
alegría, con improvisados turistas fotografiando su tiempo
libre, o el aire acondicionado que aleja el calor de las
cafeterías para aquellos que pueden pagar un alto en la
mañana.
Me hastía la oferta de encuentros y las caras de gentes alegres
por las llegada de las vacaciones, cuyas miradas se fijan en los en los
rótulos de las rebajas para obviar a los que nos sentamos a los
pies de los escaparates.
Especialmente molesto es el anuncio de los primeros albores de la
mañana. Los rayos empujados por un sol que aún recela de
su lecho, corren indiscretos a despertar a la ciudad. A las seis, menos
un minuto por día desde el último solsticio, irrumpen en
mi intimidad.
A mí, que lo único que me queda es no tener obligaciones,
que al fin y al cabo podría, que desearía, dormir por
siempre, es al primero al que se le molesta. Sin embargo, no
será hasta las ocho, coincidiendo con los primeros suspiros de
Bilbao, cuando dejaré de ser sospechoso para pasar a ocupar mi
sitio en el cajón de los desamparados.
Hasta que no comience la caída del sol, la Gran Vía
seguirá juzgando lo que deje de hacer. Doce horas de luz, doce
horas de reproches. Desperdiciando el tiempo entre un par de
números de la calle para que te conozcan y estar siempre
presente en sus miradas, impidiendo que encuentren excusas para evitar
sus conciencias. Eternos minutos los de verano, siempre repitiendo la
misma palabra "gracias".
Y sin embargo, aún no sé quién es el que ayuda a
quien.
En invierno la ciudad apresura a recogerse. Las voces de los vecinos de
Bilbao dejan un débil eco que a duras penas puede ser escuchado
más tarde de las nueve de la noche. Me gusta porque no tardo en
recuperar la intimidad, y además la oscuridad me tapa hasta
entrada la mañana.
En estas fechas basta con enarcar las cejas, hincar las comisuras de
los labios en la barbilla y apagar el brillo de los ojos para conseguir
un buen disfraz de huérfano.
Sobran las palabras para conseguir comer.
La ciudad me recuerda las películas en blanco y negro, todo se
vuelve gris y solitario, las calles se inundan de nostalgia, de
historias verdaderas, se vacían de los que no deben estar
allí. Los ateos dejan paso a los creyentes, y las nubes corren a
impedir la entrada de falsas esperanzas. No se desperdician palabras ni
gestos evitando que el agua las ahogue; en silencio la gente pasea con
la mirada perdida en sí misma no vaya a ser que la cabeza se les
congele. Los párpados se refugian bajo las solapas de las
gabardinas, y las cabezas se hunden en sus paraguas, para evitar que se
les corte la piel por el frío.
Tan sólo el cielo repara en mí.
Sus lágrimas me traen anhelos de otros tiempos. Desnudan mis
recuerdos y siento que ya nunca podré recuperar mi otra vida. No
hace tanto yo también me escondía de la lluvia, pero hoy
tengo que continuar mi penitencia, hasta que mis últimos
alientos se consuman junto a su memoria.
La de aquellos años con todas sus estaciones, la de una ciudad
con todas sus calles. Y ella, sobre todo ella, con sus ojos llenos de
primavera saludando el paso del tiempo, siempre abiertos para
engañar a la luna, robando luz a los últimos bostezos del
sol como si temiera no despertar si los cerrara.
Pero llegó aquel verano abrasador, inquisidor desde su pedestal,
escupiendo fuego hasta que no lo pudo soportar más. Entonces sus
cabellos comenzaron a sentirse cansados, y se arrugaron con las
últimas hojas, hasta que su cuerpo quebró.
Ahora sólo el invierno me devuelve su respiración y,
mientras que las primeras tormentas de diciembre acuden a despertarla,
la luna de enero la acuesta junto a la improvisada cama de
cartón.
El resto del año son los reproches que acompañan a la
limosna los que alargan mi condena. Pero ya le he perdido el miedo de
los primeros días, y no me importa aguantar firme mi mano a la
altura de sus rodillas, paraque se sientan seguros desde donde
necesitan doblar el cuello para verme. También yo despachaba
hace años con mi conciencia, y puedo recordar lo incómodo
de cruzarse con las imploraciones de un desconocido que te obliga a
levantar la vista.
Y así, cada día despierto en el cajero del BBV.
Abandonando todas las mañanas junto al suelo cubierto de
cartón , la vergüenza y tal vez la dignidad. En una bolsa
de nailon azul, anónima y desgastada por las aceras como su
portador, guardo la manta junto al resto de mis pertenencias.
Ésta es mi mayor posesión, la única señal
de identidad que me queda, la que delata a los espectadores de la noche
que el que ocupa su cajero no es un borracho, tan sólo alguien
que necesita descansar.
He de apresurarme a cerrar los ojos para encontrarme con ella y olvidar
que todo sucedió una mañana de septiembre junto a una
cama perdida en una habitación de hospital. Al golpear en la
ventana, las primeras lágrimas del cielo me despertaron de mis
sueños, pero no fue hasta que rugieron las primeras voces y ella
no respondió, cuando realmente supe que tenía que buscar
otro lugar donde dormir.
Emilio Hidalgo
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