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o
de cómo el hijo natural de los ilegítimos, pero muy
fervorosos y placenteros, ayuntamientos y amores mantenidos entre Su
Señoría el Marqués de la Vega y la
benemérita hija del alguacil de Alcaudete de La Jara, fue
embarcado en la galera San Bartolomé de los Abiertos por su
preclaro progenitor y de las, en ocasiones, infortunadas, y en otras no
tanto, desventuras que le sucedieron tras su forzado abandono de la
nave y su salvamento en las costas de la antedicha isla.
Es esta una
historia que en numerosas ocasiones he relatado y en pocas, por no
decir ninguna, ha sido tomada como cierta. Y, sin embargo, a fe
mía que absolutamente todos los hechos que presentaré al
amable lector son fieles en grado sumo a la realidad, al menos hasta
donde la frágil memoria de este anciano es capaz de alcanzar.
Aún más, todos ellos fueron experimentados en sus propias
carnes por su seguro servidor, Diego de la Encina, allá por el
año de Nuestro Señor en el que nuestro Magnífico
Soberano, que en gloria esté, aunque no la merezca,
derrotó al Turco en aguas griegas para mayor grandeza de la
Cristiandad, según se decía y, en especial, de su propia
persona, porque, vistos los resultados con la perspectiva que dan los
años, aquella magnífica victoria no sirvió para
gran cosa. Pero esa es otra historia y no es este el lugar donde debe
ser narrada.
Como tantos de
mis compatriotas y, a decir verdad, en número especialmente
elevado en la región en la que me tocó ver la
luz del Sol, me cupo la suerte (o tal vez no fue tal) de ser hijo
natural de un poderoso, rico e influyente en la Corte noble, el
Marqués de la Vega. Mi madre me trajo al mundo el año en
el que abdicó el Emperador y se retiró del mundo a la
tranquilidad de un apacible y aislado monasterio de la Extremadura. Era
una mujer de franca
belleza, que tuve la fortuna de heredar, y de un natural
pusilánime y apocado, algo que también se ajusta a mi
carácter, como se ha de ver
en esta historia. El Marqués pronto quedó prendado de sus
atractivos y la joven y hermosa hija del alguacil de Alcaudete de La
Jara se
convirtió en la favorita de Su Señoría.
Durante mi
infancia jamás me sentí afectado de manera particular por
las circunstancias de mi concepción y nacimiento. Nunca me tuve
por poco observador y no se me escapaba el grado de miseria en el que
vivían los comunes súbditos de Su Majestad y, en
especial, los que dependían de la voluntad de mi muy amado, por
su riqueza, padre. No se portó mal conmigo el Marqués. Al
fin y al cabo, y a pesar de lo cornamentada que estaba la señora
del de la Vega, no tuvo Su Señoría otros hijos varones
(legítimos o no) que éste que les habla. Y si bien en
otros muchos aspectos fue una persona ruin y miserable, aunque no
más que otros de su época y categoría (todo debe
decirse) he de reconocer, justo es, que nunca anduvo con miramientos en
lo que se refirió a mi bienestar y formación.
Aprendí latín y griego, según las costumbres
educativas de la época, pero también francés,
italiano y alemán (lenguas habladas en, decía él,
nuestras posesiones). Algunos rudimentos de la lengua del Profeta
también me fueron impartidos. Súmesele a todo esto el
cuerpo de conocimientos que todo futuro caballero de la Alta Nobleza
debía poseer (importantes destinos me aguardaban o eso me
había de parecer en aquellos tiempos) y, resultará claro,
que llegué a la edad adulta con una cultura académica
inmensa, pero sin conocer nada de la Vida, con mayúsculas, y muy
poco más que la enorme casa solariega en la que habían
transcurridos mis años mozos.
Mi
amantísimo padre me educó tanto y me protegió tan
bien de la contaminación del mundo, la carne y todo aquello con
lo que los dómines nos amenazaban que, el día que hube de
levantar vuelo desde el nido de mi hogar, no tenía excesivamente
claro lo que era esa Vida y entiéndase a este respecto, una
mujer y todo lo que la rodea y entiéndase nuevamente a este
respecto, placentero ayuntamiento.
Diríase que en un seminario había transcurrido mi
infancia y pubertad y no andarían desencaminados quienes tal
pensaran.
Según los
planes de mi ilustre progenitor era la carrera militar la que me estaba
destinada. En realidad esto me era indiferente. Mi deseo era salir de
aquel poblachón manchego en el que me había criado y
conocer todo aquello que en los textos de mis maestros había
vislumbrado e, intuía, no se encontraría demasiado lejos
de mi alcance dada mi, suponía yo, elevada posición
social. Así, la noticia de mi próxima partida hacia la
Corte para, una vez allí, unirme al séquito de Su Alteza
el Hermanastro de nuestro amado Soberano, me llenó del alborozo
que el lector puede suponer. El destino final era enrolarme a la flota
que a la sazón se estaba armando con el objeto de combatir al
infiel Turco. La brusca transición que se me avecinaba no me
asustaba en absoluto. Aquel no sólo sería mi primer
contacto con el mundo auténtico y real, sino, además, mi
bautismo de armas, el comienzo de mi andadura en una carrera militar
que me llevaría a la gloria y al triunfo. El magín se me
desbordaba ante la imagen de la batalla que pronto habría de
vivir. Las cabezas enturbantadas caían a mis pies como los
melocotones maduros lo hacían en el patio de la casa paterna
unos días antes. Heroicidades sin número en la lucha me
llevaban a los salones de la Corte donde Su Majestad me inundaba de
mercedes, predios, títulos y riquezas. Bendita adolescencia.
¡Cuán diferente habría de ser la realidad!
El primer
desengaño se presentó a la hora de embarcar.
Razones prolijas de exponer (en esencia y resumen, la más alta
alcurnia de otros miembros de la expedición, no nacidos, como un
humilde servidor, de ilegítimo amorío) me llevaron a
ocupar plaza en la galera San Bartolomé de los Abiertos y no en
La Real a las órdenes del Hermanastro de Su Majestad. Los
oropeles del poder se alejaban un tanto, pero aquello no hizo disminuir
mi ilusión un ápice. En pocas semanas embarcaría y
nos haríamos a la mar. Tanto daba una galera que otra.
Oportunidades sobradas se presentarían para alcanzar fama y
honores y allí estaría el caballero Diego de la Encina
para aprovecharlas.
Mi tutor, mentor
y protector en aquella aventura iba a ser el Conde de Navahermosa,
íntimo amigo de mi padre y personaje de fama en la Corte por su
arrojo en las guerras contra los franceses y flamencos y por otras
razones de índole galante. Él se encargaría de
proporcionarme todo lo necesario para la travesía y la lucha y
de indicarme mis deberes y obligaciones hasta que el momento culminante
de la batalla apareciera en el horizonte del mar infinito y de mi vida.
Era el Conde, a pesar de su prestigio merecido, un hombre joven, apenas
siete u ocho años mayor que yo, pero, como queda claro de mis
anteriores palabras, con bastante más experiencia vital que un
servidor. Alto, moreno de cabello y de tez pálida, ojos claros,
bien parecido, un cuerpo resultado de marcial ejercicio por los yermos
castellanos y los cenagales de Flandes, desenvuelto, de gran
simpatía, reunía todas las características
necesarias para recolectar amistades y admiradoras allá por
donde pasara. Ante tal despliegue de mundología y tamañas
perfecciones naturales no tardé en rendirle total
pleitesía. El de Navahermosa se convirtió en mi
ídolo y modelo a seguir.
Antes de la
partida hubieron de transcurrir varias semanas en puerto, de
preparativos variados, indefectiblemente vinculados a una
campaña naval como aquella. Durante los días de espera me
fui
aclimatando a lo que iba a ser mi primera experiencia militar. Nuestro
alojamiento en la ciudad era acorde a nuestro rango (al menos al del
Conde). Disponíamos de varias habitaciones en un palacete
propiedad de unos parientes de la madre de mi nuevo Señor.
Allí podíamos llevar una vida independiente de la de su
familia. La mayor parte del tiempo se nos iba en duras prácticas
con la espada, el escudo, la pica, la alabarda, el arcabuz y otras
armas que, maldita sea si recuerdo sus nombres dado el servicio que,
finalmente, me prestaron. Tras el esfuerzo físico venía
algo que, hasta entonces, no me había sido muy conocido y poco
había practicado, a saber, la higiene corporal, práctica
no muy bien valorada e incluso denostada por mis dómines
docentes
allá en la casa solariega de mi padre. Versado como era en los
clásicos mi noble protector, las costumbres de aquellas remotas
épocas no le eran desconocidas y, tras el fatigoso
entrenamiento, todo un ritual se desarrollaba en las habitaciones
reservadas a tales actividades. Baños en agua caliente, en agua
fría, baños de vapor, masajes con aceites perfumados…
Todo asaz placentero. En las primeras ocasiones en las que practicamos
este ritual no pude evitar sentirme violento con mi propia desnudez, en
especial ante la presencia del Conde. Éste, sin embargo, actuaba
con total naturalidad, por tanto, poco a poco, la costumbre fue
apagando mi turbación por el traje de Adán, que no por un
cierto efecto secundario. A éste último también me
habitué, aunque no por ello dejó de inquietarme. Me
consolaba en parte el hecho de que el tal efecto era evidente
también en Su Señoría. Cosa curiosa, pensaba yo en
mi inocencia, evidente sólo después de que el paje
empleara sus infantiles y suaves manos en masajearnos. La realidad es
que en mi caso el efecto secundario mencionado se presentaba bastante
antes del masaje (cosas de la juventud, vuestras mercedes sabrán
disculparme), por tanto lo del de Navahermosa nunca me
extrañó demasiado. Tampoco me llamaron la atención
sus aquilatadoras y poco disimuladas miradas, ni sus sonrisas
insinuadas al contemplarme en mi adolescente desnudez. Esto lo
atribuía a que mi efecto era en forma notable superior al suyo y
a su sorpresa ante tal circunstancia. No tenía yo por entonces
demasiados criterios para evaluar tales diferencias (ignoraba si mi
efecto era grande o acaso el suyo pequeño) ni conocía la
existencia de posibles y poco ortodoxos placeres. Tampoco
sospeché nada la tarde que el paje no apareció y el Conde
solicitó que fuera yo el masajista. En fin, a su innegable
inteligencia dejo a vuestras mercedes la elaboración de las
pertinentes conclusiones. De aquesta manera fueron deslizándose
las semanas, alternándose las duras prácticas con la
espada con los relajantes momentos de asueto que compensaban tan
agotadores esfuerzos. Al fin llegó el ansiado día de la
partida. El magnífico espectáculo quedó marcado en
mi memoria. Decenas de naves: galeras, fragatas, bergantines e incluso
una galeaza veneciana, hasta sumar más de cien. Sus velas
desplegadas, sus remos batientes, atravesaron la bocana del puerto
engalanada como de fiesta. Todo a mayor gloria del Imperio, su Monarca
y la Cristiandad, pienso ahora con ironía, pero es cierto que en
aquel momento la emoción, la juventud y la inexperiencia me
impedían cualquier tipo de análisis que fuera más
allá de las meras formas.
La existencia en
la galera, a pesar de que el Conde y un servidor éramos
privilegiados por nuestra posición, no podía ser la vida
acomodaticia de la ciudad. Ya decía el refrán marinero:
"La vida en la galera, déla Dios a quien la quiera". Nuestra
nave embarcaba 250 galeotes, aunque parte de ellos eran remeros
voluntarios. Súmesele a esta cifra la gente de mar y la de
guerra y sin dudarlo podría asegurar que superábamos la
cifra de 500 alistados en nuestra embarcación. La pasarela de
crujía ocupaba la parte central de la galera y era el dominio
personal del cómitre y su rebenque, con el que se entusiasmaba a
la hora de fustigar a la chusma; tanto que en varias ocasiones fue
amonestado por el estricto capitán. A los lados de la
crujía, los talares sobre los que iban situados los bancos de
los
remeros. Por aquí y acullá culebrinas y falconetes que
defendían a la línea de remos. La gente de guerra
habitaba sobre la arrumbada, encima de los cañones. Sin embargo
mi amo y yo, gracias a nuestra elevada alcurnia, ocupábamos la
cámara, compartida en ocasiones con otros oficiales. En
definitiva, la vida en la galera era como habitar una aldea en la que
una mínima intimidad resultaba complicada de obtener.
Además, algunas de las costumbres y usos que mi Señor y
yo habíamos venido practicando en puerto no tenían buena
aceptación en la Armada de Su Muy Católica Majestad. Yo
lo ignoraba, ignoraba incluso que ciertas prácticas estuvieran
mal vistas o no fueran al uso entre gente cristiana, pero ciertamente
el muy hideputa del Conde no era desconocedor de tales circunstancias.
Como serviola (sí, de caballero de brillante armadura, mis
expectativas habían descendido hasta lo más bajo del
escalafón de la marinería, y aun así, no dejaba de
ser éste un título puramente honorífico), como
serviola, decía, mis tareas, en realidad, no iban más
allá de servir al Conde. En los quehaceres marineros poca era mi
participación y, a pesar del solemne cargo naval que se me
había otorgado, continué desempeñando las mismas
importantes labores de asesoramiento militar para con mi amo el de
Navahermosa que en la ciudad portuaria de la que habíamos
zarpado. Durante las dos semanas de travesía hacia el encuentro
con las escuadras italianas, más y más entrenamiento y
más y más baños y, sobre todo, masajes. Hasta que
aquella vida se transformó en una especie de pesadilla y a punto
estuvo de costarme, si no el pellejo, que en parte lo hube de perder,
sí la vida.
Aquel
endemoniado pajarraco me estaba picoteando el ojo izquierdo. El derecho
ya se lo habían comido el día anterior, en las primeras
horas de la mañana, mientras la flota entraba en el puerto de
Mesina. Mi cuerpo llevaba tres días colgado (por el cuello,
maticémoslo como aclaración obligada) del mástil
de la galera, para escarmiento y aviso de los infractores de las normas
y demás elementos asociales.
Durante estos tres días, primero la lluvia, luego el viento
arrastrando la salobre agua y, finalmente, el Sol castigador del
Mediterráneo habían resecado mi piel, convirtiendo mi
antes hermoso cuerpo en un guiñapo informe.
Tampoco es que
hubiera excesiva ceremonia durante la ejecución; me subieron a
empellones a la plataforma, apretaron el lazo en torno a mi cuello y
tiraron del otro extremo de la cuerda. Así me fui elevando poco
a poco hasta ocupar mi actual posición de privilegio.
La verdad es que
tardé bastantes minutos en morir, pero el trámite no fue
doloroso en extremo. Tal vez al principio, mientras me iban subiendo.
Pataleé, como corresponde a todo buen ahorcado, pero luego, ya
arriba, me sumergí en una especie de quietud, arrullado por el
rumor del mar y los gritos de las gaviotas cabalgando por el aire. Pude
contemplar como los cirros ocultaban porciones de cielo azul a medida
que se me escapaba la vida. La muerte me llegó cuando las
primeras gotas de lluvia comenzaron a humedecer mi amoratado rostro; el
cielo se volvió negro, sentí un mareo enorme, tuve la
sensación de estar cayendo.
Y así fue como me convertí en fantasma.
Cuando
recuperé la conciencia (o lo que sea que se supone que tiene un
fantasma) estaba sobre la cubierta, observando como mi cuerpo se
balanceaba, con dos gaviotas sobre la cabeza, las cuales se estaban
dando el banquete de su vida con mis ojos; ora picoteaba una, ora la
otra. Encantador, una escena realmente deliciosa.
Y se
preguntarán vuestras mercedes cuál fue el horrible delito
que me condujo a tan peculiar coyuntura, un tanto ambigua, por otra
parte. Pues bien, deben conocer que en la Armada comandada por el
Hermanastro de Su Majestad no se permiten una serie de perversiones (o
diversiones, que todo depende del punto de vista) entre ellas la
sodomía. Pero también es verdad que lo más
parecido a una mujer es un hombre y que después de varias
semanas embarcado, sin pisar tierra… Y mi joven sirviente era tan
sensible, delicado e inocente… En fin, el pobre muchacho tampoco
salió bien parado de la aventura. Creo que lo arrojaron por la
borda unas horas antes de ajusticiarme. Al menos espero que su alma
obtenga el descanso eterno. La mía, sin embargo, tiene un
trabajo que realizar durante los próximos años, para
mayor gusto y placer del capitán de la galera. Porque a partir
de esta noche, y todas las que sigan hasta el día de su muerte,
me
verá aparecer en su cama, siempre a medianoche, y podrá
gozar de una sodomización espectral. Y así fue como
acontecieron los hechos. Al parecer mi
amigo y protector había tenido sus dimes y diretes con el
capitán de la galera, el Duque de Gumiel, tiempos ha, a causa de
un bien parecido vástago del citado
noble. Jugada de venganza arriesgada la del Duque, puesto que el de
Navahermosa era personaje importante en la Corte, pero la ley del mar
le permitía actuar como lo hizo y, además
(¿para qué ocultarlo?) las
leyes que regían el comportamiento y la moral en la Armada
habían sido un
tanto vulneradas.
Nunca supe si lo
que conmigo perpetraron lo fue por
misericordia o por agravarme el castigo. Ya que sigo vivo y les puedo
hacer partícipes de mis aventuras, debió ser por lo
primero. Aunque el
hecho de verme arrojado por encima de la borda, sin apenas
explicarme lo que había sucedido ni dónde se encontraba
el tremendo
delito, no lo consideré en aquellos instantes como algo de
buenos cristianos. En especial porque de la suerte del Conde no tuve
conocimiento en aquel momento y me pareció que me
convertía yo en el único deudor de toda aquella violenta
situación.
Guardo escasa
memoria de los minutos posteriores al lanzamiento e inmersión.
Tal vez la angustia que me atenazó las entrañas, la
imagen de una gran nave que se balanceaba, el eco de unas risas lejanas
y después, el silencio del mar azul infinito. Infinito silencio.
Infinito azul. Infinito mar. Infinito final.
Puesto que me
hallo escribiendo estas páginas y dado que no soy un fantasma,
parece evidente que no sucumbí a las embravecidas aguas del
Mediterráneo. Es este el momento en el que debería
contarles cómo cuando al recobrar la conciencia me
encontré en una playa de blancas arenas, bajo un sol
acariciador, mecidos mis cabellos por una templada brisa marina y con
un grupo de amables lugareños
dispuestos a desvivirse por mi estado de salud. Sin embargo no fue tal
mi fortuna.
Recobré
los sentidos de manera harto brusca, rompiéndome contra unos
afilados peñascos que hicieron crujir bastantes de mis huesos. A
duras penas logré salir de aquellas hoyas infernales, desgarrado
y ensangrentado, con más mataduras que ropa, en mitad de una
tremenda tormenta que a punto estuvo de conseguir con frío y
viento lo que el mar no había aún alcanzado.
Busqué refugio y pasé la noche como buenamente me
aconsejó mi nublado entendimiento, entre unas rocas, a resguardo
de las rachas heladas que amenazaban con terminar con la poca vida que
me restaba. La luminosa mañana siguió en su cotidiano
acontecer a la noche terrible y azarosa. Así llegó el
alivio que hizo renacer mi esperanza.
Debí
dormir algunas horas a pesar del frío y el dolor. El sonido de
unas campanas comenzó poco a poco a hacerse sitio en el marasmo
de mi mente. Tocaban a muerto, pero aquel hecho me pareció
irrelevante. No significaba para mí más que la
confirmación de que gente cristiana habitaba aquellos lugares, y
cerca, a juzgar por la intensidad del tañido que llegaba a mis
oídos. Arrastré mi cuerpo magullado y fracturado hasta
una cala cercana desde la cual se podían apreciar claros signos
de civilización. Por doquier crecían árboles
frutales, cultivos de hortalizas trepaban por las laderas de las suaves
colinas que huían hacia el interior. Feraz y rica parecía
aquella tierra. Algunas jóvenes labriegas se movían entre
las matas, contoneándose y cantando alegres. La debilidad, acaso
la sorpresa ante aquella mágica visión me hicieron perder
el conocimiento. Horas más tarde, a juzgar por la
posición del sol, volví en mí. A Dios gracias,
aquellas damas se habían apiadado, al parecer, de mi lamentable
situación; en aquel instante un sacerdote y un par de
acólitos se afanaban en limpiar mi rostro y proporcionar reparo
a mis males. Al percatarse de que mis
ojos les contemplaban, los dos jóvenes comenzaron a hablarme
atropelladamente en un idioma del que sólo conseguí
identificar alguna palabra aislada. El sacerdote les ordenó
silencio y, después de intentarlo en su propia lengua y apreciar
en mi rostro claros signos de incomprensión, se dirigió a
mí en griego clásico. Me hizo las preguntas
típicas en estas situaciones de zozobra y rescate, en las que el
pobre náufrago es recuperado de las garras del dios del mar por
las manos de los hombres o de la providencia. Respondí como
buenamente pude, sin aclarar demasiado las razones que me habían
conducido a aquella desafortunada coyuntura, las cuales tampoco
hacían al caso por otra parte y, además, no me
habían quedado del todo claras. Pasé el resto del
día y toda la noche descansando y reponiendo fuerzas.
A la
mañana siguiente, ya algo recuperado de los embates
marinos, me llegó a mí el turno de hacer preguntas.
Había dormido en una habitación limpia y sobria en la
casa del sacerdote. Él mismo me ofreció en aquel amanecer
un frugal desayuno que engullí con ansia. Las campanas de la
iglesia continuaban repicando. Me encontraba en una isla; me
informó de su nombre, pero éste no me aclaró en
medida alguna la posición de aquella tierra. No logré
conocer a qué reino pertenecía aquel lugar; menos
aún fui capaz de que me informaran de quién detentetaba
el poder en aquellos territorios. Pronto lo sabría, fue la
enigmática respuesta del sacerdote. Le pregunté acerca de
la razón por la que repicaban continuamente las campanas. Su
sonido, tan próximo, empezaba a desquiciarme y a inquietarme.
"La Reina ha muerto para sus súbditos", fue su lacónica
respuesta. Después continuó, "Existe una tradición
en esta isla en la que podrás participar si te recuperas a
tiempo. He podido apreciar, mientras te atendíamos, que no eres
ni judío ni musulmán, por lo tanto dispones de todo lo
necesario para pagar el tributo". De esta manera finalizó su
explicación mi anfitrión, la cual me dejó,
más o menos, igual de confuso que antes, porque era incapaz de
entender tanto misterio
ridículo ni la sardónica sonrisa que había
aflorado a los labios del sacerdote.
Después
de varios días de descanso conseguí salir de la cama y
pasear por el jardín que rodeaba el hogar en el que me
habían acogido. Era una casita de dos plantas: la inferior
estaba ocupada por lo que parecía ser un establo. Una escalera
trepaba por la fachada blanca hasta el piso superior en el que se
encontraban las habitaciones principales. En el hueco que se hallaba
debajo de las escaleras una ventana rodeada de macetas con flores y
hiedras se abría y dejaba ver lo que podía ser una sala
de costura. Allí una mujer, la barragana del cura seguramente, y
una jovencita adolescente me sonrieron al ver que me acercaba. La luz
dorada de aquel atardecer bañaba de ocre los tejidos blancos
que, afanosas, cosían casi con frenesí. La mujer mayor se
interesó por mi estado de salud y, por señas, me
indicó que aquellos tejidos se convertirían pronto en
ropa con la que vestirme. Ciertamente, después del,
llamémosle así, naufragio, anadeaba yo por el
jardín casi como Dios me trajo al mundo, con una sábana
cubriendo mi desnudez, cual toga de patricio romano.
Días
más tarde, ya prácticamente recuperado, pude utilizar
aquellas prendas. Unos calzones de tela basta para cubrir mis
intimidades y una túnica espléndida, de un tejido de
suavidad indescriptible, como la más refinada seda del
más elevado noble de la Corte. Unos bordados de hilo dorado
dibujaban unos caracteres griegos alrededor de la cintura y unas cintas
de terciopelo verdes, granates y azules pendían como sujetas por
cada una de las letras. No fui capaz de descifrar en su totalidad lo
que parecía un acróstico o fórmula ritual referida
a un festival relacionado con la juventud. Me pareció un tanto
ostentoso para un pobre joven arrojado a los acantilados por el mar y
perdido en aquel ignoto lugar en lo más profundo del
Mediterráneo.
Una
mañana, engalanado con mis nuevos atuendos, el padre me hizo
subir a un carromato tirado por un par de mulas y me informó de
que debía presentarme en el Palacio del Festival.
Acudíamos para que un servidor de Vuestras Mercedes, amables
lectores, fuese aleccionado sobre cómo debía actuar en
las próximas ceremonias. Así me lo comunicó, sin
mayores aclaraciones. Durante el viaje, que había de durar la
jornada completa, aprecié con mayor detenimiento y calma que el
día de mi accidentada llegada la riqueza de la isla, con bosques
umbríos, plantaciones de frutales y sembrados de cultivos
diversos. En lontananza una pequeña, pero elevada sierra se
recortaba contra el azul del cielo. Más allá se
encontraba el destino final de nuestro periplo.
Al atardecer
estábamos a punto de entrar en la ciudad, después de un
viaje de constante traqueteo, con nuestros cuerpos martirizados y
doloridos y anhelantes del reparador descanso. La capital era una bella
urbe de piedra, de dorados brillos a la luz del Sol poniente, que
trepaba por las laderas de un escarpado promontorio. En su cima,
dominando calles y callejuelas, imponiendo su mole a la vida cotidiana
de sus habitantes, se encontraba lo que mi compañero de viaje
denominó como el Palacio de los Festivales y Morada de la Reina.
Con paso cansino
las mulas arrastraron nuestro carro hasta uno de los dos puentes por
los que se accedía a la urbe. Era una soberbia
construcción de tres ojos que salvaba, orgullosa, la profunda
quebrada que rodeaba la ciudad. Al otro lado una espléndida
puerta de arco ojival se abría en la muralla dando paso a la
ciudad.
Mientras
cruzábamos el puente y encarábamos las primeras rampas de
subida en pos del Palacio, el padre me puso al corriente de lo que
acontecía por aquellos días en la isla. Su sistema de
gobierno se fundamentaba en el matriarcado. Que el poder se encontrase
en manos de una mujer no era un hecho extraordinario; su
Católica Majestad, la hermana del pobre Rey Impotente, de mirada
de loco y menudencias inservibles, lo tuvo en su momento en el
castellano reino. Sí era inusual, sin embargo, que siempre
residiera en una mujer y aún más la forma de alcanzarlo.
La Reina y gobernante de aquella ínsula lo era en virtud de su
concepción, por un lapso de tiempo limitado y a partir de un
momento dado. Su reinado duraba veinticinco años y era
también a la edad que igualaba la anterior cifra cuando
accedía al trono. Aquel era el periodo de vida de máximo
esplendor intelectual y físico de cualquier ser humano. La Reina
concebía y daba a luz a los veinticinco años, al comienzo
de su reinado. Cuando la hija alcanzaba esta misma edad pasaba a ocupar
el trono y la Reina Madre se retiraba a lo que se llamaba el Convento
de las Soñadoras, un bello edificio de picudas torres en la vega
baja del río. Nunca volvía a traspasar sus muros. Nunca
nadie volvía a saber de ella.
Fue el
día posterior a nuestra llegada cuando se inició el
Festival. En la madrugada, en ceremonia secreta como los Misterios
Órficos y en la cual sólo participaban mujeres, se
había producido el traspaso oficial del poder de la Madre a la
Hija, la nueva Reina. Una vez finalizada la coronación se
elegiría al que sería progenitor de una futura Reina,
pero sólo sería eso, un individuo fecundador de la Matriz
Real, no un rey, ni siquiera un acompañante de la joven monarca.
Como resultará evidente para los preclaros lectores, es en este
punto cuando entraba en liza este humilde servidor de condes y duques.
En esta parte del Festival participaban todos los varones de edades
inferiores a la de la nueva monarca y que hubieran visto más
de quince inviernos. Ningún otro criterio servía de
tamiz. Máxima
fertilidad, máxima potencia procreadora. Pero, y he aquí
la sorpresa última, el Festival no consistía en una justa
entre caballeros, en lances de espada, en torneos de exhibición
de fuerza, audacia y bravura. Un nuevo sesgo hacía aún
más fascinante aquella singular monarquía.
El Festival era
una contienda literaria. Cada participante debía elaborar una
breve historia en la que narrara un sueño. La protagonista del
sueño sería la propia Soberana y en la narración
debía quedar patente el sin par amor que despertaba su imagen en
el joven aspirante a zángano de la Abeja Reina. Imagen
desconocida para todos, puesto que la joven Reina, desde su nacimiento,
vivía privada de todo contacto con los habitantes de la isla.
Imagen que debía ser intuida y descrita en una poesía,
parte del sueño. La joven Soberana seleccionaría la
composición vencedora durante la noche, mientras los poetas
pagábamos nuestro particular impuesto.
Porque en aquel
singular torneo cada joven debía abonar un pequeño y
doloroso tributo. Como pueden imaginar a tenor del título de
esta historia que me ha sido dado narrarles, la mínima
dádiva con la que habíamos de contribuir no era otra que
nuestro prepucio. Una vez cicatrizada la herramienta fecundadora
después de su dolorosa amputación, el triunfador
procedía a engendrar un nuevo miembro en la estirpe real. Tanto
la ceremonia de la circuncisión como la elección del
instante supremo se encontraban controladas y reglamentadas por las
Vírgenes del Festival, conjunto de bellas jóvenes que
comprometían su vida al servicio de la Reina. Las
Vírgenes también se responsabilizaban de inmortalizar el
texto vencedor. Para ello se encargaban de curtir los prepucios
recolectados y después componer con ellos una especie de
pergamino. Sobre este soporte se plasmaba la redacción que
había prendado los sentimientos de la Soberana, amén de
un retrato del ingenioso vencedor. Tintas de brillantes colores
terminaban adornando aquellas sensibles partes de nuestra
anatomía.
Y así,
ilustrado por mi involuntario benefactor y sin comprender demasiado
bien aquellas exóticas costumbres, amaneció el nuevo
día, radiante de luz, en el que tuve el honor de participar en
aquel torneo. El inmenso salón, bañado por los rayos del
Sol que ya despuntaba por el marino horizonte, nos recibió
cálido y engalanado. Varias docenas de jóvenes, ataviados
a la misma usanza que el que esto escribe, ocuparon sus atriles. Tinta,
pergamino, secante y tiempo hasta que la oscuridad tiñera de
gris nuestras creaciones. Angustia ante el momento final de tributo y
dolor. Emoción ante el desenlace del torneo, un día
más tarde.
SEGUNDO INTERLUDIO
De lo que compuso Diego de La Encina en el Festival de
Coronación de la Reina de la Isla de los Circuncidados
La
habitación está en penumbra, sólo iluminada por
los rayos de luz de Luna que danzan a través de la ventana
abierta. La noche es cálida y una suave brisa hace aletear
lánguidas las cortinas de muselina. Estoy apoyado en el
alféizar, aspirando el aire puro y fresco con olor a bosque que
impregna todas las estancias del palacio. Un sueño agitado me ha
hecho despertar. El viento tenue me refresca y el silencioso rumor del
bosque allende el jardín del palacio me tranquiliza y relaja.
Vuelvo mi cabeza y te contemplo, dormida y serena en la cama. Tu
cabellera cubre tu rostro, no puedo ver tus ojos ni el rubor que
tiñe la piel de tus mejillas cuando sueñas con
sueños misteriosos que nunca me has querido contar. La
línea de tu espalda se dibuja sinuosa, incitante, la piel
desnuda, lechosa por el efecto de la Luna, te hace parecer estatua de
mármol. La sábana se ha deslizado y sólo te cubre
caderas y piernas, perfilando su contorno, sugiriendo placeres
difuminados en la oscuridad de la noche y el sueño.
Consigo arrancar
mis ojos de la visión de tu cuerpo durmiente, a medias
entreverado por las sabanas de raso huidizas, ansiosas de mostrar tu
cálida desnudez a mis manos de piel de almendra. Paseo mi mirada
de nuevo por los jardines del palacio, por el bosque umbrío
más allá de la verja. Al fondo la sierra perfilada contra
el azul oscuro y estrellado del cielo, coronada por el Palacio del Rey
Poeta en uno de sus extremos y por el arruinado Castillo Medieval del
Rey Moro en el otro. Jirones de niebla avanzan desde el este y,
despacio, van diluyendo sus perfiles, desdibujando sus contornos, como
si aquellas construcciones, la sierra toda, estuvieran volviendo al
mundo de hadas del que alguna vez debieron surgir. Gasas
traslúcidas reptan por las colinas hacia los parterres. Una
forma humana desnuda avanza por el jardín, se mezcla sensual con
la blancura que todo lo invade, su melena de cabellos dorados
agitándose a cada paso. Se detiene, parece dudar, eleva su
rostro y extiende sus brazos hacia el cielo teñido de blanco.
Sus manos, de dedos largos, sus uñas prolongadas y pintadas de
negro. Es como si estuviera implorando, pidiendo por algo.
Da unos pasos y vuelve a detenerse. Lentamente se gira y mira hacia la
ventana en la que me encuentro. Aquellos ojos verdes y rasgados me
contemplan en muda suplica. Mi corazón se acelera; no eres
tú, sin embargo los ojos te pertenecen. No eres tú; sin
embargo, de alguna manera, sé que sí lo eres. Me vuelvo
hacia el interior de la habitación: la sábana reposa en
el suelo de madera, la cama, vacía me lanza su reproche, me
avisa de su desesperación, de tu desesperación y de la
mía. Te sumerges en la niebla del jardín, cada vez
más espesa. Ya no te puedo ver. Has desaparecido.
Corro, tropiezo,
salto, caigo, sudo, sangro en la profundidad de un bosque negro e
infinito. En lo alto, entre las tupidas ramas, se atisba la Luna
compañera.
Corro, tropiezo,
salto, caigo. Estoy en el Palacio del Rey Poeta y avanzo por un
corredor con puertas laterales y paredes de piedra gris, un corredor
que se prolonga y estrecha a medida que me adentro en sus tinieblas.
Al final del
pasillo eterno, unas escaleras. Comienzo a subir. Mis pies tocan el
último peldaño cuando siento que algo asciende por la
rampa, opresivo, lento y plural. La curiosidad puede más que mi
miedo y no cierro los ojos. Al principio, su risa no es más que
un débil crujido, como la apertura de una puerta que llevara
cerrada durante un lapso incalculable de tiempo. La risa crece, parece
alcanzar todas las direcciones como algo separado, que tomara forma y
adquiriese valor. Al final la risa deriva en grito que hiela mi sangre.
Es tu grito, tu voz.
Estoy en la
habitación del palacio. Una pergamino amarillo descansa sobre la
cama, allí donde antes reposaba tu cuerpo ahora perdido. La
recojo y me contemplo en el espejo que se sitúa sobre la
cómoda. Estás allí, a mi lado, en el reflejo, y me
miras y señalas el papel que mis manos sostienen. Me susurras
algo al oído, pero no puedo descifrar tus palabras. Sin embargo
hago lo que me dices. Leo aquellas líneas, musitándolas
con labios temblorosos:
No he soñado contigo,
Jamás nos hemos visto,
Nadie nos ha unido,
Nada nos separa,
Nunca te he gozado,
No conozco tus besos.
Siempre te he amado
Siempre amaneces, en mi memoria,
Ojos verdes, todo el mar en ellos,
Dorado cabello, es el sol del mediodía,
Piel suave, que todo mi cuerpo desea,
Manos blancas, aletean en la brisa,
Música tenue, brisa de tus labios.
Nunca me has amado
Noto tus labios, dulces, en los míos, tu aliento, aroma de
azahar, acaricia mis párpados. Siento tus pechos cálidos
sobre mi
costado. Abro los ojos y mi mundo eres tú.
Final del
Segundo Interludio
No les
abrumaré con la descripción de los terribles momentos que
sucedieron a la finalización de nuestro esfuerzo creador. Dejo a
la imaginación de cada lector la composición de las
escenas que constituyeron el transcurrir de las horas de aquella noche.
Al amanecer una
joven penetró en mi celda y se acercó al jergón en
el que continuaba retorciéndome de dolor. Sin apenas poder
andar, con los ojos empañados en lágrimas, fui conducido
hasta una minúscula sala. Dos butacas recubiertas de
paños de terciopelo rojo, una frente a la otra, ocupaban la
práctica totalidad de la estancia. Desde la ventana se atisbaba
una espléndida imagen del sol naciente, con la ciudad a los pies
y el mar púrpura en la distancia. Mi guía me dejó,
solo y doliente, en la habitación. Al padecimiento de mi miembro
viril hube de sumar la angustia que experimentaba por el incierto
destino que parecía aguardarme más allá de los
muros de aquel rincón del Palacio. Así me encontraba,
atribulado por los más negros presagios, cuando otra bella joven
penetró en el aposento. Alta, de tez
pálida, cabello negro y ojos grandes y almendrados. Una
túnica blanca
ocultaba sus formas de mujer y le daba un aspecto de aparición,
de
fantasma evanescente. Su sonrisa fue un bálsamo en mis
torturados
cuerpo y mente. Sus palabras me hicieron creer que en un sueño
me
encontraba. Yo era el triunfador del Festival, yo sería quien
yaciera con
Su Majestad cuando me fuera ordenado.. Durante el proceso de
cicatrización que aún estaba en marcha
permanecería en el Palacio, en
unos aposentos adecuados a mi nueva condición de Progenitor Real
y
con las atenciones correspondientes a tal rango. Una vez engendrado
el nuevo vástago, recibiría mi recompensa final, el
premio a mi
esfuerzo, mi dolor y mis padecimientos Así me describió
mi futuro
próximo la fantasmal joven.
Cuando
terminó de hablar cerró los ojos, respiró
profundamente, extendió su mano con la palma abierta hacia
arriba y sopló con suavidad. Sentí una agradable lasitud,
como me sucedía en aquellas lejanas mañanas de verano en
la hacienda de mi padre, durante los minutos de duermevela que
precedían al definitivo despertar. Un trino de pájaros
acarició mis oídos, una leve brisa, cálida y con
recuerdos de mar recorrió con sus suaves dedos mis
párpados ya dormidos.
No sé
cuánto tiempo permanecí en aquel estado, pero cuando
recobré la conciencia mis dolores habían desaparecido por
completo. Un tanto apurado por un pensamiento repentino, alcé
las ropas que me cubrían y comprobé que todo estaba donde
debía y en perfectas condiciones. Me levanté de la cama,
paseé por la habitación y me acerqué a la ventana.
Una puesta de Sol de brillantes colores hacía las veces de
hermoso cuadro, ornamentando la ya de por sí magnífica
habitación. Poco a poco el cárdeno globo se
sumergió en las aguas y las sombras comenzaron a invadir la
alcoba. La frescura de la Luna nocturna y su mágica luz ocuparon
su lugar a mi alrededor.
Cuando la puerta
de la habitación giró sobre sus goznes ya había
oscurecido por completo. Su sonido me arrancó de mis
ensoñaciones. La penumbra que envolvía la estancia me
impidió apreciar los rasgos de la mujer que se acercó a
mí y que con su pequeña mano asió la mía.
Se inició de esta manera un extraño viaje en el que nunca
supe distinguir lo real de lo imaginario y onírico. Quizá
ambos aspectos contribuyeran, con diferente intensidad en cada momento,
a construir las siguientes horas en mis recuerdos. Cuando la Luna
sesgada por las oscuras nubes comenzó a desaparecer en el cielo,
mi conciencia inició un lento fluir hacia aquel mundo que desde
hacía tanto tiempo había ansiado sin yo saberlo.
Mi reflejo en
los cristales emplomados de la ventana me hizo comprender que ya me
encontraba dispuesto para la partida. Asomé lo que podía
ser una sala de costura. Allí una mujer, la barragana del mi
rostro a la noche húmeda. Salimos al balcón y allí
percibí cómo la hiedra que cubría la fachada del
Palacio bailaba con la niebla, ascendía veloz y trenzaba sus
zarcillos mágicos con las volutas y jirones vaporosos de su
compañera de juegos nocturnos. Saltamos al vacío y sus
verdes tallos nos sostuvieron y levantaron e hicieron volar hasta la
cima alguna de las montañas próximas. Con suavidad nos
depositó en un oscuro jardín, silencioso, infinito en la
bruma de la noche.
Caminamos
durante un tiempo indefinido hasta alcanzar el inmenso portón
que se abría en la fachada de piedra de una negra
construcción. "El Castillo de Rocamador", me susurró la
joven invisible. "Dentro te espera la Reina; ahora debes continuar
tú solo".
TERCER INTERLUDIO
De lo que le aconteció, pero nunca estuvo seguro
de ello, a Diego de La Encina en su búsqueda de la
Reina de la Isla de los Circuncidados
Golpeo la madera con mis puños mientras mi voz muda penetra por
los quicios desajustados hacia el interior. Ahora voy detrás de
mis sonidos hasta la escalera que asciende para perderse en la negrura
de las bóvedas. Dos figuras semiocultas me observan curiosas,
indecisas. Una de ellas salta al suelo desde la barandilla de alabastro
blanco y dirige sus ojos verdes hacia mí. Me mira, da dos
vueltas en torno a mis piernas, rozándolas con su suave pelaje
y, como obedeciendo a un impulso, brinca sobre mi hombro. Clava sus
uñas y desgarra mi piel. Me susurra al oído, me indica el
camino que he de seguir. Una minúscula puerta se abre en el
hueco de la escalera sin final. Penetro en aquellas tinieblas, ciego,
tanteando con mis dedos, mientras el suave ronroneo del animal me
sugiere los caminos a seguir en aquel laberinto tenebroso.
Tras un tiempo
que avanza viscoso, como las miasmas de un pantano del que tratara de
huir, una luz blanca, difusa, ilumina el final de mi peregrinar. Albos
resquicios delimitan un negro rectángulo. Las líneas de
luminosidad se ensanchan y puedo contemplar la habitación que se
muestra al otro lado. Es mi dormitorio, el que abandoné mecido
en los brazos del deseo, el caprichoso hermano del eterno sueño.
La misma cama, los mismos tules ondeando en la brisa nocturna. La misma
Luna bañando las figuras que descansan y sueñan en la
lechosa oscuridad. Desde la otra orilla del negro espejo puedo
contemplarme yaciendo al lado de la que tanto tiempo fue mi ausencia y
desesperación.
En la otra
ribera ella aún duerme y sueña un sueño que tiene
fin. En la otra ribera ella despertará a la mañana y sus
ojos serán mi luz y su voz mi vida. En el lugar de donde vengo
no hay vida. No despertaré y así viviré por
última vez en mi sueño.
Final del
Tercer Interludio
Vuestras Mercedes habrán de juzgar si lo anterior
acontecióme en verdad o fue fruto de la calenturienta y
torturada imaginación de un adolescente perturbado por lo irreal
de las circunstancias que le habían sido dado experimentar.
Aún hoy, después de una vida, me considero incapaz de
emitir un juicio al respecto. Nunca he sido capaz de rememorar los
momentos conyugales compartidos con la Reina. Sin embargo sí
tengo grabada su imagen, su rostro, sus ojos, su cuerpo.
Su voz. Una voz que me ha acompañado todos estos años,
una voz como el tañido de una campana de cristal debajo de la
más suntuosa bóveda de la más bella catedral. Una
voz que ahora, cuando me acerco a mi final, resucita,
llamándome, en mis breves sueños de anciano.
Pero dejemos la
melancolía a un lado. El caso que nos ocupa evolucionó
como les he presentado, con una mezcla de sustancias que, como
resultado final, me llevó a despertar, una vez más, en la
habitación desde la que me había lanzado al vacío
acompañado por mi misteriosa guía. Allí me
encontraba un tanto perplejo cuando la puerta comenzó a abrirse.
Otra vez la misma joven penetraba en la alcoba. De nuevo me vi
avanzando por corredores oscuros de la mano de aquella mágica
niña. Ahora, sin embargo, todo era extraordinariamente real,
nítido, palpable. Volvía a ser un triste
serviola naufragado que en actitud humillada se postraba ante una
hermosa mujer, la misma con la que había yacido la última
noche. Me contempló con interés y una cierta sorpresa
durante unos segundos, como quien se encuentra con un conocido en una
situación inesperada y un tanto desconcertante. Tal vez un leve
rubor cubrió sus mejillas, vergüenza, reconocimiento y
recuerdo de los momentos compartidos. Quizá sus cejas se
arquearon un tanto, quizá las aletas de su nariz se ensancharon
a causa de un suspiro sugerido. "Te saludo de nuevo, Diego", me
habló con un ligero estremecimiento en la voz. En seguida
recuperó el dominio sobre su persona. Mis piernas, en cambio,
temblaban incontrolables. "Ahora que ya has cumplido con tu
misión debes recibir el premio merecido. Es una recompensa
singular, has de saberlo. Tanto lo es que la elección que
habrás de efectuar cambiará tu vida. Porque de eso se
trata, querido joven, has ganado tu vida. Al amanecer, cuando abras los
ojos al Sol naciente, no estarás despertando de un sueño,
sino al sueño que tú decidas vivir. Es una oportunidad
única que muchos desearían, tal vez yo misma. Debes
elegir y hacerlo con rapidez. Una vez sucumbas ante Morfeo tu nuevo
destino estará sellado". En aquel punto realicé amago de
preguntar algo, pero un gesto de su mano hizo que mis labios quedaran
sellados.
"Conozco tus preguntas; siempre, generación tras
generación, son las mismas. No tienes que mostrar
preocupación, no cometerás ningún error en el
camino elegido por tu voluntad . Si eres un ser noble tu corazón
te llevará al mundo en el que deseas realmente vivir. Aprende a
superar las adversidades que se te presenten y gana tu felicidad". Se
acercó, me tomó de las manos y depositó sus
cálidos labios sobre mis párpados. "Parte ya en pos de tu
vida".
Cuando abrí los ojos lo primero
que aprecié fue el aspecto
deformado, de continuo cambiante de aquello que me rodeaba. Me
sentía ingrávido, flotando en un cálido vientre
maternal. Los problemas
comenzaron cuando intenté respirar y pude comprobar que
sólo agua
salada entraba por mis orificios nasales y boca. Braceé y
pataleé como
endemoniado en la hoguera, tomando como referencia hacia la que
encaminar mis esfuerzos la claridad que me anunciaba la proximidad
de la superficie. Boqueando y tosiendo experimenté el alivio de
conocer en mis pulmones lo que, ansiosos, me demandaban.
Me resultaba
inconcebible aquella situación. A pesar de lo
angustioso de la misma mi cerebro tuvo la capacidad de ordenar a mis
labios pronunciar todo tipo de improperios y blasfemias. Si aquello era
lo que más deseaba, es decir, si el sueño de mi vida era
encontrarme
en medio del Mediterráneo a punto de ahogarme, con unos simples
maderos a los que sujetarme a modo de salvavidas, desde luego la
Reina no había jugado limpio conmigo. Con la perspectiva que dan
los años transcurridos entendí que lo que se me
concedió en aquella ocasión era lo que realmente se me
había prometido. En el fondo de mi corazón deseaba volver
con mis compañeros de armas, luchar en aquella batalla y borrar
los momentos de humillación que viví cuando fui arrojado
al mar. Es muy posible que lo único que queramos la
mayoría de las personas sea dejarnos llevar, no tener que tomar
decisiones drásticas, que lo que haya de suceder lo haga y no
nos convierta en seres del todo infelices. Quizá no se pueda
aspirar a más en este mundo. Yo nunca lo he hecho.
Después
de varias horas asido a aquel noble despojo de anteriores naufragios,
avisté unas velas en el horizonte que hicieron saltar de gozo mi
desfalleciente corazón. Pueden imaginar mis gritos y llamadas de
auxilio y la alegría que me invadió cuando me
sentí izado
sobre la crujía de la galera. Se trataba de La Marquesa y
navegaba con boga dura y velas al viento hacia su punto de
reunión con la Primera Escuadra, a las órdenes de Andrea
Doria. Disculpé mi húmeda circunstancia como buenamente
pude, un golpe de mar que arroja a un joven marinero desde su pescante
en la amura hasta el oscuro océano, en la confianza de que mi
antigua galera se agrupaba en el cuerpo de batalla al mando del
Hermanastro y que sería poco probable que se hubiera llegado a
conocer la realidad de los hechos acontecidos sobre mi persona. Me
atendieron de la mejor manera posible, dados los intensos preparativos
bélicos que se vivían ante el inminente encuentro con la
flota turca. Como mis condiciones físicas eran aceptables a
pesar de las horas pasadas a remojo, al día siguiente a mi
rescate estaba ya dispuesto para cumplir con las tareas que se me
encomendaran. Según la cuenta que era capaz de echar,
habían transcurrido veintidós días desde que fuera
dado de baja en la Armada y convertido en náufrago. Aquella era
la mañana del siete de octubre del año de Nuestro
Señor de 1571 y pocas horas más tarde habría de
empezar la batalla que fue llamada de Lepanto y en la que, al final de
estas extrañas aventuras que me ha sido dado narrarles, pude
participar.
Me encontraba
cerca de la carroza de la galera ayudando a preparar armas y municiones
cuando unos tremendos gritos nos hicieron detener nuestras tareas y
observar con curiosidad la escena que se desarrollaba en la
cámara. Allí, un individuo enjuto, con barba de
híspidos cañones, ojos desorbitados y ademanes exagerados
con los que parecía invocar a Neptuno y a su corte de Tritones,
gritaba que él, que había servido a Su Majestad en todas
las ocasiones que se le habían ofrecido, no había de
hacer menos en aquella jornada, a pesar de su calentura. Se negaba en
redondo a permanecer en la enfermería y se aprestaba para la
lucha desafiando los consejos del capitán del
navío.
Como en aquella alta ocasión todos los recursos habían de
ser pocos, se le otorgó finalmente razón al perturbado
caballero. Y como este humilde soldado se situaba en la proximidad de
la antedicha discusión y como, asimismo, había declarado
conocer el manejo de las armas de fuego al uso, viose en un decir
amén a las ordenes de aquel orate, con un arcabuz en las manos y
embarcado en el esquife de la galera en compañía de otros
once soldados.
No les
fatigaré con la descripción de la batalla: humo,
explosiones, gritos, sangre, cadáveres, lamentos, sudor,
metralla, afiladas espadas y confusión, sobre todo esto
último, confusión. Mi visión de la lucha se
limitó a la pelea en aquel esquife, a ver como nuestro demente
oficial recibía dos disparos en el pecho y otro en el brazo
izquierdo y era trasladado, moribundo ya, hacia la enfermería; a
sufrir las embestidas de aquellos turcos ululantes, a sentir en los
ojos el escozor causado por la pólvora quemada y, cuando
agotamos nuestras municiones, a degustar el sabor de mi propia sangre
durante la lucha cuerpo a cuerpo. Les puedo asegurar que nada tuvo que
ver aquella sanguinaria carnicería con las edulcoradas
imágenes que me había forjado durante mis semanas en
puerto e incluso antes, en la lejana hacienda manchega. No había
nada de heroico en lo que mis ojos habían contemplado y
sí mucho de locura y sinsentido.
La
reunión en la isla de Corfú de las naves victoriosas
supuso el fin oficial de la expedición contra el Turco. Desde
allí sólo quedaba el regreso triunfal hacia los reinos de
Su Majestad y el merecido descanso del guerrero. Sin embargo, nunca
volví a ver las secas tierras de Castilla. El loco aquel a cuyas
órdenes tuve la dudosa suerte
de servir en la lucha consiguió recuperarse de sus graves
heridas, si
bien perdió la movilidad de su mano izquierda, para mayor gloria
de la
diestra, según repetía con insistencia. Gracias a sus
delirios y actitudes
provocadoras y en circunstancias que, de ser narradas,
alargarían
estas páginas más allá de lo recomendable, durante
nuestro regreso
hacia la Península nos vimos presos de piratas berberiscos y
hubimos
de conocer, en contra de nuestra voluntad, las mazmorras de las
cárceles de Argel.
Fue en la
lobreguez de aquellas celdas donde supimos de los
terribles acontecimientos que acaecieron durante los siguientes meses
en Occidente: la llegada a las costas de Portugal de la Armada de
Barlovento, capturada, nunca se supo dónde, por aquellos
extraños
seres de singulares capacidades que se llaman a sí mismos
Mioritas y
que el tiempo dio en bautizar como cefalomorfos. Los poderes por ellos
convocados significaron la pronta caída de los Reinos de
Portugal y
España. La muerte del Rey, la destrucción de las
ciudades, las
caravanas de refugiados que huían hacia Francia y el norte de
África.
El absoluto silencio que cubrió aquellas tierras a
continuación, el total
desconocimiento de lo que podía estar ocurriendo más
allá de los Pirineos y las Columnas de Hércules. Los
mismos sucesos repetidos en Francia, en el Imperio, en Italia. En dos
años los principales reinos de la Cristiandad habían
sucumbido ante aquella extraña raza venida de más
allá del mar. Sus artefactos guerreros barrieron los más
poderosos ejércitos y derribaron las más fortificadas
murallas. Aunque lo más terrorífico fue la ignorancia en
la que siempre permanecimos respecto a sus últimas intenciones y
a lo que sucedía con todos aquellos que no conseguían
huir hacia Oriente.
Una
mañana nos percatamos de que nuestros guardianes habían
desaparecido. La ciudad bullía de agitación, con la mayor
parte de sus
habitantes decididos a abandonarla en breve. Aquí y allá
fuimos recogiendo fragmentos de lo sucedido durante los meses que
habíamos permanecido en el cautiverio. Mientras,
contemplábamos como las naves se hacían a la mar,
atestadas de gente, y se perdían en el horizonte. En pocos
días Argel quedó desierta y no nos restó sino
unirnos a la última caravana que partía en
dirección a Egipto haciendo valer nuestra condición de
soldados.
Es tiempo de que
finalice mi historia. Han transcurrido ya cuarenta y cinco años
desde aquella huida. Puede parecerles incongruente lo que voy a decir,
pero ha sido una vida feliz. A pesar de los horrores que han azotado
Europa; a pesar de que durante estos años todos hemos tenido la
sensación de vivir con un tiempo que no nos pertenecía y
que había de acabar cuando los Mioritas lo dispusieran. Pero eso
es la vida, un tiempo que no nos pertenece, que intentamos llenar y al
que intentamos dar sentido y que acabará cuando sea menester. Un
tiempo en cuya duración tendremos poco que decir, que
avanzará hacia su final y con el que partiremos en la postrera
hora hacia donde sea que vayan nuestras almas. He sido feliz en este
aislado oasis a orillas del Nilo, siguiendo al inmenso Sol rojo en su
descenso hasta sumergirse en las aguas del río cada atardecer y
viéndolo renacer en las mañanas, brillante y
cálido. He sido feliz con la joven que me recogió,
curó y atendió después de que nuestra caravana
fuera masacrada por aquella banda de saqueadores. He sido feliz con los
hijos que me dio. He sido feliz sin conocer lo que ha ocurrido en el
mundo, sabiendo que entre los bancales que cada día cultivaba
reinaba la paz y la armonía y que cada mañana
podía ser la última. Por ello he vivido con intensidad.
Ahora soy un anciano escéptico, un tanto cínico e
irónico, pero que sabe que ha disfrutado de una vida plena, que
ha sido zarandeado por hechos y situaciones que siempre han escapado a
su influencia y entendimiento, pero que, a pesar de todo, siempre ha
sabido cultivar la costa a la que era arrojado por el mar inescrutable
de los acontecimientos. La muerte se acerca, una nueva aventura me
aguarda en esa oscuridad ignota y la afrento con alegría. Porque
quizá mi vida haya sido un sueño, el sueño
deseado, el premio otorgado por mi Señora en aquel lejano
Festival.
Porque quizá la muerte, sea el despertar y el paraíso, la
voz de la Reina de la Isla de los Circuncidados.
Y aquí llega a su final la muy asombrosa, maravillosa e
increíble historia contada por su protagonista y titulada La
Isla
de los Circuncidados, historia para leer y disfrutar en figones de
techos bajos y fumoso ambiente, a la luz de un fuego de
sombras agitadas, durante las noches de final de verano y
acompañado el lector de una jarra de buen vino y música
de
rabeles, vihuelas y zanfonías. Historia que fue narrada para
mayor solaz y deleite de Vuestras Mercedes, nobles,
inteligentes y magnánimos caballeros, y que sabrán
disculpar cuantas erratas y faltas hayan podido disminuir el regocijo
que sin duda han experimentado durante el transcurso de las sin par
aventuras del hijo natural, bachiller, sirviente,
serviola, náufrago, amante, arcabucero, prisionero, fugitivo y
enamorado, Diego de La Encina.
Roberto Sánchez
García
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