Sujeté el cablecillo con dos dedos, le
di un suave tirón y el auricular saltó sobre su regazo.
“¿Tú no crees en leyendas urbanas, verdad?”. Inés
no me miró —prefirió hacer como que no me había
oído—, se colocó de nuevo el auricular y continuó
ojeando un ensayo sobre Edward Hopper. Era domingo por la noche y
apurábamos las últimas horas del fin de semana acomodados
en el salón, yo, es cierto, más interesado en un programa
acerca de fenómenos paranormales que en la novela que manoseaba
desde hacía casi un mes. El silencio de Inés ante mi
ridícula pregunta me avisaba con absoluta y sincera claridad de
que no estaba el alcacer para zampoñas. Esta sonora
expresión acudió a mí desde alguna
estantería en la que almacenaba recuerdos de lecturas olvidadas
y, no se por qué, azuzó un instinto perverso que no pude
dominar. Una voz rauca me susurró en el oído que no
abriera la boca, que no soltara una nueva estupidez.
Volví a tirar del cable con idéntico resultado, y le
lancé otra pregunta tan simple como la anterior. “¿Y no
crees tampoco en fantasmas?”. Inés se incorporó en el
sillón y me miró fijamente. Tenía los ojos
turbios. Inclinó un poco el cuello y cerró el libro que
tenía entre las manos. Me espetó, me gritó
más bien, que por qué no respetaba su intimidad. Repetir
aquí las palabras que sus dientes desgarraron a
continuación no tiene sentido. Eran como las volutas de su
aliento, señor, casi podía verlas, unos tirabuzones que
se contorsionaban en un baile agónico y doloroso. Baste decir
que su agresividad se desató como una tormenta de verano,
súbita y destructiva. El viento comenzó a soplar
arrastrando consigo nubes densas y oscuras, relámpagos salvajes
rasgaron el cielo enfoscado y, por fin, los truenos retumbaron entre
las paredes de la habitación. Nunca he podido acostumbrarme a
los enfados bruscos e intempestivos de mi esposa, aunque es verdad que
aquella vez lo provoqué de una manera deliberada, ahora me doy
cuenta, aunque en ese momento no supe interpretar mis sentimientos e
impulsos más profundos. Tenía que saltar al abismo, lo
necesitaba. Lo necesitaba porque ya no soportaba a Inés. Su
carácter era una tortura, y me obligaba a vivir con el
desconcierto como compañía la mayor parte del tiempo.
Aunque había llegado a interpretar los avisos de la tormenta
—sus ojos, ya lo he dicho, turbios, espesados por la furia creciente—,
jamás supe qué era lo que podía desencadenar la
tempestad. Siempre era igual, una frase inane, un comentario banal o no
meditado bastaban para que se sintiera molesta o atacada. Así me
lo explicaba cuando sus arrebatos amainaban, en general a las pocas
horas, en una aceptación espontánea de que no
había razón objetiva para su actitud hiriente. Y empleo
el término hiriente con un exacto conocimiento de su
significado, porque sus palabras eran ofensivas, porque sus gestos, la
expresión de su rostro, su voz, sobre todo su voz, dulce y
melosa de suyo, salpicaban desagradablemente mi vista y mis
oídos, porque hacía sangrar mi alma y por sus heridas se
derramaba un poco más de mi amor, cada vez más escaso y
renuente, y porque me hacía sentirme solo, muy solo, demasiado
solo, soledad que persistía incluso cuando ella regresaba y se
acurrucaba sobre mi pecho, arrepentida como la niña que confiesa
a su padre alguna travesura inofensiva, aunque magnificada por la
propia inocencia de la pequeña. Eso era lo peor de todo,
sentirme solo cuando ella volvía a mi lado, sentir que la mujer
que se recostaba sobre mí no era ya aquella de quien me
había enamorado una noche de conversación, humo y risas
en un pequeño pueblo de la sierra de Gredos, sentir que ya no
tenía ganas de hablar con ella. No sentir nada con ella. Yo era
como la mujer del cuadro de Hopper, “New York Movie”, —no sé si
lo conocerá, está en el Museo de Arte Moderno de Nueva
York, a Inés y a mí nos enamoró su
melancolía—, yo era como la mujer del cuadro, le decía,
una mujer pensativa, solitaria, única habitante de un corredor
en el que las sombras se tiñen de desconsuelo; mientras tanto
los espectadores, ajenos a la soledad de la mujer, contemplan la
proyección de un paisaje alpino y luminoso en la pantalla, algo
que queda fuera del campo de visión de la protagonista del
cuadro, como una metáfora de la pérdida o de lo
inalcanzable. Es una mujer que destila tristeza, como si ya nada le
interesara, salvo, quizá, su propio pasado. Una mujer a la que
parece ofrecérsele un solo camino, un camino en forma de
escaleras, semiocultas por unas cortinas de terciopelo rojo, escaleras
que no van a ninguna parte. Una mujer sin futuro, igual que yo la noche
en que empezó todo —o debería decir acabó—, porque
ya no había futuro posible con Inés.
Lo he dicho, no la soportaba. No soportaba su carácter, pero
seguía enamorado de ella. Y no me pregunte acerca de la
incongruencia de mis propios sentimientos, porque no soy capaz de
explicarlo. Lo que sí sabía era que mi tolerancia a sus
luces y sombras se había agotado. Estaba al borde del precipicio
y solamente deseaba caer. Lo único que hice fue provocar el
empujón final. Así tuve fuerzas para, por fin,
abandonarla.
Supongo que la idea me la dio precisamente el programa de
televisión que estaba viendo. Si me limitaba a irme, sin
más, ella resolvería su confusión inicial primero
en furia, y, después, quizá en odio, pero dolor, dolor no
sentiría jamás. Y yo quería que sintiera dolor por
mi ausencia, dolor y remordimiento. Por tanto, yo habría de
morir y ella sufrir la angustia de la culpa. Me suicidaría y, ya
muerto, regresaría para disfrutar con su aflicción.
Sé que era una idiotez, lo supe entonces y lo sé ahora,
pero la perversidad me impulsaba a conocer qué se siente durante
la vertiginosa caída en el abismo que es la muerte propia.
No, está claro que no me suicidé. No, no hace falta que
ponga esa cara de pena, porque ni siquiera lo intenté. Me
limité a fingir mi muerte. Aquella noche, una vez hubo amainado
la tempestad y se fue a dormir, permanecí en el salón
mientras dejaba reposar sobre mis hombros un simulacro de dignidad
herida. La mano sobre mi espalda, su beso en mi renuente mejilla, su
“lo siento, cariño” musitado en mi oído no hicieron sino
abonar la semilla de mi decisión. Apreté las palmas de
las manos contra los ojos y procuré contener mis
lágrimas. Aquella secuencia la había vivido ya demasiadas
veces y había terminado por secar las ilusiones que en
algún tiempo brotaron entre los escombros de una vida como la
mía, arrasada y yerma hasta que la conocí. Una vida que
hasta entonces se resumía en unos cuantos diarios arrumbados en
una caja, deslavazados y rebosantes de lamentos y de magnánima
conmiseración por mí mismo. Una vida que alguna vez
creí que ella iba a llenar de sentido y, ahora me daba cuenta,
lo único que había hecho era terminar de agotar. Sus
“cuéntame algo” seguidos de conversaciones interminables se
habían reducido a esas dos palabras prolongadas en silencios
también interminables, se habían transformado en
pensamientos reprimidos por temor a que pudieran atraer la tormenta, y
a que la lluvia arrastrara otro pedacito de la cada vez más
gastada escultura de barro que en una ocasión fue nuestro amor.
Sé que usted no lo entiende, usted piensa que todas las parejas
discuten y eso no se traduce en el final de la relación. Pero es
que nosotros no discutíamos; ella llovía y yo me limitaba
a terminar empapado. No era capaz siquiera de abrir un paraguas o
buscar resguardo bajo una cornisa. Cuando lo intenté sólo
sirvió para acentuar más su violencia verbal, para poner
aún más de manifiesto mi pusilanimidad y mi miedo a
perderla. Leo en sus ojos algo parecido a la compasión o a la
burla, no lo sé, pero sí sé que ya nadie puede
ofenderme. Si ella no era capaz de ser de otro modo, yo tampoco.
Sólo me llevé los diarios. En aquellas páginas
estaba mi vida, ya se lo he dicho, y no estaba dispuesto a dejarla
allí, expuesta a su curiosidad. Mi muerte sería absoluta.
Antes de abandonar el piso escribí una nota de adiós, de
suicidio. Eran unos versos del poeta Aleixandre que recordaba de mis
lecturas juveniles. Unos versos que siempre leí como de muerte y
amor desesperado. La despedida perfecta. Así dicen: Muero porque me arrojo, porque me quiero
morir, / Porque quiero vivir en el fuego, porque este aire de fuera /
No es mío, sino el caliente aliento / Que si me acerco quema y
dora mis labios desde un fondo.
Conduje hacia el norte durante varias horas, sin detenerme. Cuando
amaneció estaba el borde del mar, ni siquiera recuerdo el lugar
exacto de la costa al que llegué. En mi cabeza sólo tengo
imágenes inconexas: una curva de la carretera que se abrazaba a
un acantilado; el coche volando hacia la espuma blanca con la puerta
del conductor abierta; los finos trazos de lluvia que pintaban de gris
las colinas verdes que flotaban al otro lado de la bahía, entre
la niebla; el frío, como ahora; el remolino que engullía
el enredo de metal… Todo es algo confuso, no le miento; es como si
hubiera un agujero desflecado en el tejido de mis recuerdos, porque el
periodo que va desde mi… ¿puedo decir: muerte?, hasta que me vi
sentado en un autobús rumbo al sur ha desaparecido.
Los días siguientes los pasé viajando, alojándome
en pequeñas fondas donde era poco probable que me solicitaran
ningún tipo de documentación. Pagaba siempre en
metálico, apurando los casi mil euros que había
conseguido sacar del cajero la última noche. Quería
llegar a la provincia de Cádiz, a un pueblecito pesquero al que
hacía años solía ir de vacaciones. Allí
estaría a salvo de encuentros desagradables. Conocía a
los dueños de la pensión donde antaño me
hospedaba, —Hostal “La Alcatifa”, por si le interesa— y sabía
que no tendría ningún problema en quedarme varias semanas
en aquel lugar, hasta que estuviera seguro por completo de que mi
fallecimiento era algo confirmado.
El bullicio juvenil del cibercafé en el que consultaba cada
mañana las ediciones digitales de los periódicos
acompañó la noticia esperada; apareció publicada
en un diario regional: un trágico accidente, la
desaparición del conductor, —yo mismo—, la viuda desconsolada.
Un texto estándar escrito por algún becario en
prácticas. Reconozco que una sonrisa cargada de lástima
por Inés se debió dibujar en mis labios cuando leí
mi nombre y la fecha del accidente. Pero ese sentimiento pronto se
desvaneció, la debilidad no servía de nada, ya lo
había comprobado durante bastantes años. Por una vez
sería ella la que tendría que vivir en el desconcierto,
el desconcierto cruel de no entender el por qué de mi huida y
muerte, de ser la viuda de un ataúd vacío. Ahora
sería ella la que tendría a la angustia como
compañera de cama cada amanecer, un temor opresivo que un
día se traduciría en una llamada de teléfono y en
una voz anónima, en el fondo indiferente a pesar de la
pátina de fingido pesar que la acompañaría, una
voz que le informaría de que el mar había devuelto un
cuerpo que podría ser el de su marido.
Llegué a un acuerdo con los dueños del hostal.
Inventé un embuste plausible que justificara mi estancia
prolongada, algo impreciso sobre una novela experimental que estaba
escribiendo en la que las teorías maltusianas conformaban el
núcleo del argumento, algo lo suficientemente exótico y
oscuro como para que no se entrometieran con su curiosidad. De hecho me
dediqué a planear mi regreso, no con Inés —nuestra
relación había acabado de manera definitiva aquella
noche—, sino a su vida. Quería ser testigo de su existencia sin
mí, necesitaba estar seguro de que sufría. Y si no era
así, me encargaría de visitarla desde más
allá de la tumba. ¿No cree que era una buena idea…?
Estoy algo desorientado… Este lugar extraño…
No, no se vaya, por favor… Estoy confuso…
Quizá no se lo merecía, pero jamás tuvo
ningún derecho a tratarme como lo hizo, a despreciar mis
sentimientos y mi dignidad…
No sé como fui capaz de aguantar tanto tiempo con ella, sin
embargo…, la sigo queriendo…
Inés, ¿dónde estás…? ¿Está
con usted…? ¿Por qué no viene a verme…?
¿Por qué me tienen así…, tirado sobre esta mesa
metálica? Está tan fría…
No… Por favor, no se vaya… Avise a Inés…
No…
Hace frío aquí, señor…
No, por favor, esta muy oscuro, no cierre la puerta…
Tan oscuro…
No quiero estar sólo…
“Crónica de la Sierra” -
Sucesos – Domingo 2 de septiembre de 2007
J.M. Camino
Un extraño suceso ha venido a conmocionar la serena rutina de
los residentes en la Urbanización “Doña Sol”, en
Galapagar. En la mañana del pasado martes 28 de agosto varios
miembros de la Guardia Civil entraron en la casa nº 5 de la calle
del Chirlo tras ser avisados por los vecinos de la vivienda colindante.
Un persistente olor a putrefacción, según nos ha
comentado Javier Maestro —uno de los mencionados vecinos—,
originó la llamada a la Benemérita. Los agentes hallaron
en el ático del nº 5 a Inés Díaz Cueto, de 32
años de edad, sin vida. El cadáver apareció
colgado de una viga y en un avanzado estado de descomposición
Según fuentes médicas y policiales consultadas por este
periódico, el fallecimiento se produjo hace aproximadamente tres
semanas, aunque aún no se ha podido determinar si la mujer
acabó con su vida por propia voluntad o se trata de un nuevo
caso de violencia doméstica. Un hecho añadido —que viene
a ensombrecer esta ya de por sí oscura muerte—, se centra en la
misteriosa desaparición del marido de Inés Díaz,
Julio Moliner Solano de 35 años de edad. Según nos
informa la Guardia Civil, su vehículo apareció estrellado
en unos acantilados próximos a la localidad asturiana de Luarca
el pasado lunes 6 de agosto. El esposo de la mujer fallecida no fue
hallado entre los restos del automóvil, por lo que se teme que
el fuerte temporal que azotó la costa cantábrica durante
la primera semana de agosto pudiera arrastrar su cuerpo mar adentro. Se
da la paradoja —que hace aún más extraños e
inquietantes estos acontecimientos— de que miembros de la
Policía Judicial habían visitado varias veces el
domicilio de la pareja con el fin de informar del accidente y
desaparición del marido. El matrimonio residía en
Galapagar desde el año 2004 y ambos cónyuges se dedicaban
a la enseñanza en la cercana localidad de El Escorial […]
MEMORÁNDUM
De: Dr. Antonio San Juan
Leite – Responsable del Servicio Forense del Hospital de El Bierzo, de
Ponferrada
Para: Inspector Eduardo
Ibáñez Soraluce, Policía Judicial, León
A las 9 horas 15 minutos de la mañana del día 2 de
septiembre de 2007 ingresó en el área de Urgencias de
este hospital un varón con las características
físicas que se señalan en el informe de la autopsia que
se anexa a este memorándum. El varón fue hallado en
estado de inconsciencia en el PK 32 de la carretera comarcal LE 8974
por D. Jesús Marcial Somalo, quien solicitó de inmediato
la presencia de una ambulancia. El citado varón presentaba un
estado de avanzada desnutrición así como un fuerte golpe
en la región parietal derecha con fractura incisa de la pared
craneana en esta zona. Sus extremidades y torso presentaban
múltiples excoriaciones y contusiones de origen indeterminado. A
pesar de las atenciones prestadas, el paciente falleció a las
dos horas de su ingreso en este hospital. Al no haberse encontrado
entre sus efectos personales documentación alguna que permita
una identificación positiva del fallecido, y de acuerdo con la
legislación vigente, pongo en su conocimiento que el cuerpo
permanecerá en el depósito de cadáveres hasta que
el juzgado nº 1 de Ponferrada disponga su incineración.
Atentamente
Dr. A. San Juan
Servicio Forense
Hospital de El Bierzo
Ponferrada a 3 de septiembre de 2007 - 2h30m
ANEXO: Copia Informe Autopsia nº 125-9/2007
Roberto Sánchez
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